Juan Ramón Jiménez – Semblanza

Semblanza a Juan Ramón Jiménez – La Poesía, obsesión del gran escritor

Juan Ramón Jiménez

El prolífico escritor español Juan Ramón Jiménez autor de esa espléndida joya literaria llamada Platero y yo, integra por incuestionables méritos la selecta lista de autores laureados con el Premio Nobel de Literatura y al mismo tiempo, es uno de los pocos galardonados que no pudo estar presente en Estocolmo, al celebrarse la solemne ceremonia de su premiación.

«No dividí mi vida en días, sino mis días en vidas, cada día, cada hora, toda una vida.»

El 25 de octubre de 1956, Jiménez recibió en su residencia de San Juan de Puerto Rico la comunicación de la Real Academia Sueca informándole que le había sido concedida la preciada distinción y apenas tres días después, el 28 de octubre, como consecuencia de un cáncer de matriz que padeció por largo tiempo, fallece su esposa y compañera de toda la vida, Zenobia Camprubí. La orgullosa euforia inicial que había experimentado al conocer la primera noticia, se transformó de repente en una neurosis depresiva de profunda tristeza; esa circunstancia le impidió viajar a la capital de Suecia el 10 de diciembre de ese año 1956.

            Ese día, el dramaturgo del país escandinavo Hjalmar Gullberg, en un emotivo discurso reconocedor de los valores y trayectoria del autor español, expresó: «…una larga vida consagrada a la poesía y a la belleza ha sido honrada este año con el Premio Nobel de Literatura. Es un viejo jardinero este Juan Ramón, que ha dedicado medio siglo a la creación de una nueva rosa, una rosa mística, que llevará su nombre».

            Ante la obligada ausencia del homenajeado, Jaime Benítez, Rector de la Universidad de Puerto Rico, fue el responsable de pronunciar como respuesta el mensaje que le encargara transmitir su amigo personal: «Acepto con gratitud, el honor inmerecido que esta ilustre Academia sueca ha considerado oportuno concederme. Asediado por el dolor y la enfermedad, debo permanecer en Puerto Rico, incapaz de participar directamente en las solemnidades». Benítez concluyó su exposición manifestando: Juan Ramón Jiménez me ha pedido también, que diga: «Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración hicieron posible mi trabajo durante cuarenta años. Hoy, sin ella, estoy desolado e indefenso».

            La crítica especializada considera a Juan Ramón Jiménez una figura trascendente y decisiva en el ámbito de la poesía española, destacando su excepcional creatividad y la exquisita estética de su escritura.

Fue un autor exigente que vivió por y para la poesía, revisando y corrigiendo continuamente sus versos, obsesionado por conseguir belleza y perfección.

Utilizando como herramienta una pluma, convirtió su narrativa en una expresión genuina de arte y confirió a su lírica los colores propios que definieron su estilo.

Así imaginaba y describía a la poesía:

Eternidades – Juan Ramón Jiménez

Vino primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.

Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

Más se fue desnudando
y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

Alimentó una inocente fantasía contándole a la gente que preguntaba, el hecho de haber nacido en Moguer (Huelva-España), en la noche de navidad de 1881. Los registros oficiales indican que en realidad nació en las últimas horas del 23 de diciembre de ese año. Sus padres, Víctor Jiménez y Purificación Mantecón constituían una familia de exitosos comerciantes dedicados al cultivo y elaboración de vinos y criaron a su hijo consintiéndolo y tolerando sus caprichos. Juan Ramón no era un niño dispuesto a compartir juegos con sus compañeros aunque fue un alumno aplicado que sacaba muy buenas notas en sus primeros años escolares; tenía un carácter difícil, muy sensible y proclive a deprimirse con facilidad. Melancólico, nunca olvidó aquella casa vieja de grandes salones y verdes patios floridos, donde quedaron guardados los tiernos recuerdos de su niñez.

            Terminó el bachillerato como interno en el colegio jesuita San Luis Gonzaga, del Puerto de Santa María (Cádiz) y en esa etapa adolescente comenzaron a despertar en él las pasiones que marcarían el rumbo de su vida: el dibujo, la pintura y la poesía. Por imposición de su padre comenzó la carrera de Derecho en la universidad de Sevilla, que quedó inconclusa porque prefirió dedicar sus esfuerzos a estudiar aquellas disciplinas para las cuales creía tener vocación, pintura, que también abandonó y principalmente todo lo referido a ese universo que le fascinaba, el de la creación literaria. La familia tradicionalista y conservadora, no se opuso.

            Transcurría el año 1900, cuando Juan Ramón con diecinueve años, se trasladó a Madrid en una primera visita, comenzó a frecuentar en la capital española los ambientes predilectos de grandes escritores de la época. Entre sus nuevas amistades figuran Jacinto Benavente, Ramón del Valle Inclán y Pío Baroja, además de su admirado inspirador, Rubén Darío. Publica sus primeras obras: Almas de Violeta y Ninfeas.

En ese mismo año murió su padre y reaparecen en el joven escritor antiguas afecciones físicas y psíquicas, agudizadas por síntomas depresivos que obligan a su familia a internarlo en un sanatorio psiquiátrico de Burdeos (Francia). Aprovecha ese tiempo para leer cuanto puede y descubre a los poetas del simbolismo francés, simpatizando pronto con ese movimiento literario que estaba en auge por entonces; al retornar a Madrid para continuar su tratamiento, organiza tertulias y charlas en el mismo sanatorio donde estaba internado.

            Los años venideros serán muy duros para el incipiente poeta. Sus crisis depresivas se hacen cada vez más frecuentes y profundas, agravadas por el descalabro económico que llevó a la ruina a su familia y comprende que si su pretensión es vivir de la literatura, Madrid era la opción más conveniente. En 1903, publicó Arias tristes, un aporte significativo a su labor creativa.

            En 1905, la recurrente depresión lo lleva a regresar a Moguer y aislarse socialmente por un largo tiempo, dedicando plenamente sus días a leer, escribir y hacer de sus tareas literarias su única motivación y objetivo. Ese aislamiento subyace y se refleja en el trasfondo de la obra que comienza a esbozar: «Platero y yo», libro que sería editado y puesto a consideración del público recién en 1914.

            En 1911, entusiasmado por Ramón Gómez de la Serna uno de los referentes del vanguardismo, decide radicarse definitivamente en Madrid. No obstante, Juan Ramón Jiménez lentamente se irá alejando de esa corriente, atraído por los aires innovadores que se respiran en el ambiente intelectual de la Residencia de Estudiantes y allí se instala en 1913. Un gran cambio se produce en su vida personal cuando conoce a Zenobia Camprubí Aymar, joven catalana proveniente de una familia de sólida posición económica, poseedora de una vasta cultura y que transcurrido el tiempo sería la primera traductora hispánica de Rabindranath Tagore.

            Jiménez se enamora profundamente de esa mujer de fuerte y enérgica personalidad, soporte fundamental, coinciden sus biógrafos, de su extensa y fructífera trayectoria futura. Ella en principio lo rechazó, pero la tenaz insistencia del poeta lo ayudó a lograr su propósito y pudo al fin conquistarla.

En 1916, viajan juntos a Estados Unidos para casarse y de ese acontecimiento surgió unos de sus mejores trabajos, Diario de un poeta recién casado, antes le había prometido a su amada obsequiarle el libro de poemas más hermoso jamás escrito. Después de la boda el matrimonio se estableció en Madrid.

            En la década 1925-1935 publica en sus “Cuadernos”, casi todo el material que escribe en este periodo: cartas, cartas, recuerdos, retratos líricos de escritores. En 1931, comienzan a manifestarse en su esposa los primeros síntomas del cáncer que años más tarde acabaría con su vida.

            Cuando en 1936 estalla la guerra civil en España, sus convicciones llevan al matrimonio a alinearse del lado republicano y se involucran en una importante labor humanitaria, asistiendo a niños huérfanos.

Como la situación política y social se volvía cada día más dramática y peligrosa, resolvieron abandonar el territorio hispano. Con un pasaporte diplomático de Agregado Cultural honorario en Washington y sin otro equipaje que maletas y los anillos de boda, a mediados de agosto inician el exilio. Atrás quedaba su casa de Madrid con todas sus pertenencias, libros, manuscritos, recuerdos y, sobre todo, una importante cantidad de obra intelectual inacabada.

            La salida forzada de España, demarca el inicio de un nuevo ciclo en el trabajo literario elaborado por Juan Ramón Jiménez. A partir de entonces, el poeta pretende dotar a su poesía de un carácter sublime como manifestación inefable de lo eterno, mientras que la afanosa búsqueda de la belleza, lo lleva a incursionar en terrenos inextricables de lo sagrado.

            En los años dolorosos e interminables del exilio, Juan Ramón y Zenobia residieron en varias ciudades de Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. Él se ocupó de repasar compulsivamente toda su obra e invitado por instituciones y universidades, recorrió diversos lugares dictando conferencias; entre agosto y noviembre de 1948 viajó a Argentina y Uruguay y en tierras rioplatenses el recibimiento fue apoteósico. En 1950, contratados ambos como profesores por la Universidad Nacional, retornan a Puerto Rico, país caribeño al que ya consideraban su segunda patria. En 1953, dona a la misma Universidad su biblioteca de más de seis mil volúmenes.

            Pero las añoranzas del terruño tan lejano, el recuerdo de las quimeras imposibles de su juventud, pensar en los amigos que ya no volvería a ver y el cáncer que le diagnostican a Zenobia en 1951, van sumando complicaciones y dificultades que le imposibilitan desarrollar una vida tranquila.

Las consecuencias son inevitables: las antiguas dolencias físicas y psicológicas recrudecen severamente y con mayor intensidad.

La crítica suele dividir la obra poética de Juan Ramón Jiménez en tres etapas:

            La etapa sensitiva (1898-1916). Subdividida a su vez en dos partes, la primera hasta 1908, continuada por la segunda hasta 1916. Se aprecia en ese período la influencia de Gustavo Bécquer, de la corriente modernista de Rubén Darío y la irrupción del simbolismo francés.

            La etapa intelectual (1916-1936) es una fase donde Jiménez busca una poesía esquemática, pura y transparente, que conciba cada poema como un objeto artístico. Prosa y verso se mezclan nombrando solamente lo esencial de las cosas y haciendo desaparecer todo aditamento superfluo.

            La etapa suficiente o verdadera (1937-1958) Pertenece a esta etapa todo lo escrito durante su exilio en suelo americano. Juan Ramón Jiménez continúa pretendiendo belleza y perfección y su estilo se encamina progresivamente hacia una poesía hermética y abstracta.

            En Juan Ramón Jiménez se identifica perfectamente al poeta para el cual no existe nada, más allá de la creación literaria; un autor que considera su obra en constante creación y que vuelve sobre los poemas antiguos retocándolos o cambiándolos si es necesario: Su poesía responde a tres impulsos: belleza, conocimiento y anhelo de eternidad.

Para sus detractores, la obra poética (sobre todo la que escribe en la última etapa) resulta hermética, abstracta, difícil de interpretar y es definida como minoritaria. También advierten en su autor cierto atisbo de narcisismo.

Las reglas de ortografía

            Las reglas ortográficas de la lengua española establecen que letras como la g, la x o la k existen, sin embargo, Juan Ramón Jiménez prefirió ignorarlas en su trabajo y escribir de la forma en que las palabras son percibidas por el oído. Desde su personal punto de vista opinaba que debía escribirse tal cual se habla, en lugar de hablar como se escribe. Acérrimo enemigo de las complicaciones innecesarias, utilizó al momento de escribir únicamente la j en lugar de ge/gi (intelijente, injenua, jitana) y eliminó algunos grupos consonánticos (setiembre, escelentísimo)

Se quejaba: ¿Para qué trazar una g en gigante o genio y una j en jirafa si el fonema es el mismo? ¿Porqué escribir extraviar u obstáculo si todos decimos «estraviar y ostáculo»?

Polémicas interpretaciones que también fueron compartidas por Gabriel García Márquez, quien llegó a declarar en el Congreso Internacional de la Lengua Española de 1997: ¡Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna!».

En el poema que sigue, por ejemplo, aparece la palabra injenua escrita con j, y no se trata de una errata, la escribió deliberadamente:

Muro con rosa – Juan Ramón Jiménez (Sonetos espirituales -1917)

Sin ti ¿qué seré yo? Tapia sin rosa,
¿qué es la primavera? ¡Ardiente, duro
amor; arraiga, firme, en este muro
de mi carne comida y ruinosa!

Nutriré tu fragancia misteriosa
con el raudal de mi recuerdo oscuro
y mi última sangre será el puro
primer color de tu ascensión gloriosa.

¡Sí, ven a mí, agarra y desordena
la profesión injenua de tus ramas
por la negra oquedad de mis dolores!

Y que al citarme abril, en la cadena
me encuentre preso de sus verdes llamas
todo cubierto de tus frescas flores.

Después de la muerte de su esposa en 1956, Juan Ramón Jiménez se refugió en su casa en la más absoluta soledad y abandono, lo que obligó a recluirlo en el Hospital Psiquiátrico de Hato Tejas, allí tuvo una breve recuperación y se lo vio conversar otra vez de literatura, además de interesarse por los artículos de diarios que comentaban sus trabajos.

Pero la mejoría no duró y en los últimos meses de vida, destruido física y emocionalmente, gastaba sus horas alternando períodos de internaciones en hospitales con lapsos leves de alivio. Leía, anotaba en las tapas de libros, hablaba muy poco y se revelaba contra todo, tampoco le agradaba recibir visitas.

Agotado y entristecido, releía viejas cartas de su esposa y escuchaba a diario su voz, grabada en cinta magnetofónica, lamentando no tener las fuerzas necesarias para escribir su elegía. Una vez por semana, al cuidado de una enfermera, era llevado y sentado frente a la tumba de su Zenobia. Iniciaba en cada visita un soliloquio confesándole a su amada la necesidad que tenía de verla, el calvario que era su soledad, repitiendo sin cesar que ya no quería vivir sin ella. Antes de irse colocaba sobre la losa un ramo de rosas amarillas.

En la madrugada del 29 de mayo de 1958 en San Juan de Puerto Rico, en la misma clínica en la que muriera su esposa se apagó su vida. Algunos días después, su sobrino Francisco Hernández Pinzón, cumpliendo el deseo de sus tíos, trasladó los cuerpos de la pareja a España donde ambos recibieron sepultura definitiva en el Cementerio de Jesús, en Moguer, el inolvidable pueblo que 77 años antes viera nacer al poeta. Quedaron la medalla de oro, el diploma, el cheque por 200.122 coronas suecas y los reconocimientos posteriores que se irían convirtiendo en anécdotas. Juan Ramón Jiménez solamente se llevó con él, el inmenso amor que sentía por su esposa y su obsesiva devoción por la poesía.

Renaceré yo

Renaceré yo piedra,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo viento,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo fuego,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo hombre
y aún te amaré mujer a ti.

Obras más importantes de Juán Ramón Jiménez:

Almas de violeta – Ninfeas – Rimas – Arias tristes – Jardines lejanos –

Elejías puras – Elejías intermedias – Las hojas verdes – Elejías lamentables –

Baladas de primavera – La soledad sonora – Pastorales – Poemas májicos y dolientes – Melancolía – Laberinto – Platero y yo – Estío – Sonetos espirituales –

Diario de un poeta recién casado – Platero y yo (edición completa) – Eternidades – Piedra y cielo – Segunda antolojía poética – Poesía – Belleza – Canción – Voces de mi copla – La estación total – Romances de Coral Gables – Animal de fondo.

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