Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt

Aguafuertes porteñasDesde la vidriera del café.        

En la vida de Roberto Arlt, la fecha 15 de agosto de 1928, tuvo una significación muy especial. Ese día aparecía publicada con su firma, en la página 6 del diario «El Mundo»Buenos Aires – una sección muy particular y con un título sugestivo «Aguafuertes Porteñas»«El hombre que ocupa la vidriera del café», una no menos llamativa frase acompañaba como subtítulo la nota.

No se puede dejar de reconocer el mérito que tuvo el director del diario, Carlos Muzio Sáenz Peña, siendo que fue él, quien decidió avalar su publicación y también proponer el nombre, intuyendo la potencialidad de esos comentarios.

Arlt, había ingresado tiempo atrás a la redacción de ese medio de prensa y su experiencia periodística se limitaba a escritos en recuadros anónimos con que había estado colaborando, algunos artículos redactados para la revista (semanario) «Don Goyo», así como en crónicas policiales escritas en «Crítica» por esa misma época.

Aunque ya había publicado por esos años (1926), su primera novela «El juguete rabioso».

Las Aguafuertes Porteñas se convirtieron en un punto de inflexión, para las costumbres de miles de lectores, que hicieron aumentar el número de tiradas del periódico.
Esos relatos fueron describiendo con naturalidad y humor las bajezas y grandezas de personajes inmersos en ambientes de indolencia, retratando a la Argentina de los desposeídos y de los inmigrantes recién llegados, intentando insertarse en un medio hostil, regido por la desigualdad y la opresión.

Eran temas de dominio público y de hechos, que ocurrían a diario, incluso en sitios u horas determinadas y el autor invitaba con insistencia, a aquella persona que quisiera, a comprobar por sí mismo, cada anécdota captada.

Este recurso, quizá explique en cierta forma, la repercusión que tuvieron las Aguafuertes.

No obstante, la crítica literaria y académica, soslayó sistemáticamente este campo de la obra de Arlt, reduciendo el análisis a la función de detectar en él, los elementos básicos de su narrativa y dramaturgia, considerando al aguafuerte, como borrador de un texto que en otra etapa, se desarrollaría con una más cuidada elaboración.
Así, estas narraciones se sucedieron recreando con calidad literaria, lo mejor del género costumbrista, interpretando el pulso cotidiano de una gran urbe, de modo crítico, sin concesiones.
Y utilizando el humor y la ironía, como herramienta con que manejar esa compleja gama de personajes urbanos, que cada día desfilaban por sus calles pintando de vida la ciudad porteña; en un estilo alejado de cualquier moralismo abstracto, como así, de toda pretensión estetizante y sacralizadora del mundo popular (según algunas opiniones).

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Resulta paradójico ese desconocimiento, cuando fue esa «columna diaria» precisamente, la que dio popularidad y prestigio a su autor.

Y al referirnos al autor intelectual de las Aguafuertes Porteñas, estamos hablando de un escritor argentino, novelista, dramaturgo, periodista y esporádicamente inventor Roberto Arlt.

Nota: Si bien Aguafuertes Porteñas cuenta con más de mil relatos, colocamos uno a continuación a manera de muestra:


                                Aguafuertes Porteñas

«El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular»

Ensalzaré con esmero el benemérito “fiacún”.

Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer el elogio del “fiacún”, a establecer el origen de la “fiaca”, y a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término. Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo habré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que trescientos sesenta y un años después me levantarán una estatua.

No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez:
-Hoy estoy con “flaca”.

O que se haya sentado en el escritorio de su oficina y mirando al jefe, no dijera:
-¡Tengo una “fiaca”!

De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la “fiaca” expresa la intención de “tirarse a muerto”, pero ello es un grave error.

Confundir la “fiaca” con el acto de tirarse a muerto es lo mismo que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo.
Exactamente lo mismo.

Y sin embargo a primera vista parece ‘que no. Pero es así. Sí, señores, es así.

Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda.

Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, una expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor Dante Alighieri.

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La “fiaca” en el dialecto genovés expresa esto: “Desgano físico originado por la falta de alimentación momentánea”. Deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento y pico de años.

Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabreja mencionada. Y algunas más.
Comunicábame un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: “Tiene la ‘fiaca’ encima, tiene”. Y de inmediato le recomendaban que comiera, que se alimentara.

En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión de almacenero en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y casi todos ellos oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno.
Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de la “bella Italia” y sus dependientes eran muchachos argentinos, pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios.

Lo mismo sucedió con la palabra “manyar” que es la derivación de la perfectamente italiana “mangiar la lollia”, o sea “darse cuenta”.
Curioso es el fenómeno pero auténtico.
Tan auténtico que más tarde prosperó este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: “Hacer el rosto”.

¿A que no se imaginan ustedes lo que quiere decir “hacer el rosto”?
Pues hacer el rosto, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán los tallarines.

Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la venta por sus condiciones inmejorables.

Eso, lo que no pueden vender o utilizar momentáneamente, se llama el “rosto”, es decir, la salsa, que equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el peligro.

Volvamos con esmero al benemérito “fiacún”.

Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se aplica.

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Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos, a esos robustos ganapanes de quince años, dos metros de altura, cara colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una media tricolor y medio zonzos y brutos.

Esos muchachos eran los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta, hasta que un “chico”, algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo eliminándoles de la función. Bueno, esos grandotes que no hacían nada, que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con un gesto huido, estos “largos” que se pasaban la mañana sentados en una esquina, o en el umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos “fiacunes”.
A ellos se aplicó con singular acierto el término.

Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr y en pocos años el “fiacún” dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con pereza.

Y, hoy, el “fiacún” es el hombre que momentáneamente no tiene ganas de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de “squenun”, sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada con este otro acto.

En toda oficina pública o privada, donde hay gente respetuosa de nuestro idioma, y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le pregunta:
-¿Estás con “fiaca”?

Aclaración. No debe confundirse este término con el de “tirarse a muerto”, pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que la “fiaca” excluye toda premeditación, elemento constituyente de la alevosía según los juristas.

De modo que el “fiacún” al negarse a trabajar no obra con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.

El término «aguafuerte», refiere a una técnica pictórica, un tipo de grabado específico hecho con estiletes.

En este caso, con el título Aguafuertes porteñas, el autor designa un modo diferente de elaborar las impresiones que retiene la mirada del observador inquieto, desconfiado de las palabras progreso y desarrollo, que refulgían como signos distintivos de la época, a fines de los nostálgicos años veinte del siglo pasado.

Aguafuertes Porteñas / Roberto Arlt – GECD

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