Tú me quieres blanca – Alfonsina Storni

Reseña literaria del poema Tú me quieres blanca, de la poetisa argentina Alfonsina Storni

Tú me quieres blanca - Alfonsina StorniAlfonsina Storni fue una escritora y poetisa argentina, nacida en el año 1892 y fallecida en 1938, parte importante de la literatura latinoamericana del siglo XX. Más allá de su habilidad con la pluma, sus escritos se vieron impregnados de una cierta dosis de feminismo, que tomaba fuerza en sus palabras, probablemente influenciada por la realidad que le tocó vivir. Muestra de este detalle es el gran poema llamado Tú me quieres blanca, una de las obras inmortales de alfonsina.

Es importante, para comprender más lo que llevó a la poetisa a orientar su escritura hacia este camino, el conocer un poco su vida y así llegar, si quiera a imaginar sus pensamientos (Biografía de Alfonsina Storni).

El poema Tú me quieres blanca de Alfonsina Storni fue publicado por primera vez en el libro “El dulce daño” en el año 1918.

En esta obra plasma, de manera magistral, la imagen que la sociedad consideraba apropiada para una dama, un ser puro, casto, blanco, alejado de los deseos pasionales o de cualquier tipo de ambición particular. Luego de la tercera estrofa desarma este paradigma y lo confronta con lo esperado para el hombre, mostrando las diferencias que existían entre ambos, y señalando lo incorrecto de aquello.

Existen en la literatura algunos autores que han podido relacionar esta creación con la obra emblemática de Sor Juana Inés de la Cruz, recordada en las palabras “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”.

Como se establece en su biografía (que invité a leer un poco más arriba) las etapas literarias de Alfonsina Storni están divididas en dos. En una primera etapa predomina el romanticismo, con una asociación al modernismo, mientras que en una segunda etapa triunfa una la visión oscura de la realidad. Podría decirse que este poema cruza de una a la otra con el correr de sus palabras.

Tú me quieres blanca – Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

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La tuberculosis – Estragos en la literatura

Reseña literaria del impacto de la tuberculosis a lo largo de la historia de la literatura, afectando y acabando con la vida de numerosos escritores.

Tuberculosis y literaturaLa tuberculosis es una temible enfermedad que ha hecho estragos en las poblaciones a lo largo de la historia. Si bien existen subtipos, la mayoría es causada por una bacteria llamada Mycobacterium Tuberculosis o Bacilo de Koch y el órgano primordial atacado es el pulmón si bien puede presentarse en otros sitios. Fue descripta por primera el 24 de marzo de 1882 por Robert Koch, trabajo por el cual recibió el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

La tuberculosis ha afectado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, siendo llamada en la antigüedad como “tisis” y acabando con la vida de millones de personas. No es de extrañar, entonces, que, habiendo ocasionado tanto daño, haya afectado también a importantes referentes de la literatura, siendo conocida incluso como “La enfermedad de los poetas”.

Se podría llegar a pensar que al referirnos a la tuberculosis hablamos de un estigma del pasado, ya superado, pero lo cierto es que la Organización Mundial de la Salud aún atribuye a esta terrible enfermedad un gran numero de fallecimientos por su causa, sin contar la morbilidad de millones de personas que conviven con la misma.

Haciendo un breve recorrido por la historia de la literatura podemos encontrar que los siguientes escritores padecieron o fallecieron a causa de la tuberculosis:

Friedrich Schiller: Johann Christoph Friedrich Schiller fue un poeta y dramaturgo alemán, nacido el 10 de noviembre de 1759 y fallecido el 9 de mayo de 1805. Es considerado como uno de los dramaturgos más importantes de Alemania y el mundo.

Es probable que Schiller haya contraído tuberculosis a finales del siglo XVIII. En febrero de 1805 su enfermedad comprometía seriamente su calidad de vida, encontrándose muy deteriorado. En mayo de ese mismo año, sufrió una grave infección respiratoria (ayudada por el daño producido por el bacilo) que acabaría con su vida. En la autopsia no sólo encontraron afectados sus pulmones sino también diversos órganos del cuerpo.

Antón Pávlovich Chéjov: Fue un médico, escritor y dramaturgo ruso, nacido en enero de 1860 y fallecido en julio de 1904. Se lo considera uno de los más importantes escritores de la literatura rusa y universal.

El diagnóstico de su enfermedad fue temprano, probablemente contagiada por alguno de sus pacientes, alrededor de 1880. Para mejorar su salud viajaba con frecuencia a Francia debido a que el clima de ciertas regiones lo hacía sentirse mejor, evitando la crueldad del frio en el invierno ruso. En 1904 la tuberculosis avanzó con agresividad, apagando su llama el 15 de julio.

José Gautier Benítez: Fue un reconocido poeta nacido el 26 de febrero de 1848 en Puerto Rico. Su vida lo acercó al servicio militar español pero la melancolía por su tierra natal lo hizo regresar para dedicarse a las letras. Falleció en el año 1880 a causa de la tuberculosis.

Gustavo Adolfo Bécquer: Fue uno de los más grandes poetas de la literatura. Nació el 17 de febrero de 1836 en Sevilla y falleció el 22 de diciembre de 1870. Su poesía lo ha ubicado como uno de los más importantes referentes del romanticismo español.

Se le diagnóstico la terrible enfermedad en el año 1857, pero no fue hasta 1863 que sufrió una grave recaída. Para mejorar su salud se trasladó a vivir con su hermano a un monasterio en Zaragoza, y luego de recuperarse volvió a Sevilla. En 1870, enfrentando el clima frío de diciembre, sufre un deterioro de su salud y fallece a causa de la tuberculosis (si bien su salud se veía afectada por otras enfermedades. Es sabido que su muerte coincidió con un eclipse total de sol, y que en sus últimos deseos solicitó que sus cartas fueran quemadas, más no sus versos que eran tenidos en mayor estima por el poeta.

Emily Brontë: Fue una célebre escritora británica creadora de la inolvidable “Cumbres borrascosas”, nacida el 30 de julio de 1818 y fallecida el 19 de diciembre de 1848.

Emily falleció a la temprana edad de 30 años, siendo afectada por la tuberculosis y habiéndose complicado con una infección respiratoria sobreagregada. Anne, una de sus hermanas y también escritora, fallecería unos pocos meses después devastada por la misma enfermedad.

George Orwell: Eric Arthur Blair fue un escritor británico de excelencia y uno de los más grandes de la literatura. Nació el 25 de junio de 1903 y falleció el 21 de enero de 1950. Su pseudónimo George Orwell se asocia con facilidad a dos obras increíbles, llamadas “1984” y “Rebelión en la granja”.

George Orwell falleció en Londres debido a la tuberculosis, posiblemente contraída alrededor de 1930 en una época donde lo alcanzó la miseria y debió vivir en la extrema pobreza, relatado en una de sus novelas llamadas “Sin blanca en París y Londres”. Un año antes de su muerte contrajo matrimonio, pero su salud se deterioró rápidamente, obligándolo a concurrir asiduamente a hospitales.

Franz Kafka: Fue un escritor de origen judío, nacido en República Checa, el 3 de julio de 1883. Se encuentra reconocido en los círculos culturales como uno de los más importantes e influyentes de la literatura universal. Falleció el 3 de junio de 1924 debido a complicaciones de su padecimiento, la tuberculosis.

El diagnóstico de la enfermedad se produjo en el año 1917 lo que limitó su posibilidad de trasladarse debiendo concurrir con frecuencia al médico, siendo ayudado por su familia (sobre todo su hermana). En 1923 sufrió una infección respiratoria que agravó su estado, y un año más tarde la tuberculosis afectó su laringe por lo que debió dejar de alimentarse con sólidos. La última etapa de la vida del escritor fue muy dolorosa, falleciendo el 3 de junio de 1924.

Walt Whitman: Fue un poeta, ensayista y periodista estadounidense, nacido el 31 de mayo de 1819 y fallecido el 26 de marzo de 1892. Es considerado un precursor casi obligado de la poesía moderna estadounidense y un referente en la literatura mundial, llamado por algunos el padre del verso libre.

Si bien su estado de salud se afecto luego del accidente cerebro vascular ocurrido en el año 1873, continuó con su vida y carrera literaria. En marzo del año 1892 vio escapar su vida. Una autopsia posterior revelo el profundo daño que sus pulmones habían recibido por parte de la tuberculosis, a un extremo que incluso hubiera sido difícil respirar.

Robert Louis Stevenson: Fue un novelista, ensayista y poeta escocés, famoso por algunos clásicos de la literatura como “La isla del tesoro”, o El extraño caso de doctor Jekyll y Mr. Hyde”. Ha resultado ser un hombre de enorme influencia en la literatura posterior. Nació el 13 de noviembre de 1850 y falleció el 3 de diciembre de 1894.

Si bien no pereció de tuberculosis, se sabe que fue afectado por la misma desde muy temprana edad, entre los veinte y los treinta años. Llegó a considerar que su vida no valía, torturado por los síntomas de la enfermedad. Un accidente cerebro vascular puso fin a su sufrimiento en el año 1894.

Edgar Allan Poe: Fue un poeta, escritor y estadounidense considerado uno de los más grandes de la literatura. Nació el 19 de enero de 1809 y falleció el 7 de octubre de 1849.

Si bien existe cierto misticismo sobre los padecimientos de Poe, y sobre su muerte, se cree que padecía la enfermedad si bien no falleció por su causa. La familia de Poe, por otro lado, sufrió el embiste de la tuberculosis llegando a afectar al gran escritor.
Como pueden ver no son pocos los casos en que esta temible enfermedad ha golpeado contra los escritores, en muchos casos, torturándolos, en otros finalizando su vida. Se dice que muchos otros escritores pudieron llegar a padecer tuberculosis, si bien los registros no son claros y aparecen vestigios de algunas otras afecciones como por ejemplo la Sífilis.

En la actualidad y con el avance de la medicina, existen algunas alternativas como la vacuna para prevenir las formas graves de la misma, o algunos tratamientos Para combatirla. Sin embargo, con el advenimiento del HIV y debido a las condiciones de pobreza y hacinamiento cada vez más graves en algunas poblaciones, el problema está lejos de haberse solucionado.

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Pablo Neruda – Veinte poemas de un amor frustrado

Pablo Neruda, Albertina Rosa y los veinte poemas de un amor frustrado – La historia de una de las obras de poesía más reconocidas de la literatura

Pablo Neruda - Veinte poemas de un amor frustradoUna de las obras líricas de mayor renombre y difusión universal en lengua española es, sin duda, el libro de versos Veinte poemas de amor y una canción desesperada que un jovencísimo Pablo Neruda publicara en aquel lejano 1924, cuando tenía apenas 20 años. El poemario se convirtió desde entonces, en referente obligado de una interminable pléyade de amantes eternos, que admiraron incondicionalmente las melancólicas definiciones del amor narradas en estrofas maravillosas y que aún brillan con una luz genuina que el paso del tiempo no pudo opacar.

Desde su aparición, el libro fue recibido entusiastamente por ávidos lectores y ha sido traducido a innumerables idiomas. Con su estilo, que distaba mucho de ser meramente retórica de amantes, Neruda transformó en verso casi todo lo que vió y vivió: su tierra, montañas, piedras, el mar, manantiales, ríos y animales, su vida de navegante y de político, su adoración por las caracolas y los mascarones de proa, los cuerpos estilizados de las mujeres; también la libertad para elegir con quién estar y cuándo estar.
Este legado lírico, se puede separar por épocas y en tres facetas: el poeta del amor, la poesía de lo cotidiano y una poesía política, dirigida a la toma de conciencia por las reivindicaciones y luchas estudiantiles y sociales.

Durante su primera etapa de escritor, siendo muy joven, su poesía estuvo marcada por sus experiencias amorosas y prima en ella la nostalgia y el romanticismo apasionado, pero también tierno, inocente, a veces candoroso. Conoció a muchas mujeres y probablemente haya tomado algo de cada una como motivación. Pero ¿quién fue la musa literaria de esos veinte bellísimos poemas que toda mujer hubiera deseado inspirar?.

El propio Pablo Neruda, para evadir esa obligada y repetida pregunta que le hicieron durante toda su vida, siempre respondió escudándose en el misterio: “Fueron básicamente dos mujeres, Marisol, la del campo y Marisombra, la citadina”. Además comentando sus libros “Para nacer he nacido” y “Confieso que he vivido”, aclaró que nunca había dedicado sus versos a ninguna mujer en especial y que lo que la gente ha creído y opinado de sus ‘musas inspiradoras’, son apreciaciones totalmente inexactas. El eximio poeta chileno se llevó a la tumba su secreto.

Pero muchos años más tarde y no obstante esa negativa rotunda, se demostró que la musa había existido realmente y el misterio que había permanecido inescrutable por décadas, fue develado cuando en 1975 el historiador chileno Sergio Fernández Larraín dio a conocer el nombre y apellido de una una mujer, que no era precisamente imaginada, se llamaba Albertina Rosa Azócar Soto y mantuvo con Neruda un romance juvenil que duró desde 1922 hasta 1932, período en el que el poeta le escribió 111 cartas de amor, que Albertina guardó celosamente en secreto durante más de medio siglo.

Pero la cautivante historia resulta más auténtica leída de las propias palabras de Albertina, que se transcribieron de la conversación que sirve de prólogo a la edición oficial de las Cartas, hecha en Madrid, en 1983, por el Banco Exterior de España, con ensayos de los prestigiosos poetas Vicente Alexandre (Premio Nobel de Literatura 1977) y Jorge Guillén; y escritos de Rafael Alberti y Paco Umbral:

“Es una antigua historia…Yo tendría entonces diecinueve años y Pablo era un año más joven. Nos conocimos en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile que quedaba en Alameda con Cumming. Los dos estábamos matriculados en francés y éramos compañeros, aunque Pablo pertenecía a otro grupo. El Instituto era un viejo edificio de dos plantas, con una sala de actos en la que celebrábamos reuniones los sábados. Había estudiantes que componían poesías. Pablo estaba entre ellos y recitaba con aquel tono suyo lento y grave: desde el fondo de ti, arrodillado, un niño triste como yo nos mira…”(…)

“Yo solía remedarle, junto a unas compañeras de curso, cómo recitaba Pablo sus poemas. No sé cómo, de repente, comenzamos a sentarnos en una de aquellas largas bancas de la clase, con otros poetas que también estudiaban allí. Así comenzamos a conversar y a pasear juntos, después de las clases en el Pedagógico. Al volver a casa, a la pensión en que vivía con mi hermano Rubén, Pablo me acompañaba” (…)

“A mi hermana no le agradaba, porque mi familia era muy conservadora y los poetas tenían mala fama. Además, Pablo era muy delgado, taciturno, de cara macilenta. Iba muy abrigado con capa, porque su padre era ferroviario y entonces les daban unas capas enormes, largas… Le recuerdo con aquella capa y sombrero, como a veces se dibujaba, de negro.
Era algo más alto que yo y era tan joven, tan enamoradizo… No sé, a muchas chiquillas les gustaban los poetas. Cuando me escribía, por ejemplo, tenía acá dos, tres, cuatro amores”.

“De los versos que a mí me dedicó, el que más me ha gustado y quizás el más popular, es el poema quince, el Poema del silencio: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”(…) Es verdad que en sus cartas se quejaba de que no le escribía, pero es que mi carácter es así. Yo le quería mucho, pero no soy de esas personas que se muestran apasionadas ni ninguna de esas cosas.” (…)

“En realidad, le escribía poco, porque toda esta historia de nuestra correspondencia para mí estuvo llena de dificultades. Yo tenía que sacar las cartas del correo a escondidas, porque en mi casa eran terribles para esto y me escondía también para escribirle y poner las cartas. Me controlaban todas las salidas; ni con amigas me dejaban salir.” (…) Nuestras relaciones en Santiago duraron un año y medio más o menos. Me habría casado con él, pero volví a Concepción para terminar los estudios, hacer mi Memoria y trabajar en una escuela experimental al lado de la Universidad. Pablo terminó los cuatro años en el Pedagógico.” (…)

Después siguieron tiempos de encuentros y desencuentros, las separaciones y dificultades cada vez mayores para verse y estar juntos, consecuencia de los frecuentes viajes de Neruda, un retrato de Albertina enviado por ella a la India, las cartas que llegaban tarde, mal o nunca. Y el desgaste comenzó a deteriorar la relación de la pareja.
Mientras ocupaba el consulado chileno de Ceilán en diciembre de 1929, él le escribió desesperado: “me estoy cansando de la soledad y si tu no vienes trataré de casarme con alguna otra”. Al poco tiempo, Pablo conoció en Java a “Maruca” María Antonieta Hagenaar Vogelzang y después de sólo cuatro meses de cortejo, se casó con ella a fines de 1930. Era una mujer altísima, lenta, de modales solemnes y sin ningún interés o relación con la literatura. Es un hecho que Neruda se casó con ella, porque la soledad que sentía en esos rincones del mundo lo tenían devastado y cansado de esperar en vano a Albertina.

En la última carta que Neruda le escribe, fechada el 11 de julio de 1932, expresa: “Tengo tanto que hablarte, reprocharte, decirte. Me acuerdo de ti todos los días (…)

Albertina por su parte, conoció un día en casa de su hermano Rubén, al escritor Ángel Cruchaga Santa María, diez años mayor que ella, solterón, de modales finos, muy tranquilo y que no tenía nada de la bohemia de Pablo. Terminó casándose con él; y entonces, el amor con Neruda se tornó imposible.

En esa correspondencia publicada sin un consentimiento total de Albertina, había esquelas, poemas, postales, anotaciones escritas en billetes de ferrocarril, en servilletas, en trocitos de papel, incluso con dibujos del poeta y Neruda aludía a su enamorada con atrevidos y sugerentes encabezados: Mocosa de mi alma, Mala pécora, Pequeña canalla, Ratoncilla, Caracola, Abeja, Fea mía, Querida mocosa, Netocha, Arabella, Muñeca adorada, Niña de los secretos y algunos más.

En una de sus notas expresaba a modo de poesía:

“Albertina Rosa, mariposa.
Collar de lumbres sobre las cosas.
Es la hora de las rosas, la hora que no cesa.
Acosa, besa la poderosa cabeza
del que te apresa, te roza y te besa.
En todas las cosas, dulce y divina
Albertina Rosa”

Y en otra de sus cartas, Neruda escribió:

“Querida mocosa. El domingo me voy a Temuco. ¿Qué te han dicho de mí, mi chiquilla bonita?. No sé. Aquí, ayer, remolcamos una gibia rosada. Te mandaré unas vistas. ¿Rezaste por mi alma? ¡Ah!, estoy condenado. ¿A qué hora te levantas?

Esta tarde escribiré en la arena tu nombre: ALBERTINA.”

“Me contarás largamente lo que has hecho y lo que haces, y qué piensas. Ya llegarás hoy a tu casa mientras te escribo, es martes en la mañana.

He pasado estos tres días leyendo y fumando; mientras tenga libros que leer y tabaco no me aburriré. Pienso estar todo el mes aquí.
Ahora te copio unos versos.” (…)

Al lado de mí mismo, señorita enamorada,
¿quién sino tú, como el alambre ebrio,
es una canción sin título?
Ah, triste mía, la sonrisa se extiende
como una mariposa en tu rostro.
Y soy el que deshoja nombres y altas
constelaciones de rocío
en la noche de paredes azules, alta sobre tu frente,
para alabarte a ti, palabra de alas puras,
el que rompió su suerte, siempre, donde no estuvo.
Por ejemplo, es la noche rondando
entre cruces de plata
qué fue tu primer beso, para qué recordarlo,
yo te puse extendida delante del silencio,
tierra mía, los pájaros de mi sed te protegen
y te beso la boca mojada de crepúsculo.
Es más allá, más alto.
Para significarte amaina una espiga.
Corazón distraído, torcido hacia una llaga.

“Me he tomado el insoportable trabajo de copiarte esto de mi próximo libro para saber si te interesa algo de lo que escribo para ti. Tú me das una sensación de indiferencia que me abre la curiosidad. Espero que esta carta no se pierda, ¿tienes otra dirección más segura? ¿Enfermita saldrás a buscar al correo estas palabras sin importancia?
Escríbeme con generosidad y recibe besos para mucho tiempo.
Tu Pablo

Amores efímeros como el de Teresa Vásquez y María Parodi, inolvidables como el de Albertina, de compromiso como Maruca y el amor completo por su compañera de tantos años, Matilde Urrutia, seguramente hicieron vibrar la fibra íntima de Pablo Neruda poeta. Al margen de eso, justo es reconocer que no alcanza sólo la ayuda de las musas para escribir como él lo hacía. La clave, fue el singular talento que lo llevó a ser un escritor genial.

Compartimos algunos fragmentos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: 

Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia
mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso.
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
(poema 1)

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
y las hojas caían en el agua de tu alma.
(poema 6)

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, ¿dónde estabas?
¿Entre qué genes?
¿Diciendo qué palabras?
¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
(poema 10)

Eres la delirante juventud de la abeja,
la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.
Mi corazón sombrío te busca, sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
Mariposa morena, dulce y definitiva,
como el trigal y el sol, la amapola y el agua.
(poema 19)

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
(poema 20)

Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.
El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa,
surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.
Abandonado como los muelles en el alba,
sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.
Es la hora de partir. Oh abandonado.
(una canción desesperada)

Pablo Neruda no olvidaría nunca a Albertina, su primer amor adolescente y muy mayor volvería a evocarla en ”Memorial de Isla Negra” como Rosaura, esa ”pasajera color de agua”, recordando los tiempos en que se paseaban tomados de la cintura por las orillas del Mapocho, soñando con el Sur: Rosaura otoño, lejos/ luna de miel delgada/ campanita taciturna…!
Tal vez tenía razón el escritor español Noel Clarasó (1899-1985) que alguna vez con sutil pesimismo escribió “El hombre y la mujer han nacido para amarse, pero no para vivir juntos. Los amantes célebres de la historia vivieron siempre separados”.

Para conocer más:

  • Aibertina Azócar, falleció en Santiago de Chile el 11 de octubre de 1989, a los 87 años.
  • Con respecto a las famosas cartas, relataba también Albertina en el prólogo: “La historia, después, de las cartas es otra. Vivíamos mi marido y yo en La Reina, en una parcela donde construimos una casita. Entonces tenía ahí todas mis cosas y Ángel tenía su biblioteca. Cuando él murió, no tenía objeto dejar la parcela abandonada; la vendí y me mudé a Santiago. En el nuevo departamento no cabían las cosas y estaba todo amontonado. Un día, buscando algo entre los libros, de repente apareció una caja donde yo tenía guardadas las cartas, desde toda la vida. Nunca nadie las había visto. Ni en mi casa, porque yo tenía un velador donde las metía bajo llave cuando me llegaban. ¡Si entonces me hubieran visto una carta…!
    Y ahí estaban, casi rompiéndose por el tiempo. Sí, ¿cuánto tiempo? Sesenta años; sesenta años…”
  • ¿Por qué aparecieron estas cartas privadísimas en poder de Fernando de la Lastra? Debido a que era sobrino del esposo de Albertina, Ángel Cruchaga Santa María. Al morir éste, ella decide deshacerse de la biblioteca y le pide a Fernando que le compre los libros. Éste se interesa y adquiere una parte de la colección pagando el valor que Albertina establece. Además, la ayuda a deshacerse del resto. Ella, agradecida, le entrega una caja de cartas. “Son para usted. Es un regalo”, le explica.
    Fernando de la Lastra revisa posteriormente ese material y advierte la importancia que tiene para los estudiosos de Neruda. Conservó las cartas en su poder durante cuatro años y luego decidió darlas a conocer al público. En ese tiempo, Albertina jamás intentó siquiera recuperarlas.
  • Después de la publicación, comenzó una serie de demandas y querellas, entablados por varias personas que se sintieron perjudicadas. (entre ellas Albertina y Matilde Urrutia)
  • Entre corchetes […] o entre paréntesis (…), los puntos suspensivos indican la supresión de una palabra o un fragmento en una cita textual.

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Recuerdos de infancia – la escuela y la poesía

Poemas y recuerdos de infancia: la escuela y la primera maestra en las letras de Almafuerte y Fermín Estrella Gutiérrez 

Recuerdos de infanciaDiciembre es un mes tradicionalmente recargado de celebraciones y gratos acontecimientos: las fiestas navideñas, la despedida nostálgica del año viejo y la esperanza siempre renovada por otro que se inicia. Los festejos en los ámbitos laborales y la preparación de las merecidas vacaciones, una época que nos trae sin pensarlo recuerdos de infancia.

Y, para los que estamos irremediablemente enamorados de las letras, es una época de recordación, porque en algunos países terminan las clases anuales y en otros, las vacaciones de verano abren un paréntesis. La inolvidable escuela de los años mágicos de nuestra niñez cobra entonces, y una vez más, especial significación.

Así, igual que cuando éramos niños, vuelven a recrearse en nuestra memoria el nombre de la primera maestra, el primer cuaderno prolijamente forrado y las formaciones en el patio junto a los nuevos compañeros; potenciales amigos y aliados en el espacio desconocido a conquistar que se llamaba futuro. Era la escuela para nosotros, la puerta de entrada a un nuevo mundo pleno de expectativas y el primer paso, inseguros, lo dimos guiados por la mano experta de la “señorita maestra”, ella nos enseñó pacientemente a deletrear el alfabeto y aprendimos además, todos los secretos de la lectoescritura que nos llevaría con el tiempo, a los logros que cada uno pudo concretar.

La maestra - La escuelaLa humanidad sigue enfrentando hoy un enorme y pesado desafío, reiteradamente postergado: la educación de la infancia. Vaya nuestro homenaje y agradecimiento, a esa legión de maestros y educadores que, esforzadamente, llevan adelante la noble tarea de tratar de conseguir los mejores resultados.

Compartimos dos poemas, que describen con gran emoción y tierna melancolía, esos momentos imborrables que marcaron nuestros destinos para siempre, los recuerdos de infancia.

Adiós a la Maestra

Obrera sublime, bendita señora
la tarde ha llegado también para vos.
¡La tarde que dice, descanso…, la hora
de dar a tus niños el último adiós!

Mas no desespere la santa maestra
no todo en la vida del todo se va,
usted será siempre la brújula nuestra,
¡la sola querida segunda mamá!

Pasando los meses, pasando los años,
seremos adultos, geniales tal vez.
¡Mas nunca los hechos más grandes o extraños
desfloran del todo la eterna niñez!

En medio a los rostros que amante conserva,
la noble, la pura, memoria filial,
cual una solemne visión de Minerva
su imagen señora, tendrá su sitial.

Y allí donde quiera la ley del ambiente
nimbar nuestras vidas, clavar nuestra cruz,
la escuela a de alzarse fantásticamente,
cual una suntuosa gran torre de luz!

No gima, no llore, la santa maestra,
no todo en el mundo del todo se va,
usted será siempre la brújula nuestra,
¡la sola querida segunda mamá!

Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios)

Adiós a la escuela

Ha llegado el momento de dejarte,
nuestra labor del año está cumplida;
somos el escuadrón blanco que parte
con la amargura de la despedida.

Patio con sol que nunca olvidaremos,
aula, donde aprendimos tantas cosas;
pedacito de cielo, que aún te vemos
por la ventana abierta entre las rosas.

Ya no vendremos más a tu llamado,
vieja campana de color ceniza;
ni escribiremos en el encerado
con la barrita blanca de la tiza.

Queda entre tus paredes nuestra infancia,
el primer goce y el primer quebranto;
la amistad, esa flor de tolerancia
y las maestras que quisimos tanto.

Adiós, escuela. Con el alma henchida
de gratitud, la caravana parte.
Nuestro blanco escuadrón hará en la vida
más de un alto, tal vez, para adorarte.

Fermín Estrella Gutiérrez

Para conocer más:

Pedro Bonifacio Palacios (nacido en San Justo, Argentina, 13 de mayo de 1854 y fallecido en la ciudad de La Plata, Argentina, 28 de febrero de 1917). Conocido también por el seudónimo de “Almafuerte”, fue un gran maestro argentino, poeta y un periodista polémico y apasionado.

Fermín Estrella Gutiérrez (Almería – España, 28 de octubre de 1900 – Buenos Aires, 18 de febrero de 1990) fue un escritor, poeta, profesor y académico español residente en Argentina.

Minerva: en la mitología romana es la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra, además de protectora de Roma y patrona de los artesanos.

(Cabe aclarar que solamente en la ciudad de Roma se le atribuyó esa faceta bélica).

Se corresponde con Atenea en la mitología griega.

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Los devoradores de hombres de Tsavo

Reseña literaria del libro Los devoradores de hombres de Tsavo de John Henry Patterson – La descripción de la realidad más cruda.

Los devoradores de hombres de TsavoLos devoradores de hombres de Tsavo es el nombre impuesto a dos temibles leones que entre los meses de marzo y diciembre de 1898, atacaron y quitaron la vida a más de treinta empleados de la compañía encargada del Ferrocarril que debía unir Kenia con Uganda.

En ese año el teniente coronel John Henry Patterson fue trasladado a dicho territorio y nombrado ingeniero en jefe para la construcción de un puente en el río Tsavo, ubicado en Kenia. En dicho periodo de trabajo las sombras de dos leones, aunque en un comienzo se pensó que eran leonas por la ausencia de melena, produjeron estragos entre los trabajadores, atacándolos por las noches y sumiéndolos en el terror más profundo.

Cuenta la historia que los devoradores de hombres de Tsavo visitaban el campamento durante la noche, rasgando las tiendas de campaña y llevándose a los indefensos trabajadores para devorarlos en la oscuridad. A pesar de haber construido murallas, hogueras, y colocar vigías, nada parecía asustar a los temibles felinos que, al llegar la noche, arremetían contra sus presas.

Devoradores de hombresEl coronel Patterson logró abatir al primero de ellos el 9 de diciembre de 1898 mientras que el segundo resultó herido. Tres semanas después (el 29 de diciembre) logró acabar con el segundo león, que, luego de resistir numerosos disparos de su rifle, fue muerto por un disparo en la cabeza de una carabina, a pesar de que, en su agonía, el león continuaba intentando asesinarlo. La historia cobró vida y fama debido a la ferocidad de los leones que, en general no suelen atacar a grandes grupos de personas, ni mucho menos lograr asesinar a tantos hombres.

No existe precisión en la cantidad de hombres muertos que acarreó este suceso ya que Patterson llegó incluso a asegurar que se trataba de más de cien personas. La ciencia actual explica que probablemente no se trató de más de treinta y cinco trabajadores.

Los devoradoresEl coronel Patterson elaboró dos alfombras con la piel de los leones con las que amobló su domicilio durante más de veinte años, tiempo en el que fueron adquiridas por el Museo de Chicago y reestructuradas a una forma similar a la original.

En el año 1907, 9 años después del suceso, John Henry Patterson publicó Los devoradores de hombres de Tsavo, un libro que retrataría el horror vivido para llevarlo a la posteridad.

EL hecho ha sido fuente de numerosas investigaciones debido al extraño comportamiento de los felinos. Es sabido que en esa época existió una peste que atacó al ganado bobino, reduciendo en gran parte su número, disminuyendo la oferta de comida para los leones que debían recurrir a otras fuentes de alimento. Existe una teoría que habla de que uno de los felinos se encontraba enfermo y su dentadura estaba afectada, lo que no le permitía hacerse con presas habituales, obligándolo a atacar a los seres humanos.

Muchos otros investigadores hablan de que es probable que al alimentarse de carroña pudieran verse habituados a consumir cadáveres de personas, y esto pudo haber modificado su comportamiento.

Lo cierto es que, en vista a la modernidad, eran las personas las que invadían el territorio de los animales, expulsándolos y obligándolos a reaccionar ante el embiste de la humanidad.

Nunca se sabrá cuántas personas perdieron la vida en la construcción de ese puente, en las mandíbulas de estos feroces leones. Recientes estudios con marcadores radio-isotópicos aseguran que cada león pudo haberse alimentado de la carne de alrededor de diez personas. Es probable que el número de treinta y cinco, o hasta cien, haya sido dado para aumentar la “grandeza” de la cacería de estas fieras.

Se han realizado numerosas adaptaciones cinematográficas de esta historia. En el año 1952 apareció Demonios de Bwana. En la década de los ´90 se emitió “El fantasma y la oscuridad”, también traducida como “Los demonios de la noche” o “Garras” en países de habla hispana, interpretada por Val Kilmer.

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Lord Byron, Londres y sus placas azules

La historia de las placas azules de Londres y su relación con el gran escritor Lord Byron

Placas azules de LondresLondres, una de las ciudades más atractivas del mundo por historia y patrimonio cultural, tiene en sus calles una característica peculiar que no pasa desapercibida para los visitantes curiosos. Ese rasgo singular no es otro que una importante cantidad de placas azules que, como emblema permanente y distintivo, están instaladas en edificios significativos e indican un vínculo entre ese lugar y algún morador o acontecimiento destacado que lo tenga como referente. Se reconoce de esa manera a personajes ilustres y universales que en algún momento de su existencia, residieron en la capital de Inglaterra aportando y engrandeciendo el acervo histórico cultural londinense.

Existen más de 850 placas conmemorativas en la ciudad, aunque la cifra debiera ser mayor, ya que más de 100, fueron quitadas o destruidas durante demoliciones de los edificios donde se encontraban.

La idea de colocar estas placas en las calles se originó durante el siglo XIX y es una costumbre se ha conservado hasta la fecha; está regulada por el organismo English Heritage (Patrimonio Inglés). Actualmente esta costumbre se está imitando en otras grandes urbes de todo el mundo como París, Francia, Roma, Italia, Oslo, Noruega, Dublín, Irlanda, Polonia, Canadá, Australia y Estados Unidos, así como otras ciudades del Reino Unido.

Según el criterio utilizado por el English Heritage, para otorgar el reconocimiento, el personaje famoso debe:
1) Haber muerto hace 20 años o haber cumplido más de 100 años.
2) No ser considerado personaje de ficción.
3) Ser considerado una eminencia por la mayoría de los personajes más importantes de su misma profesión.
4) Haber hecho alguna contribución al bienestar de la humanidad.
5) Haber vivido en el edificio por un periodo significante.

Algunas de las placas azules que se conservan, son las alusivas a:

Charles Dickens: 48 Doughty Street, WC1N 2LX
Karl Marx: 28 Dean Street, Westminster WD1 3RA
Mozart: 180 Ebury Street SW1 8UP
Sir Isaac Newton: 87 Jermin Street, SW1Y 6JD
Gandhi, Mahatma: Kingsley Hall, Powis Road, E3
Charles Darwin: Gower St WC1E 6BT (edificio de biological sciences)

La placa azul más antigua que aún permanece instalada, es la de Napoleón III en St. James, que data de finales del año 1867.

Paradójicamente, la primera personalidad prominente que recibió la placa en homenaje ya no la tiene. Esa primera placa fue emplazada en 1867 en la casa situada en 24 Holles Street, Cavedish Square, lugar de nacimiento del admirado poeta inglés George Gordon Byron (más conocido como Lord Byron). Este edificio fue demolido a los pocos años y no han quedado registros del destino de la placa conmemorativa.

Sobrados méridos literarios hicieron merecedor de la distinción a Lord Byron, un hombre imposible de definir en pocas líneas de datos biográficos y que hizo de su propia vida una novela legendaria, pero que si podremos conocer, a través de la lectura de algunas de sus obras, verdaderas joyas de su exquisito arte lírico.
El amor, el dolor y las lágrimas de una separación, los recuerdos, le lejanía, la nostalgia y el silencio, eternas obsesiones de los poetas que Lord Byron plasma en versos memorables como los que a continuación compartimos:

La lágrima. (The tear)
Cuando el amor o la amistad debieran
a la ternura despertar el alma,
y ésta debiera aparecer sincera
en la mirada,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.

Una sonrisa puede ser a veces
un artificio que el temor disfraza,
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
por un momento miro obscurecerse
con una lágrima.

El hombre surca el ignorado Océano
con el soplo del viento que lo arrastra,
en medio de las olas bramadoras
que se levantan;
se inclina…y en las olas procelosas
que amenazantes a su nave avanzan,
mira el abismo y sus aguas turbias,
mezclan una lágrima.

En la carrera de la noble gloria,
el valeroso capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas compasivo baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.

Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla,
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada
y al darle un beso en sus mejillas húmedas,
con una lágrima.

Dulce mansión de mi niñez perdida,
donde la franqueza y la amistad gozaba,
donde en medio de amor vi deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con un hondo sentimiento,
volví hacia ti mis últimas miradas,
y apenas puede percibir tus torres
tras una lágrima.

Aunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María cara,
a la que fuera para mí otro tiempo
fuego del alma;
tengo presentes los felices días
en que, niños aún, tanto me amaba,
cuando ella contestaba a mis promesas,
con una lágrima.

¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Tiene el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y dije adiós a mi esperanza loca,
con una lágrima.

Cuando al imperio de la eterna noche
tome su vuelo para siempre mi alma,
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida;
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced siquiera mis cenizas
con una lágrima.

Yo no apetezco mármol…monumento
que la ambición la vanidad levanta,
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo que pido sólo,
es una lágrima.

Te vi llorar (I saw thee weep)
¡Te vi llorar! Tu lágrima, bien mío,
en tu pupila azul brillaba inquieta,
como la blanca gota de rocío
sobre el tallo gentil de la violeta.

¡Te vi reír! Y un fecundo mayo,
las rosas deshojadas por la brisa
no pudieron copiar en su desmayo
la inefable expresión de tu sonrisa.

Así como las nubes en el cielo
del sol reciben una luz tan bella,
que la noche no borra con su velo,
ni eclipsa con su luz la clara estrella.

Tu sonrisa transmite la ventura
al alma triste, y tu mirada incierta,
deja una dulce claridad tan pura
que llega al corazón después de muerta.

Cuando nos separamos (When we two parted)
Cuando nos separamos,
en silencio y entre lágrimas,
con el corazón partido
apartándonos por años,
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
más fríos tus besos
y es verdad que aquella hora predijo,
el dolor de esta.

El rocío de la mañana
se hundió gélido en mi frente,
lo sentí como el preludio
de lo que hoy siento.
Tus votos fueron quebrados
y ligera es tu fama,
escucho decir tu nombre
y comparto su vergüenza.

Te nombran en mi presencia
lúgubres voces en mis oídos;
un estremecimiento viene a mí:
¿por qué te quise tanto?
No saben que te conocí
los que hoy te conocen demasiado bien,
por largo tiempo he de arrepentirme de ti,
en hondos pensamientos que jamás diré.

En secreto nos conocimos
en silencio me lamento,
de tu corazón proclive al olvido,
y de tu espíritu engañador.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¡Cómo habría de saludarte!
Con lágrimas y silencio.

Acuérdate de mí (Remember me)
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual aurora,
brillando en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede mancillar.

¡Acuérdate de mí!… Cerca de mi tumba
no pases, no, sin regalarme tu plegaria;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que has olvidado mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que sobre mi tumba derrames una lágrima.

Lord ByronGeorge Gordon Byron, sexto Barón de Byron, excelso poeta inglés fue además uno de los escritores más versátiles e importantes del Romanticismo. Nacido en Londres el 22 de enero de 1788 en el seno de una familia aristócrata, heredó el título de barón al morir su tío abuelo William.

Talentoso, excéntrico, ostentoso, polémico y controvertido. También fue un crítico de sutil ironía y hasta un poco cruel, tal era la reputación del notable poeta y muchos le acusaban de sufrir un trastorno bipolar. Concitó la atención de sus contemporáneos al tomar partido en defensa de los más débiles: desheredados, marginados o miserables.

Fue un hombre que a pesar de su discapacidad motriz (sufría una deformación en un pie que le impedía caminar normalmente), se convirtió en un ícono del galán romántico. Un conquistador que avasallaba con su personalidad y por los escándalos que protagonizaba.

Como escritor, exageró algunos elementos para crear al típico héroe byroniano, un rebelde libertino y transgresor frente a la moral y las costumbres y convenciones establecidas. Y, sin dudas, un autor genial utilizando la pluma.

Murió en Missonlonghi (Grecia) donde se había trasladado para participar en una aventura bélica. En tierra griega, sufrió un ataque epiléptico fatal el 19 de abril de 1824, que no pudo ser controlado adecuadamente por carencia de medicamentos y médicos especializados.

Johann Wolfgang von Goethe, el poeta y científico alemán escribió ante la noticia de su fallecimiento: “Descansa en paz, amigo mío; tu corazón y tu vida han sido grandes y hermosos”.

Los restos de Lord Byron fueron trasladados a Londres donde arribaron a principios de julio, más de dos meses después de la muerte. Se generó entonces una acalorada polémica para decidir dónde enterrarlo.
El Deán de la Abadía de Westminster consideró que un personaje con una existencia tan escandalosa y alejada de los preceptos de moralidad imperantes, como había sido la vida llevada por Byron, no merecía el honor de ser enterrado en el Rincón de los Poetas, junto a autores como Geoffrey Chaucer o Edmund Spencer, así que finalmente fue sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena en el panteón familiar de Hucknall Torckard, en el condado de Nottinghamshire, junto a su madre.

En la abadía de Westminster, en el llamado Rincón de los Poetas, sólo se encuentra un monumento conmemorativo inaugurado recién en 1969. Seguramente, Lord Byron hubiera deseado que le colocaran como epitafio los versos de uno de sus poemas:

“Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen,
¡oh!, humedece su polvo con una lágrima”

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Semblanza de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda – Poemas que también cuentan historias

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857, Federico Madrazo, Museo de la Fundación Lázaro Galdiano.

Nos hemos acostumbrado a leer las más cautivantes poesías de la literatura universal, analizando y percibiendo de ellas la secuencia perfecta de los versos, la complejidad de su métrica y la cadencia y sonoridad de la rima. Terminamos admirando profundamente la imaginación creativa de los respectivos autores y eventualmente, perturbados por el contenido y significado de las palabras; pero muy pocas veces nos percatamos de las historias verdaderas que subyacen bajo esos versos magistrales: Amores trágicos y frustrados, sucesos desgarradores, circunstancias de vida estremecedoras, actitudes ejemplares y semblanzas dignas de elogio, tales como las narradas en los poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Compartimos para ilustrar esta apreciación, dos de los innumerables poemas célebres que reuniendo esas características, podríamos seleccionar. Cuentan historias verídicas que no han trascendido a su época y se perdieron en el olvido y que son casi desconocidas para el lector actual, se trata de: “A él” y “Amor y orgullo” compuestos por la excepcional poetisa y escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Son aleccionadoras experiencias vividas por la autora y que, en poesías, se convirtieron en la más transparente imagen de esa etapa dolorosa y crucial de su vida.

A él – Gertrudis Gómez de Avellaneda

No existe lazo ya, todo está roto;
plúgole al cielo así, ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto,
mi alma reposa al fin, nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos.
¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!,
que tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad; mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano,
más nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión, ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible,
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento.
¡Ángel de las venganzas! Ya eres hombre,
ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada.
Mas ¡ay! ¡Cuán triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno;
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

Amor y orgullo – Gertrudis Gómez de Avellaneda

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.

Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.

Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!

Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?

¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?

En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas… ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!

Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú, -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah!, Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.

¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?

¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero…?
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero…?

Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;

y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació el 23 de marzo de 1814 en la antigua ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey (Cuba), aunque en su autobiografía figura 1816. Tula, como la llamaban cariñosamente en familia demostró su carácter fuerte y rebelde ya a los 17 años, cuando se negó a contraer un matrimonio que su madre había concertado.

En abril de 1836, una joven mujer de 22 años, inteligente, culta, segura de si misma, independiente y hermosa, se traslada desde su Cuba natal hacia Burdeos y de allí a La Coruña en busca de un destino diferente en el ámbito de las letras.
En España, transcurría el año 1844 cuando esta joven de nostálgico y exótico origen caribeño, ya famosa en los círculos literarios, conoció al poeta Gabriel García Tassara, el hombre que casi terminó destruyéndola como poetisa y como mujer. Desde el inicio fue estableciéndose entre ellos una tormentosa relación impregnada de amor, celos, orgullo y pasión desenfrenada. Tassara quiso conquistarla para él y mostrarla como un trofeo ante muchos otros hombres que admiraban su belleza y la asediaban; pero en realidad no buscaba ni deseaba casarse con ella, quizá molesto por la arrogancia, la soberbia y la coquetería de Tula que muchos criticaban.

La poetisa, muy enamorada al fín, no supo resistir y se rindió a su ególatra y frívolo amante. Quedó embarazada, soltera viviendo en la sociedad prejuiciosa e intolerante Madrid de mediados del siglo XIX. Casi sin amigos, en amarga soledad y pesimismo pensó en abandonar la poesía y escribió a modo de despedida, uno de sus mejores poemas, “Adiós a la lira”.

En abril de 1845 nació su hija María, o Brenhilde como ella pretendía llamarla, pero la precaria salud de la pequeña, la llevó a la muerte cuando recién había cumplido siete meses de edad. Durante ese tiempo de desesperanza y buscando desahogo, escribe nuevamente a otro de sus viejos amores, Ignacio de Cepeda y Alcalde: “Envejecida a los treinta años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insignificante para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras.”

Son impactantes y conmovedoras las cartas escritas por Gertrudis a Tassara para pedirle infructuosamente que viera y abrazara a su hija brindándole el calor de padre, antes que la pequeña cerrara los ojos para siempre. Las súplicas fueron vanas y Brenhilde murió sin que su padre aceptara conocerla.

En las bellísimas estrofas de estos dos poemas no hay olvido para el hombre amado, pero en el vacío resignado que deja el amor devastado por la ruptura, emerge el recuerdo de un cariño tierno y el perdón que con dignidad y exactitud, utilizó para pulir cada uno de sus versos.

El paso del tiempo fue cicatrizando las heridas y Tula pudo superar las dramáticas instancias de ese pasado estigmatizante y doloroso. Continuó escribiendo, como refugio y también como medio de vida, logró reafirmar sus convicciones artísticas y líricas y llegó a transformarse en una de las escritoras y poetisas de mayor predicamento y renombre del romanticismo español de la época.

Considerada además, una ferviente y combativa precursora y defensora de los postulados del feminismo moderno, tanto por su actitud vital, como por la fuerza que imprimió a sus personajes literarios femeninos.

El 1 de febrero de 1873, a los 58 años, murió en la ciudad de Madrid. Cumpliendo su voluntad sus restos fueron trasladados a Sevilla, donde descansan el sueño eterno en el cementerio de San Fernando, junto a los de su segundo esposo y de su hermano.

Para conocer más:

El término placer como verbo, está cada vez más en desuso y tiende a ser reemplazado por los verbos gustar o preferir. Actualmente, es más frecuente utilizarlo como sustantivo: “Oír música clásica es para mí el mayor placer”.

Significado de plúgole: resulta difícil hallar esta palabra en el diccionario, porque se trata de una forma del verbo placer, plugo, que además tiene una variante pronominal enclítica (le).
Placer se conjuga como agradecer, pero posee algunas irregularidades especiales empleadas generalmente en literatura. Estas son: plugo, que equivale a plació, plegue o plega, a plazca, y pluguiera, a placiera o placiese. No es defectivo, es decir, se conjuga en todos los modos, tiempos, números y personas. Igual que placer se conjugan sus compuestos complacer y desplacer. Se aconseja que las formas que comienzan con pleg, plug, grupo procedente del griego, se empleen en oraciones impersonales.

Como se lee en el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), junto a las formas plació, placiera o placiese y placiere, perviven en el uso literario, con intención arcaizante, las formas plugo, pluguiera o pluguiese y pluguiere, muy utilizados en el español medieval y clásico: Aquello no me plació = Aquello no me plugo.

Se advierten también como arcaizantes, las formas plega y plegue para la tercera persona del singular del presente de subjuntivo, pues actualmente se prefiere el uso de plazca: “Hazlo aunque no te plazca”.

Significado de enclítica: Que se une a la palabra anterior y forma un todo con ella.

Ignacio de Cepeda y Alcalde, abogado y escritor oriundo de la localidad sevillana de Osuna. Sería el gran amor en la vida de Gertrudis y una persona con quien la poetisa vivió también una atormentada relación amorosa, nunca correspondida de la manera apasionada que ella exigía, dejándole en el alma una huella indeleble.

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Semblanza de Emilio Salgari y el héroe Sandokán

Emilio Salgari y la batalla más triste perdida por Sandokán – Reseña literaria

Emilio SalgariSandokán, fue protagonista admirado y héroe invencible de una serie de novelas de aventuras creadas por Emilio Salgari que poblaron la imaginación de millones de niños, adolescentes y jóvenes de occidente a lo largo de varias generaciones, desde su primera publicación en los albores del siglo XX hasta avanzada la década de 1970.

Los relatos de sus proezas despertaron el espíritu aventurero y el afán de viajar y conocer mundos diferentes, en infinidad de lectores que compartieron gustosamente con él, a través de sus gestas literarias, algunos de los mejores años de su existencia.

Era un adalid, un legendario príncipe de Borneo que había jurado vengarse del colonialismo británico. ¿Las razones? Consideraba a ese imperio responsable de haber asesinado a su familia despojándolo además de su trono. Por ello dedicó su vida y esfuerzos a la piratería para combatirlo, adjudicándose un sobrenombre llamativo y bravío, “Tigre de la Malasia”, como emblema de esa lucha. Contaba con la fidelidad incondicional de una tripulación compuesta tanto por malayos, como de dayakos naturales de Borneo.

Las andanzas, peripecias y vicisitudes se desarrollaron a mediados del siglo XIX, en un ambiente singular de sugestivas atmósferas de fábula ubicadas en el sudeste asiático, principalmente Malasia, la India y Borneo.

Los principales compañeros de Sandokán eran el portugués Yáñez, el bengalí Tremal-Naik y el maharato Kammammuri y la base de operaciones del Tigre de la Malasia se encontraba en la isla ficticia de Mompracem; hasta que fue expulsado de ella junto a sus hombres, por una escuadra británica en la novela “El Rey del Mar”.

Pero no fue esa la peor batalla que libró Sandokán, sino aquella otra en la que falló y no pudo evitar el suicidio de su padre intelectual y creador: Emilio Salgari; quien acosado por la ruina económica y la desgracia familiar, tomó la decisión fatal de practicarse el harakiri.

Emilio Salgari, el capitán frustrado

“Escribir es viajar sin la molestia del equipaje”, era la frase predilecta de Emilio Salgari, escritor y periodista italiano, nacido en Verona, Italia, el 21 de agosto de 1862 en el seno de una familia de modestos comerciantes. Acérrimo aficionado a la navegación y la escritura, cursó sus estudios en el “Real Instituto Técnico Naval Paolo Sarpi”, en Venecia, pero no llegó a obtener el título que tanto anhelaba: capitán de navío de gran cabotaje. No obstante, se refería a sí mismo como “capitán”, e incluso firmó con ese cargo algunas de sus obras y aseguraba que los lugares extraños y exóticos que aparecían en sus libros, se basaban en sitios que había visitado personalmente.

Entre 1881 y comienzos de 1883 no hay registros biográficos de él, pero ese lapso del que se desconoce su actividad, probablemente le haya servido para escribir alguna de sus innumerables novelas a las que quería imprimir un tono casi autobiográfico. Al regresar a Verona inició su labor como periodista. En 1883, publicó por primera vez uno de sus trabajos. Era un relato breve titulado “I Selvaggi della Papuasia” y apareció editado en cuatro entregas en el periódico de Milán “La Valigia”. Simultáneamente, comenzó a publicar en el diario veronés la Nuova Arena, su novela “La rosa del Dong-Giang” (en entregas) y posteriormente El tigre de la Malasia. Su primera novela publicada en forma independiente fue “La favorita del Mahdi”, en 1887.

En enero de 1892 Emilio Salgari contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi. Ese mismo año nació la primera hija del matrimonio, Fátima, a la que siguieron tres varones, Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900). Todos fueron bautizados con nombres de sus personajes novelescos.

También en 1892, trasladó su lugar de residencia a Turín donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles. En esa época, ofendido por haber sido llamado “mozo” por el periodista Giuseppe Biasioli, lo desafió a duelo. Como consecuencia del hecho, Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari pasó seis meses en la cárcel.

En 1898, el editor Donath lo convenció para que se mudase a Génova, en esa ciudad norteña de la península itálica conoció a quien sería el más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe Gamba. En 1900 Salgari regresó a Turín, y a partir de esos días, la situación económica de la familia empezó a deteriorarse al rescindir el contrato que lo ligaba con la editorial para la cual estaba escribiendo.

En su prolífica carrera como escritor, según su biógrafo Felice Pozzo, Emilio Salgari escribió, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar y pese a su éxito de ventas, la vida del escritor estuvo signada permanentemente por circunstancias difíciles que que lo llevaron a padecer serios desequilibrios psíquicos.

SandokánAlgunas de las novelas están relacionadas entre sí y constituyen extensos ciclos narrativos protagonizados por los mismos personajes. El Corsario Negro, probablemente la más lograda de las novelas de Salgari, es una de ellas, pero en su vasto legado destacaron muchos otros títulos: “Los tigres de Mompracem”, “Los misterios de la jungla negra”, “Los piratas de la Malasia”, “Los dos tigres”, “El rey del mar”, “A la conquista de un imperio”, “La venganza de Sandokan”, “La reconquista de Mompracem”, “El falso brahmán”, “La caída de un imperio” y “El desquite de Yáñez”.

Entre las novelas independientes resaltan: “La favorita del Mahdi”, “La cimitarra de Buda”, “Los pescadores de ballenas”, “El rey de la montaña”, “Los dramas de la esclavitud”, “La ciudad de oro”, “Invierno en el Polo Norte“, “La montaña de luz”, “Los bandidos del Sahara”, “Las panteras de Argel”, “La ciudad del rey leproso”, “El hombre de fuego”, “Las hijas de los faraones” y “La estrella de la Araucania“.
Después de su muerte, proliferaron novelas que le fueron falsamente atribuidas.

La muerte trágica, destino común de muchos escritores célebres (Ver nota)

En 1889 se suicidó el padre de Salgari, siendo el primer eslabón de una dolorosa e inexplicable cadena de muertes y suicidios familiares, que incluyó el del propio escritor (1911) después de un intento fallido en 1909. La esposa falleció pocos días después del suicidio y seguiría en el futuro un destino de fatalidad para sus cuatro hijos: Nadir, el mayor, muere en un accidente de tráfico cuando se estrella su motocicleta contra un tranvía. Fátima, la única hija, muere muy joven víctima de la tuberculosis en un hospital; Romero, dispara contra su propia esposa en un ataque de celos y después se suicida (1931) y Omar, el menor, quien escribió más de 40 obras inspiradas en escenarios y personajes de su padre, se suicida arrojándose desde la ventana de su departamento en un edificio de Turín (1963).

Una vez más el destino de personalidades que en un momento de su existencia se embriagan con la fama y el éxito efímeros, se vio truncado por la ruina inesperada, que deja tras de sí una triste herencia de dolor y miseria para sus hijos, y muchas veces éstos, son inexorablemente arrastrados por el mismo aciago destino.

Hay quien describe a Emilio Salgari como un fallido “capitán de gran cabotaje” mentiroso, despilfarrador, un alcohólico hosco, perverso y quizás sifilitico (Di Carlo R. La Jornada semanal, octubre 2002).

Rosa Montero la afamada periodista y escritora española en su libro “La loca de la casa”, intenta un recorrido por los laberintos de la fantasía, de los recuerdos más ocultos y la creación artística en biografías noveladas, y en él hace referencia a la tortuosa vida del escritor italiano relatando: “Emilio Salgari, escribió decenas de novelas llenas de trepidantes aventuras exóticas, de mares indómitos y singladuras épicas, pero fue un pobre hombre que quiso ser marino y no pudo, porque lo suspendieron en la academia; que sólo se subió un par de veces a un barco en toda su vida, y que apenas si se movió de Italia. Tuvo una existencia tristísima: estaba comido por las deudas, su mujer enloqueció y él era un depresivo. Terminó suicidándose, pero lo más terrible es que su mitomanía le llevó a imitar a los héroes orientales que tanto admiraba: se abrió el vientre en canal con un mísero estilete y luego se rajó la garganta, en una atroz escenificación de la muerte por harakiri de los samurais”. Durísima crítica.

Pero lo cierto es que casi desde sus comienzos como cronista y novelista, Emilio Salgari obtuvo una enorme popularidad. En sus últimos años, era el escritor con mejores ventas de Europa: algunas de sus ochenta y cuatro novelas superaron la tirada hasta entonces desconocida e impensada de los cien mil ejemplares y tuvo multitud de imitadores, como Luigi Motta o sus propios hijos Omar y Nadir.
Sin embargo, Salgari vivía acosado por penurias económicas, trabajando a destajo para editores que lo estafaban constantemente y sin contemplaciones.

En la víspera del suicidio, deprimido y en lamentable estado anímico, transcribió su angustia, en el libro de memorias, relatando el tormento psicológico en el que había quedado sumido después de la internación de su esposa seis días antes, en una clínica psiquiátrica. Por otra parte, quizás haya influido en su decisión, el carácter soñador, apasionado y vital que tenía y la sensación claustrofóbica de hallarse prisionero de las penosas circunstancias que le rodeaban y la imposibilidad de volver a vivir con la intensidad de años anteriores.

En la madrugada del 25 de abril de 1911, cansado hasta el hartazgo de esa explotación infame, resolvió abandonar definitivamente la pluma. Escribió tres cartas dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín, luego tomó uno de los yataganes que coleccionaba, similares a los que Sandokán blandía con tanta maestría en sus combates (otra versión indica que era un gran cortaplumas, o, lo que es peor aún, un miserable estilete). Una hora después, en un claro en el Colle del Lauro en las afueras de Turín que conocía muy bien, se hizo el harakiri abriéndose el vientre, posteriormente se cortó el cuello y se dejó desangrar hasta morir. Tenía cuarenta y nueve años.

La carta a sus editores, a quienes consideraba sus verdugos, era por demás elocuente y describía el motivo que le había llevado a tomar tan terrible determinación: “Vencido por mis desdichas, reducido a la miseria a pesar del enorme volumen de mi trabajo, con mi esposa loca en el hospital, sin poder pagar su pensión, me suprimo. Creo que con mi nombre me merecía otra fortuna y otra muerte” y agregaba: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo les pido que en compensación de las ganancias que os he proporcionado, os preocupéis, al menos un poco, por mis hijos y os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”.

En la nota a sus hijos les pedía que solicitaran un entierro de caridad por estar completamente arruinado. La herencia que les dejaba, no sólo era la completa ruina económica y una soledad desamparada, sino el mal ejemplo de su propia muerte.

Emilio Salgari tenía un sueño y una obsesión, navegar por todos los mares, y aunque no lo pudo concretar en su vida real, como tampoco alcanzar el rango del que presumía, lo consiguió holgadamente con cada uno de sus personajes navegando incansablemente en el universo mágico de sus aventuras, en fragatas, bergantínes, galeones, canoas o juncos y deslizándose por aguas y océanos coloreados de azules intensos descriptos en palabras que imitaban a la perfección los mapas e ilustraciones de los mejores atlas. Su talento creativo y su constante e intensa labor de estudio en bibliotecas, hicieron factible esas magníficas narraciones.

Para una inmensa legión de seguidores, nunca importó ni importará que Emilio Salgari realmente haya sido o no un capitán de ultramar como él sostenía, tampoco si había conocido verdaderamente al personaje que le inspiró a Sandokán; para ellos será siempre el capitán Salgari que con pericia e imaginación inigualable los condujo por rutas fantásticas nunca antes exploradas, hacia aventuras donde sólo los valientes se atrevían a llegar. Los educó en el riesgo, en el peligro, en la experiencia, en los principios justos del lado de los buenos. Y será eternamente, el capitán valiente que encontraba una y otra vez y más allá de todo límite, una nueva causa noble por la cual valía la pena luchar.

Para conocer más:

El seppuku o hara-kiri, es un término japonés utilizado para denominar el suicidio ritual por desentrañamiento.
En Japonés ‘hara-kiri’ no se usa comúnmente, ya que tal término es considerado vulgar y grotesco. Era una práctica común entre los samuráis, que consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural. Por eso, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían con este acto a darse muerte (tal y como significan esas palabras, Hara-kiri: “cortadura de vientre”).
La práctica de obligar a la muerte por medio del Seppuku por orden de un amo, es conocida como oibara o junshi; el ritual es similar.

El yatagán es una especie de sable o alfanje usado en oriente. Está provisto de doble curvatura, lo que facilita su uso indistinto de corte o punta.

Singladura: en términos náuticos se denomina así, al camino o distancia recorrida por una embarcación durante la navegación.

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La soledad de los poetas – Alma y sentimiento

La soledad en la literatura, retratada en poemas inolvidables de grandes autores 

La soledadLa soledad, esa inefable talladora del espíritu. Parafraseando una de las citas más logradas de Federico García Lorca en la búsqueda de un párrafo para iniciar este escrito, comenzamos a transitar por un camino que conduce directamente a una temática muy cara a nuestros sentimientos y estados de ánimo y que la pluma excelsa de inspirados poetas recorrió asiduamente: la soledad.

Leyendo a autores inmortales que embellecieron el arte lírico universal de todos los tiempos, podríamos extraer excelentes definiciones de la soledad:

Juan Ramón Jiménez:

“En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva.”

Luis Cernuda:

“Cómo llenarte soledad sino contigo misma.”

Pablo Neruda:

“Soledad y multitud, seguirán siendo deberes elementales del poeta de nuestro tiempo.”

D. H. Lawrence:

“¡Es inútil intentar liberarse de la propia soledad! ¡Hay que aguantarla toda la vida. Aunque a veces, sólo a veces, el vacío se llene!”.

La soledad de los poetasSin entrar en complejas interpretaciones científicas, describimos la soledad como “un estado consciente y singular, personal e independiente caracterizado por la carencia de compañía y falta de contacto con otras personas”. Se la considera una experiencia subjetiva con distintos grados o matices, que puede ser voluntaria (cuando la persona decide estar sola) o involuntaria (causada por distintas circunstancias de la vida).

Casi todos los poetas se atrevieron a representar con palabras y a su manera, esta situación tan especial, diferente y única, que se da al estar o sentirse solo; ese sentimiento tan amargo y doloroso que, para muchos autores, influyó significativamente en el desarrollo de su vida y en el contenido de su obra literaria.

El genial Edgar Allan Poe compuso cuando tenía 20 años recién cumplidos, un poema estremecedor y emotivo (Alone), que pinta crudamente la soledad que marcó su vida y su estilo. El manuscrito original está fechado el 17 de marzo de 1829, apenas un mes antes, el 28 de febrero, había fallecido su querida madre adoptiva, Frances Valentine Allan.

Solo (Alone) – Edgar Allan Poe

Desde el tiempo de mi niñez, no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude sacar
mis pasiones desde una común primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pena; no se despertaría
mi corazón a la alegría con el mismo tono;
y todo lo que quise, lo quise solo.
Entonces -en mi niñez- en el amanecer
de una muy tempestuosa vida, se sacó
desde cada profundidad de lo bueno y lo malo
el misterio que todavía me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que alrededor de mí giraba
en su otoño teñido de oro,
desde el rayo en el cielo
que pasaba junto a mí volando,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mi vista.

Conmovedor resulta también este inolvidable poema de Mario Benedetti, en versos que resuenan como ecos de lejanas y adormecidas vivencias.

Soledades – Mario Benedetti

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
seria semejante a nuestra breve
presoledad

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

ya se que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo

sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en es sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo

los datos objetivos son como sigue

hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se vera un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente

después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

conforme
pero
que vendrá después
de la soledad

a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si se
que mas allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.

Rosalía de Castro, una de las grandes poetisas de la literatura española del siglo XIX aportó también su poema:

Soledad
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Y para Jorge Luis Borges, la soledad tenía un sinónimo:

Ausencia
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Justo es reconocer que para otros pensadores y escritores célebres, la soledad no siempre iba acompañada por esa pesada percepción que abruma el espíritu y en ese sentido, se expresaron con una visión más generosa y optimista:

“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.
Arthur Schopenhauer (Filósofo alemán)

“Soledad: Un instante de plenitud”.
Michel de Montaigne (Escritor y filósofo francés).

“La soledad es muy hermosa, cuando se tiene alguien a quien decírselo”.
Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno”.
John Milton (Poeta inglés).

“La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre”.
Tom Wolfe (Periodista y escritor estadounidense).

Tal vez, escribir poesía no alcance a mitigar la sensación de desamparo que lleva a la soledad, pero no deja de ser un consuelo para el alma. Y escribiendo…¿Quién comprende mejor que un poeta ese abismo insondable de tristeza y melancolía, esa angustia de sentirse desterrado de uno mismo?. Sentimiento, que el novelista polaco Joseph Conrad explicó con muy pocas palabras: “Vivimos como soñamos, solos”.

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