Los versos del capitán – Pablo Neruda


Pablo Neruda y los versos del capitán – El idilio secreto del autor con Matilde Urrutia

Los versos del capitán - Pablo Neruda

En 1920, Europa ocupaba el centro del mundo y buscaba estabilizarse para superar las terribles consecuencias derivadas de la Primera Guerra Mundial. En otro punto del planeta, a miles de kilómetros, un ignoto y novel poeta adolescente llamado Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, publicaba colaboraciones y poemas en revistas literarias y en un diario local de Temuco (Chile), que firmaba con el seudónimo Pablo Neruda -Conocer biografía-, iniciando así, sin saberlo, la trayectoria literaria del excepcional escritor trasandino considerado uno de los autores, en lengua española, más relevante e influyente del siglo XX.

Pablo Neruda nunca quiso aclarar porque decidió usar ese nombre, algunas versiones aseguran que lo hizo en honor del poeta checo Jan Neruda, a quien admiraba. Otras refieren que el motivo verdadero era no contrariar a un padre que prefería a su hijo trabajando, en vez de dedicarse a una actividad que creía abstracta y poco práctica, la de ser poeta.

Solamente cuatro años después, en 1924, aquel mismo joven delgado, de tez pálida, que a veces se mostraba taciturno y usaba habitualmente una larga capa negra; que estudiaba en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Santiago de Chile participando junto con otros jóvenes escritores de la exaltada bohemia literaria de la época. Aquel joven que leía con avidez y escribía con pasión desbordante, publica a su corta edad, un libro de poesías que se convertiría en uno de los poemarios más leídos de la historia: «Veinte poemas de amor y una canción desesperada»; negando siempre que hubiera existido una destinataria de esos versos.

No obstante, según se supo posteriormente, las páginas de este libro que deslumbró a varias generaciones de amantes universales, reflejaban en realidad las vicisitudes de un romance juvenil que mantuvo Neruda con Albertina Rosa Azócar Soto, la mujer a quien iban dedicados la mayoría de los versos; la relación entre ambos se extendió desde 1922 hasta 1932, período en que el poeta le escribió a su enamorada 111 cartas de amor, que Albertina guardó celosamente en secreto durante más de medio siglo, hasta que todo trascendió y pudo conocerse finalmente a la musa que inspiró la célebre obra.

Las vida continuó y otras mujeres fueron amadas por Pablo Neruda: Albertina, Teresa, Guillermina, Laura, María Antonieta, Delia, y la última pasión. el amor maduro vivido con Matilde Urrutia a quien dedicó, también en secreto, el poemario llamado Los versos del capitán. La musa inspiradora había cambiado pero la historia tenía un trasfondo parecido.

El 8 de julio de 1952, el pintor y crítico de arte italiano Paolo Ricci publicó con carácter de anónimo un libro de poemas titulado Los versos del capitán. Era una edición limitada apenas a 44 ejemplares que la imprenta Arte Tipográfico de Nápoles había elaborado con papel marfil hecho a mano, tipografía Bodoni, e ilustraciones del mismo Ricci. En la portada lucía impresa la cabeza de una medusa y como único prólogo del poemario, destacaba la transcripción textual de una carta escrita en La Habana, Cuba y firmada por una persona identificada como Rosalía de la Cerda. Explicaba en la misiva, que enviaba al editor una serie de poemas que habían sido escritos para ella por un excombatiente del bando republicano en la Guerra Civil Española, lo había conocido mientras realizaba una gira artística en la frontera franco-española. Los poemas eran el testimonio de la historia de amor que unió sus vidas.

La identidad del autor legítimo del poemario permaneció en el anonimato por algún tiempo, aunque el círculo íntimo que rodeaba al eximio escritor sabía lo que era un secreto a voces, los poemas del libro narraban poéticamente el despertar de un apasionado romance del autor con Matilde Urrutia y no eran el testimonio de un soldado republicano enamorado de una artista desconocida.

En la publicación póstuma de Confieso que he vivido Neruda explica al respecto:
«Mucho se discutió el anonimato de este libro. Lo que yo discutía en mi interior mientras tanto, era si debía o no sacarlo de su origen íntimo: revelar su progenitura era desnudar la intimidad de su nacimiento. Y no me parecía que tal acción fuera leal a los arrebatos de amor y furia, al clima desconsolado y ardiente del destierro que le dio nacimiento.
Cuando Paolo Ricci, compañero luminoso, lo imprimió por primera vez en Nápoles en 1952, pensamos que aquellos escasos ejemplares que él cuidó y preparó con excelencia, desaparecerían sin dejar huellas en las arenas del sur. No ha sido así. Y la vida que reclamó su estallido secreto hoy me lo impone como presencia del inconmovible amor.» (…)
«La única verdad es que, durante mucho tiempo, no quise que esos poemas hirieran a Delia del Carril, pasajera suavísima, hilo de acero y miel que ató mis manos en los años sonoros y que fue para mí durante dieciocho años una ejemplar compañera». (…)


La biografía dice que Pablo Neruda era senador en Chile desde 1945 en que fue elegido, pero en 1948 el gobierno de Gabriel González Videla lo expulsa del país por razones políticas y él se exilia con su esposa de entonces, la pintora Delia del Carril, en México. En la capital del país azteca, convaleciente de una enfermedad, contrata para que lo asista a Matilde Urrutia, con quien ya había tenido un encuentro  circunstancial y fugaz cuando la conoció en un concierto al aire libre realizado en el Parque Forestal de Santiago (Chile). Se inicia en esos días el idilio furtivo, que Neruda disimularía ante su esposa utilizando cualquier pretexto para estar con su amante, la llevó a París, también al Festival Mundial de la Juventud celebrado en Alemania, haciéndola invitar como “cantante”. A la Unión Soviética como “amante secreta” de su amigo el activista cubano Nicolás Guillén.
En enero de 1952, Delia del Carril regresa a Chile y, confesando que «lo más fuerte que me queda es una desilusión», termina separándose formalmente después de 20 años de matrimonio.

Conozcamos algunos de los versos del capitán

Tu risa

Quítame el pan si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.


No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de planta que te nace.


Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.


Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.


Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.


Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.



Si tú me olvidas

Quiero que sepas una cosa.   
Tú sabes cómo es esto:
si miro la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
     
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.     
Si de pronto me olvidas
no me busques
que ya te habré olvidado.
     
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día, a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
     
Pero si cada día, cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos. 



La carta en el camino (fragmento)

Adiós, pero conmigo
serás, irás adentro
de una gota de sangre que circule en mis venas
o fuera, beso que me abrasa el rostro
o cinturón de fuego en mi cintura.
Dulce mía, recibe el gran amor 
que salió de mi vida
y que en ti no encontraba territorio
como el explorador perdido
en las islas del pan y de la miel.
Yo te encontré después de la tormenta,
la lluvia lavó el aire y en el agua
tus dulces pies brillaron como peces. (…)

Pablo Neruda escribió este poemario, en el bungalow blanco sobre los acantilados de la casa en la Isla de Capri que su amigo italiano Erwin Cerio, le había ofrecido para que utilizara como refugio de amantes. Matilde lo guardó en una caja de madera cubierta de nácar, que sirvió también para depositar un anillo, obsequio de su compañero íntimo, con la inscripción: “Capri, 3 de mayo de 1952, Tu Capitán”.
Dividió la estructura del libro en partes. Las primeras se refieren:  al amor, al deseo, a las furias, a las vidas y a las odas. Sigue un extenso poema, llamado “Epitalamio” y concluye con “La carta en el camino”. Imaginó y describió las diferentes etapas del noviazgo en cada verso, la anhelada unión con la amada y por último el poema de la separación, como contrapunto necesario a todo enamoramiento.

Pablo Neruda y Matilde Urrutia convivieron hasta la muerte del poeta acaecida el 23 de septiembre de 1973; Matilde dejó de existir el 5 de enero de 1985; desde diciembre de 1992 ambos están enterrados en medio del acantilado de Isla Negra, durmiendo juntos la quimera de la paz eterna en aquel lugar que eligiera el poeta para sus ensoñaciones sin tiempo.

Escribir poesía significa para un escritor un arduo trabajo de composición donde el talento personal es preponderante y determina la calidad final de la obra. También se necesita fantasía, imaginación, un vocabulario fluido y el dominio acabado de los secretos del lenguaje. Pero cuando leemos poemas, que llevan ese matiz especial que confiere calidez humana al trabajo intelectual, pensamos en las musas, esas deidades que sirven de inspiración a los artistas. Es un antiquísimo concepto que proviene de la mitología griega y que los seres humanos hemos incorporado como propios desde el inicio de los tiempos. Por eso, cuando leemos un poema de amor…¿Qué nos impide creer que las musas existen?

Epitalamio (fragmento)
¿Recuerdas cuando en invierno llegamos a la isla?
El mar hacia nosotros levantaba una copa de frío.
En las paredes las enredaderas susurraban dejando
caer hojas oscuras a nuestro paso.
Tú eras también una pequeña hoja que temblaba en mi pecho.
El viento de la vida allí te puso.
En un principio no te vi: no supe que ibas andando conmigo,
hasta que tus raíces horadaron mi pecho,
se unieron a los hilos de mi sangre, hablaron por mi boca. (…)


Y así ves, amor mío, cómo marcho por la isla,
por el mundo, seguro en medio de la primavera,
loco de luz en el frío, andando tranquilo en el fuego,
levantando tu peso de pétalo en mis brazos,
como si nunca hubiera caminadosino contigo, alma mía,
como si no supiera caminar sino contigo,
como si no supiera cantar sino cuando tú cantas. (…)

Para saber más:

Epitalamio: composición lírica escrita en honor de una boda.

Pablo Neruda fue un hombre polémico y un militante de fuertes convicciones intelectuales y políticas. Escritor iluminado que encarnó la vanguardia poética latinoamericana en el siglo XX, transformándose en uno de los referentes más admirados y endiosados. Su vasta obra literaria traspasó los límites imaginables y es imposible negar el valor genuino que tiene y representa en la cultura universal.

No obstante, en el contexto actual que ha cambiado radicalmente en comparación con el del siglo pasado, una enorme y oscura mancha comenzó a desteñir la imagen esplendorosa del poeta, motivada por hechos que se ocultaron durante décadas y que ahora han tomado estado público. Como consecuencia, se producen reacciones de comprensión y de indulgencia hacia el hombre o el poeta, pero también hay muestras de decepción, intolerancia y rechazo.

Lo cierto es que del matrimonio de Pablo Neruda con su primera esposa María Antonieta Hagenaar (a quien llamaba la javanesa o Maruja o Maruca), nació Malva Marina Trinidad, su única hija, la niña padecía una hidrocefalia severa y su muerte era inevitable, pero vivió ocho años. Su padre la abandonó a los dos y nunca más la vio. 
“Maruca” viajó a Holanda con su hija, donde se radicaron en la ciudad de Gouda, allí la niña quedó al cuidado de una familia cristiana, mientras su madre trabajaba para mantenerla, así transcurrieron sus días hasta que murió el 2 de marzo de 1943. María Antonieta comunicó a través del consulado chileno en La Haya, la lamentable noticia a su progenitor pidiéndole reunirse. La respuesta de Neruda fue sólo un frío silencio.
Una actitud que merece el más absoluto repudio.

Tratamos de reflejar objetivamente aquí lo que pasó, lo que está escrito y es comprobable y separamos las críticas al genio creativo de una obra literaria, de lo que son las conductas hipócritas o faltas de ética en la vida privada de algunas personas, convertidas en actitudes que racionalmente son muy difíciles de explicar.

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