Los amores de Amado Nervo y su poesía

Reseña literaria de Los amores de Amado Nervo y su influlencia en la obra del reconocido autor. Historias de amor en la biografía del gran poeta

Los amores de Amado NervoAmado Nervo fue un eximio escritor mexicano y un poeta distinto, dotado con una pluma de virtudes excelsas. Nació el 27 de agosto de 1870, en Tepic, (Nayarit – México), y llegó a ser en su época uno de los máximos exponentes del modernismo; el movimiento literario más importante que ha tenido América.

“Somos tan pequeños como nuestra dicha,
pero somos tan grandes como nuestro dolor.”
Friedrich Hebbel

El estilo de Amado Nervo se caracterizó por imponer una renovación en el lenguaje y la métrica vigentes hasta entonces, por la utilización de referencias mitológicas de elevada erudición y por el absoluto protagonismo que dio a la estrofa dentro de la escritura; al mismo tiempo que sus versos, denotaban una búsqueda constante de cadencia y ritmo, en los que se percibe al leerlos, una indiscutible preocupación por la perfección de la forma.

Al margen de esto, alguna vez bromeó entre sus amigos atribuyendo el éxito de sus publicaciones, a la musicalidad de su nombre, que consideraba muy adecuado para un poeta; nombre que en realidad, era una simplificación del verdadero más que un seudónimo.

La obra de Amado Nervo tuvo y aún conserva, una vastísima difusión universal, pero un halo de misterio envolvió siempre, toda referencia a cuestiones íntimas en las diversas biografías que se conocieron.

Los datos consignados son tan escasos o imprecisos, que la trayectoria del poeta pareciera no haber tenido historia personal:

“Mi vida ha sido muy poco interesante: como los pueblos felices y las mujeres honradas, yo no tengo historia”, respondía Nervo, en su autobiografía editada en 1906 cuando le preguntaban. No obstante la afirmación, a lo largo de su vida, criticado o idolatrado, se entretejieron muchos sucesos dignos mención. Venturosos algunos. Adversos y conflictivos otros.

Uno de estos últimos, fue la relación sentimental que mantuvo con Ana Cecilia Luisa Dailliez.

Por su propia confesión, se sabe que deambulando por una calle del barrio latino de Paris, el 31 de agosto de 1901 en un encuentro fortuito, conoció a la que iba a convertirse en la mujer de su vida:
–No soy mujer para un día, le advirtió la dama.
–¿Y para cuántos?, preguntó el poeta.
–Para toda la vida, fue la respuesta.

Ese día se conocieron y los dos advirtieron que el amor que nacía iba a ser para siempre. A partir de ese encuentro una pasión incontrolable los unió en una perfecta comunión de almas.

Pero también, extrañamente, desde ese momento todo lo que ocurriera a futuro entre ellos, iba a ser oculto a los ojos del mundo. Toda la relación se desarrolló a escondidas y en las sombras. ¿Por qué decidieron vivir su amor en el más estricto secreto? Nadie lo sabe. ¿Pudieron más los prejuicios sociales?

Lo concreto es que Amado Nervo, no le dijo a nadie que Ana Cecilia existía, nunca le habló de ella a sus amigos y es posible que tampoco a sus familiares más cercanos. Se comentaba que, si viajaban, lo hacían por separado para que nadie los viera juntos.

“Como aquel cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley… no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto”, explicaba el poeta a modo de justificación.

Pero esa “eternidad” pretendida sólo duraría 11 años para la pareja; el 7 de enero de 1912 su musa enigmática y anónima, moría víctima de la fiebre tifoidea, después de una dolorosa agonía.

En el nicho 213 del cementerio de San Lorenzo y San José, de la ciudad de Madrid, una lápida de mármol negro que Nervo mandó hacer, es hoy permanente custodia del recuerdo de esa tragedia:

“En memoria de ANA
Encontrada en el camino de la vida,
el 31 de agosto de 1901.
Perdida —¿para siempre?— el 7 de enero de 1912″

¿Por qué el poeta consideró esa relación un amor prohibido o clandestino?.
El enigma continúa vigente.

En una carta a su hermano Rodolfo, fechada en Madrid el 20 de febrero de 1912 (que Gustavo Jiménez Aguirre recoge en la Antología General del autor), el poeta le expresa lo siguiente:

“Mi muy querido hermano, te agradezco muy de corazón las frases tan nobles y afectuosas que dedicas a mi Anita. Desgraciadamente no fui para ella tan bueno como lo merecía esa alma de elección que más de diez años me acompañó por la vida sin que un solo instante palideciera su ternura.

Debí casarme con ella y no lo hice por preocupaciones y suspicacias que ahora a la luz cruda de mi dolor considero indignas y estúpidas. No encuentro más que una manera de reparar mis omisiones para con ella y es amparar a la niña, que, después de mí, fue su gran cariño…”

El desgarrador desconsuelo que siguió al prematuro fallecimiento de su compañera adorada, le inspiró a Nervo cada verso del poemario “La amada inmóvil”; publicado póstumamente en 1922, como prueba elocuente de que él consideraba a esta obra como parte esencial e insustituible de su más dolorosa intimidad.

En el Prefacio, que el mismo escribió para el libro, relata:

“Creí que “Serenidad” sería mi último libro de versos, y así lo afirmé a un amigo. Esta afirmación me perdió, porque la vida no gusta que le tracen caminos y el arcano burla los propósitos de los hombres. He vuelto, pues, a componer poemas…”

En las hojas siguientes y en sus sentidas palabras se puede leer:

“…Va a hacer un mes que, a las doce y cuarto del día, se extinguió blandamente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, su bondad y la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conocí en París en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste y con quien viví desde entonces en la más cordial y noble de las compañías hasta el 7 de enero de 1912, en que murió en mis brazos.

Va a hacer un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en esos treinta días, en esos treinta relámpagos, he llorado más lágrimas que estrellas visibles tiene la noche…”

En ese fatídico día de enero, la vida y el destino de Nervo, habían cambiado para siempre. “La muerte es la libertad absoluta”, escribió en su obra “Plenitud” de 1918.

Arrepentido por su manera de proceder con su amada, e intentando corregir en algo sus errores del pasado, resolvió hacerse cargo de Margarita Elisa Dailliez, de 11 años de edad, hija de Ana.

Esta niña hermosísima fue su motivación, para no caer en la desesperación buscando suicidarse. Desde entonces, se dedicó por completo a cuidarla y enseñarle los valores de la vida. Era inevitable que entre ambos se diera un amor de lo más profundo.

No podían no quererse: Margarita, bellísima, sensible, casi adolescente todavía, plena de vida. Y, por su parte, Nervo era por entonces, el hombre más leído de la lengua española, al que todas las mujeres de su tiempo veneraban.

Cuántas de ellas suspiraban con sus poemas y cuántas le guardaron un amor eterno, hasta la muerte. Margarita tenía quince años y el poeta 45, cuando él le declaró su amor. No era su hija, ni llevaba el apellido Nervo.

No obstante, él era lo único que ella tenía en la vida. Y, a pesar de todo, Margarita le contestó: “¿Cómo decir te quiero sin añadir: papá?”.

Quizás esta respuesta, haya sido la decepción definitiva para el corazón destrozado de Amado Nervo, que estaba acostumbrado a escuchar un “sí” de los labios de todas las mujeres.

Posteriormente, en 1918, el célebre autor decidió llevar a Margarita a México, en donde vivían sus dos hermanas solteronas, Concha y Elvira. Con ellas, Margarita encontró una nueva familia.

Al poco tiempo, Amado Nervo viajó a Argentina y Uruguay en misión diplomática. Estando en Montevideo como Representante de su país en el Congreso Panamericano del Niño, el 24 de mayo de 1919, imprevistamente, debido a una complicación de su enfermedad renal crónica, terminó su vida.

Tenía 48 años y se encontraba en compañía de su amigo Juan Zorrilla de San Martín, escritor y poeta uruguayo, encargado de asistirlo en sus últimos momentos.

Sus restos fueron repatriados a México, donde sus funerales constituyeron una verdadera apoteosis.

Lo que sigue, es la misma historia, la biografía de Amado Nervo y su percepción del amor, pero descripta y plasmada en poesías de encendido lirismo:

“Autobiografia”

¿Versos autobiográficos ? Ahí están mis canciones,
allí están mis poemas: yo, como las naciones
venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada,
no tengo historia: nunca me ha sucedido nada,
¡oh, noble amiga ignota!, que pudiera contarte.

Allá en mis años mozos adiviné del Arte
la armonía y el ritmo, caros al musageta,
y, pudiendo ser rico, preferí ser poeta.
-¿Y después?
-He sufrido, como todos, y he amado.

¿Mucho?
-Lo suficiente para ser perdonado…

“Ofertorio”
(Deus dedit, Deus abstulit)

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!
Tú me diste un amor, un solo amor,
¡un gran amor!
Me lo robó la muerte…
y no me queda más que mi dolor.
Acéptalo, señor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

“Lo más natural” – (Ver nota referida al poema)

Me dejaste -como ibas de pasada-
lo más inmaterial que es tu mirada.

Yo te dejé -como iba tan de prisa-
lo más inmaterial, que es mi sonrisa.

Pero entre tu mirada y mi risueño
rostro quedó flotando el mismo sueño.

“Cobardía” – (Ver nota referida al poema)

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!

Quedé como en éxtasis…Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

“El primer beso” (Ver nota referida al poema)

Yo ya me despedía…. y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

“Pero te amo”

Yo no sé nada de la vida,
Yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte.
¡Pero te amo!

Según la buena lógica,
tú eres luz extinguida.
Mi devoción es loca,
mi culto, desatino,
Y hay una insensatez
infinita en quererte.
¡Pero te amo!

“Madrigal”

Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía,
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría

“Si una espina me hiere…”

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
…pero no la aborrezco! Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina,
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:
si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,

se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

“La amada inmóvil”
(fragmento)

¿Llorar? ¡Para qué!
Este es el libro de mi dolor:
lágrima a lágrima lo formé;
una vez hecho, te juro, por
Cristo, que nunca más lloraré.
¿Llorar? ¡Por qué!
Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?
Serán un plácido florigelio,
un haz de notas que regaré,
y habrá una risa por cada arpegio…
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?…

“Mi secreto”

¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido
de amores por un ser desaparecido,
por un alma liberta,
que diez años fue mía, y que se ha ido…
¿Mi secreto? Te lo diré al oído:
¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes -tú que buscas los visibles
transportes, las reales, las tangibles
caricias de la hembra, que se plasma
a todos tus deseos invencibles-
ese imposible de los imposibles
de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido
y será!
Si por mí sólo ha latido
su noble corazón, hoy mudo y yerto,
¿he de mostrarme desagradecido
y olvidarla, no más porque ha partido
y dejarla, no más porque se ha muerto?

“Gratia plena”

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió… como gota que se vuelve a la mar!

“En paz” –  Fragmento –  (Ver reseña y poema)

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Amado Nervo
Tepic (México), 1870
Montevideo (Uruguay) 1919

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Un pensamiento en “Los amores de Amado Nervo y su poesía

  1. La poesía es importante siempre y más ahora que las sociedades están perdiendo los valores es bueno recurrir a ella para recordar que el ser humano es cada vez más frágil.

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