Cuando muere un amor en palabras de un poeta


Cuando muere un amor y las palabras se transforman en su único recuerdo, es el poeta el que lo hace inolvidable

«Pero vea señora que diferencia había
entre usted que lloraba y yo que sonreía.
Pues nuestro amor concluye con finales diversos,
usted besando a otro… Yo, escribiendo estos versos.»

Amor

Todo amor transita por dos caminos, uno, el sendero transparente de poesía, música y fragantes rosas que lo envuelven cuando se inicia y el otro, simbolizado como un duro trayecto de retorno, cuando las circunstancias fortuitas de la vida van destruyendo los sueños románticos y el amor muere desgastado.

Y esto último, en la realidad cotidiana de nuestra existencia ocurre con demasiada frecuencia, aunque Gustavo Adolfo Bécquer, opinando lo contrario, haya inmortalizado en su célebre «Amor eterno» las palabras finales del poema: «Pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor.»


Eximios poetas engalanaron con su inspiración una extensa galería de poesías dedicadas a este tema. Elegimos a uno de ellos, el cubano José Angel Buesa, quien desnudando sin pudores su alma, describió con versos bellísimos las inefables sensaciones que percibe quien pierde el amor de la persona que ama.
Lo compartimos.

Carta a usted…Señora:

Según dicen ya tiene usted otro amante.
Lástima que la prisa nunca sea elegante.
Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa
se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa.


Y me parece injusto discutirle el derecho
de compartir sus penas sus goces y su lecho,
pero el amor señora cuando llega el olvido
también tiene el derecho de un final distinguido.


Perdón… Si es que la hiere mi reproche. Perdón,
aunque sé que la herida no es en el corazón
Y para perdonarme, piense si hay más despecho
en lo que yo le digo, que en lo que usted ha hecho.


Pues sepa que una dama con la espalda desnuda
sin luto en una fiesta, puede ser una viuda.
Pero no como tantas de un difunto señor,
sino para ella sola, viuda de un gran amor.


Y nuestro amor recuerdo, fue un amor diferente
al menos al principio, ya no, naturalmente.


Usted será el crepúsculo a la orilla del mar,
que según quien lo mire será hermoso o vulgar.
Usted será la flor que según quien la corta,
es algo que no muere o algo que no importa.


O acaso cierta noche de amor y de locura
yo vivía un ensueño y usted una aventura.
Si usted juró cien veces ser para siempre mía,
yo besaba sus labios pero no lo creía.


Usted sabe, y perdóneme, que en ese juramento
influye demasiado la dirección del viento.
Por eso no me extraña que ya tenga otro amante
a quien quizás le jure lo mismo en este instante.


Y como usted señora ya aprendió a ser infiel,
a mí así de repente me da pena por él.


Sí es cierto, alguna noche su puerta estuvo abierta
y yo en otra ventana me olvidé de su puerta.
O una tarde de lluvia se iluminó mi vida
mirándome en los ojos de una desconocida.


Y también es posible que mi amor indolente
desdeñara su vaso bebiendo en la corriente.
Sin embargo señora, yo, con sed o sin sed,
nunca pensaba en otra si la besaba a usted.


Perdóneme de nuevo si le digo estas cosas
pero ni los rosales dan solamente rosas.
Y no digo estas cosas por usted ni por mí,
sino por los amores que terminan así.


Pero vea señora que diferencia había
entre usted que lloraba y yo que sonreía.
Pues nuestro amor concluye con finales diversos
usted besando a otro… Yo, escribiendo estos versos.

Compartimos también otro poema del mismo tenor, escrito por el poeta argentino Antonio Requeni, pintando con descreimiento y elocuencia expresiva, toda la nostalgia que nos envuelve e inmoviliza cuando un gran amor queda deshecho.

Último poema – Ver poema completo

Quise amarte y te amé. Junto a mi voz te quise
para nombrar contigo la defunción del sueño.
Tú eras verdad. Estabas. Y un sutil poderío
me arrastraba a tus formas de alabastro magnético.

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