Alfredo Veiravé – Poeta olvidado

Alfredo Veiravé, un poeta argentino que el tiempo escondió sin clemencia

El domingo es ese día de la semana en que nada importa demasiado, reflexionaba en otras épocas el singular músico estadounidense Louis Armstrong, definiendo al día más especial del calendario semanal.

Podemos coincidir sin cuestionamientos con tal apreciación y pocos objetarían nuestra opinión, pero también podemos considerar factible utilizar esas horas de supuesto desinterés, para dedicarlas a desarrollar actividades que  nos resulten amenas e interesantes. La lectura pendiente de aquel libro, nuevo o antiguo, que siempre postergamos con la excusa de no tener suficiente tiempo es un claro ejemplo, o quizás como entretenido juego intelectual, buscar entre los carpetas y recortes que atesoran nuestros recuerdos, alguna vieja poesía olvidada, para conocer, redescubrir o rescatar a esos escritores que con sus versos y palabras, fueron cómplices involuntarios de tímidos secretos de adolescencia y que después continuaron acompañando, con contenidos más profundos, los pasos que dimos hasta llegar a ser adultos.

Y si el domingo es un día lluvioso, mejor. Como aporte, compartimos con ustedes dos poemas de uno de los grandes renovadores de la poesía argentina de mediados del siglo pasado, el escritor Alfredo Veiravé injustamente relegado y olvidado en algún sendero inhóspito del tiempo que pasó.

Radar en la tormenta

Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar el poema aterriza en la pista, a ciegas (entre relámpagos) carretea bajo la lluvia, y al detener las turbinas, descienden de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras.

El regreso

He vuelto a caminar por las viejas calles de mi pueblo,subiendo y bajando hacia el río.He atravesado la plaza con sus árboles perfumados y florecidos;he mirado las mismas caras indiferentes de antaño y he pensado que a nosotros los hombres, nos dan a veces,el privilegio de volver sobre nuestros pasos antes de eliminarnos de las tarjetas, de los álbumes,de las fotografías. Quizás para que creamos que algo podemos rotular en esta inmensa fiebre, o simplemente, para que la destrucción no sea tan melancólica.
(Ahora estoy y estaré siempre tirado sobre los húmedos pastos de la costa,apoyado en los viejos sauces,escuchando estas campanas que ahora escucho aunque esté, en este instante, muy lejos.)

Alfredo Veiravé, fue un poeta, ensayista y crítico literario, nacido el 29 de Marzo de 1928 en la ciudad de Gualeguay -Entre Ríos- cercana a la costa argentina del río Uruguay.

Docente universitario egresado como Profesor en Letras por la Universidad Nacional del Nordeste y miembro de la Academia Argentina de Letras. En 1957 se radicó en Resistencia, capital de la provincia del Chaco, donde transcurrió la mayor parte de su vida, falleciendo allí el 22 de noviembre de 1991.
Escritor espontáneo, de vasta erudición, eternamente enamorado de las palabras, circunstancia esta que le permitió dotar de una rara y exquisita perfección a sus poemas, 
Entre sus obras publicadas destacan: «El alba, el río y tu presencia»; «Después del alba, el ángel»; «Destrucciones y un jardín de la memoria»; «Puntos luminosos»; «El imperio milenario»; «La máquina del tiempo» y «Radar en la tormenta».

Y para las horas finales de este domingo, terminamos con una conclusión: «La divagación es el domingo del pensamiento» en palabras del filósofo y escritor suizo Henri-Frédéric Amiel, autor de un célebre Diario íntimo.

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Semblanza de Emilio Salgari y el héroe Sandokán

Emilio Salgari y la batalla más triste perdida por Sandokán – Reseña literaria

Emilio SalgariSandokán, fue protagonista admirado y héroe invencible de una serie de novelas de aventuras creadas por Emilio Salgari que poblaron la imaginación de millones de niños, adolescentes y jóvenes de occidente a lo largo de varias generaciones, desde su primera publicación en los albores del siglo XX hasta avanzada la década de 1970.

Los relatos de sus proezas despertaron el espíritu aventurero y el afán de viajar y conocer mundos diferentes, en infinidad de lectores que compartieron gustosamente con él, a través de sus gestas literarias, algunos de los mejores años de su existencia.

Era un adalid, un legendario príncipe de Borneo que había jurado vengarse del colonialismo británico. ¿Las razones? Consideraba a ese imperio responsable de haber asesinado a su familia despojándolo además de su trono. Por ello dedicó su vida y esfuerzos a la piratería para combatirlo, adjudicándose un sobrenombre llamativo y bravío, «Tigre de la Malasia», como emblema de esa lucha. Contaba con la fidelidad incondicional de una tripulación compuesta tanto por malayos, como de dayakos naturales de Borneo.

Las andanzas, peripecias y vicisitudes se desarrollaron a mediados del siglo XIX, en un ambiente singular de sugestivas atmósferas de fábula ubicadas en el sudeste asiático, principalmente Malasia, la India y Borneo.

Los principales compañeros de Sandokán eran el portugués Yáñez, el bengalí Tremal-Naik y el maharato Kammammuri y la base de operaciones del Tigre de la Malasia se encontraba en la isla ficticia de Mompracem; hasta que fue expulsado de ella junto a sus hombres, por una escuadra británica en la novela «El Rey del Mar».

Pero no fue esa la peor batalla que libró Sandokán, sino aquella otra en la que falló y no pudo evitar el suicidio de su padre intelectual y creador: Emilio Salgari; quien acosado por la ruina económica y la desgracia familiar, tomó la decisión fatal de practicarse el harakiri.

Emilio Salgari, el capitán frustrado

“Escribir es viajar sin la molestia del equipaje”, era la frase predilecta de Emilio Salgari, escritor y periodista italiano, nacido en Verona, Italia, el 21 de agosto de 1862 en el seno de una familia de modestos comerciantes. Acérrimo aficionado a la navegación y la escritura, cursó sus estudios en el «Real Instituto Técnico Naval Paolo Sarpi», en Venecia, pero no llegó a obtener el título que tanto anhelaba: capitán de navío de gran cabotaje. No obstante, se refería a sí mismo como “capitán”, e incluso firmó con ese cargo algunas de sus obras y aseguraba que los lugares extraños y exóticos que aparecían en sus libros, se basaban en sitios que había visitado personalmente.

Entre 1881 y comienzos de 1883 no hay registros biográficos de él, pero ese lapso del que se desconoce su actividad, probablemente le haya servido para escribir alguna de sus innumerables novelas a las que quería imprimir un tono casi autobiográfico. Al regresar a Verona inició su labor como periodista. En 1883, publicó por primera vez uno de sus trabajos. Era un relato breve titulado “I Selvaggi della Papuasia” y apareció editado en cuatro entregas en el periódico de Milán “La Valigia”. Simultáneamente, comenzó a publicar en el diario veronés la Nuova Arena, su novela «La rosa del Dong-Giang» (en entregas) y posteriormente El tigre de la Malasia. Su primera novela publicada en forma independiente fue «La favorita del Mahdi», en 1887.

En enero de 1892 Emilio Salgari contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi. Ese mismo año nació la primera hija del matrimonio, Fátima, a la que siguieron tres varones, Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900). Todos fueron bautizados con nombres de sus personajes novelescos.

También en 1892, trasladó su lugar de residencia a Turín donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles. En esa época, ofendido por haber sido llamado «mozo» por el periodista Giuseppe Biasioli, lo desafió a duelo. Como consecuencia del hecho, Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari pasó seis meses en la cárcel.

En 1898, el editor Donath lo convenció para que se mudase a Génova, en esa ciudad norteña de la península itálica conoció a quien sería el más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe Gamba. En 1900 Salgari regresó a Turín, y a partir de esos días, la situación económica de la familia empezó a deteriorarse al rescindir el contrato que lo ligaba con la editorial para la cual estaba escribiendo.

En su prolífica carrera como escritor, según su biógrafo Felice Pozzo, Emilio Salgari escribió, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar y pese a su éxito de ventas, la vida del escritor estuvo signada permanentemente por circunstancias difíciles que que lo llevaron a padecer serios desequilibrios psíquicos.

SandokánAlgunas de las novelas están relacionadas entre sí y constituyen extensos ciclos narrativos protagonizados por los mismos personajes. El Corsario Negro, probablemente la más lograda de las novelas de Salgari, es una de ellas, pero en su vasto legado destacaron muchos otros títulos: «Los tigres de Mompracem», «Los misterios de la jungla negra», «Los piratas de la Malasia», «Los dos tigres», «El rey del mar», «A la conquista de un imperio», «La venganza de Sandokan», «La reconquista de Mompracem», «El falso brahmán», «La caída de un imperio» y «El desquite de Yáñez».

Entre las novelas independientes resaltan: «La favorita del Mahdi», «La cimitarra de Buda», «Los pescadores de ballenas», «El rey de la montaña», «Los dramas de la esclavitud», «La ciudad de oro», «Invierno en el Polo Norte«, «La montaña de luz», «Los bandidos del Sahara», «Las panteras de Argel», «La ciudad del rey leproso», «El hombre de fuego», «Las hijas de los faraones» y «La estrella de la Araucania«.
Después de su muerte, proliferaron novelas que le fueron falsamente atribuidas.

La muerte trágica, destino común de muchos escritores célebres (Ver nota)




En 1889 se suicidó el padre de Salgari, siendo el primer eslabón de una dolorosa e inexplicable cadena de muertes y suicidios familiares, que incluyó el del propio escritor (1911) después de un intento fallido en 1909. La esposa falleció pocos días después del suicidio y seguiría en el futuro un destino de fatalidad para sus cuatro hijos: Nadir, el mayor, muere en un accidente de tráfico cuando se estrella su motocicleta contra un tranvía. Fátima, la única hija, muere muy joven víctima de la tuberculosis en un hospital; Romero, dispara contra su propia esposa en un ataque de celos y después se suicida (1931) y Omar, el menor, quien escribió más de 40 obras inspiradas en escenarios y personajes de su padre, se suicida arrojándose desde la ventana de su departamento en un edificio de Turín (1963).

Una vez más el destino de personalidades que en un momento de su existencia se embriagan con la fama y el éxito efímeros, se vio truncado por la ruina inesperada, que deja tras de sí una triste herencia de dolor y miseria para sus hijos, y muchas veces éstos, son inexorablemente arrastrados por el mismo aciago destino.

Hay quien describe a Emilio Salgari como un fallido «capitán de gran cabotaje” mentiroso, despilfarrador, un alcohólico hosco, perverso y quizás sifilitico (Di Carlo R. La Jornada semanal, octubre 2002).

Rosa Montero la afamada periodista y escritora española en su libro «La loca de la casa», intenta un recorrido por los laberintos de la fantasía, de los recuerdos más ocultos y la creación artística en biografías noveladas, y en él hace referencia a la tortuosa vida del escritor italiano relatando: «Emilio Salgari, escribió decenas de novelas llenas de trepidantes aventuras exóticas, de mares indómitos y singladuras épicas, pero fue un pobre hombre que quiso ser marino y no pudo, porque lo suspendieron en la academia; que sólo se subió un par de veces a un barco en toda su vida, y que apenas si se movió de Italia. Tuvo una existencia tristísima: estaba comido por las deudas, su mujer enloqueció y él era un depresivo. Terminó suicidándose, pero lo más terrible es que su mitomanía le llevó a imitar a los héroes orientales que tanto admiraba: se abrió el vientre en canal con un mísero estilete y luego se rajó la garganta, en una atroz escenificación de la muerte por harakiri de los samurais». Durísima crítica.

Pero lo cierto es que casi desde sus comienzos como cronista y novelista, Emilio Salgari obtuvo una enorme popularidad. En sus últimos años, era el escritor con mejores ventas de Europa: algunas de sus ochenta y cuatro novelas superaron la tirada hasta entonces desconocida e impensada de los cien mil ejemplares y tuvo multitud de imitadores, como Luigi Motta o sus propios hijos Omar y Nadir.
Sin embargo, Salgari vivía acosado por penurias económicas, trabajando a destajo para editores que lo estafaban constantemente y sin contemplaciones.

En la víspera del suicidio, deprimido y en lamentable estado anímico, transcribió su angustia, en el libro de memorias, relatando el tormento psicológico en el que había quedado sumido después de la internación de su esposa seis días antes, en una clínica psiquiátrica. Por otra parte, quizás haya influido en su decisión, el carácter soñador, apasionado y vital que tenía y la sensación claustrofóbica de hallarse prisionero de las penosas circunstancias que le rodeaban y la imposibilidad de volver a vivir con la intensidad de años anteriores.

En la madrugada del 25 de abril de 1911, cansado hasta el hartazgo de esa explotación infame, resolvió abandonar definitivamente la pluma. Escribió tres cartas dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín, luego tomó uno de los yataganes que coleccionaba, similares a los que Sandokán blandía con tanta maestría en sus combates (otra versión indica que era un gran cortaplumas, o, lo que es peor aún, un miserable estilete). Una hora después, en un claro en el Colle del Lauro en las afueras de Turín que conocía muy bien, se hizo el harakiri abriéndose el vientre, posteriormente se cortó el cuello y se dejó desangrar hasta morir. Tenía cuarenta y nueve años.

La carta a sus editores, a quienes consideraba sus verdugos, era por demás elocuente y describía el motivo que le había llevado a tomar tan terrible determinación: «Vencido por mis desdichas, reducido a la miseria a pesar del enorme volumen de mi trabajo, con mi esposa loca en el hospital, sin poder pagar su pensión, me suprimo. Creo que con mi nombre me merecía otra fortuna y otra muerte» y agregaba: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo les pido que en compensación de las ganancias que os he proporcionado, os preocupéis, al menos un poco, por mis hijos y os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma».

En la nota a sus hijos les pedía que solicitaran un entierro de caridad por estar completamente arruinado. La herencia que les dejaba, no sólo era la completa ruina económica y una soledad desamparada, sino el mal ejemplo de su propia muerte.

Emilio Salgari tenía un sueño y una obsesión, navegar por todos los mares, y aunque no lo pudo concretar en su vida real, como tampoco alcanzar el rango del que presumía, lo consiguió holgadamente con cada uno de sus personajes navegando incansablemente en el universo mágico de sus aventuras, en fragatas, bergantínes, galeones, canoas o juncos y deslizándose por aguas y océanos coloreados de azules intensos descriptos en palabras que imitaban a la perfección los mapas e ilustraciones de los mejores atlas. Su talento creativo y su constante e intensa labor de estudio en bibliotecas, hicieron factible esas magníficas narraciones.

Para una inmensa legión de seguidores, nunca importó ni importará que Emilio Salgari realmente haya sido o no un capitán de ultramar como él sostenía, tampoco si había conocido verdaderamente al personaje que le inspiró a Sandokán; para ellos será siempre el capitán Salgari que con pericia e imaginación inigualable los condujo por rutas fantásticas nunca antes exploradas, hacia aventuras donde sólo los valientes se atrevían a llegar. Los educó en el riesgo, en el peligro, en la experiencia, en los principios justos del lado de los buenos. Y será eternamente, el capitán valiente que encontraba una y otra vez y más allá de todo límite, una nueva causa noble por la cual valía la pena luchar.

Para conocer más:

El seppuku o hara-kiri, es un término japonés utilizado para denominar el suicidio ritual por desentrañamiento.
En Japonés ‘hara-kiri’ no se usa comúnmente, ya que tal término es considerado vulgar y grotesco. Era una práctica común entre los samuráis, que consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural. Por eso, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían con este acto a darse muerte (tal y como significan esas palabras, Hara-kiri: «cortadura de vientre»).
La práctica de obligar a la muerte por medio del Seppuku por orden de un amo, es conocida como oibara o junshi; el ritual es similar.

El yatagán es una especie de sable o alfanje usado en oriente. Está provisto de doble curvatura, lo que facilita su uso indistinto de corte o punta.

Singladura: en términos náuticos se denomina así, al camino o distancia recorrida por una embarcación durante la navegación.

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