Semblanza de Juan Crisóstomo Lafinur

Juan Crisóstomo Lafinur, tío bisabuelo de Jorge Luis Borges – Un Poeta auténtico más allá de los tiempos

Juan Crisóstomo LafinurLos hechos y acontecimientos que jalonaron la vida del poeta, filósofo y educador argentino Juan Crisóstomo Lafinur, lo sitúan por mérito propio, en una posición encumbrada que excede con creces la mera circunstancia de compartir el árbol genealógico con su sobrino bisnieto Jorge Luis Borges, ese autor de excelencia y figura descollante de la literatura argentina y universal.

Juan Crisóstomo Lafinur nació en La Carolina (Provincia de San Luis, Argentina) el 27 de enero de 1797. Era hijo del español don Luis Lafinur y de la criolla Bibiana Pinedo de Montenegro, quienes para dedicarse a la minería del oro, se radicaron en esa localidad puntana convertida en una aldea progresista por la fama que las arenas y los cerros dorados le habían dado.

Años más tarde la familia Lafinur se trasladaría a Córdoba y Juan Crisóstomo pudo ingresar en el Colegio Monserrat. En 1810 se inscribió como alumno de la Universidad alcanzando a cursar tres grados: bachiller, licenciado y maestro de Artes (Filosofía). Fue expulsado de la casa de altos estudios en 1814 por razones políticas e intolerancia ideológica, sin haber podido cursar los tres grados siguientes de Teología.

En ese mismo año se incorporó en Tucumán, como ferviente patriota y revolucionario que era, al ejército del Norte que libraba las guerras emancipadoras contra las fuerzas realistas de la corona de España. Abandonada su carrera militar al obtener la baja del servicio en 1817, se estableció en Buenos Aires en 1818, comenzaba allí a cobrar forma la etapa intelectual de su vida con una prédica levantada siempre a favor de la organización democrática y liberal del país. Lector apasionado, la Revolución de Mayo de 1810 había permitido la difusión de libros y autores prohibidos hasta entonces: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot, entre otros y Lafinur supo sacar invalorable provecho de esas lecturas.

Su actividad es intensa en la Capital argentina, escribe poesía, escritos periodísticos, se vincula a la Sociedad para el fomento del Buen Gusto en el Teatro, elabora composiciones musicales y termina ganando por concurso de oposición, una cátedra para dictar Filosofía en el Colegio de la Unión del  Sud. Ocupó esa cátedra entre 1819 y 1820 pero debió abandonarla ante la decidida oposición que contra ella se generó. Seguidamente, Lafinur se refugió en la Sociedad Secreta Valeper, desde donde siguió bregando por la transformación docente en el país y por la secularización de sus estudios.

Se alejó después de Buenos Aires con destino a Mendoza, transcurría ya el año 1821. En el Colegio de la Santísima Trinidad de la ciudad cuyana, se dedicó a enseñar filosofía, literatura, música y francés, basándose en los mismos principios de la filosofía moderna que había utilizado en Buenos Aires. Pudo defender al comienzo esos principios que impartía en las aulas, pero una vez más, la airada oposición clerical a sus métodos derivó en su expulsión del colegio. Debió entonces emigrar al destierro en Chile, pagando con el exilio su convicción filosófica y sus luchas por lograr la reforma de la enseñanza.

Establecido en Chile en 1822, se relacionó al ámbito del periodismo, iniciando además estudios que le permitieron graduarse en derecho civil en la Universidad de San Felipe.

Al año siguiente en julio de 1823, se casó con Eulogia Nieto, una dama de la sociedad de Santiago de Chile. Pocos y fugaces habrían de ser los momentos de felicidad matrimonial en aquellos días de vida agitada; como consecuencia de las graves heridas sufridas al caerse accidentalmente de su caballo, falleció el 13 de agosto de 1824.

Juan Crisóstomo Lafinur, hombre de noble carácter y espíritu selecto, está considerado como uno de los primeros poetas argentinos, también uno de los forjadores de la educación nacional. Combatió el fanatismo, la intolerancia, la rutina ociosa y la ignorancia. Fue el primero en enseñar filosofía sin recurrir a la religión como guía censora, procurando despertar en sus interlocutores la necesidad de pensar en libertad. El escritor e historiador Juan María Gutiérrez lo bautizó como “el poeta romántico de nuestra época clásica”.

A pesar de haber muerto muy joven, a los 27 años, su obra lírica muestra un estilo de sobria madurez y solvencia inusuales, características que se advierten nítidamente en los poemas aquí transcriptos:

A una rosa
Señora de la selva, augusta rosa,
orgullo de septiembre, honor del prado,
que no te despedace el cierzo osado
ni marchite la helada rigurosa.

Goza más; a las manos de mi hermosa
pasa tu tronco; y luego el agraciado
cabello adorna, y el color rosado,
al ver su rostro, aumenta vergonzosa.

Recógeme estas lágrimas que lloro
en tu nevado seno, y si te toca
a los labios llegar de la que adoro,
también mi llanto hacia su dulce boca
correrá, probáralo, y dirá luego:
esta rosa está abierta a puro fuego.

La amistad
Amistad es amor; pero su llama
arde sin consumirse. Esta luz pura,
soplo de la virtud, mientras más dura
más el alma sostiene, más la inflama.

En el llagado corazón derrama
el bálsamo dichoso con que cura,
de un amor insensato y sin ventura
cuando en su auxilio la razón le llama.

Es fina, pero libre de ansias crueles,
celosa sin rivales, está exenta
del desamor probar las duras hieles,
la virtud ha tomado por su cuenta,
perpetuar la fe, las ansias caras
que dos almas juraron en sus aras.

El amor
Es llorar y es gozar, rabia y ternura,
delirio que a prudencia se parece;
una hoguera encendida que más crece
mientras más se resiste a la bravura.

Un amante es enfermo que no cura,
pero con sus mismas llagas se envanece;
la soledad le agrada y le entristece,
el tiempo es corto y largo, tarda y dura.

Se halla solo en la estancia concurrida,
si se le habla responde fastidiado;
no hay cosa que no vea parecida,
al objeto que causa su cuidado.
¿qué es el amor, se pregunta? yo concluyo:
Vivir un alma en un cuerpo que no es suyo.

Juan Crisóstomo Lafinur también es el autor de un poema sentido, en el que advierte y describe un flagelo que azota al mundo desde tiempos inmemoriales, el terrorismo fanático. Escrito a comienzos del siglo XIX, sus versos parecen hoy más vigentes que nunca:

El fanatismo
¿Cuál es ese monstruo fiero
que ha devastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y ensalzando al embustero?
¿Quién al que al hombre sincero
Le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
el fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.

¿Cuál hace que las  esposas
abandonen a sus hijuelos,
y los dejen por los suelos
por ser devotas ociosas?
¿quién patrañas horrorosas
forjó para el terrorismo?
El fanatismo.

¿Cuál tiene el país desierto,
destruye la agricultura,
hace triunfar la impostura,
y negar aún lo más cierto?
¿Quién a tanto brazo muerto
da vida y al egoísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los chilenos
sus glorias quiere eclipsar,
y pretende fascinar
para arruinar a los buenos?
¿Quién amortigua en sus senos
el odio al cruel despotismo?
El fanatismo.

Y ¿quién a ese fanatismo
Le da tal preponderancia?
la malicia de los unos,
de los otros la ignorancia.

Jorge Luis Borges y Juan Crisóstomo Lafinur, su primer antepasado en la literatura.

Jorge Luis Borges, como muestra de admiración por su antepasado le dedicó su ensayo “Nueva refutación del tiempo” escrito entre 1944 y 1946 y luego recopilado en su libro “Otras inquisiciones”.

En la obra citada Borges escribe a modo de reflexión: “…el tiempo no sólo existe para divertimento de los filósofos sino que, además, rige la vida cotidiana. Su demolición no es tarea fácil”. ” (…) A lo largo de la Nueva refutación del tiempo, Borges reelabora su argumentación de que el tiempo no existe de diversas maneras.

“…Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.” (…)

Y en una nota preliminar a modo de prólogo, el célebre escritor expresa:

“…Una palabra sobre el título. No se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han denominado contra­dictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una refutación del tiempo es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la noción que el sujeto quiere destruir. Lo dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla pruebe que no exagero is importancia de estos juegos verbales. Por lo demás, tan saturado y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible que no haya en estas hojas una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque.” (…)

“Dedico estos ejercicios a mi ascendiente Juan Crisóstomo Lafinur, que ha dejado a las letras argentinas algún endecasílabo memorable y que trató de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y de Condillac. Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.”

Cuando en 1976 Borges publicó su libro “La Moneda de Hierro”, también incluyó un soneto en su honor titulado con el nombre del prócer puntano:

Juan Crisóstomo Lafinur
El volumen de Locke, los anaqueles,
la luz del patio ajedrezado y terso,
y la mano trazando, lenta, el verso:
La pálida azucena a los laureles.

Cuando en la tarde evoco la azarosa
procesión de mis sombras, veo espadas
públicas y batallas desgarradas;
con Usted, Lafinur, es otra cosa.

Lo veo discutiendo largamente
con mi padre sobre filosofía
y conjurando esa falaz teoría
de unas eternas formas en la mente.
Lo veo corrigiendo este bosquejo,
del otro lado del incierto espejo.

Por otra parte, María Kodama viuda del afamado autor, en un acto celebratorio del décimo aniversario de la repatriación de los restos de Lafinur a su terruño, manifestó: “Borges admiraba a Lafinur porque era una persona que se adelantaba a su tiempo y tenía ideas muy claras sobre la formación de la juventud y el país”, agregando luego, que el autor de “El Aleph” consideraba además dignos de profundo respeto, la rebeldía y las convicciones que enmarcaron y dieron un sello distintivo a la vida de su tío bisabuelo.

Los restos de Juan Crisóstomo Lafinur fueron repatriados por el gobierno de la provincia de San Luis en el año 2007 y descansan actualmente en su pueblo natal, depositados en un Mausoleo construido con un diseño muy original en relación al ajedrez, en granito rosado y blanco, y es un sitio de recordación permanente.
También en el lugar, al pie del cerro Tomolasta a 2000 mts de altura sobre el nivel del mar, fue erigido en honor al poeta el Museo de la Poesía Manuscrita, inaugurado el 8 de agosto de 2007.

Para conocer más:

John Locke FRS (Wrington, Somerset, 1632 – Oaks, Essex, 1704) fue un filósofo y médico inglés, considerado como uno de los más influyentes pensadores del Siglo de las Luces y conocido como el “Padre del Liberalismo Clásico”.

FRS la sigla en inglés significa Miembro de la Royal Society. Es un honor concedido para distinguir científicos y una categoría de afiliación de la Royal Society. Los miembros tienen derecho a poner las letras FRS después de su nombre. Son elegidos hasta 44 miembros cada año mediante votación de los miembros existentes. Los candidatos deben ser nacionales o residentes en Reino Unido, la República de Irlanda o en países de la Commonwealth. Científicos destacados de otros lugares pueden pertenecer como miembros extranjeros.

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Edith Södergran en el país que no existe

Semblanza de Edith Södergran – Vida y obra de la escritora y poetisa, creadora de la obra El país que no es. 

Edith Södergran - El país que no esEl último libro de Edith Södergran fue publicado de manera póstuma en el año 1925 con el título El país que no es, gracias al gran trabajo de recopilación del poeta y compositor finlandés Elmer Rafael Diktoniusy. Sugieren sus versos al leerlos, la existencia de un sitio idealizado, de un espacio indefinible o un lugar de encuentro nuevo e incomprobable creado por la febril imaginación de una autora consciente que, como toda utopía, su logro era casi irrealizable.

Buscabas una flor y hallaste un fruto.
Buscabas una fuente y hallaste un mar.
Buscabas una mujer y hallaste un alma:
estás decepcionado.
(Al atardecer refresca el día…- fragmento-)

Sus poemas denotan la agobiante tristeza causada por una realidad insuficiente o incompleta, también un profundo malestar existencial en constante búsqueda de la identidad inalcanzable. Son poesías de palabras resignadas que intentan encontrar en el país que no existe, esas puertas que una vez abiertas permitirían retratar y plasmar su verdadero horizonte, quizás ofrecido como una salida parcial o compensatoria o un reflejo del camino de preparación hacia su propio destino, que había elegido la escritora.

Edith Irene Södergran, poetisa de ascendencia finlandesa pionera de la poesía en idioma sueco en Finlandia, nació en la ciudad rusa de San Petersburgo (en esos años perteneciente al imperio zarista) el 4 de abril de 1892, en el seno de una acomodada familia burguesa. Su padre, Matts Södergran, trabajador en una compañía de Alfred Nobel, se casó en 1890 con Helena Lovisa Holmroos, heredera de exitosos negocios en la fundición de metales.

Estudió en la prestigiosa Petri-Schule alemana de su ciudad natal, institución donde aprendió inglés, francés, ruso y alemán. Sus primeras incursiones en el mundo de las letras tuvieron lugar en 1902 con escritos en idioma alemán de corte crítico y analista; le siguieron poemas en alemán y sueco con marcada influencia de los poetas germanos Heinrich Heine y Johann Wolfgang von Goethe; con el transcurso del tiempo, la escritora adoptaría definitivamente para su producción literaria la lengua materna, el sueco. No obstante, los germanismos se convirtieron en una constante en su lenguaje.

Contrajo la misma enfermedad que tenía su padre, tuberculosis, dolencia que la afectó desde sus 17 años; aprovechó su estancia en varios hospitales, suecos, de Suiza y otros países de Europa, para estudiar las corrientes expresionistas y futuristas, también para interiorizarse acerca de las letras e historia de Italia y comenzar a leer a Dante. En ese contexto, se enamoró de su médico (un hombre casado y mucho mayor que ella), y descubrió el legado de Charles Dickens, William Shakespeare y Walt Whitman.

Los temas relacionados con la muerte, muy populares entre los decadentes, empezaron a aparecer en su poesía.

En 1914 regresó a Finlandia, llena de esperanzas con respecto a su futuro. Al año siguiente, conoció en Helsinki al escritor Arvid Mörne (1876-1946), que la animó a seguir escribiendo. Se cree que un encuentro casual con el filólogo Hugo Bergroth (1866-1937) fue el motivo por el que dejó de escribir en alemán, optando por la lengua sueca.

Poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial se instaló con su madre en la casa de verano en Raivola. Tiempo después, en 1916, publicó su primer libro que tituló “Poemas”. Este poemario no tuvo la aceptación de la crítica ni de los lectores que ella esperaba y Edith hasta fue ridiculizada por ser la autora de sus versos.

Sin embargo no se rindió y en 1918 editó “Lira de septiembre”, libro que, generó dispares interpretaciones dando lugar a frecuentes debates acerca del estado de su salud mental; pero que, en realidad, la autora utilizaba reflejando fuertes visiones inspiradas en el pensamiento de Friedrich Nietzsche y en una euforia sensual dionisíaca, para demostrar al mundo que ni la Guerra Civil finlandesa, ni la sangrienta Revolución rusa, ni la tuberculosis, mucho menos las críticas negativas, la harían dejar de escribir poesía.

Conoció además en el devenir de su vida a numerosos escritores: Hans Ruin, Jarl Hemmer, Runar Schildt y Eino Leino. Pero la personalidad más importante para ella fue la crítica y escritora Hagar Olsson, quien fue a Raivola a visitarla; manteniendo ambas con posterioridad, una cálida amistad a través de la correspondencia.

De su excelente producción lírica sobresalen algunos poemas memorables:

La noche estrellada
Inútil dolor,
inútil espera,
el mundo está vacío como tu risa.
Caen las estrellas,
noche fría y espléndida.
El amor sonríe en el sueño,
el amor sueña la eternidad…
Inútil temor, inútil pena,
el amor es menos que la nada,
de la mano del amor al abismo se desliza
el anillo de la eternidad.

La última flor del otoño
Yo soy la última flor del otoño.
Fui mecida en la cuna del verano,
fui puesta en guardia contra el viento del norte,
rojas llamas florecieron
en mis albas mejillas.
Yo soy la última flor del otoño.
Soy la simiente más joven de la primavera difunta,
es tan fácil ser la última en morir:
he visto el lago tan mágico y azul,
he oído latir el corazón del verano difunto,
mi cáliz sólo contiene la semilla de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.
He visto sus profundidades estelares,
he contemplado la luz de cálidos hogares lejanos,
es tan fácil seguir la misma senda,
cerraré las puertas de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.

El ansia de los colores
Porque soy pálida amo el rojo, el amarillo y el azul,
la gran blancura es melancólica como el crepúsculo en la nieve,
como cuando la madre de Blancanieves a la ventana se sentaba
anhelando también para sí el rojo y el negro.
El ansia de los colores es el de la sangre. Si tienes sed de belleza
cerrar debes los ojos y mirar en tu propio corazón.
Pero la belleza teme al día y a las miradas excesivas.
Pero la belleza no soporta el ruido ni los movimientos excesivos –
no debes llevar tu corazón hasta los labios,
perturbar no debemos los nobles anillos de la soledad y del silencio, –
¿se puede hallar algo más grande que un enigma sin resolver
y con extraños rasgos?
Taciturna seré toda mi vida,
una habladora es como el gárrulo arroyo que a sí mismo se traiciona,
un árbol solitario seré yo en la llanura,
los árboles del bosque perecen de ansia después de la tormenta,
debo estar sana de pies a cabeza y tener dorados rayos en la sangre,
debo ser inocente y pura como una llama de húmedos labios.

Virgen moderna
No soy mujer. Soy un neutro.
Soy un niño, un paje y una osada decisión,
soy un rayo risueño de un sol escarlata…
Soy una red para todos los peces golosos,
soy un brindis en honor a todas las mujeres.
soy un paso hacia el azar y la ruina,
soy un salto en la libertad y en el yo…
Soy el murmullo de la sangre en el oído del hombre,
soy un escalofrío del alma, el ansia y la negación de la carne,
soy el anuncio de nuevos paraísos.
Soy una llama inquisitiva e intrépida,
soy agua, honda mas audaz hasta las rodillas,
soy fuego y agua sinceramente unidos por libre decisión.

La suya es un poesía profunda, sentida, lírica e intimista, devela angustia, dolor oculto y cierto abatimiento, sin dejar de lado una veta romántica y una sutil dosis de erotismo. Edith Södergran fue la iniciadora de la poesía modernista en su país y en esa ámbito solamente se le puede comparar Katri Vala, otra notable poetisa que resaltó en las letras finesas de la primera mitad del siglo XX

Su obra literaria más destacada incluye: “Dikter” (Poemas – 1916), “Septemberlyran” (Lira de septiembre – 1918), “Rosenaltaret” (El altar de las rosas – 1919), “Framtidens skugga” (La sombra del futuro – 1920) y “Landet som icke är” (La tierra que no es – edición póstuma 1925).

Como se describe frecuentemente en la historia biográfica de la mayoría de los poetas de ese tiempo, mientras vivió, su obra no fue comprendida ni plenamente reconocida en su dimensión.

Edith escribió en una de sus páginas una frase contundente “Primero vemos lo más crudo de la verdad, es decir, la verdad misma. Lo más importante: la persona que la dice, sólo es vista mucho más tarde”.

La vida
Yo, mi propia prisionera, he aquí lo que digo:
la vida no es la primavera vestida de terciopelo verde claro
ni una caricia raramente recibida,
la vida no es una decisión de partir,
ni dos brazos blancos que nos retienen.
La vida es el círculo estrecho que nos tiene prisioneros,
el círculo invisible que no franquearemos jamás
la vida es la felicidad próxima que nos huye
y mil pasos que no nos decidimos a dar.
La vida es despreciarse a sí mismo
y estar inmóvil en el fondo de un pozo
y saber que el sol brilla allá arriba
y que pájaros de oro atraviesan el cielo
y que los días vuelan rápidos como flechas.
La vida es hacer un breve gesto de adiós,
volver a casa… y dormir.
La vida es un ser extraño para uno mismo
y una máscara para todos los que vienen.
La vida es maltratar su propia felicidad
y rechazar el instante único,
la vida es creerse débil y no atreverse.

(traducción de Javier Sologuren)

Como consecuencia de la expropiación de todos los bienes de la familia durante la Revolución Rusa de 1917, quedaron desprotegidos y en la ruina económica; obligada entonces a vivir bajo condiciones durísimas, humillantes y de extrema pobreza, Edith Södergran comenzó a sufrir ataques depresivos de intensidad creciente. Perdida en ensoñaciones de crepúsculos violáceos y entre las pálidas flores de jardines melancólicos, continuaba escribiendo a pesar de todo.

Pero la terrible depresión continuó afectando a Edith Södergran cada vez más agravando su otra enfermedad. Entre el anochecer del 23 de junio de 1923 y el amanecer del 24, en la noche de San Juan y día de celebración en Finlandia como en otros países nórdicos, en medio del silencio desolado del bosque blanco, Edith expiró acompañada en el momento final sólo por su madre. La escritora del tono dulcemente melancólico y espiritual para quien la poesía era mucho más que un fín en si mismo, había dejado debajo de la almohada dos poemas, resumiendo esa mezcla de naturaleza ardiente y postración obligada que la atormentaba. No olvidó en esos instantes un irónico saludo a manera de último desafío: “Muerte, ¿por qué te quedas en silencio?”.

Raivola se convertiría pocos años después, en un lugar de peregrinación para los muchos lectores admiradores de su legado literario.

Para conocer más:

La noche de San juan, también llamada víspera de San Juan, es una festividad de origen pagano (Litha) celebrada el 23 de junio, víspera del día de San Juan Bautista, en la que se suelen encender hogueras o fuegos.

El origen de esta costumbre se asocia con las celebraciones en las que se festejaba la llegada del solsticio de verano, el 21 de junio en el hemisferio norte, cuyo rito principal consiste en encender una hoguera. La finalidad de este rito era “dar más fuerza al sol”, que a partir de esos días iba haciéndose más “débil”. Los días se van haciendo más cortos hasta el solsticio de invierno. Simbólicamente, el fuego también tiene una función “purificadora” en las personas que lo contemplaban.
Se celebra en muchos países de Europa, aunque está especialmente arraigada en España, Portugal, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia.

Raivola (localidad ubicada en territorio de Finlandia en esa época. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial pasó a llamarse Roshchino y forma parte de Rusia)

La versión traducida de los cuatro poemas que figuran en primer término, corresponde a la autoría de Renato Sandoval e Irma Sítanen.

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Gabriel Celaya – La poesía social

Reseña literaria sobre la vida y obra de Gabriel Celaya – La poesía es un arma cargada de futuro como muestra de su trabajo

Gabriel Celaya la poesíaGabriel Celaya, fue un reconocido poeta español, nacido el 18 de marzo de 1911, y fallecido el 18 de abril de 1991. Su obra se encuentra muy relacionada con la poesía social, de compromiso.

“Ser poeta es encontrar en otros la propia vida. No encerrarse. Ser poeta es darse a todos, ser sin ser melancolía y ser también mar y viento, memoria de las desdichas…”

Poesía de compromiso o poesía social. Otra forma de sentir y escribir en versos

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta Cendoya, era el largo nombre registrado de un autor que trascendió y fue reconocido en el universo de la poesía con el seudónimo de Gabriel Celaya, y que había nacido en Hernani, municipio español de la provincia de Guipúzcoa, el 18 de marzo de 1911.

Junto con Blas de Otero, Gabriel Celaya fue uno de los exponentes máximos de la corriente denominada “poesía social” o “poesía comprometida”. Esta tendencia procuraba alcanzar una escritura que se nutriera de sueños, ilusiones, inquietudes y de las preocupaciones y avatares cotidianos del hombre ubicado en su tiempo histórico; en contraposición a la poesía considerada como una creación desvinculada del peregrinaje existencial y social del ser humano y de la realidad de su entorno.

Tenía la intención, también la voluntad y la convicción de llegar a las mayorías y despertar conciencias; y para lograr esos fines era preciso escribir con claridad utilizando palabras exactas, insustituibles y que interpretaran con absoluta fidelidad la idea que quería expresarse.

La estética quedó postergada porque la palabra ya no buscaba deslumbrar al lector.
Se consideraba a la poesía como un trabajo necesario que no podía constituir un lujo. Estos criterios hicieron que se terminara atacando a los poetas estilizantes y elitistas, cuyos poemas estaban dirigidos a una minoría de la sociedad.

Gabriel Celaya, cursó el bachillerato en San Sebastián y, por imposición paterna, logró graduarse de ingeniero industrial en Madrid. Años más tarde, en la década de los treinta, relegó su destino empresarial e industrial por las influencias de grandes literatos y artistas de su época, como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel y Salvador Dalí, a quienes conoció en la Residencia de Estudiantes donde él se alojaba en la capital española. Compartió con ellos vivencias en un riquísimo ambiente cultural y de creación artística que determinaron su vocación literaria y le dejaron recuerdos imborrables que lo llevarían con el tiempo, a dedicarse por entero a la poesía.

Como otros poetas de su generación, estuvo en contacto desde diversas perspectivas con todos los movimientos literarios que se popularizaron en la primera mitad del siglo XX, el surrealismo y el neorromanticismo entre otros; pero terminó adscrito a un estilo de poesía de intencionalidad no totalmente lírica sino con una estética de compromiso social, como una consecuencia derivada de los difíciles tiempos políticos ocasionados por la trágica y sangrienta Guerra Civil, y por la durísima crisis de posguerra que enfrentó España.
La situación originada en la miseria, el hambre, las enfermedades era grave, peró lo era aún más, porque las instituciones del país estaban destruídas. La sociedad parecía deshumanizada con hermanos divididos en vencedores y vencidos, sufriendo la represión y la opresión, viviendo y padeciendo diariamente la violencia y la crueldad.

Celaya, adhirió y militó en favor de la ideología comunista hasta el final de sus días y cuando estalló en 1936 la Guerra Civil, se alistó para combatir del lado republicano, llegando a obtener el grado de capitán de ejército. Este hecho le acarrearía muchos enemigos al término de la contienda.

Ya en tiempos de paz, se hizo cargo de los negocios familiares, compatibilizando su actividad profesional con el tiempo que dedicaba a la escritura.
La llegada a su vida en 1946 de quien fuera su inseparable compañera, Amparo Gastón, dio un impulso vital a su obra. Emprendieron entre ambos múltiples proyectos literarios, fundando ese mismo año una colección de poesía llamada “Norte” y publicando traducciones de Arthur Rimbaud y William Blake.

En 1955 dió a conocer su poemario “Cantos Íberos”, verdadera biblia de la poesía social, con versos cuyas letras aún continúan vigentes en muchos estratos sociales de diversos países. Es una obra en la que confluyen diferentes matices retóricos, que van desde la descripción de una realidad de opresión y desesperanza hasta semejanzas con un mitin político.

Extraído de “Cantos Íberos”, con un título que expresa mucho y versos intensos y llenos de matices luminosos, este es uno de sus más célebres poemas:

La poesía es un arma cargada de futuro – Gabriel Celaya

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Después de leer sus versos, se tiene la sensación de estar ante una arenga, casi un “manifiesto” del poeta intentando que sus palabras sean parte activa de nuestras vidas. Y se advierte que para él, la poesía era realmente un arma poderosa que ayudaba directamente a transformar todo aquello que se anhelaba cambiar.

La poesía es un arma cargada de futuro se convirtió en un himno en aquellos años de 1950 y puso de pie a una generación de poetas, que utilizaban su leitmotiv de porvenir y esperanza como herramienta para intentar cambiar el mundo.

En el deseo de acercarse a las mayorías sociales, algunos autores, en ocasiones vulgarizaron demagógicamente el lenguaje. Este es el argumento principal utilizado por sus detractores. Pero objetivamente no se pueden obviar innumerables aciertos expresivos, espléndidas formas y la innegable calidad poética de obras como las de Otero o Celaya.Tampoco las posibilidades y valores poéticos que sus trabajos ejercieron sobre el lenguaje cotidiano.

A fines de la década de 1980, dos cantautores españoles de destacadisima trayectoria internacional musicalizaron este poema; fueron Paco Ibáñez y el catalán Joan Manuel Serrat.

Gabriel Celaya concretó una prolífica producción literaria que abarca casi un centenar de obras, escritas con lenguaje claro, con un decir sencillo y cargadas siempre de un propósito de denuncia, para lo cual recurrió a un deliberado prosaísmo en sus letras.

En 1935 editó su primer libro de poemas, “Marea de silencio”, con claras influencias vanguardistas de la Generación del 27. Seguirían “La soledad cerrada” (1947), “Movimientos elementales” (1947), “Tranquilamente hablando” (1947), “Las cosas como son” (1949), “Las cartas boca arriba” (1951), “Lo demás es silencio” (1952), “Cantos Iberos” (1955), “Poesías completas” (1969), “Campos semánticos” (1971), “Itinerario poético” (1973), por citar algunos.

En sus comienzos, acostumbraba publicar además con los seudónimos de Rafael Múgica y Juan de Leceta.

Llegando al final de su vida, la orientación literaria predominante empezó a girar en torno al interés que sentía por la historia ancestral.
En 1984, por problemas económicos, se vio obligado a vender su biblioteca personal de 1.200 volúmenes a la

Diputación de Guipúzcoa y a pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, no pudo superar esa situación crítica. Sus últimos años transcurrieron entre penurias y necesidades insatisfechas, a tal punto que el Ministerio de Cultura peninsular, debió hacerse cargo de los gastos por una internacion hospitalaria que tuvo en 1990.

Gabriel Celaya falleció en Madrid y prácticamente en la miseria, el 18 de abril de 1991. Sus cenizas fueron esparcidas en su Hernani natal. Posteriormente, a título póstumo fue designado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada, nombramiento que se concedió en vida del escritor y había sido aceptado por él.

Fue un “Poeta” fundamental de las letras españolas del siglo XX, que dejó un legado pleno de mensajes esperanzadores. La suya fue sin duda, una ardua lucha sin concesiones contra el pesimismo y siempre a favor del hombre como tal y de la poesía imbuida de contenido sociopolítico y moral.

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María Teresa León – Memoría de la melancolía

Reseña literaria de María Teresa León – Vida y obra de una gran escritora

María Teresa LeónMaría Teresa León fue una célebre escritora española, nacida el 31 de octubre de 1903, y fallecida el 13 de diciembre de 1988. Integrante de la Generación del 27, debió enfrentar los estigmas sociales de una época que no le otorgó su apoyo.

“Una patria, Señor, una patria pequeña, como un patio o como una grieta en un muro muy sólido. Una patria, para reemplazar a la que me arrancaron del alma de un sólo tirón”.

Existieron en el transcurso de la historia y en todas todas las disciplinas científicas y artísticas, mujeres poseedoras de enorme talento injustamente postergadas y a las cuales se les negó el reconocimiento que merecían. Entre ellas, María Teresa León luce acreedora a un párrafo especial.

Dueña de un expresiva y delicada belleza, tenía una mirada muy intensa. Todavía al observar sus viejas fotografías de juventud, podremos sentir una fascinación irresistible.

Ella fue la primera esposa de Rafael Alberti y su nombre permanecerá indisolublemente unido al del poeta gaditano. También fue, su compañera, amante, amada, camarada, y ante todo, su amiga inseparable durante más de cuatro décadas. Y no obstante, haber sido una mujer esencial para la cultura y la historia política española y un símbolo universal, perenne del flagelo del exilio; esa mujer actualmente, es casi una desconocida para la opinión pública media.

Pero los fríos datos de su biografía refieren que María Teresa León Goyri fue una excelente y prolífica escritora; novelista, traductora, ensayista, dramaturga y guionista. Autora de una extensa obra que abarca la publicación de más de veinte libros, algunos de ellos ciertamente conmovedores. Su prosa impecable la hizo diferente.
Formó parte de la Generación del 27, aquel magistral grupo de escritores talentosos, que pobló el panorama literario de la España de comienzos del siglo pasado.

Nació en la ciudad española de Logroño el 31 de octubre de 1903. Hija del coronel de ejército Ángel León y de Olivia Goyri de la Llera. Su madre era prima de María Goyri (la esposa del eminente filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal).

En 1905, muy niña todavía, se traslada con sus padres a Madrid. María Teresa fue educada con especial esmero en el seno de esa familia de la alta burguesía, creció en un ambiente culto, ilustrado y se acostumbró desde pequeña a cuestionarlo todo y a usar la escritura como herramienta de diálogo y crítica. Tuvo además, la posibilidad de acceder a los mejores libros en las bibliotecas familiares y así convertirse en una lectora voraz, que admiraba a Víctor Hugo, a Alejandro Dumas, a Benito Pérez Galdós y a otras grandes figuras de la literatura exquisita.

En su formación influyeron mucho sus tíos y sobre todo su tía María, que había sido una de las primeras mujeres españolas en obtener un doctorado en Filosofía y Letras. Y en el hogar de sus tíos, punto de encuentro de importantes personalidades del arte, la cultura e intelectuales de la época, tuvo la fortuna de conocer a muchas de ellas.

Casi adolescente, se radicó con su familia en Burgos, una ciudad a la que se sintió fuertemente ligada. Vivía como una niña rica, disfrutando de todas las comodidades, pero en una vida a la que no se adaptaba ni sentía como propia y cuyo sistema de valores terminó rechazando.

Contrastarían enormemente esos años despreocupados, con el cambio radical en su manera de pensar e ideología, que se produciría en su edad adulta.

Un nuevo traslado de su padre militar, la lleva a Barcelona, ciudad donde María Teresa se casó siendo muy joven el 1 de noviembre de 1920 con Gonzalo de Sebastián Alfaro, padre de sus dos primeros hijos, Gonzalo (1920) y Enrique (1925). La novia tenía 17 años y parecía encaminarse a una existencia cómoda y tranquila, en un hogar igual a aquel en el que ella había nacido y crecido. Pero su destino no era ese o ella decidió cambiarlo.

A los 25 rompió con una vida monótona y rutinaria y no dudó en rebelarse contra las convenciones puritanas vigentes en esos tiempos y divorciarse cuando advirtió que su matrimonio había fracasado, transcurrían los meses finales de 1928. Una decisión poco frecuente entre las mujeres de su época y de su clase, en una sociedad donde imperaban rígidamente, una moral y una doctrina cristiana contrarias al divorcio.

Fue una mujer valiente que supo enfrentar todas estas formalidades para buscar su propia identidad. Escapó a Madrid, abandonó al marido y a los hijos. Perdió la custodia de los niños. Y soportó dignamente la herida recibida y el alto costo que debió pagar como peaje para lograr su independencia.

Se convirtió en una mujer recientemente separada, con dos hijos a los que no podía ver (otra arbitrariedad del pensamiento machista y pacato de la época); cuando en una tarde impensada conoció a Rafael Alberti. Se enamoró perdidamente.  El poeta de “Marinero en tierra”.evocaría alguna vez esa situación: “Surgió ante mí, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho”. María Teresa y Rafael ya no habrían de separarse por muchos años; compartieron vida, sueños, inquietudes y un largo y doloroso exilio que dejó secuelas en sus corazones y en la escritura de ambos.

De aquel apasionado romance surgió el nombre de un Alberti majestuoso, homenajeado en calles, escuelas, monumentos, pero una María Teresa cada vez más olvidada y llevando a un segundo plano su trascendencia literaria.
Tal vez, para que la relación pudiera funcionar alguno de los dos debía dar un paso al costado y lo dio ella. Su figura terminó eclipsada por el ego y el genio de eutor nacido en El Puerto de Santa María en Cádiz. Pero nunca se opacó el brillo de sus letras y la calidad de su pluma se conservó inalterable en el tiempo.

María Teresa León, fue una activista y ferviente defensora de la Segunda República Española, miembro del Partido Comunista, y sobre todo, una incansable luchadora a favor de la cultura y de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Durante los años 1932-1935, ella y Rafael Alberti visitaron Rusía y otros países europeos y americanos, experiencia que les proporcionó una nueva perspectiva del arte y de la realidad, influyendo en la orientación social y política de su literatura.

Iniciaba una trayectoria que la llevaría a un destacado protagonismo en los momentos más cruciales de la Segunda República y en las jornadas más dramáticas de la heroica defensa de Madrid durante la Guerra Civil. Escribía febrilmente y actuaba sobre los escenarios de un teatro de urgencia. Y trabajaba simultáneamente y con idéntica pasión al servicio de la causa republicana.

En la capital española, participó en la preparación y celebración del Congreso de Escritores Antifascistas, organizó la Alianza de Intelectuales, las Guerrillas del Teatro y, sobre todo, de la mano de Timoteo Pérez Rubio, trabajó arduamente en la evacuación de los principales cuadros del Museo del Prado y del Monasterio de El Escorial.

Cuando ya era inminente la caída del gobierno republicano y consecuentemente el ascenso de Francisco Franco al poder, la escritora y Rafael Alberti abandonaron España el 6 de Marzo de 1939 y tras breves estadías en Orán, Marsella y París, embarcaron hacia el exilio argentino.

Durante 23 años de vida en Buenos Aires, María Teresa se dedicó a trabajar en radios locales, a dictar conferencias y ejercer otras actividades intelectuales, pero sobre todo a escribir: novelas, biografías, guiones para el cine y colecciones de cuentos ven la luz.
Alcanzó en esos años el cenit de su producción literaria.

Con el pasar de los días y los meses se fue diluyendo la esperanza de un pronto regreso a la madre patria y la espera se convirtió en condición; el exilio sería largo y era imperioso asumir el compromiso de exiliada para no entregarse al derrotismo del olvido.

Necesitaba convertirse ella misma en testimonio vivo de la historia, y describiendo las vivencias de su destierro, reflexionar sobre su propia existencia.

En Buenos Aires nacería en 1941, Aitana, la única hija del matrimonio Alberti – León, y fue una brisa suave, un alivio que compensaría, aunque sin hacer olvidar, tantas tristezas vividas. Aitana escribiría muchos años después: “Si mi madre hubiera sido un hombre, hubiera sido un coloso, uno de los más grandes escritores de nuestra literatura”.

Dotada de un brillante bagaje cultural, la literatura de María Teresa León está basada en sus recuerdos. Escribía para resistir y no olvidarse de los compañeros caídos en la guerra civil española, supo magistralmente entrelazar en una dinámica real lo individual y lo colectivo de modo que la voz de su memoria hiciese coro con las voces de los que no podían expresarse. Durante los 38 años años de su doloroso exilio María Teresa León peregrinó por todo el mundo lamentándose: “Estoy cansada de no saber dónde morirme”.

Podríamos destacar entre sus novelas: “Contra viento y marea”, “El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer”, “Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador”, “Juego limpio” y “Cervantes. El soldado que nos enseñó a hablar” y entre sus cuentos: “Cuentos para soñar”, “La bella del mal de amor”, “Una estrella roja”, “Morirás lejos”, “Botella al mar”, “Las peregrinaciones de Teresa” y “Fábulas del tiempo amargo”.

Pero ninguna obra la define mejor que la inolvidable “Memoria de la melancolía”, título contundente, donde todo el dolor de la vida estaba asimilado y comprendido antes de pasar a la literatura. La acción se desarrollaba en el recuerdo y los personajes principales eran la tierra natal y las historias de un tiempo doloroso, trágico, ensuciado con lágrimas de sangre, que arrastraban a soledades interminables y muerte.

Esta obra fue escrita en 1963, cuando el matrimonio Alberti después de un breve período pasado en Uruguay, se instala en el Trastévere, el populoso barrio del centro histórico romano. “Escribir es mi enfermedad incurable” decía siempre a quienes la escuchaban. Era constante y dueña de un singular talento. Lo demostró acabadamente.

En 1972 asomaron en su horizonte los primeros síntomas del Mal de Alzheimer, una dolencia que la convirtió en un fantasma aletargado y que fue deshilachado lentamente su memoria y sus recuerdos, que comenzaron a contrastar con el perfil de mujer combativa y de recia personalidad que siempre tuvo.

Tal vez su mente gastada, no resistió la indiferencia que le prodigaba el mundo y su mundo en ese entonces era Alberti. Quizás haya necesitado recluirse en un espacio de soledad, en el cual, sin importar el entorno, pudiera soñar sin pasado, sin responsabilidad y también sin futuro.

En 1977, con la vuelta de la democracia, Maria Teresa León y Rafael regresaron a España.
Pero cuando el 28 de abril de de ese año, arribaron a su entrañable terruño, ella que había esperado tanto ese momento de recuperar su patria, ya no era consciente de esa circunstancia y en su enfermedad parecía anclada a esa admirable diáspora que formaron las gentes de “la España peregrina” y del “paraíso perdido”.

El gran amor de María Teresa fue Rafael Alberti hasta su último día de lucidez mental. Y fue eterno. Pero no fue igual para el poeta, por eso cuando aparecieron los primeros signos de Alzheimer, Alberti se olvidó de María Teresa, que fue cuidada hasta el final de sus días por una sobrina de ambos. Rafael la visitó solamente algunas veces en casi 10 años de padecer la cruel enfermedad. Cuando le preguntaban al respecto, respondía que no soportaba el dolor de verla espectral, devorada por el vacío.

Posiblemente haya sido así, una actitud difícil de explicar como lo son tantas debilidades humanas insondables. Pero su adorado Rafael tampoco hizo un gran esfuerzo por revitalizar su obra. ¿Exceso de ego o ingratitud?.

Nadie osaría cuestionar la obra de tan magnífico autor, pero ¿hubiera sido Rafael Alberti el genial poeta sin ella a su lado? Imposible saberlo.

María Teresa León falleció en Madrid el martes de 13 de diciembre de 1988 a los 85 años.
En el cementerio de Majadahonda (Madrid), hay una tumba con una lápida en la que a modo de epitafio se lee un nombre, María Teresa León, y un verso, primero y último de un poema de Rafael Alberti: “Hoy, amor, tenemos veinte años”.

Al entierro asistieron unas 15 personas. Rafael Alberti, familiares cercanos y alguna persona más que se se acercó al cementerio ese día, en que el frío de un otoño madrileño abrazó de golpe toda la nostalgia del olvido.

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Pedro Salinas – El poeta del amor

Semblanza de la vida y obra de Pedro Salinas – El Poeta del amor

Pedro SalinasPedro Salinas Serrano fue un reconocido escritor español, destacado sobre todo en el ámbito de la poesía, y los ensayos. Nació en Madrid el 27 de noviembre de 1891 y falleció en Boston el 4 de diciembre de 1951. Importante miembro de la llamada “Generación del 27”.

“…Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía…”

Leer viejos libros de poemas produce en muchas personas, una sensación de éxtasis envolvente. Y esa sensación los sorprende y cautiva aún más, cuando descubren en sus páginas gastadas por los años, alguna candorosa poesía que retrotraiga la memoria a otros tiempos del amor.

Las palabras entonces, con magia encadenadas en versos, se transforman delicadamente en joyas intangibles, que durante algunos segundos adornarán su alma y su espíritu en una vivencia instantánea y fugaz.

El libro de Pedro Salinas “La voz a tí debida”, publicado en el año 1933 sirve para ejemplificar lo expuesto y deleitarse leyendo algunos de sus poemas:

“¡Si me llamaras, sí”

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
“¡si me llamaras, sí, si me llamaras!”
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: “No te vayas”.

“La voz a ti debida”

Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

“Ayer te besé en los labios…”

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no…
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

“Ay!, cuántas cosas perdidas”

Ay!, cuántas cosas perdidas
que no se perdieron nunca.
Todas las guardabas tú.
Menudos granos de tiempo,
que un día se llevó el aire.
Alfabetos de la espuma,
que un día se llevó el mar.
Yo por perdidos los daba.
Y por perdidas las nubes
que yo quise sujetar
en el cielo
clavándolas con miradas.

Y las alegrías altas
del querer, y las angustias
de estar aún queriendo poco,
y las ansias
de querer, quererte, más.
Todo por perdido, todo
en el haber sido antes,
en el no ser nunca, ya.
Y entonces viniste tú
de lo oscuro, iluminada
de joven paciencia honda,
ligera, sin que pesara
sobre tu cintura fina,
sobre tus hombros desnudos,
el pasado que traías
tú, tan joven, para mí.

Cuando te miré a los besos
vírgenes que tú me diste,
los tiempos y las espumas,
las nubes y los amores
que perdí estaban salvados.
Si de mí se me escaparon,
no fue para ir a morirse
en la nada.
En ti seguían viviendo.
Lo que yo llamaba olvido
eras tú.

El título de este poemario de Pedro Salinas, está tomado de un verso de Garcilaso de la Vega:

“Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas, con la lengua muerta y fría en la boca,
pienso mover la voz a ti debida.”
(“Égloga III”, verso 12).

Concebido como un único poema continuo, relata y analiza el itinerario de una experiencia amorosa concreta, desde el deslumbramiento inicial que produce el amor, el descubrimiento de sus secretos y sus goces, los desvelos que ocasiona, hasta la separación final, la pérdida y el olvido. Desestimando en todo momento caer en la victimización y alejándose de cualquier interpretación de tragedia o desesperanza.

Pedro Salinas continúa en la línea tradicional amorosa española, que comenzara con el lirismo romántico de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), aunque transmite una percepción más cerebral y pensante que el poeta sevillano; también de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), pero con una visión más optimista de la realidad: “Querer vivir es anhelar la carne donde se vive y por la que se muere”.

Su poesía intenta priorizar el pensar y el vivir antes que el sentir, pero no en todos sus poemas lo logra y se advierte más un punto de armonía, estableciendo un equilibrio entre el sentir y el pensar.

Pedro Salinas Serrano, nacido en Madrid el 27 de noviembre de 1891, es considerado como una de las personalidades más representativa y relevante de la Generación del 27. En toda su obra brilló con luz intensísima su aura de poeta y por ello recibió el merecido sobrenombre de “poeta de amor”.

Doctorado en Filosofía y Letras, fue uno más de los tantos intelectuales españoles que padecieron el exilio forzado que causó la guerra Civil Civil (1936-1939).

Su obra lírica se dividió en tres períodos:

Inicial o de poesía pura, de plenitud o amorosa y del exilio.

En la primera etapa destacaron: “Presagios” (1924), “Seguro azar” (1928) y “Fábula y signo” (1931), donde se advierten nítidamente influencias del nicaragüense Rubén Darío, de los españoles Miguel Unamuno y Juan Ramón Jiménez y de otros autores pertenecientes a los movimientos vanguardistas de la época.

En la segunda etapa resaltan: “La voz a ti debida” (1933), “Razón de amor” (1936) y “Largo lamento” (1939), llega hasta 1939 y fue el ciclo de la poesía genuinamente amorosa, tal vez fruto de su apasionada relación con la profesora norteamericana Katherine Whitmore. En ella celebra el amor que da sentido al mundo.

Y finalmente su tercera etapa: que se extiende desde 1939 hasta su muerte. La poesía de estos años reflejó sus inquietudes filosóficas y una preocupación por la función del poeta en relación al arte.
Editó en ese tiempo,”El contemplado” (1946), “Todo más claro y otros poemas” (1949), y “Confianza”, título póstumo y sugerido por su amigo Jorge Guillén, que enmarca el conjunto de sus poemas recogidos durante 1942-1944 y 1951.

Entre 1943 y 1946, Pedro Salinas enseñó en la Universidad de Río Piedras, de Puerto Rico, uno de los destinos de su exilio; por eso cuando murió en la ciudad de Boston en los Estados Unidos el 4 de diciembre de 1951, pidió ser enterrado junto al mar en el país caribeño.
Su último deseo fue cumplido y el traslado de sus restos se llevó a cabo tiempo después de su muerte.

El gran tema de la obra poética de Salinas fue el amor y este poemario invita a abrir el libro y sumergirse en sus páginas, donde el mundo exterior quedará reducido al papel de simple espectador y las palabras leídas en un tono de susurro confidencial, nos llevarán a un espacio pleno de sensaciones voluptuosas hecho poesía. Y coincidiremos con al autor cuando describiendo sensuales recuerdos expresa: “Ayer te besé en los labios, hoy estoy besando un beso”.

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Semblanza de Sigrid Undset

Sigrid Undset – Su vida y obra literaria, la mujer, eje central de la misma

Sigrid Undset La escritora noruega Sigrid Undset, forma parte de una selecta terna de autores de ese país escandinavo, cuyos integrantes recibieron en su momento el Premio Nobel de Literatura. Los otros dos fueron Bjørnstjerne Bjørnson galardonado en el año 1903 y Knut Hamsun, distinguido con ese honor en 1920.

“El amor no crea regla alguna, las rompe todas”.

Sigrid fue la mayor de tres hermanas creciendo en un hogar donde se privilegiaban la cultura y el conocimiento y se hablaban dos idiomas, alemán y francés. Su padre, Ingvald Martin Undset, prestigioso catedrático especializado en Arqueología que obtuvo su doctorado en 1881 con una tesis sobre “Los comienzos de la Edad de Hierro en el norte de Europa” se casó en ese mismo año con Marie Nicoline Charlotte Gyth (o Gydh), distinguida joven de origen danés, con ascendientes establecidos en esa región desde fines del siglo XVIII. Meses después, el 20 de mayo de 1882 en Kalundborg, Dinamarca nacería de ese matrimonio la ilustre escritora.

Transcurría el año 1884 cuando Ingvald Undset, afectado por una enfermedad crónica seria contraída durante su permanencia temporaria en Roma y buscando alivio para su mal, aceptó el cargo de Director del Museo Noruego de Antigüedades; en consecuencia, decidió trasladarse con su familia a la capital de la nórdica Noruega, la ciudad de Oslo.

Sigrid Undset era por entonces una niña de dos años, que en su primera infancia se sintió deslumbrada por las experiencias vividas en los frecuentes viajes que realizaba acompañando a su progenitor, por toda Europa.
Los misterios ancestrales de las leyendas y las canciones propias del folklore escandinavo, fueron habituales compañeros de sus juegos infantiles. Al mismo tiempo, la arquelogía y la historia despertaban su entusiasmo y le fascinaban tanto como a su amado padre, ese hombre que anhelaba para ella una educación esmerada y responsable.

Y fue precisamente la muerte de su progenitor (circunstancia que dejó a la familia desprotegida y padeciendo una precaria situación económica), la causa que destruyó de repente sus ilusiones juveniles.
Sigrid Undset debió abandonar sus estudios a los 16 años y dejar de lado la pretensión de concretar una carrera universitaria. Además, para colaborar con la madre en el sostenimiento del hogar, comenzó a trabajar como secretaria en una importante empresa de ingeniería.

Por propia iniciativa, robaba horas a sus noches y al escaso tiempo libre, que aprovechaba leyendo y escribiendo afanosamente. Esa costumbre le permitió adquirir un conocimiento sólido del arte de escribir y le dio una formación intelectual válida para lo que ella pretendia y sentía que debía ser su “destino” en la vida.

Entre 1909 y 1910 recorrió Europa, beneficiada por la obtención de una beca para escritores jóvenes; dos años antes ya había editado su primer libro.

Posteriormente, decidida a materializar su otra vocación y dedicarse también al arte de la pintura, viajó a Roma. Allí conoció a Anders Castus Svarstad, pintor noruego, con quien se casó poco tiempo después.

En esos años de casada, experimentó en si misma, la dura realidad que vivían las mujeres de su tiempo, relegadas y sin poder desarrollar sus aspiraciones personales ni profesionales, más allá de la esfera de influencia de un marido del que dependían absolutamente.
Sigrid, cuando tuvo al primero de sus cinco hijos, fue obligada a dejar de pintar y solamente podía disponer de su tiempo, para desempeñar el papel de madre y ama de casa.

Después de años de convivencia opresiva, reiteradas crisis desgastaron la pareja y todo terminó en un doloroso divorcio.

A su cargo quedaron sus hijos propios y los hijos del primer matrimonio del pintor. Tomó una vez más la decisión de demostrarles a todos, que era capaz de superar el desafío y continuar su vida trabajando como cuando era secretaria, mientras cuidaba a sus niños y cumplía con sus quehaceres literarios.

El éxito alcanzado tras la publicación de su tercer libro, le dio la posibilidad de abandonar otros trabajos para dedicarse exclusivamente a la escritura.

A partir de entonces, tomó conciencia de cuál era realmente la situación de la mujer “moderna” de la época y comenzó a participar activamente en los movimientos y debates políticos y sociales en favor de la causa femenina. Nadie podría cuestionarle ese derecho, había pertenecido a aquella primera generación de mujeres “emancipadas”, que lograron percibir un salario por su trabajo.

Sigrid tenía 42 años cuando se convirtió al catolicismo en 1924. Decisión que le valió severas críticas de la sociedad noruega, protestante a ultranza y caracterizada por un acentuado antipapismo. Narró estas vivencias en las páginas de sus libros “Gymnadenia” (1929) y  “La zarza ardiente” (1930). Asimismo, profesó como dominica seglar en la Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores.

También los intelectuales de su tiempo y grupos políticos de tendencia socialista adhirieron a las criticas en su contra. No obstante y muy segura de sí misma, se mantuvo firme en sus convicciones y prosiguió defendiendo intensamente los derechos de la mujer y la libertad religiosa. Acabó finalmente por asumir una apología encendida de la iglesia católica.
Fue ésta, su época de mayor producción literaria.

Tuvo el privilegio, de ser la primera mujer designada presidenta de la Sociedad Noruega de Autores.

Enemiga acérrima de la ideología nazi, cuando en abril de 1940 la Alemania de Hitler invadió y ocupó Noruega, se vio obligada a exiliarse en los Estados Unidos, donde a través de escritos y conferencias, colaboró fervorosamente con los movimientos de lucha contra el nazismo. Una vez finalizada la terrible conflagración mundial, retornó a su patria.

Analizar cada circunstancia crítica de la vida de Sigrid Undset, constituye un factor determinante para comprender su obra, en la que aborda temas nítidamente noruegos, pero también inconfundiblemente europeos; escribiendo acerca del heroísmo, la libertad, el amor, el matrimonio, la fe, la religión, el orgullo, la culpa y el permanente conflicto entre el amor divino y el amor terrenal.

Su año de nacimiento coincidió con el de Virginia Woolf y James Joyce y llegó al mundo apenas tres años antes que DH Lawrence. Contemporáneos, pertenecieron a una generación de notables escritores que marcó una época, cada uno en su propio lugar en el mundo, desarrollando un estilo y rumbos diferentes, pero compartiendo algo en común: vivieron la historia aciaga de una Europa inmersa en terribles crisis y fueron muy conscientes de esa situación.

Fue una escritora singular de convicciones irreductibles y principios innovadores, que
desbordaba originalidad para imaginar conflictos, con un dominio absoluto de cada perfil psicológico y sus caracteres llenos de matices emocionales hurgando en las profundidades del drama cotidiano.
Creadora de personajes recios, de nobleza salvaje y sangre indómita heredada de varias generaciones, transformados en seres pasionales e intensamente humanos.

Estas cualidades fueron esenciales a la hora de escribir su obra maestra, “Kristin Lavransdatter”, (“Cristina, hija de Lavrans”), trilogía que fuera calificada por la crítica como glorificación de la Iglesia de la Edad Media.

Concebida como novela histórica, convertida en un clásico de las letras noruegas al poco tiempo de ser publicada; une magistralmente la erudición con un estilo solemne.
Una elaborada y rica ambientación de la época medieval aporta un atractivo toque exótico, para el lector no familiarizado con esos años oscuros.

El Comité de Selección de la Academia Sueca, destacó esta extraaordinaria descripción de la vida cotidiana en la Escandinavia del siglo XIV, cuando decidió otorgarle el premio Nobel de Literatura en el año 1928.

En 1934 entregó a sus editores un relato autobiográfico, “Los años más largos”, que incluía un homenaje de amor a su familia y, en especial, a su padre.

Pero estudiando la obra de esta eximia narradora no puede soslayarse la parte más trascendente. Sigrid Undset escribió profusamente sobre la mujer y para un ideal de mujer, moderna, trabajadora, profesional y triunfadora. Los personajes femeninos que describe en sus novelas tienen sensibilidad, carisma, argumentos y pintan un modelo muy distinto, al que habían retratado sus compatriotas Camilla Collet o Amalie Skram años antes.

Son mujeres que tienen una profesión reconocida, fuman, practican deportes peligrosos y se van de fin de semana con hombres sin estar casadas; conductas estas que escandalizaban a la sociedad restrictiva de la primera mitad del siglo XX.

Ya con su primer libro publicado en 1907 bajo el título de “La señora Martha Oulie”, generó una inusual polémica, porque la protagonista reconocía públicamente haber sido infiel.
Todos estos estos personajes femeninos imaginarios, han sido frecuente fuente de inspiración para otros escritores europeos.

Algunas de las frases de Sigrid Undset más significativas fueron:

“La paciencia es una virtud calumniada, quizá porque es la más difícil de poner en práctica.”

“¿Es que no recordáis que no es fácil guardarse del pecado al que arrastra el amor?”
(Cristina, hija de Lavrans)

“Algunos aman las flores y los animales, porque son incapaces de entenderse con sus semejantes.”

El 10 de junio de 1949 en la ciudad de Lillehammer, Noruega, Sigrid Undset falleció a los los 67 años. En 1951 fue editada su obra póstuma, la famosa biografía sobre “Catalina de Siena”, consagrada a la vida de la santa italiana, copatrona de Europa e Italia.

Una existencia digna, había enmarcado la gestación de una exquisita y prestigiosa obra literaria. Después de leer alguno de sus libros, nos será muy difícil permanecer indiferentes.

Observación:

Oslo – Capital de Noruega: (era llamada en esos tiempos Christiania o Cristianía en español desde 1624 a 1897 y Kristiania de 1897 a 1924).

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Augusto Roa Bastos – Supremo narrador

Reseña literaria de la vida y obra de Augusto Roa Bastos, uno de los más grandes narradores latinoamericanos

Augusto Roa BastosAugusto Roa Bastos fue un novelista, poeta y cuentista nacido el 13 de junio de 1917 en la ciudad de Asunción – Paraguay, que por merecidas y justificadas razones, es considerado el escritor más representativo de la idiosincrasia de ese país sudamericano.

El rigor técnico que enmarca su estilo, una prosa cuidada hasta en sus mínimos detalles y la profundidad con que interpretó y desplegó la escritura mestiza transcribiendo el habla nativa; hicieron de él, uno de los más destacados exponentes de la narrativa escrita en lengua española del siglo pasado.

Hijo de una familia muy pobre, vivió su infancia en un pueblito de calles polvorientas y antiguas casas adormecidas, situado en el departamento de Guairá y llamado Iturbe, en homenaje a un prócer de la independencia paraguaya. Un pueblo, un territorio en el que predominaban la cultura y la lengua guaraníes y que permaneció siempre en su recuerdo, como escenario repetido de las mágicas historias de su niñez.

Augusto Roa Bastos autor, conservó en su imaginación un sueño latente que nunca se extinguió: escribir el libro que le hubiese gustado leer. Al final de su existencia, la búsqueda resultaría infructuosa y el anhelado sueño quedó inconcluso.

“Yo no tuve la iniciación que tuvo Goethe, pero tuve otra, de carácter más salvaje, más pueblerino, que a su modo actuó en mí y en lugar anularme me enriqueció”, solía decir y agregaba: “Lo que llamamos destino, es lo que nosotros hacemos de nuestra vida”.

Hombre sencillo, de baja estatura, tímido y humilde. Siendo un niño todavía, a los ocho años, fue enviado nuevamente a su ciudad natal para completar su educación; vivió allí con su tío, el obispo Hermenegildo Roa, quien continuó alentando en él su vocación por la lectura, que le había sido inculcada principalmente por su madre.

En 1932, junto a un grupo de amigos adolescentes, se alistó para participar en la guerra del Chaco, declarada entre su país y Bolivia; fue destinado a la retaguardia como auxiliar de enfermería debido a su corta edad, pero las vívidas experiencias de la contienda le sirvieron como tema argumental para su novela “Hijo de hombre” (1960).

Sus primeros pasos en las letras los dio con la poesía. Posteriormente, en su juventud se dedicó al periodismo. Esta actividad le posibilitó ejercer como corresponsal en Londres del diario “El País” (de Asunción), durante la Segunda Guerra Mundial y percibir de cerca la efervescencia social y política de la Europa de post-guerra. Estas vivencias influyeron en su manera de ver la vida y le inspiraron también algunos de sus relatos.

En 1947, un intento de golpe de Estado contra el dictador Higinio Morínigo, desató una fuerte represión contra los opositores y civiles en general. El Ministro de Hacienda y futuro presidente Juan Natalicio González, quien sentía una especial inquina por Roa Bastos, decretó el pedido de captura de Augusto. El escritor debió esconderse para evitar ser detenido y luego de permanecer tres meses como refugiado en la embajada de Brasil, pudo escapar.

El primer destino fue Buenos Aires, donde terminó de decidir su vocación literaria. Sobrevivió desempeñándose en varios oficios administrativos, dando conferencias y escribiendo guiones para cine. Así, superando muchas dificultades, logró que sus proyectos no claudicaran y pudo continuar escribiendo.

Años más tarde, cuando un golpe de estado instauró en Argentina la dictadura del General Jorge Rafael Videla, emigró una vez más para refugiarse esta vez en Francia. En el país galo, y en mérito a su talento literario, se desempeñó como profesor de Literatura Hispanoamericana y de Composición Literaria en la Universidad de Toulouse.

Todas estas circunstancias en definitiva, hicieron que la mayor parte de su obra fuera producida mientras se encontraba en involuntarios exilios.

Sus singulares narraciones se fundamentaron en hechos trascendentales de la historia paraguaya: las misiones jesuíticas del siglo XVIII, la Guerra de la Triple Alianza del siglo XIX, la Guerra del Chaco y la dictadura en el siglo XX.

Mezclando con sabio equilibrio realidad de la historia, documentación indubitable, religión, mitología indígena, tradiciones, leyendas y creencias populares; elaboró un modelo propio y muy personal de novela histórica que describía crudamente la realidad de su nación.

En 1974 se publicó su obra maestra llamada Yo, el supremo. En el libro describe la vida del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, quien fuera líder indiscutido del movimiento independentista del Paraguay, desde 1811 hasta su muerte, en 1840.

Augusto Roa Bastos explora las entrañas del estado patriarcal penetrando en los intersticios históricos de una dictadura del siglo XIX, que al mismo tiempo, refleja dictaduras más recientes como las de Juan Natalicio González y Alfredo Stroessner.

La injusticias, la explotación inhumana, las persecuciones políticas y los asesinatos de opositores al régimen en un clima de represión generalizada, aparecen en cada página tratados con talento y absoluta solvencia.

Además de sus novelas más destacadas, Roa Bastos fue autor de libros de relatos, obras de teatro para niños, guiones de cine y varios poemarios. En su última etapa creativa, sus obras comenzaron a trascender el regionalismo cultural transmitiendo un mensaje de características universales.

Uno de sus cuentos “El trueno entre las hojas”, sirvió de libro cinematográfico y guión para la película homónima, filmada en 1958, convertida en ícono del cine dramático argentino de la época.

Entre otros importantes reconocimientos internacionales, le fue concedido, en 1989, el Premio Cervantes máximo galardón de las letras castellanas.

El crítico y escritor chileno Fernando Alegría afirmó de él que, “Hijo de hombre” fue la novela inaugural del boom literario latinoamericano.

Aplicaba para consigo mismo una autocrítica tal vez exagerada, que lo llevó más de una vez a quemar algunos borradores de sus escritos. Ecléctico, buscaba siempre perfeccionar la idea, volviendo a escribir de ser necesario, para corregir errores o suplir falencias.

Augusto Roa Bastos se creía mejor narrador que poeta, y si bien su poesía no llegó a tener el esplendor de su prosa cautivante, alcanzó si, una dimensión épico-lírica de admirables rasgos expresivos.

A su libro “Poemas” (1942) pertenece esta composición:

Si alguna vez
Si alguna vez quisieras hablarme, yo estaría
con mi ser aquietado más que un agua nocturna
para la ondulación de tus palabras.

Estaría en la noche sintiendo cómo el roce
de tu voz sobre el alma del silencio me nombra,
¡y yo sin saber dónde arrodillarme…!

Vértebras de caricias reanimarán mis horas.
Palabras con sus bordes tatuados de ternura,
y entre un presagio y un temor, tú misma.

Háblame. Mírame. Tus voces, tu mirada,
desarmarán mis párpados y mi arteria de sombras,
y en ámbitos de un hielo estupefacto,
por liturgia del fuego, mi rosa envenenada.
Será otra vez la lumbre de un corazón más joven.

Las citas literarias revelan de un autor, mucho más que las palabras exactas de una semblanza que lo describa y Augusto Roa Bastos dejó para la posteridad muchas frases de profunda significación, que reflejan sus conocimientos y su sentir profundo.

“En nuestro tiempo, la vergüenza era una prenda que uno llevaba cosida bajo la ropa. Y yo, señor, le diría, que la teníamos zurcida en la piel.”

“Nada enaltece tanto la autoridad como el silencio”.

“Pues el hombre, cualquier hombre, sólo vale por la mujer que la acompaña”.

“Nadie sabe de qué negras raíces, crece la perversidad de los hombres”.

“Hay que poner plazos largos a las dificultades.”

Eligió la libertad cada vez que debió enfrentarse a las tiranías, pero siempre desde una perspectiva humana, de contenido social puro, muy alejada de ambiciones personales.

Vivió su prolongado exilio sin rencores, tomándolo como fuente de enriquecimiento y nunca habló de esas circunstancias en términos de queja. “El extrañamiento, si se desea, despierta lo mejor que llevamos dentro; no las heridas, ni del dolor”, comentaba a veces.

En 1982, durante una visita que realizó a su país, fue expulsado del Paraguay y se le confiscó el pasaporte privándolo de su ciudadanía, acusado por el régimen de Alfredo Stroessner de adoctrinar a la juventud, con ideología marxista. En respuesta, en 1983, el gobierno español le otorgó la ciudadanía honoraria por méritos especiales.

En febrero de 1986 publicó una Carta Abierta al pueblo paraguayo, que fue muy difundida en su país y en la que se exigía una transición a la vida democrática.

La represión, las injusticias, la arbitrariedad, la violación de los derechos humanos, le generaban congoja porque los había sufrido en carne propia. Y fue tan humilde, que pidió en el testamento que se ahorrasen las honras fúnebres.
Gran parte de su obra, ha sido traducida a más de veinte idiomas.

La vieja casa del la infancia, la casa original que habitó junto a sus padres Lucio Roa y Lucía Bastos, ya no está. Sólo queda de ella un desvencijado portón de madera reconstruido bajo un pequeño tinglado.
Así lo encontró el viejo escritor, cuando regresó de visita a Iturbe en 1994, luego de casi medio siglo de ausencia obligada y lo llamó “el portón de los sueños”. Hoy es un monumento junto a la antigua Estación del Ferrocarril, convertida en museo y Casa de la Cultura.

Augusto Roa Bastos, falleció en su ciudad de origen, Asunción, el 26 de abril de 2005. Pero en el pueblo nunca olvidado de su infancia, “el portón de los sueños”, mantiene la historia viva y la comparte en cada visita que hacen al lugar, con quienes fueron alcanzados por la pluma o la palabra de un narrador único y genial.

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Semblanza de Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar – Memorias de una gran historiadora-poetisa eternamente inconformista

Marguerite Yourcenar“Historiadora-poetisa” y “novelista”, como se definía a sí misma, Marguerite Yourcenar, que también era ensayista, dramaturga, crítica literaria y traductora; fue la primera mujer elegida miembro de número de la Academia Francesa en el año 1980, aunque desde 1970 ya integraba también la Academia belga.

“El presente es un momento fugaz, aunque su intensidad lo haga parecer eterno”.

Una mente privilegiada, una formación culta, muy cuidada y toda la vida dedicada a la escritura, convirtieron su pluma en una de las más distinguidas y respetadas, en el contexto de la literatura universal del siglo XX en lengua francesa.

Su nombre verdadero era Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour y nació en la ciudad de Bruselas, Bélgica, el 8 de junio de 1903, en el seno de una acomodada familia aristocrática, compuesta por su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, de origen francés y su madre, Fernande de Cartier de Marchienne, de nacionalidad belga.

Fernande falleció pocos días después de dar a luz a su hija, pero antes de morir recomendó, que no se le impidiera a la pequeña hacerse religiosa si así lo deseaba.

Dedicándose a la literatura, Marguerite Yourcenar consideraría años más tarde, haber cumplido con ese piadoso deseo de su madre.

Se crió en la casa de su abuela paterna en el norte de Francia, al cuidado de su progenitor que se encargó personalmente de educarla y que fue para ella más que un padre, un pedagogo, confidente y amigo. Y de quien heredaría conocimientos, los libros de su biblioteca particular y el placer indescriptible que sentía por viajar alrededor del mundo. Hecho este último, que ilustró con un adagio que Marguerite nunca olvidó: “Sólo se está bien en otra parte”.

Marguerite Yourcenar, inconformista por naturaleza, nunca asistió a la escuela. Recibió la educación básica a través de preceptores supervisados por su padre; familiarizándose desde niña con la lectura de los más conspicuos autores de la literatura y la filosofía. A sus 12 años, ya sabía latín y griego antiguo.

Sus estudios superiores, se enfocaron en perfeccionarse en diversos aspectos de la cultura clásica.

En 1919 editó por cuenta de su progenitor, un poemario dialogado sobre la leyenda de Ícaro, “El jardín de las quimeras”. Tenía 16 años apenas y en esa misma época aprobó el bachillerato. Luego decidió abandonar su nombre de pila comenzando a firmar con el seudónimo que eligió junto a su padre, derivado de un anagrama del apellido real: Yourcenar.

Sin embargo, su carrera literaria se inició formalmente en 1929, al publicar su primera novela “Alexis o el Tratado del inútil combate”; una carta de ruptura que un hombre dirige a su esposa, confesándole su preferencia por los hombres; un púdico relato en el que aboga por la absoluta libertad en cuanto a preferencias sexuales. Una transgresión muy difícil de aceptar en ese período de tiempo histórico-social.

Cuando en 1951, ya radicada en Estados Unidos, regresa a Francia y publica “Memorias de Adriano” (Mémoires d’Hadrien), logra con esta novela una gran repercusión y éxito inmediato. Fue acogida favorablemente por la crítica mundial, marcando un punto de inflexión en el género de la novela histórica y transformándose en una influyente referencia obligada.

Marguerite Yourcenar, en una década de trabajo, había escrito y destruido varios bocetos de esta ambiciosa novela, que narra en primera persona la vida y muerte del emperador romano Adriano (Siglo II) una de las figuras más importantes y significativas del mundo antiguo.

La obra está escrita a modo de larga carta del emperador a su nieto adoptivo y futuro sucesor Marco Aurelio, relatando su pasado y describiendo pasajes de su propia existencia, sus triunfos y la lucha por mejorar las condiciones en que vivían los esclavos. También su amor por las artes y la filosofía.

Marguerite Yourcenar, fue autora también de inspiradas frases que revelan ciertas facetas de su personalidad y manera de pensar:

“La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones,
es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez”.

“La amistad es, ante todo certidumbre
y eso es lo que la diferencia del amor”

“Si es difícil vivir,
es aún mucho más penoso explicar nuestra vida”

“…Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna.

No pienso por cierto, en renegar del Hombre que ha dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de justicia serán saciados (en otro mundo, con seguridad, porque en el nuestro no es verdad), pero menos renuncio a la sabiduría taoísta, parecida a un agua límpida, unas veces clara, otras oscura, bajo la cual se descubre el trasfondo de las cosas”.

Después de morir su padre en 1929, una joven Marguerite va a descubrir y conocer los años más intensos de su vida de mujer.

Ama, escribe, traduce al francés la novela “Las olas” de Virginia Woolf y recorre viajando incansablemente, una Europa convulsionada, donde ya se estaba fraguando una catástrofe incipiente: la Segunda Guerra Mundial.

Esos años quedaron marcados por una pasión imposible hacia un hombre que no la amaba y que, al igual que el Alexis de su novela, le confesó preferir a los hombres.

Fuegos (Feux – 1936), una colección de poemas en prosa fue producto de esa crisis pasional.

En 1937, ya había conocido y amado a Grace Frick, su mejor amiga de entonces, una traductora americana con quien había compartido un invierno y que insistía invitándola a acompañarla a Estados Unidos. Así pues, con la intención de ausentarse solamente una temporada, Marguerite emigra de Francia, pero terminará quedándose en América por el resto de su vida.

Se nacionalizó como ciudadana estadounidense y trabajó dando clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York, pero continuó escribiendo toda su obra en francés.

Yourcenar que ya había aceptado su propia bisexualidad y Frick se convertirían en amantes, por esos años previos a la segunda conflagración mundial y seguirían juntas hasta la muerte de la traductora americana en 1979, a consecuencia de un cáncer de mama.

En una de sus más conocidas citas refirió, “Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad”, ¿dedicada quizás?

Entre las muchas anécdotas que jalonaron su vida, destaca el encuentro que tuvo, en 1986, con el célebre Jorge Luis Borges, seis días antes de la muerte del escritor argentino.

Se encontraron en Ginebra, y Marguerite preguntó:
-“Borges, ¿cuándo saldrás del laberinto”.
Él respondió:
-“Cuando hayan salido todos”.
Ese mismo año, dictó una conferencia sobre el afamado autor en la Universidad de Harvard.

Envejecida, en la etapa que precedió a su muerte, ya iniciado el inexorable camino de regreso en su vida; volvió a viajar fugazmente por Europa, Egipto, Japón y la India acompañada por el joven fotógrafo Jerry Wilson, americano de treinta años, a quien había conocido poco antes, formando parte de un equipo de televisión que fue a entrevistarla.

Pero Jerry Wilson falleció prematuramente, víctima del sida y a ella no le quedaron fuerzas para continuar sola mucho tiempo más.

Pudo concretar en parte uno de sus proyectos más ambicioso, inspirado también en sus sueños de adolescente: redactar la trilogía de memorias familiares que componen “El Laberinto del mundo”.

Terminó los dos primeros volúmenes: “Recordatorios”, que trata de la historia de la familia materna y “Los Archivos del Norte”, que narra la historia familiar paterna. No pudo concluir el tercer tomo, que fue publicado póstumamente.

Por propia voluntad, legó la mayoría de sus archivos personales y literarios a la Harvard University de Cambridge

Marguerite, que solía decir siempre: “únicamente es posible morir de pena”.
y que en su juventud había escrito:
“Soledad:  No creo como ellos. No vivo como ellos.
No amo como ellos y moriré como ellos”.

Marguerite Yourcenar, la poetisa eternamente inconformista, que disfrutaba vagar por el mundo en interminables peripecias, terminó sus días, el 17 de diciembre de 1987 a los 84 años, en la casa ubicada en Mount Desert Island en la costa del Estado de Maine (Estados Unidos); casa que había comprado y compartido con Grace Frick, llamándola “Petite Plaisance”.

Sus restos descansan junto a los de su compañera de toda la vida, en una sencilla tumba en el Brookside Cemetery de Somesville.

Petite Plaisance, es actualmente un museo dedicado a la memoria de esa mujer de exquisita sensibilidad, que vivió de forma diferente, desplegando en cada palabra que dibujó en sus páginas, sus dotes creativas de escritora extraordinaria.

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Semblanza de Albert Camus – Hacia la posteridad

Albert Camus – Historia de vida y Semblanza – Recuerdo de aquel niño pobre y su querido maestro de enseñanza primaria

Semblanza de Albert CamusAlbert Camus recibió en 1957, a sus 44 años, el máximo galardón universal de las letras, el Premio Nobel de Literatura. Se convirtió entonces, en uno de los autores más jóvenes en recibir esa condecoración. Hoy, su legado, continúa ocupando un lugar preponderante en el Olimpo literario.

Nació en la localidad argelina de Mondovi (actualmente llamada Drean) el 7 de noviembre de 1913, cuando el país africano era todavía una colonia francesa.

De familia muy humilde. Su padre Lucien Auguste Camus fue un modesto agricultor de origen alsaciano que falleció combatiendo en la batalla del Marne (dejándolo huérfano a los pocos meses de su nacimiento), durante la Primera Guerra Mundial.

Su madre, Catherine Helene Sintes, nacida en Birkadem (Argelia) de ascendientes españoles, era una mujer analfabeta y sorda, que al enviudar, debió trabajar como empleada doméstica y con mucho esfuerzo y sacrificio, luchar por sobrevivir junto a sus hijos pequeños Lucien y Albert.

Albert Camus vivió su infancia en Argel, en el barrio obrero de Bellcourt, entre árabes pobres y franceses subalternos, al cuidado de una madre y de una abuela que priorizaban una vez concluida la instrucción primaria del niño, la necesidad de trabajar para comer, limitando así sus aspiraciones de desarrollo intelectual.

Creció como un pied-noir, término utilizado para designar a los hijos de inmigrantes franceses nacidos y educados en suelo argelino.

Alumno aplicado en los estudios, pudo al fin lograr una beca para continuar sus estudios en el liceo y llegar a matricularse en la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Argel, con la esperanza de dedicarse a la docencia, enseñando esa materia.

Amante del futbol, jugó como arquero en el equipo profesional de Racing Universitaire d’Algiers; años más tarde manifestaría, en una entrevista, con el exagerado entusiasmo de su sangre española por herencia materna: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

No pudo concretar ninguno de sus dos sueños, y debió renunciar a ellos al diagnosticársele una complicada tuberculosis, que se mantendría recidivando por el resto de sus días.

Este involuntario retiro temprano, sin embargo, le permitió refugiarse en otra de sus pasiones: escribir. Una afición que cultivó intensamente y que inmortalizó con esta frase:
“…El otoño es una segunda primavera en que cada hoja es una flor. Y una novela no es otra cosa que una filosofía puesta en imágenes”.

Albert Camus, fue un intelectual de profundas convicciones y muy comprometido con su época. Comparable a Rosseau y Voltaire, estuvo muy por encima de una simplista clasificación de literato o filósofo.

Su obra literaria comienza ligada al existencialismo, tal cual se aprecia en su novela “El extranjero” – 1942 (Ver nota relacionada) cuyas connotaciones, al igual que en muchas de sus novelas, están ligadas a su nunca olvidada Argelia natal.

Paulatinamente, Camus fue alejándose tanto del marxismo que profesara en su juventud, como de un existencialismo del que se apartaba decepcionado; contribuyendo posteriormente y adhiriendo, a la conformación del pensamiento filosófico del Absurdismo. Estas circunstancias, lo llevaron a mantener una agria polémica con otro de los grandes filósofos franceses de su tiempo, Jean-Paul Sartre.

La sobriedad, ser auténtico, la bonhomía franca, pero carente de ingenuidad, fueron algunas de las facetas profundamente humanas de su personalidad.

Y estas cualidades se evidenciaron nítidamente en la ceremonia de premiación, al pronunciar el discurso de agradecimiento, mientras recibía el Premio Nobel; que, en palabras del comité de selección de la Academia Sueca, le fue entregado por “el conjunto de una producción literaria que pone de relieve e ilumina con seriedad clarividente los problemas que se plantean en la conciencia humana de nuestro tiempo”.

Albert Camus recordó emocionado ese día, los esfuerzos que había hecho para ayudarlo, un querido maestro de enseñanza primaria: Louis Germain, que intuyó en él las capacidades suficientes que desarrolladas, le permitieron llegar a convertirse en uno de los máximos referentes de la Literatura y de la Filosofía de la Francia del siglo XX.

Por ese motivo, tiempo después le escribió además, una carta para agradecerle tantas y tan fecundas enseñanzas. La carta, traducida al español, expresaba lo siguiente:

París, 19 de noviembre de 1957
Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido de todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted.

Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y ejemplo no hubiese sucedido nada de esto.

No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le abrazo con todo mi corazón.
Albert Camus

Y aquel maestro de primaria, que tanto empeño había puesto en lograr que un alumno lleno de talento, cursara el bachillerato, venciendo la reticencia de su familia pobre y carente de recursos que necesitaba al niño aportando dinero y no estudiando. Aquel maestro que lo había preparado a conciencia; acompañándolo en tranvía al examen de ingreso y que esperó el resultado, sentado en un banco en la plaza del instituto. Que no cesó su ayuda, hasta lograr que le concedieran una beca; respondió de inmediato: “Creo conocer bien al simpático hombrecillo que eras. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. El éxito no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo el mismo Camus”.

Ejemplos y actitudes como éstas, honran el accionar de tantos buenos y desconocidos maestros que existen y que merecerían reconocimiento y eterna gratitud por haber posibilitado que muchos niños, como Albert Camus, encontraran su destino de grandeza.

El Psicólogo y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, decía con sobradas razones: “Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos”.

Después del mensaje de agradecimiento, Camus iniciaba su discurso ante el Rey Gustavo VI de Suecia, manifestando:

“…Al recibir la distinción con que vuestra libre Academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que yo mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.

Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo.

Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme…”

Camus, uno de los espíritus más sensibles que ha conocido la Filosofía Moderna, mucho más cercano a los afectos de sus contemporáneos por haber protagonizado como hombre los conflictos desgarradores de su tiempo; intentó siempre, aunque conflictivamente, armonizar su vida, su obra y su moral.

Como autor, imaginaba a los escritores pensando según las palabras y a los filósofos, según las ideas. Como hombre vivió y relató creativamente en la paz y en las miserias de la guerra, integrando la Resistencia francesa en los tiempos dramáticos de la ocupación alemana.

Fue un ser, quizás predestinado, lleno de expectativas que se casó dos veces y tuvo además muchos amoríos circunstanciales y clandestinos, pero que tal vez encontró, el gusto intenso por la vida, cuando conoció a la legendaria actriz María Casares, con quien mantuvo una relación íntima hasta su muerte.

Esa muerte que lo sorprendió mientras trabajaba en la que sería su última obra, una novela inacabada de carácter autobiográfico que tituló “El primer hombre” (“Le prémiere homme”); editada de manera póstuma en 1994.

En cuidadas hojas manuscritas, describiendo a su progenitora, que fue la persona a quien más admiró y quiso, de esa mujer que nunca pudo siquiera aprender a leer, y que además padecía una avanzada sordera; de esa mujer venerada, Camus había escrito “…tenía el rostro dulce y simétrico, los cabellos de española, muy ondulados y negros, una naricita recta y una hermosa y cálida mirada castaña”.

Esa relación con su madre llegó a ser tan fuerte, que marcó, en cierta manera, no sólo su vida, sino también su orientación filosófica.

Como escritor, dejó una obra impregnada de fuerza y belleza excepcionales, que su hija Catherine (nacida del segundo matrimonio con Francine Faure) publicó a partir de una cuidada selección de textos, fotografías, ilustraciones, cartas y documentos describiendo y descubriendo un apasionante y descarnado mundo.
” …mis hijos y mis nietos no lo conocieron. Por ellos he querido volver a todas estas imágenes, para recobrar la sonrisa, la vivacidad y la generosidad de aquel hombre despierto y entusiasta que me dejó vivir”. confesó Catherine Camus en una entrevista.

El 4 de enero de 1960, Albert Camus, el escritor filósofo que desde la miseria más absoluta y la incultura más deplorable, llegó a ser Premio Nobel y uno de los creadores más influyentes de la literatura mundial, tenía previsto viajar a París en tren, pero su amigo Michel Gallimard le pidió que lo acompañara de copiloto en su automóvil.

Por razones no determinadas, el conductor perdió el control del vehículo y se estrelló contra un árbol.

La tragedia ocurrió cerca de Le Petit-Villeblevin, al sur de París y Camus murió en el acto. Entre sus restos se encontró un portafolios con el manuscrito sin terminar de la que sería su novela póstuma. En uno de sus bolsillos, también estaba el pasaje de tren, con en el que pensaba viajar ese mismo día fatídico.

Este hecho se prestó a especulaciones políticas, acerca de su naturaleza accidental o no y se han publicado posteriormente numerosísimas versiones, nunca confirmadas, sobre la implicación de la KGB (policía secreta de la ex URSS) en el accidente.

Camus fue enterrado en Lourmarin, pueblo del sur de Francia donde anteriormente había comprado una casa.

La vida del singular escritor y filósofo había terminado así, por un accidente tan absurdo, como ese trasfondo de la condición humana que tan magistralmente con su arte, fue capaz de describir para los ojos admirados del mundo.

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Semblanza de Rosario Castellanos – Vida y obra

Semblanza y biografía de Rosario Castellanos – Poetisa única, narradora, feminista infatigable, mujer inolvidable

Rosario CastellanosRosario Castellanos (de nombre completo Rosario Castellanos Figueroa), fue una escritora y poetisa mexicana, nacida el 25 de mayo de 1925 y fallecida el 7 de agosto de 1974. Es considerada una de las escritoras más importantes de México en el siglo pasado.

“La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte?
Qué me importa.Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí.

En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche.

Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú.

¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera?…”

Así comienza el cuento “Lección de cocina” que Rosario Castellanos publicara en el libro “Álbum Familiar”, manifestándose siempre fiel a su temprana vocación feminista, demostrada al obtener su maestría en Filosofía y Letras (1949) con una tesis que analizaba el lugar de la mujer en la cultura.

Vida y obra de Rosario Castellanos

Poetisa inspirada, escritora, filósofa y diplomática, nacida en Ciudad de México, el 25 de mayo de 1925, Rosario Castellanos Figueroa fue una luchadora incansable en procura de conquistar sus sueños.

La vida de Rosario Castellanos mostró siempre con absoluta sinceridad, los vericuetos casi inexplorables de su mundo interior y la inadaptación de su espíritu femenino a ese mundo dominado por los hombres, reveló la experiencia del psicoanálisis y soportó una melancolía meditabunda, factores que constituyeron elementos concluyentes para definir el estilo de su escritura.

Es quizá por eso, que la soledad se convirtió en una de sus musas.

Consideraba a la literatura, un medio apropiado mediante el cual una mujer podía expresarse con libertad y sin concesiones.Criticaba además en términos muy duros, los estereotipos de belleza que la sociedad machista imponía al sexo femenino e invitaba a las demás mujeres a ser conscientes de ello y rebelarse.

Autora de de un vasto trabajo, las obras de Rosario Castellanos incursionaron en todos los géneros. Tal vez el más reconocido haya sido la poesía, empero la narrativa, el ensayo, el teatro y hasta el epistolar; fueron también de vital importancia para su profesión.

Colaboró asiduamente con cuentos, poemas, crítica literaria y artículos de diversa índole, en los suplementos culturales de los principales diarios de su país y en revistas especializadas locales e internacionales.

Imposible sería pretender la edición de una antología de literatura latinoamericana del siglo XX, sin mencionar los libros de Rosario Castellanos, quien dedicó gran parte de su producción literaria a exponer y criticar las condiciones de vida que desvalorizaban a las mujeres y a defender los derechos que a éstas, les correspondían legítimamente.

Para comprender acabadamente su obra, convendría ubicarse en un contexto global de tiempo histórico desbordante de conflictos mundiales y de ideologías radicalizadas: la lucha entre Oriente y Occidente, entre el comunismo y el capitalismo, la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos y todos los problemas irresueltos de etnicidad y territorialidad en el Medio Oriente.

Ella concebía al mundo, como un “lugar de lucha en el que uno está comprometido” y así escribió:

“Apelación al solitario”
Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrás estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?

Y en una época, en que la literatura permanecía signada por un rumbo que indicaba el hombre y decidía lo masculino, Rosario, que buscaba una forma distinta, una manera auténtica de existir como mujer, describió con notable certeza:

“Meditación en el umbral”
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi,
ni apurar el arsénico de Madame Bovary,
ni aguardar en los páramos de Ávila
la visita del ángel con el venablo,
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas
contando las vigas de la celda de castigo,
como hizo Sor Juana.
No es la solución escribir
mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen,
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo
que no se llame Safo,
ni Mesalina, ni María Egipciaca,
ni Magdalena, ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.

En 1971 fue designada embajadora en Israel, en cuya capital, Tel Aviv, falleció trágicamente el 7 de agosto de 1974, víctima al parecer de un desgraciado accidente doméstico. No había cumplido aún sus 50 años.

Paradójicamente, al año siguiente, la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó: “1975 –  Año Internacional de la Mujer “, una iniciativa que ella compartía y había defendido a lo largo de toda una vida, portándola como bandera de lucha en pos de ese ideal. Lamentablemente no alcanzó a ver plasmado ese resultado, que ella tantas veces imaginara concretado.

La autora definió a la poesía como “un intento de llegar a la raíz de los objetos” y citó alguna vez en su poema “Destino” (uno de los mejores poemas de Rosario Castellanos) una frase memorable “Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca”.

Rosario, la mujer pensadora que estuvo siempre dispuesta a la lucha permanente contra la injusta discriminación hacia su género, descansa eternamente, desde el 9 de agosto de 1974, en la Rotonda de las Personas Ilustres (Ciudad de México), lugar reservado para conservar y honrar los restos mortuorios de las más relevantes personalidades mexicanas.

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