Pequeños poemas en Prosa – Charles P. Baudelaire

Charles Pierre Baudelaire – Pequeños Poemas en Prosa (Le Spleen de París)

Pequeños poemas en prosaPequeños poemas en prosa, también conocido en el mundo literario como Le Spleen de París, es una obra que fue creada por Charles Pierre Baudelaire y publicada luego de su fallecimiento en el año 1869. Está compuesta por cincuenta poemas y es uno de los pilares fundamentales del desarrollo posterior de la poesía en prosa.

«El amor es un crimen, que no puede realizarse sin un cómplice».

Charles Pierre Baudelaire, fue un escritor, crítico de arte, estudioso de las relaciones de la música con la literatura y un pensador profundo vastamente reconocido, pero sobre todo fue uno de los máximos poetas de la literatura francesa y universal del siglo XIX y figura clave del simbolismo, como se lo considera en la actualidad.
Poseía un sentido clásico de las formas, talento innovador y una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra adecuada y exacta para colocar en sus versos.

Cuando nació en una casa de la calle Hautefeuille en París -Francia- el 9 de abril de 1821, su padre Joseph-François Baudelaire tenía sesenta años y un hijo, Claude Alphonse, fruto de su primer matrimonio y su madre, Caroline Dufaÿs, hija de emigrantes franceses, no llegaba  a los treinta años de edad.

Charles Baudelaire era un niño pequeño todavía cuando el 10 de febrero de 1827 quedó huérfano al morir su progenitor. Su madre, viuda, no demoró mucho en casarse por conveniencia con el militar Jacques Aupick. Éste intentó imponer a Charles una educación rígida y puritana, algo a lo que el joven autor se resistió tenazmente. En los años que siguieron, nunca aprendió a querer a su padrastro y tampoco lo aceptó. Vivió desobedeciendo sus consejos y advertencias permanentemente. Los conflictos familiares originados por esa conducta se transformaron en una constante durante su infancia y la etapa adolescente; circunstancias que incidirían decisivamente en el devenir de toda su existencia.

En su juventud, comenzó a transitar un itinerario interminable de costumbres desordenadas, llevando siempre una vida despreocupada y licenciosa. Conoció a nuevas amistades en sus eternas noches de bohemia, se hizo adicto a las drogas, frecuentó inumerables prostíbulos, y en uno de ellos conoció a Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino, quien probablemente le contagió la sifilis que años más tarde, sería una la de las causas principales de las dolencias que lo llevaron a la muerte.

Y fueron vanos los intentos de su padrastro y su horrorizada familia, para hacerlo recapacitar. Hasta le ofrecieron sin éxito, ingresar como funcinario en el servicio diplomático, en su afán de alejarlo del ambiente de libertinaje en que estaba inmerso.

Escribir entonces, fue una de las vías de escape que encontró Charles Baudelaire para enfrentar una realidad abrumadora que lo asfixiaba y para volver a conectarse con ese mundo tan distante e incomprendido que él se negaba a aceptar.

Considerado por muchos, el mejor representante francés del romanticismo, escuela literaria de origen inglés y alemán, que otorga prioridad a los sentimientos frente a las reglas clásicas de la razón y la mitología griegas y romanas (los llamados racionalismo y neoclacisismo). Y reconocido por otros, como iniciador del simbolismo, una corriente que buscó sustituir la descripción objetiva e incluso metafórica de las cosas, por una interpretación sólo limitada por la propia imaginación del poeta. Y opuesta absolutamente a la concepción realista del arte.

Identificado también con el decadentismo, que encabezaba el poeta Paul Verlaine, y que buscaba romper los cánones de la moral e idiosincrasia burguesas, y producir escándalo como una forma de llamar la atención hacia nuevas formas y temas artísticos.

No obstante, Baudelaire necesitaba algo más, quería explorar una nueva forma poética y romper con los moldes de la poesía romántica, alejándose del corsé métrico; buscaba una nueva manera que fuera asimismo capaz de acomodarse a los movimientos líricos del alma, a las suaves ondulaciones del ensueño y a los imprevisibles sobresaltos de la conciencia.

Finalmente encontró en el reflejo de la vida urbana parisina, rica y fecunda en maravillosos asuntos poéticos, la fórmula que precisaba y lo expresó magistralmente a través del «poema en prosa».

Redactadas en distintos momentos entre 1855 y 1867, las cincuenta piezas que configuran Pequeños poemas en prosa o Le spleen de París, son la cara complementaria, el reverso en prosa de su obra cumbre Las flores del mal (ver nota). Puesto que en definitiva, uno y otro poemario se nutren de una misma sensibilidad poética y tienen su origen conceptual en la angustia existencial, la soledad, el tedio, la desolación, la fe, el demonio, el dolor, la muerte. Y se confunden indisolublemente con un ideal místico y obsesivo de luminosidad.

Los Pequeños poemas en prosa («Le Spleen de París», en su versión original en idioma francés), forman una colección de 50 poemas escritos en breves textos de prosa lírica, que Baudelaire produjo tiempo después de editar «Las flores del mal» y que conectan con dos de las secciones de ese libro: «Spleen e Ideal» y «Cuadros parisienses».

Esta técnica de privar de la rima y de métrica al texto utilizada por Baudelaire, aunque él no haya sido el precursor, tuvo la repercusión necesaria para revitalizar sustancialmente el género de la prosa poética y poner de moda este estilo que influyó notoriamente en la obra de otros autores como los franceses Mallarmé y Rimbaud y, en lengua española, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda y Julio Cortázar, entre otros.

La obra en sí, ofrece distintas visiones de hechos cotidianos en escritos que demuestran ritmo, más allá de la rima inexistente y adquieren dimensión trascendente, porque en ellos Baudelaire denuncia a su manera, los valores de una sociedad que no deja sitio para la felicidad del hombre.
Los temas recurrentes son: la melancolía, el horror al paso del tiempo, el deseo de infinito, la crítica corrosiva contra la religión y la moral, la burla contra los ideales que mueven a las personas y una aversión enorme contra la sociedad y la hipocresía que la domina.
Así lo podremos analizar en varios de ellos:

Breve Muestra de Pequeños Poemas en Prosa – Le Spleen de París

Poema número 1
-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,
a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy,
no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…
¡a las nubes maravillosas!

Poema número 33
Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión.
Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros
y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis.
Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso,
en la tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada
la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj,
a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta,
a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella,
el ave, el reloj, os contestarán:
«¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo,
embriagaos, embriagaos sin cesar.
De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis.»

Poema número 40
Un hombre espantoso entra y se mira al espejo.
«¿Por qué se mira al espejo si no ha de verse en él más que con desagrado?»
El hombre espantoso me contesta: «Señor mío, según los principios inmortales
del ochenta y nueve, todos los hombres son iguales en derechos; así, pues,
tengo derecho a mirarme; con agrado o con desagrado, ello no compete
más que a mi conciencia.»
En nombre del buen sentido, yo tenía razón, sin duda; pero,
desde el punto de vista de la ley, él no estaba equivocado.

Epílogo
A la montaña he subido, satisfecho el corazón.
En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:
un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión.

Florece como una flor allí toda enormidad.
Tú ya sabes, ¡oh Satán, patrón de mi alma afligida,
que yo no subí a verter lágrimas de vanidad.

Como el viejo libertino busca a la vieja querida,
busqué a la enorme ramera que me embriaga como un vino,
que con su encanto infernal rejuvenece mi vida.

Ya entre las sábanas duermas de tu lecho matutino,
de pesadez, de catarro, de sombra, o ya te engalanes
con los velos de la tarde recamados de oro fino,

te amo, capital infame. Vosotras, ¡oh cortesanas!,
y vosotros, ¡oh bandidos!, brindáis a veces placeres
que nunca comprende el necio vulgo de gentes profanas.

(Traducción de Enrique Díez Canedo, 1935).

Pequeños poemas en prosa comenzó a publicarse en 1855, y continuó hasta la muerte de su autor. Los encargados de realizar la integración fueron Charles Asselineau y Théodore de Banville”, también poetas. La edición definitiva y completa, se lanzó de manera póstuma, dos años después del fallecimiento de Baudelaire.

Uno de los recientes traductores al español de la obra del célebre poeta francés, el escritor y ensayista mexicano Julio Moguel, en su introducción y ensayo crítico «El caleidoscopio poético de Baudelaire»; destaca la manera en que el poeta quiso dibujar cuadros o fragmentos de una vida moderna y más abstracta, logrando con ello generar un punto-frontera histórico, entre una época y otra con respecto a la idea del arte.

El padre de la poesía moderna falleció en París, la misma ciudad que le viera nacer, el 31 de agosto de 1867, luego de una larga y dolorosa agonía y de haber perdido el habla.

La posteridad consagraría a Baudelaire como uno de los más grandes autores de poesía de todos los tiempos y lo reconocería, como el poeta que logró conjugar romanticismo y simbolismo de una manera única, pero que siempre fue un incomprendido por sus contemporáneos, en la época en que vivió caracterizada por estrictos prejuicios y convencionalismos.

Al morir, uno de los mayores proyectos de su vida había quedado inconcluso: escribir sus pequeños poemas en prosa conocidos, también como Efragmentos; es decir un esquema en la escritura de la obra que permitiera abrir un abanico de posibilidades numéricas infinitas. Los textos así publicados corresponderían a un nuevo género literario.

La manera de escribir, su actitud frente a la vida y la visión demoníaca del mal que impregnó su obra, le valieron el sobrenombre de «poeta maldito», y en esa definición también fue un patriarca, el mismo que alguna vez escribiera con resignada desesperación:

¡Paraíso perdido! Perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre.

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Poema Al oído – Alfonsina Storni

Poema Al oído de Alfonsina Storni – En cada verso, toda la belleza de las cosas simples.

Poema Al oído de Alfonsina StorniLa tragedia, el sufrimiento, el desengaño y la decepción fueron acompañantes cotidianos e impregnaron de dolor y llanto la vida de esa excepcional poetisa argentina que fue Alfonsina Storni. Y ese dolor inconmensurable se transfirió a cada una de sus letras y tiñó con tonos y matices indelebles toda su obra poética hasta el momento de su muerte, como podemos descubrir en Al oído.

Recordemos uno de sus poemas emblemáticos que el paso del tiempo inmortalizó.

Al oído… – Alfonsina Storni

Si quieres besarme… besa
yo comparto tus antojos.
Mas no hagas mi boca presa,
bésame quedo en los ojos.

No me hables de los hechizos
de tus besos en el cuello,
están celosos mis rizos,
acaríciame el cabello.

Para tu mimo oportuno,
si tus ojos son palabras,
me darán, uno por uno,
los pensamientos que labras.

Pon tu mano entre las mías
temblarán como un canario
y oiremos las sinfonías,
de algún amor milenario.

Esta es una noche muerta
bajo la techumbre astral.
Está callada la huerta,
como en un sueño letal.

Tiene un matiz de alabastro
y un misterio de pagoda.
¡Mira la luz de aquel astro!
¡La tengo en el alma toda!

Silencio…silencio…¡calla!
Hasta el agua corre apenas,
bajo su verde pantalla
se aquieta casi la arena.

¡Oh! ¡qué perfume tan fino!
¡No beses mis labios rojos!
En la noche de platino
bésame quedo en los ojos.

El intérprete y compositor vasco español Imanol Larzábal, acompañado de Amaya Uranga, realizó una musicalización inolvidable de esta poesía a finales de la década de 1980.

En cuanto a la métrica de la obra Al oído, es un poema compuesto en arte menor que consta de 8 estrofas en octosílabos. La estructura de la rima es -abab- y define en hermosas metáforas las sensaciones mágicas del amor.

La vida de Alfonsina Storni fue una constante lucha en defensa de la libertad artística e individual, caracterizada por una postura indeclinable frente a los convencionalismos sociales de la primera mitad del siglo XX.

El rasgo distintivo fue un feminismo combativo, motivado por las incesantes relaciones conflictivas que mantuvo con los hombres que conoció. Hombres que indudablemente tuvieron influencia decisiva en el estilo y contenido de su obra, como en el devenir de su existencia.

El final previsible, anunciado y trégico de Alfonsina, se hizo realidad el 25 de octubre de 1938 y ese mismo día se convirtió en leyenda.

Algunos días después de su fallecimiento, el 21 de noviembre de 1938 el Senado de la Nación de la República Argentina, le tributó un homenaje con un discurso pronunciado por el primer senador socialista de América Latina.
Alfredo Palacios expresó en esa ocasión:

«Nuestro progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un poeta.»

Agregando más adelante en su alocución:

“Alfonsina Storni, vencida por la enfermedad, la pobreza y la incomprensión, fue nuestra poetisa de mayor alcurnia, por la fuerza de su talento poético y por su idealismo militante”.

Años antes, Gabriela Mistral, la inigualada escritora chilena, dijo de Alfonsina describiéndola:

«El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura. Pequeña de estatura, muy ágil y con el gesto, la manera y toda ella, jaspeada (valga la expresión) de inteligencia”.

Y quien conoció a la autora trasandina sabe que, por personalidad y convicciones, nunca regaló un elogio inmerecido.

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Me gusta cuando callas – Pablo Neruda

Reseña literaria del Poema Me gusta cuando callas de Pablo Neruda – Poema XV

Me gusta cuando callasMe gusta cuando callas, Poema XV, es una de las producciones más reconocidas del escritor chileno Pablo Neruda. Se encuentra inmerso en el poemario publicado en el año 1924 (Cuando Neruda tenía sólo 19 años) llamado “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (Ver nota). Es sin duda una de las obras más exitosas del autor que deslumbra con su lucidez y expresión, a pesar de su corta edad.

Pablo Neruda nació el 12 de Julio de 1904 y falleció el 23 de septiembre de 1973. Fue uno de los poetas y escritores más renombrados de la literatura latinoamericana y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1971.

El poema de Pablo Neruda Me gusta Cuando Callas (XV) es una de las obras que se destacan en este increíble libro, y que compone un canto a la mujer que ama. Por simple interpretación podemos deducir que ella se ha llamado al silencio, encerrada en sus pensamientos y que, a pesar de no esbozar palabra alguna, logra transmitir un sinfín de sentimientos. Quizás el saber que se aman facilita la comunicación. De cierta manera el autor demuestra preocupación por su estado de “ausencia”, pero al comprenderla, sólo la acompaña.

Estructura: El escritor organizó el poema en cinco estrofas compuestas de cuatro versos cada una, con rima. Cada uno de ellos posee catorce sílabas. Utiliza numerosas herramientas para adornar su trabajo. Pueden identificarse en el poema algunas comparaciones que, alternadas con metáforas, brillan entre las palabras. Abundan las comparaciones y las personificaciones.

Sin más preámbulos ni instroducciones, los invito a recordar este hermoso poema de Pablo Neruda.

Poema XV – Pablo Neruda – Me gusta cuando callas

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

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Las coplas de Jorge Manrique

Jorge Manrique – Coplas a la muerte de su padre

Las coplas de Jorge ManriqueEl volumen o la extensión de una obra como las coplas de Jorge Manrique, nunca han sido características distintivas de un escritor, menos aún un factor determinante para que, como autor, sea  reconocido y recordado por la posteridad o rápidamente caiga en el olvido.

El ejemplo de Jorge Manrique es, por demás elocuente, su legado poético literario es muy breve, abarca poco más de cuarenta composiciones que suelen clasificarse en tres grupos: poético amoroso, sátíra burlesca y doctrinal, elaboradas siguiendo criterios convencionales de la poesía cancioneril del período final de la Edad Media; con un tono de galantería erótica velada mediante sutiles alegorías.

Sin embargo, a pesar de la escasa extensión de su trabajo, un poema dentro de ese contexto, sobresale significativamente.
Con las Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique se convertiría en una celebridad eterna  y en un hito imprescindible para el estudio de la historia literaria española.

Jorge Manrique, fue un poeta del prerrenacimiento y hombre dispuesto a la acción, tanto en lides heroicas en el campo de batalla como en la vida caballeresca de palacio.

Miembro de una familia de la más rancia estirpe de Castilla, compatibilizó su afición por las letras con la carrera de las armas, participando junto a su padre en las luchas de dinastías, que precedieron al ascenso de los Reyes Católicos al trono hispano.

Ambos pertenecían a la orden de Santiago y combatieron del lado de Isabel la Católica contra los partidarios de Juana la Beltraneja, de la línea sucesoria de Enrique IV de Castilla.

No se conoce con certeza el lugar y fecha del nacimiento de Jorge Manrique, hecho que habría acontecido alrededor del año 1440 en Paredes de Nava, actual provincia española de Palencia; aunque algunos biógrafos e historiadores aceptan también como posible, que Manrique haya nacido en Segura de la Sierra, en la actual Jaén.

Poco se sabe también de su infancia y primera juventud, pero a partir de 1465 hay documentos que lo mencionan asumiendo por completo una conducta de actuación política y militar en concordancia con el proceder de su numerosa familia castellana.

Como sus demás parientes, fue partidario de combatir a los musulmanes y participó en el levantamiento de los nobles contra Enrique IV.

En una de esas batallas, durante el asalto al castillo Garci Muñoz, feudo defendido por el marqués de Villena, fue herido mortalmente de un lanzazo en los riñones. Como consecuencia, pereció el 24 de abril de 1479 en Santa María del Campo Rus.

Sus restos fueron enterrados en la vieja iglesia del Monasterio de Santiago de Uclés (en la provincia de Cuenca).

El novelista y crítico literario español, Azorín, dijo de él:
«Jorge Manrique es una cosa etérea, sutil, frágil, quebradiza. Jorge Manrique es un escalofrío ligero, que nos sobrecoge en un momento
y nos hace temblar».

Y Antonio Machado, otro notable y singular poeta español escribió:
«Entre los poetas míos, tiene Manrique un altar».

Coplas a la muerte de su padre - Jorge ManriqueLa mencionada obra maestra de Jorge Manrique, «Coplas a la muerte de su padre», fue compuesta a raíz del fallecimiento de su progenitor don Rodrigo (1476) y es una elegía funeral escrita con la intención de rendir tributo y homenaje a quien el autor consideraba su ejemplo de vida y modelo de comportamiento y virtudes.

Es un lamento sentencioso rememorando la fugacidad de la existencia con dolorosa melancolía y enfocando aspectos específicos de la vida y de la muerte, de la caducidad inevitable de las cosas materiales y de las veleidades de la suerte y la fortuna.

Las coplas destacan por utilizar un lenguaje accesible y sencillo, alejado de todo exceso de erudición o retórica sofisticada. Un implícito tono exhortativo otorga gravedad profunda a sus versos, conformando, con estilo elegante y sobrio, una evocación serena y nostálgica del tiempo pasado.

En cuanto a la métrica, las Coplas están compuestas en la doble sextilla octosílaba, cuyos versos se dividen en dos semiestrofas iguales de tres versos de arte menor cada una, con terminación quebrada y tres rimas consonantes y correlativas.

La rima correlativa consiste en rimar el primer verso con el cuarto, el segundo con el quinto y así sucesivamente en cada sextilla. Son, por tanto, estrofas de seis versos, el primero, el segundo, el cuarto y el quinto serán octosílabos mientras que el tercero y el sexto serán tetrasílabos. Eso compone un total de doce versos que forman la Copla.

Esta fórmula métrica de la copla de pie quebrado, si bien había sido empleada con anterioridad, a partir la difusión debida a Manrique, también comenzó a denominarese «estrofa manriqueña».

Los versos de pie quebrado, producen por su brevedad, un efecto acústico de eco y agregan a la composición musicalidad y armonía.

El poema a su vez, consta de 40 coplas estructuradas en tres partes.

Estrofas I a XIII

En el comienzo del poema, Manrique despliega consideraciones generales de carácter filosófico y moral, acerca de la fugacidad de la vida, del poder destructor del paso del tiempo y de la muerte. Incorpora reflexiones profundas y emotivas, usando metáforas simbólicas.

Desarrolla en sus versos, una exposición doctrinal en la que se realza el valor de la vida eterna en el más allá, que puede alcanzarse a través del ejercicio de la virtud y cumpliendo las obligaciones propias de cada estado social.

Estrofas XIV a XXIV

En estas estrofas, el autor continúa con una ilustración de la doctrina expuesta en la primera parte. En una serie de ejemplos, relata situaciones en la vida eterna, de hechos y personajes concretos, que corroboran las ideas anteriores y que van desde personajes de la antigüedad (griegos y troyanos a los que cita inadvertidamente) hasta reyes, nobles y cortesanos casi contemporáneos suyos.

El valor nulo de la vida mundana y de los bienes terrenales (sean riquezas, placeres, linaje) se ejemplifican mostrando los efectos del paso del tiempo en una lista de personalidades del poder, a los que la muerte trató igual que «a los pobres pastores de ganado».

Posteriormente el poeta se dirige, «en apóstrofe», a la Muerte, ante la cual no hay defensa posible.
Son once estrofas  organizadas alrededor del tópico del «ubi sunt», interpelando directamente a la muerte y sometiéndose a su innegable poder igualitario.

Estrofas XXV a XL

Las coplas que continúan, introducen al tercer tipo de vida, que triunfa sobre las otras dos: la vida eterna, y constituyen la elegía funeral propiamente dicha.

Jorge Manrique exalta las virtudes y hazañas heroicas de su padre; también su muerte
y termina comparándolo con predecesores, apelando a su noble comportamiento demostrado mientras existía, para justificar la merecedora vida eterna.

En las últimas coplas, el autor cede la palabra a la Muerte, para que ella sea la que alabe las virtudes de don Rodrigo y quien lo convenza, de abandonar la vida para entrar en la eternidad.
Finalmente, don Rodrigo Manrique responde a la Muerte aceptando su imposición.

Las Estrofas I a XXIV, probablemente fueron escritas antes de la muerte de su padre, ya que son generalidades escritas al estilo de otras muchas composiciones de la época.

Mientras que las Estrofas XXV al XL, efectivamente fueron escritas por Jorge Manrique con posterioridad al fallecimiento de Don Rodrigo, en Ocaña (Toledo), el 11 de noviembre de 1476 y motivadas precisamente por ese acontecimiento

Coplas a la muerte de su padre – Jorge Manrique
(Fragmentos)

I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

II
Pues si vemos lo presente,
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir,
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

IV
Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas,
sus sabores;
aquel solo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo no conoció
su deidad.

V
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
más cumple tener buen tino,
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.
…………………………………………………………

XXXI
Estas sus viejas historias
que con su brazo pintó
en juventud,
con otras nuevas vitorias
ahora las renovó
en senectud.
Por su gran habilidad,
por méritos y ancianía
bien gastada,
alcanzó la dignidad
de la gran caballería
del espada.
……………………………………………………….

XXXVIII
(Responde el Maestre a la muerte)

«Non gastemos tiempo ya
en esta vida mezquina,
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura.»

XXXIX
(Del maestre a Jesús)

«Tú que, por nuestra maldad,
tomaste forma servil
y bajo nombre;
tú, que a tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
tú, que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona,
non por mis merecimientos,
más por tu sola clemencia
me perdona».

Final
XL
Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien ge la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria;
y que aunque la vida perdió,
dejonos harto consuelo
su memoria.

La obra fue publicada en Sevilla (1494) con el título «Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, el Maestre don Rodrigo». y el autor, sin pretenderlo, inmortalizando a su héroe como guerrero y caballero cristiano, terminó inmortalizándose a sí mismo como poeta.

El poema de indudable originalidad, establece un punto de transición entre la etapa final del Medioevo y el inicio del período renacentista, jerarquizando a Jorge Manrique como un innovador de su tiempo. Mientras que conserva la forma de las coplas medievales dando poca relevancia a la forma y el estilo, rompe los cánones tradicionales y centra toda la importancia en el contenido haciendo predominar el  sentir y el pensamiento sobre la palabra.
De este modo, la lírica castellana pasó del concepto abstracto de la muerte tratada en forma genérica, a centrarse en un individuo concreto, presente en la historia y considerado en su dimensión particular.
Ciertamente, uno de los grandes hallazgos del poeta.

Estos versos de Jorge Manrique, no tienen un valor estrictamente estilístico sino ideológico y conforman mejor poema lírico de toda la poesía medieval castellana.

En definitiva, una obra capital de la literatura española que a criterio de Lope de Vega «merecería estar escrita en letras de oro». Infaltable en cualquier biblioteca y de lectura indispensable para amantes de las letras clásicas exquisitas.

Para saber más:

La «elegía» es una composición poética que pertenece al subgénero lírico y que está motivada por eventuales acontecimientos inevitables que provocan inmensa tristeza y dolor, generalmente la muerte de un ser querido.

Los poetas griegos y latinos, sin embargo, también poetizaban temas placenteros en sus elegías.

Busca en su concepción, transmutar al personaje muerto en palabra viva, utilizando memorias y recuerdos, expresando de manera explícita las razones de una efímera existencia y describiendo en lenguaje poético y´metafórico todo el camino transitado desde un ayer perdido hasta el mañana imaginado.

En épocas medievales, la elegía se denominaba planto o llanto y a partir del siglo XV, comenzó a llamarse defunción, consolatoria, triunfo o coronación.

«en apóstrofe»

Figura retórica, que consiste en interrumpir el discurso para dirigirse con vehemencia a otra persona o a cosas personificadas, que pueden ser reales o imaginarias, generalmente con un tono patético o de lamento.

«Ubi sunt» es un tópico literario utilizado con frecuencia en la Edad Media.

Deriva de la frase latina «¿Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?» que traducida al español significa «¿Dónde están o qué fue de quienes vivieron antes que nosotros?»

Proviene de la visión religiosa y fatalista en tiempos medievales, que concebía al mundo como un valle de lágrimas y camino de tránsito hacia la vida celestial.

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La Eneida de Virgilio – Una epopeya legendaria

Reseña literaria de la Eneida – Una obra cuya majestuosidad, ideó los comienzos de un imperio con la intención de volverlo legendario

La Eneida de VirgilioLa Eneida es una obra que fue escrita en el siglo I a.C. por Virgilio, respondiendo a un pedido del emperador Augusto, intentando atribuir un origen fantástico y glorioso a su enorme imperio, y así volverlo legendario.

En La Eneida, Virgilio utilizó como base los poemas de Homero y su guerra de Troya, intentando continuar luego de la destrucción de la ciudad de Troya dando lugar al nacimiento del Imperio Romano. Algunos eruditos consideran que la obra, además de tener el objetivo antes relatado, intenta demostrar la independencia de la literatura latina con respecto a la griega, resaltando sus capacidades.

La estructura de La Eneida se encuentra organizada en 12 libros, y cuenta aproximadamente con diez mil hexámetros dactílicos (Un hexámetro es una pieza clave de la escritura griega o latina, un verso de seis pies que se encuentran a su vez formados por dáctilos, y a su vez un dáctilo está compuesto por una sílaba larga y luego dos breves). En La Eneida, Libro I al libro VI se narra una historia a semejanza de “La Odisea” de Homero, con una travesía que lleva a Eneas a Italia. En los libros siguientes se utiliza como base «La Ilíada» en donde se describen batallas épicas y conquistas.

La obra fue terminada alrededor del año 20 a.C si bien, según refieren algunos literatos, Virgilio, al acercarse a su final, ordenó destruirla, no habiendo acuerdo al respecto de sus motivaciones reales.

Resumen de La Eneida – Sinopsis Breve

El argumento de La Eneida inicia cuando Eneas, que dirigía una flota de barcos para llegar a Italia, es embestido por una tormenta guiada por Juno (Diosa con la que mantiene una enemistad). Sus tropas son dispersadas por el mar. Al llegar a Cartago es recibido por la reina Dido, que lo invita a contar sus viajes. Así inicia la historia de cómo debió huir, luego de que las tropas griegas destruyeran Troya, en compañía de su padre, su hijo y sus tropas, habiendo perdido a su esposa. En el largo viaje iniciado, sufren innumerables penurias, extraviándose en el mar, debiendo detenerse en un sinfín de lugares, intentando llegar a su destino “prometido”, Italia, donde fundaría un imperio capaz de dominar a todo el mundo. Su padre fallece en la travesía.

Por la influencia de los dioses, Dido se enamora de Eneas, pero cuando este huye de ella, la mujer decide quitarse la vida. Eneas, con la ayuda de una sacerdotisa, viaja a través del río Estigia, pasando por las puertas del tártaro, y encontrando a su padre fallecido, que, en una visión, le muestra el futuro de roma y quiénes serán los sus honorables gobernantes, en donde aparece el Emperador Augusto.

Al llegar a Lacio intenta contraer matrimonio con una princesa, pero otro hombre, también influido por los dioses, compite por su mano, y el amor de ambos hacia la joven lleva a la guerra. Eneas encuentra el lugar donde nacerá Roma, y se detallan numerosas batallas que van dando origen a las principales fuerzas del imperio, con sus aliados y enemigos, mientras los dioses debaten sobre si deben intervenir.

Al final, todo parece consagrarse en una última batalla, llevada a cabo entre dos hombres. Por un lado, Eneas, por el otro Turno. El primero logra salir vencedor y convertirse en soberano del imperio naciente, en donde la sangre de ambos bandos a ha dado vida a una nueva civilización.

Personajes de La Eneida

Eneas: Hijo de la diosa Venus y Anquises. Es el protagonista de La Eneida. Sigue su destino, y es un héroe, sin perder su condición de humano.

Anquises: Padre del anterior, un antiguo y honorable guerrero. Fallece en la travesía, pero es uno de los personajes principales de La Eneida.

Ascanio: Hijo de Eneas. Acompaña a su padre en el viaje.

Dido: Reina de Cartago. Enamorada de Eneas

Lavinia: Princesa de los Lacios, Hija de Latino, que iba a contraer matrimonio con Turno, hasta la llegada de Eneas.

Turno: Formidable guerrero, líder de los Rútulos. Enfrenta a Eneas.

Sobre el argumento de Eneida

La EneidaGran parte de la obra fue elaborada con el objetivo de engrandecer a Roma, y a sus gobernantes, en este caso, Augusto. Es una historia que intenta semejar los poemas de homero pero que describe unos personajes mucho más humanos, con su sensibilidad y mortalidad. Si hay algo que se mantiene constante en la narración es la idea del destino, y la idea de seguirlo sin importar nada por parte de Eneas. No se dejó de lado en la obra la omnipresencia de los dioses y su poder, con la capacidad de intervenir en la vida de las personas.

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Los amores de Amado Nervo y su poesía

Reseña literaria de Los amores de Amado Nervo y su influlencia en la obra del reconocido autor. Historias de amor en la biografía del gran poeta

Los amores de Amado NervoAmado Nervo fue un eximio escritor mexicano y un poeta distinto, dotado con una pluma de virtudes excelsas. Nació el 27 de agosto de 1870, en Tepic, (Nayarit – México), y llegó a ser en su época uno de los máximos exponentes del modernismo; el movimiento literario más importante que ha tenido América.

«Somos tan pequeños como nuestra dicha,
pero somos tan grandes como nuestro dolor.»
Friedrich Hebbel

El estilo de Amado Nervo se caracterizó por imponer una renovación en el lenguaje y la métrica vigentes hasta entonces, por la utilización de referencias mitológicas de elevada erudición y por el absoluto protagonismo que dio a la estrofa dentro de la escritura; al mismo tiempo que sus versos, denotaban una búsqueda constante de cadencia y ritmo, en los que se percibe al leerlos, una indiscutible preocupación por la perfección de la forma.

Al margen de esto, alguna vez bromeó entre sus amigos atribuyendo el éxito de sus publicaciones, a la musicalidad de su nombre, que consideraba muy adecuado para un poeta; nombre que en realidad, era una simplificación del verdadero más que un seudónimo.

La obra de Amado Nervo tuvo y aún conserva, una vastísima difusión universal, pero un halo de misterio envolvió siempre, toda referencia a cuestiones íntimas en las diversas biografías que se conocieron.

Los datos consignados son tan escasos o imprecisos, que la trayectoria del poeta pareciera no haber tenido historia personal:

«Mi vida ha sido muy poco interesante: como los pueblos felices y las mujeres honradas, yo no tengo historia», respondía Nervo, en su autobiografía editada en 1906 cuando le preguntaban. No obstante la afirmación, a lo largo de su vida, criticado o idolatrado, se entretejieron muchos sucesos dignos mención. Venturosos algunos. Adversos y conflictivos otros.

Uno de estos últimos, fue la relación sentimental que mantuvo con Ana Cecilia Luisa Dailliez.

Por su propia confesión, se sabe que deambulando por una calle del barrio latino de Paris, el 31 de agosto de 1901 en un encuentro fortuito, conoció a la que iba a convertirse en la mujer de su vida:
–No soy mujer para un día, le advirtió la dama.
–¿Y para cuántos?, preguntó el poeta.
–Para toda la vida, fue la respuesta.

Ese día se conocieron y los dos advirtieron que el amor que nacía iba a ser para siempre. A partir de ese encuentro una pasión incontrolable los unió en una perfecta comunión de almas.

Pero también, extrañamente, desde ese momento todo lo que ocurriera a futuro entre ellos, iba a ser oculto a los ojos del mundo. Toda la relación se desarrolló a escondidas y en las sombras. ¿Por qué decidieron vivir su amor en el más estricto secreto? Nadie lo sabe. ¿Pudieron más los prejuicios sociales?

Lo concreto es que Amado Nervo, no le dijo a nadie que Ana Cecilia existía, nunca le habló de ella a sus amigos y es posible que tampoco a sus familiares más cercanos. Se comentaba que, si viajaban, lo hacían por separado para que nadie los viera juntos.

“Como aquel cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley… no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto”, explicaba el poeta a modo de justificación.

Pero esa «eternidad» pretendida sólo duraría 11 años para la pareja; el 7 de enero de 1912 su musa enigmática y anónima, moría víctima de la fiebre tifoidea, después de una dolorosa agonía.

En el nicho 213 del cementerio de San Lorenzo y San José, de la ciudad de Madrid, una lápida de mármol negro que Nervo mandó hacer, es hoy permanente custodia del recuerdo de esa tragedia:

«En memoria de ANA
Encontrada en el camino de la vida,
el 31 de agosto de 1901.
Perdida —¿para siempre?— el 7 de enero de 1912″

¿Por qué el poeta consideró esa relación un amor prohibido o clandestino?.
El enigma continúa vigente.

En una carta a su hermano Rodolfo, fechada en Madrid el 20 de febrero de 1912 (que Gustavo Jiménez Aguirre recoge en la Antología General del autor), el poeta le expresa lo siguiente:

«Mi muy querido hermano, te agradezco muy de corazón las frases tan nobles y afectuosas que dedicas a mi Anita. Desgraciadamente no fui para ella tan bueno como lo merecía esa alma de elección que más de diez años me acompañó por la vida sin que un solo instante palideciera su ternura.

Debí casarme con ella y no lo hice por preocupaciones y suspicacias que ahora a la luz cruda de mi dolor considero indignas y estúpidas. No encuentro más que una manera de reparar mis omisiones para con ella y es amparar a la niña, que, después de mí, fue su gran cariño…»

El desgarrador desconsuelo que siguió al prematuro fallecimiento de su compañera adorada, le inspiró a Nervo cada verso del poemario «La amada inmóvil»; publicado póstumamente en 1922, como prueba elocuente de que él consideraba a esta obra como parte esencial e insustituible de su más dolorosa intimidad.

En el Prefacio, que el mismo escribió para el libro, relata:

«Creí que «Serenidad» sería mi último libro de versos, y así lo afirmé a un amigo. Esta afirmación me perdió, porque la vida no gusta que le tracen caminos y el arcano burla los propósitos de los hombres. He vuelto, pues, a componer poemas…»

En las hojas siguientes y en sus sentidas palabras se puede leer:

«…Va a hacer un mes que, a las doce y cuarto del día, se extinguió blandamente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, su bondad y la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conocí en París en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste y con quien viví desde entonces en la más cordial y noble de las compañías hasta el 7 de enero de 1912, en que murió en mis brazos.

Va a hacer un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en esos treinta días, en esos treinta relámpagos, he llorado más lágrimas que estrellas visibles tiene la noche…»

En ese fatídico día de enero, la vida y el destino de Nervo, habían cambiado para siempre. “La muerte es la libertad absoluta”, escribió en su obra «Plenitud» de 1918.

Arrepentido por su manera de proceder con su amada, e intentando corregir en algo sus errores del pasado, resolvió hacerse cargo de Margarita Elisa Dailliez, de 11 años de edad, hija de Ana.

Esta niña hermosísima fue su motivación, para no caer en la desesperación buscando suicidarse. Desde entonces, se dedicó por completo a cuidarla y enseñarle los valores de la vida. Era inevitable que entre ambos se diera un amor de lo más profundo.

No podían no quererse: Margarita, bellísima, sensible, casi adolescente todavía, plena de vida. Y, por su parte, Nervo era por entonces, el hombre más leído de la lengua española, al que todas las mujeres de su tiempo veneraban.

Cuántas de ellas suspiraban con sus poemas y cuántas le guardaron un amor eterno, hasta la muerte. Margarita tenía quince años y el poeta 45, cuando él le declaró su amor. No era su hija, ni llevaba el apellido Nervo.

No obstante, él era lo único que ella tenía en la vida. Y, a pesar de todo, Margarita le contestó: «¿Cómo decir te quiero sin añadir: papá?».

Quizás esta respuesta, haya sido la decepción definitiva para el corazón destrozado de Amado Nervo, que estaba acostumbrado a escuchar un «sí» de los labios de todas las mujeres.

Posteriormente, en 1918, el célebre autor decidió llevar a Margarita a México, en donde vivían sus dos hermanas solteronas, Concha y Elvira. Con ellas, Margarita encontró una nueva familia.

Al poco tiempo, Amado Nervo viajó a Argentina y Uruguay en misión diplomática. Estando en Montevideo como Representante de su país en el Congreso Panamericano del Niño, el 24 de mayo de 1919, imprevistamente, debido a una complicación de su enfermedad renal crónica, terminó su vida.

Tenía 48 años y se encontraba en compañía de su amigo Juan Zorrilla de San Martín, escritor y poeta uruguayo, encargado de asistirlo en sus últimos momentos.

Sus restos fueron repatriados a México, donde sus funerales constituyeron una verdadera apoteosis.

Lo que sigue, es la misma historia, la biografía de Amado Nervo y su percepción del amor, pero descripta y plasmada en poesías de encendido lirismo:

«Autobiografia»

¿Versos autobiográficos ? Ahí están mis canciones,
allí están mis poemas: yo, como las naciones
venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada,
no tengo historia: nunca me ha sucedido nada,
¡oh, noble amiga ignota!, que pudiera contarte.

Allá en mis años mozos adiviné del Arte
la armonía y el ritmo, caros al musageta,
y, pudiendo ser rico, preferí ser poeta.
-¿Y después?
-He sufrido, como todos, y he amado.

¿Mucho?
-Lo suficiente para ser perdonado…

«Ofertorio»
(Deus dedit, Deus abstulit)

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!
Tú me diste un amor, un solo amor,
¡un gran amor!
Me lo robó la muerte…
y no me queda más que mi dolor.
Acéptalo, señor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

«Lo más natural» – (Ver nota referida al poema)

Me dejaste -como ibas de pasada-
lo más inmaterial que es tu mirada.

Yo te dejé -como iba tan de prisa-
lo más inmaterial, que es mi sonrisa.

Pero entre tu mirada y mi risueño
rostro quedó flotando el mismo sueño.

«Cobardía» – (Ver nota referida al poema)

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!

Quedé como en éxtasis…Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

«El primer beso» (Ver nota referida al poema)

Yo ya me despedía…. y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

«Pero te amo»

Yo no sé nada de la vida,
Yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte.
¡Pero te amo!

Según la buena lógica,
tú eres luz extinguida.
Mi devoción es loca,
mi culto, desatino,
Y hay una insensatez
infinita en quererte.
¡Pero te amo!

«Madrigal»

Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía,
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría

«Si una espina me hiere…»

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
…pero no la aborrezco! Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina,
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:
si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,

se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

«La amada inmóvil»
(fragmento)

¿Llorar? ¡Para qué!
Este es el libro de mi dolor:
lágrima a lágrima lo formé;
una vez hecho, te juro, por
Cristo, que nunca más lloraré.
¿Llorar? ¡Por qué!
Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?
Serán un plácido florigelio,
un haz de notas que regaré,
y habrá una risa por cada arpegio…
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?…

«Mi secreto»

¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido
de amores por un ser desaparecido,
por un alma liberta,
que diez años fue mía, y que se ha ido…
¿Mi secreto? Te lo diré al oído:
¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes -tú que buscas los visibles
transportes, las reales, las tangibles
caricias de la hembra, que se plasma
a todos tus deseos invencibles-
ese imposible de los imposibles
de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido
y será!
Si por mí sólo ha latido
su noble corazón, hoy mudo y yerto,
¿he de mostrarme desagradecido
y olvidarla, no más porque ha partido
y dejarla, no más porque se ha muerto?

«Gratia plena»

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió… como gota que se vuelve a la mar!

«En paz» –  Fragmento –  (Ver reseña y poema)

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Amado Nervo
Tepic (México), 1870
Montevideo (Uruguay) 1919

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Emily Brontë – La mágia de su escritura

Emily Brontë – Poesía, mundos imaginarios y cumbres borrascosas en la magia de su pluma.

 Emily BrontëEmily Jane Brontë (mejor conocida como Emily Brontë) , escribió una única novela en su vida: «Cumbres borrascosas» (Wuthering Heights), pero con los méritos suficientes para llevarla como autora, a la categoría de celebridad en el difícil y restringido mundo de las letras.

Esta obra publicada en 1847 y actualmente considerada una de las mejores narraciones en lengua inglesa, se convirtió en un clásico de la literatura romántica victoriana, no obstante haber sido inicialmente juzgada con dureza por los críticos de esos días, que la catalogaron como muy salvaje, de estilo rudo y de una composición bastante torpe.

El transcurrir del tiempo revirtió las opiniones y paulatinamente, se fueron reconociendo los genuinos valores de uno de los relatos más cautivantes sobre la pasión amorosa, que jamás se haya escrito.

Esa crítica áspera de los comienzos, cuestionaba sobre todo una innovadora estructura de Emily Brontë que establecía considerables diferencias con respecto a las corrientes narrativas basadas en la apreciación de las costumbres y en el idealismo satírico imperantes por entonces, en la restrictiva sociedad británica del siglo XIX.

Inmersa en ese ámbito, toda mujer de esa época vivía en un mundo que no la comprendía. Su papel y sus ocupaciones estaban muy delimitados y la literatura y el arte en general, le estaban vedados. Contra esos prejuicios, Emily Brontë se propuso luchar tenazmente y hasta las últimas consecuencias; con las únicas armas con que contaba: su poesía intuitiva y original, su prosa impetuosa y su espíritu romántico y a la vez indomable.

Emily Brontë, nació en Thornton – Yorkshire, Inglaterra, el 30 de julio de 1818 y tuvo cinco hermanos. Su padre, Patrick Brunty Brunty, de origen irlandés, fue primero aprendiz de tejedor, después maestro de escuela, tutor y, finalmente, ministro anglicano. En sus tiempos de estudiante de Teología, cambió su apellido, transformándolo en Brontë, palabra derivada del griego, que significa «trueno».

El pastor evangelista fue nombrado en 1820 rector de Haworth y la familia completa se mudó a ese lugar. Mary Branwell, su madre, murió en septiembre de 1821, quedando los seis hijos al cuidado de una tía materna sin que nadie explicara a los niños esa situación.

En 1824, cuatro de las cinco hermanas: María, Elizabeth, Charlotte y Emily, fueron enviadas al colegio de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (Lancashire), donde María y Elizabeth, enfermaron de tuberculosis y fiebre tifoidea muriendo al año siguiente.

Por esa razón, además de las pésimas condiciones y características del colegio, sumado todo a la rigurosidad extrema de sus reglamentaciones internas, (al punto que hoy podrían calificarse de siniestras), Charlotte y Emily fueron retiradas del internado y llevadas a casa, para ser educadas junto a los otros hermanos Anne y Branwell, el único varón.

Siguieron después años solitarios en la vida de Emily, días de monotonía singular en aquel riguroso paisaje, triste y lúgubre, de los páramos de Yorkshire.

La vegetación salvaje de la región, las nieves y vendavales frecuentes que terminó adorando, forjaron su espíritu y carácter y comenzó a descubrir que el silencio de aquella naturaleza desolada, le permitía percibir vibraciones místicas y sobrenaturales y también experimentar en sus emociones el insondable misterio de la soledad melancólica y el éxtasis de la quietud agreste.

Así, Emily Brontë, la joven ansiosa y apasionada por la literatura, huérfana de madre y con dos hermanas fallecidas, vivió junto a sus otros tres hermanos: Branwell, Charlotte y Anne, una infancia y una adolescencia alejadas de la realidad, que los niños intentaban superar idealizando mundos ilusorios de duendes, fantasmas y espíritus.

Construyeron para ellos, todo un universo de fantasía y paradigmas creativos que atesoraban increíbles narraciones. Y para divertirse en aquel pueblo aislado, transformaron en su imaginación unos soldados de madera que les regalara su padre, en personajes legendarios de una serie de historias que escribieron acerca de reinos ficticios y lejanos nacidos de una inventiva que parecía no tener límites. Los nombres de Glass Town, la «Confederación de la Ciudad de Vidrio», Gaaldine, Angria (o Anglia), propiedad de Charlotte y su hermano Branwell y Gondal, que era el de Emily y Anne, nunca más se borrarían de sus mentes.

Se conservan alrededor de un centenar de cuadernos escritos a mano, iniciados en 1829, de las crónicas de Angria, pero ninguno de la saga de Gondal, iniciados en 1834, a excepción de algunos poemas de Emily Brontë. La relación de estos relatos, con las novelas que después escribieron las hermanas, continúa siendo tema de gran interés para los eruditos.

En 1945, Charlotte descubrió por casualidad las poesías que escribía su hermana Emily y la persuadió, venciendo sus objeciones, de publicar un libro de poesías entre las tres, incluyendo a Anne. Publicaron entonces en 1946, un libro titulado «Poemas» que, con la intención de mantener la privacidad y tratar de evitar los comentarios prejuiciosos que seguramente surgirían sobre su condición de mujeres escritoras, resolvieron firmar con seudónimos masculinos (utilizaron los nombres de Ellis Bell, Currer Bell y Acton Bell, coincidentes con las iniciales de sus nombres reales).

Era conocida la opinión del poeta inglés de la época Robert Southey en ese sentido, “La literatura no es asunto de mujeres y no debería serlo nunca”. Lamentablemente sus expectativas se vieron frustradas y sólo se vendieron dos ejemplares del poemario, que pasó inadvertido sin tener la repercusión esperada.

Las poesías de Emily, sin embargo, destacaron especialmente.

No obstante, el fracaso no desanimó a las hermanas Brontë que insistieron y decidieron escribir una novela cada una, con protagonistas femeninas independientes, valientes e inteligentes, que vivían historias de amor muy apasionadas.
En 1847, Emily logró publicar bajo el seudónimo de Ellis Bell, su novela «Cumbres borrascosas», al tiempo que sus hermanas Charlotte y Anne editaban igualmente «Jane Eyre» y «Agnes Grey» firmando sus obras con los seudónimos ya conocidos.

Tampoco resultó afortunada para Emily la publicación de esta obra, que fue ignorada por el público. Aunque pocos años después en una segunda edición póstuma, Charlotte hizo imprimir una nueva tirada, que comenzaría por fin, el impacto de difusión que perduró largamente y que incluso llegó a inspirar largometrajes, obras de teatro, dramatizaciones radiofónicas y televisivas, un musical y canciones.

Con respecto a la poesía de Emily Brontë, la crítica literaria contemporánea la considera como una de las mejores poetisas en idioma inglés del siglo XIX y sigue siendo admirada por su estilo diferente, su lírica y sus imaginativas referencias personales.

Muestran sus palabras una profunda vitalidad que se nutre de sí misma, transmitiendo sensaciones intensas y revelando que ante la imposibilidad de trascender desde lo físico concentra sus anhelos en lo espiritual, revalorizando los hechos cotidianos y simples y buscando redescubrir el amor a la naturaleza, aún con el aspecto lóbrego del páramo donde transcurrió casi toda su existencia.

Por el contrario, su obra poética fue injustamente postergada y poco difundida en idioma español.

Algunos de los más celebrados poemas de Emily Brontë fueron:

«Recuerdo» (Remembrance)

Frío en la tierra, y la nieve apilada sobre ti,
lejos, muy lejos, el frío en la tumba triste.
¿Me he olvidado de amarte, mi único amor,
cortada al fin por la implacable ruptura del tiempo?

Ahora, en soledad, ¿mis pensamientos ya no flotan
sobre los montes, en esa orilla del norte.
Descansando sus alas en las hojas de helecho,
que cubren tu noble corazón eternamente?

Frío en la tierra, y quince diciembres salvajes
desde los cerros marrones se han derretido en primavera.
¡Fiel, de hecho, es el espíritu que recuerda
después de esos años de cambio y sufrimiento!

Dulce amor de la juventud, perdonad, si me olvido de ti,
mientras la marea del mundo me arrastra hacia adelante.
Otros deseos y esperanzas me atormentan.
¡Las esperanzas que oscurecen, pero no pueden borrarte!

Ninguna luz tardía ha iluminado mi cielo,
ninguna mañana ha vuelto a resplandecer para mí.
Toda mi felicidad vino de tu vida,
toda mi felicidad yace en la tumba contigo.

Pero cuando los días de sueños dorados perecieron
e incluso, la desesperación fue impotente para destruir,
aprendí como la existencia podía ser apreciada,
fortalecida, alimentada sin la ayuda del placer.

Entonces probé las lágrimas de una pasión inútil,
destetada mi joven alma de tu anhelo póstumo.
Severamente negó su ardiente deseo de acelerar
el descenso, hacia esa tumba que será mía.

Y, aún así, no me atrevo a dejarlo languidecer,
no me atrevo a caer en el dolor entusiasta de la memoria.
Una vez bebida profundamente la divina angustia,
¿Cómo podría anhelar el mundo vacío otra vez?

«El viento nocturno»

En la suave medianoche del estío,
una luna despejada brilló,
a través de nuestra ventana
y los rosales bañados en rocío.

Me senté en reflexión silenciosa,
el viento suave agitó mi cabello,
me dijo que cielo era un destello,
y la tierra durmiente, justa.

No necesité sus toques
para alimentar estos pensamientos,
así y todo susurró, diciendo:
“¡Cuán oscuros serían los bosques!”

Las hojas gruesas en mi murmullo
crujen como en un sueño,
y de sus incontables voces es dueño
un instinto que parece arrullo.

Dije, “Ve, apacible murmurante,
tu cortés melodía es única:
pero no pienses que su música
tiene el poder de alcanzar mi mente.”

Juega con la flor perfumada,
la rama tierna del joven árbol
y deja mis sentimientos humanos,
en su propio cauce inquieto.

El vagabundo no me oyó,
su beso se entibió cálidamente:
“¡Oh, Ven!” suspiró dulcemente,
seré yo contra tu voluntad.

¿No fuimos amigos en la infancia?
¿No te he amado hace mucho tiempo?
mientras tú, la noche solemne,
mi canto despertabas con tu silencio.”

“Que cuando repose tu corazón
bajo la fría lápida de cemento,
yo tendré tiempo para el lamento,
Y tú, para estar sola.

«A la imaginación»

Cuando agotados de la extensa jornada
y del terrenal cambio del dolor por el dolor,
perdida, dispuesta a la desesperación,
tu cálida voz me convoca de nuevo.
Mi sincero amigo, nunca estoy sola,
si tu presencia y ese tono me acompañan.

Sin esperanzas descansa el mundo sin tí,
el mundo sin este doble de mí,
tu mundo de astucias, odios y duda,
de frías sospechas sin lugar.
Donde tú, yo y la Libertad,
disfrutan una soberanía muda.

Lo que importa es que todo alrededor,
peligro, angustia y oscuridad,
no rompen las cadenas de nuestra soledad,
donde habita el cielo en su esplendor.
Alimentado por diez mil rayos eternos,
de soles que no han conocido el invierno.

La razón sin dudas habrá de objetar
por la triste realidad de la naturaleza,
explicando que el sufrimiento del corazón es vano
y que sus preciados sueños deben perecer.
La verdad con rudeza busca asolar,
las flores de la fantasía que tímidas asoman.

Pero tú siempre serás el que trae
las cerradas visiones que retornan,
el aliento de nuevas glorias caídas en primavera,
llamando a la vida de la muerte:
Susurrando con la divina voz,
de un mundo real y brillante como tú.

No confío en la dicha de tu fantasma,
pero en las horas quietas de la noche,
con un incesante agradecimiento
te doy la bienvenida, bendito aliento,
Fiel asistente de los humanos deseos,
la más brillante esperanza.
Allí, donde la esperanza muere.

Emily Brönte fue una mística, como lo demuestra su poesía y en «Cumbres borrascosas» dramatiza con estilo exaltado, su percepción intuitiva de la naturaleza de la vida.
Su trágico destino personal, así como su precocidad y la confrontación con la muerte, primero de su madre y luego de sus dos hermanas mayores, circunstancias que penetraron profundamente en su alma e influyeron en la concepción de sus obras; indudablemente han contribuido también a cimentar su reputación y, por extensión, la de sus familiares cercanos.

Tan solo había vivido treinta años, cuando muere en Haworth, 19 de diciembre de 1848, como consecuencia de una infección respiratoria, probablemente asociada a tuberculosis. Sus restos descansan en la iglesia de San Miguel de Todos los Santos en Haworth, West Yorkshire, Inglaterra.

Su antiguo hogar, la destartalada casa parroquial de Haworth, un lúgubre edificio de piedra gris junto al cementerio, donde Emily Brontë y sus hermanas residieron la mayor parte de sus vidas, se ha transformado en un lugar de peregrinación, un museo que cada año recibe a cientos de miles de visitantes provenientes de todo el mundo, que acuden interesados en conocer un poco más los pormenores del mundo íntimo de una escritora que, con pluma de soledad y nostalgias, narró una gran historia de amor maravillosa y trágica.

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No es que muera de amor – Jaime Sabines

Reseña literaria del poema No es que muera de amor – Jaime Sabines en todo su esplendor

No es que muera de amor Jaime SabinesEl poema No es que muera de amor es una obra que fue escrita y publicada por Jaime Sabines en el año 1981. Está compuesto por cuarenta y cinco versos llamados de arte mayor, libres y divididos en seis estrofas, si bien el último segmento es el más largo.

Para Jaime Sabines, No es que muera de amor constituyó uno de sus poemas más conocidos y buscados. Con el advenimiento de las redes sociales e internet es muy común que las personas evoquen las palabras “No es que muera de amor, muero de ti” sin tener un claro panorama de su proveniencia o total significado. En esta obra manifiesta el amor de una manera sublime, logrando transformar en bellas palabras un sentimiento. Pero en estas palabras plantea también una dualidad, entre el gozo y la melancolía o el sufrimiento que dicho amor le ocasiona.

Entre los poemas de Jaime Sabines, No es que muera de amor es considerado uno de los más románticos, quizás junto a  “Espero curarme de ti”.

No es que muera de amor – Jaime Sabines

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

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Fernán Silva Valdés y el Nativismo

Nativismo y leyendas en la obra literaria de Fernán Silva Valdés

FeFernán Silva Valdésrnán Silva Valdés, nacido en Montevideo el 15 de octubre de 1887 es considerado uno de los máximos referentes en su país (junto a su connacional, el poeta Pedro Leandro Ipuche) de la corriente literaria denominada nativismo, que desde sus inicios a comienzos de la década de 1920, exaltó poéticamente lo autóctono, transformando a la naturaleza en protagonista.

Esta tendencia implicaba una revolución estética de la poesía, que fue evolucionando hacia la originalidad de un género nativista donde acabaron fundiéndose lo criollo con la lírica vanguardista. A esas ideas adhirió con fervor, desde muy joven este poeta uruguayo.

Fernán Silva Valdés, hijo de Fernando Silva Antuña y María Valdés, transcurrió  los primeros años de su infancia en contacto con la naturaleza, viviendo en una quinta heredada por su madre en Sarandí del Yí (departamento de Durazno).

Cursó estudios primarios en una escuela que funcionaba en las instalaciones de una capilla vieja y después asistió a la enseñanza pública hasta quinto año.

El poeta, recordaría posteriormente en su Autobiografía: “Fui a la escuela y me enseñaron justito lo que olvidé: lo que sé, lo aprendí solo, y sé lo que hay que saber».

No obstante en su familia se practicaba asiduamente el hábito de la lectura. “Mi principal instrucción infantil –rememora también– fueron los cuentos y anécdotas de sobremesa que mi padre nos relataba».

De espíritu inquieto y decidido a hacer de la literatura el centro de su vida, residió temporalmente en París. En esa época, víctima de los paraísos artificiales, según sus propias declaraciones, un desequilibrio emocional lo obligó a internarse en una clínica psiquiátrica; una frustración literaria o una desilusión amorosa pudieron haber sido las causas. De regreso al terruño, el antiguo bohemio se convirtió en hombre de familia y poeta.

Fernán Silva Valdés inició su producción literaria en el año 1913, publicando un pequeño libro de poemas que tituló “Ánforas de Barro”, en el cual se advertía aún, la predominancia de un estilo modernista.

A partir de 1921, elaboró un tipo de poesía alusiva a la temática de raigambre gauchesca que difiere de la típica y tradicional. Estaba adornada con abundantes modismos rioplatense, utilizando un formato idiomático cuidadosamente depurado y un lenguaje refinado y culto, muy alejado de las manifestaciones rudimentarias de hombres de campo, casi siempre analfabetos, exponiendo lo primario de sus sentimientos.

Posteriormente incorporó a ese universo, el legado proveniente del forastero de origen europeo, llamado a integrarse en esa sociedad, a la cual terminaría confiriendo sus cualidades predominantes.

Las características que distinguen sus poemas, elogiados reiteradamente por la crítica, mayoritariamente de habla hispana, son la inventiva metafórica, la imaginación y el sentido del ritmo:

El nido

Los árboles que no dan flores
dan nidos;
y un nido es una flor
con pétalos de pluma;
un nido es una flor color de pájaro
cuyo perfume entra por los oídos.
Los árboles que no dan flores
dan nidos.

En uno de sus poemarios, «Leyendas Americanas» editado en 1945, despliega el talento en múltiples leyendas que su creatividad tradujo en versos:

La leyenda de la flor de ceibo

Me lo dijo un indio viejo y medio brujo
que se santiguaba y adoraba al sol:
los ceibos del tiempo en que yo era niño
no lucían flores rojas como hoy.

Pero una mañana sucedió el milagro
-es algo tan bello que cuesta creer-:
con la aurora vimos al ceibal de grana,
cual si por dos lados fuera a amanecer.

Y era que la moza más linda del pago,
esperando al novio, toda la velada,
por entretenerse, se había pasado
la hoja de un ceibo por entre los labios.

Entonces los ceibos, como por encanto,
se fueron tiñendo de rojo color…
Tal lo que me dijo aquel indio viejo
que se santiguaba y adoraba al sol.

Como una muestra más de su inagotable inventiva, rindió además su homenaje en poesía, a una costumbre de culto en tierras rioplatenses: tomar mate.

El mate

No sé qué tiene de rudo;
no sé qué tiene de áspero,
no sé qué tiene de macho,
el mate amargo.

El sirve para todo;
para lo bueno, para lo malo;
él lava los dolores del pecho a cada trago;
es un cúralo todo en la casa del gaucho;
alegra la alegría y destiñe la pena,
el mate amargo.
Él es contemporáneo de la bota de potro,
y de las nazarenas, y de la guitarra;
pero de la guitarra que usa cintas
-como las chinas-
cintas celestes o coloradas.

En el campo
no hay boca masculina que rehúse besarlo
ni manos callosas que no le hagan un hueco
al mate amargo.
¡Cómo me siento suyo; cómo lo siento mío,
al mate amargo!
Yo lo llevo disuelto en la sangre
como un jugo americano.

No sé qué tiene de símbolo
el mate amargo;
por el pico plateado de la bombilla
canta de madrugada como un pájaro guacho.

Paralelamente, Fernán Silva Valdés escribió también obras en prosa y de teatro, en ellas afloran su desbordante capacidad descriptiva y su acabado conocimiento de la naturaleza humana.

Por otra parte, desarrolló una intensa actividad en otros géneros, escribiendo las letras de canciones criollas, tangos, milongas, valses y cifras del repertorio popular y “culto” que llevan su firma.
La letra del tango “Clavel del aire” (1929), mundialmente conocido, le pertenece con música de Juan de Dios Filiberto.

Cabe mencionar también, la existencia de una corriente de opinión crítica, que aún reconociendo el indudable valor y mérito de su obra literaria, cuestiona su excesivo pintoresquismo localista.

Con cada palabra volcada al papel, este poeta, escritor y dramaturgo que alguna vez escribió: «el nido es una flor color de pájaros cuyo perfume entra por los oídos»; estaba definiendo con esa frase, el sentimiento de su propia poesía y la nostalgia de una infancia que narró a su manera.

Romance de mi infancia
(fragmento)

Pueblo Sarandí del Yí
acollarado a mi infancia,
en mi borroso recuerdo
tengo, patente, mi casa:
un caserón primitivo
con sus tejas coloradas
atado por un sendero
al gran árbol de la plaza.
Mi padre siempre escribiendo
en hojas inmaculadas;
mi madre con su costura
toda rodeada de hilachas.
La peona cebando mate
en una gran calabaza;
un mulato me mecía
entre dos tragos de caña;
y para mi boca niña,
para mi boca paisana,
no había más caramelos
que el canto de las calandrias.

Fiel a su pasión por la literatura, continuó escribiendo casi hasta el final de sus días. El 9 de enero de 1975, Fernán Silva Valdés falleció en la misma Montevideo que lo viera nacer.

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Marcel Proust – En busca del poeta perdido

Reseña literaria sobre Marcel Proust y su obra poética, más allá de su trabajo conocido y en relación a sus increíbles cualidades literarias

Marcel ProustExiste en relación a la obra de Marcel Proust un hecho significativo, que si bien nunca pasó inadvertido tampoco fue debidamente explicado en sus biografías hasta hoy difundidas. Siendo un autor tan exquisito y prolífico del cual se conoce prácticamente todo lo que ha escrito en prosa:

¿Por qué sólo un escaso material de sus creaciones líricas, ha llegado a la posteridad?

Su novela En busca del tiempo perdido (ver nota), una de las obras de la literatura universal consideradas «cumbre», tuvo una enorme influencia tanto en el campo de la literatura, como en el de la filosofía y la teoría del arte. Es una lección magistral y cautivante acerca de la vida misma y los interrogantes que en torno a ella, nos persiguen: quiénes somos en realidad y qué es lo que queremos o anhelamos.

Es el enfoque de un autor consumado, que analiza y describe el azar de la existencia con maestría y palabras que se convierten en arte, intentando hacernos comprender que la perpetuidad pretendida no es más que un espejismo y que solamente nuestras ilusiones, sueños y fantasías son susceptibles de alcanzar la eternidad.

De Proust se sabe que fue un lector avezado, muy buen observador y conocedor de la historia, poseedor de una memoria excepcional para la poesía, ya que era capaz de recitar interminables listados de versos de sus poetas preferidos. También fue un consuetudinario aficionado al teatro.

Siendo adolescente, cuando sus ímpetus juveniles y su deseo de integrarse a los salones literarios despertaron su pasión por la poesía; comenzó a escribir y publicar en alguna gaceta estudiantil durante sus años de formación educativa.

No tardó sin embargo, en reorientar su carrera de escritor hacia la narrativa, y sus relatos de aquellos tiempos iniciales, quedaron influenciados por ese deslumbramiento lírico.

Cuando finalmente se decidió por la novela, él mismo se encargo de subrayar la diferencia que encontraba entre ambas modalidades: la esencia misma del poeta estriba en lo que tiene «de singular, de inexplicable», mientras que el prosista «saca su inspiración de la realidad».

A lo largo de su vida de autor, Proust escribió casi un centenar de textos versificados de muy variada índole, pero solo publicó ocho poemas incluidos como tales en su primer libro, «Los placeres y los días» (1896), una antología que prologó Anatole France y que incluía relatos, ensayos y poemas de estilo decadentista, acorde con la vida bohemia que llevara en los primeros años de su juventud.

La crítica no fue benévola con este libro editado. Su estilo poético aparecía disperso y de poca claridad. Consecuencia de ello o no, Marcel Proust, no volvería a publicar un solo verso en sus restantes veinticinco años de vida.

Sin embargo, su decisión de no publicar poemas, no le impidió continuar escribiendo una poesía desenfadada –parodias, epigramas, dedicatorias- que por motivo de compromisos sociales o familiares disfrutaba hacer y repartir entre sus allegados y conocidos.

En los poemas iniciáticos, es donde Proust buscó encontrar un cauce para la expresión de sus sentimientos y estados de ánimo personales.En la obra posterior, sus poemas se convirtieron en un deliberado juego social y resultado de distintas circunstancias: ironías, elogios, expresiones de afecto, ponderaciones, burlas, imitaciones, pastiches desordenados de poetas amigos.

Después de su muerte, muchos de los destinatarios de esos manuscritos fueron dándolos a conocer paulatinamente.
Pero recién en el año 1982, se recopilaron en su totalidad en un volumen editado con el nombre de Poèmes en francés y «Poesía completa» posteriormente en español.

Los textos recopilados fueron encontrados en los archivos de la sobrina del escritor Suzy Mante-Proust, extraídos de revistas literarias de la época o de los casi treinta volúmenes de correspondencia acumulados por el autor. Puede apreciarse en esos documentos, la cita constante que hizo de poemas y también observar en ciertos casos, algunas variantes respecto a la publicación en libro o en revista de algunas poesías.

Para sus críticos, Poesía completa de Marcel Proust, mezquina en cuanto a número (no alcanza al centenar de poemas), se ubica en un estilo muy alejado de la enjundiosa prosa que caracterizaba a Proust.

De «Poesía Completa» se extrajeron estos poemas:

La casa en ruinas – Marcel Proust

Hoy he vuelto a la casa donde un día,
mi infancia campesina conociera
el pavor y la extraña melodía,
de encontrar otra vez lo que muriera.

Ya nada atemoriza, nada altera
el ritmo de la sangre. Aquí vivía
(cuando era mi vida primavera)
la que a los niños, en dioses convertía.

Vacío el caserón, rotas las jarras,
que las rosas colmaron de belleza;
en vano vine en busca de mi mismo:

todo es inútil ya, perdidas las amarras
y vencedoras las ruinas, es la pobreza
la única rosa nacida en el abismo.

Muerte y epitafio del ruiseñor – Marcel Proust
I
Toda la tarde estuvo
cantando en la arboleda.
Cuando el rocío
vino a ocupar su sitio,
bajo el canto,
no estaba el ruiseñor
en la arboleda.

II
Por la sala del cielo,
el ruiseñor cantaba con su muerte.
Ya no encontró el rocío,
arboleda sonora en que posarse.

El ruiseñor estaba cantando
su invisible paseo.
de silencios por la muerte.

III
Epitafio

Él está aquí, su canto ha precedido,
en astros y en silencio a su caída
Ahora escuchamos aquel suave llanto,
que el ruiseñor construye cuando olvida.

La esperanza – Marcel Proust

Recuerdo siempre al moribundo aquel,
el que prorrogaba su vida contemplando una rama,
al extremo de la cual, sólo quedaba una hoja,
nada más que una hoja resistiendo el cierzo
y a la tramontana: una hoja empeñada en no morir.

El moribundo asombraba todos los días a los doctores,
a los que no conocían el secreto de su resistencia,
a los que no veían la trama urdida en silencio,
entre la hoja tenaz y el moribundo, olvidado de morir

Siempre, siempre recuerdo al moribundo aquel,
mirando desde su lecho, tras la ventana, la hoja solitaria,
desafiando las leyes de la duración humana,
viviendo cuando todos, médicos y sacerdotes,
tenían decidido que aquello había terminado. Definitivamente.

Y su apresurada viuda, con largos velos y lágrimas,
y sus dulces herederos, formados ante el notario,
compungidamente;
todos coincidían en pensar que era excesiva tanta persistencia:
coincidían los sabios doctores con los no afligidos deudos
y con los parsimoniosos sacerdotes.

Braceaban todos a uno en el gran desconcierto,
de una vida escapándose a la vieja costumbre de perecer.
Porque no sabían que una débil hoja indicaba el camino
y el moribundo resistía, insistiendo en vivir,
humillando el sentido común de los sagaces,
mortificando el prestigio de quienes, en asuntos de esos,
poseían una larga autoridad y una irrefutable experiencia.
Eso…, eso es la esperanza,
la esperanza es un pavo real disecado,
que canta incesante en el hombro de Neptuno.

En algunas de sus citas conocidas, también se percibe y aprecia su delicada vena poética:

Cada beso llama a otro beso.
¡Con qué naturalidad nacen los besos,
en esos tiempos primeros del amor!

El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.

Siempre trata de mantener,
un trozo de cielo por encima de tu vida.

En la actualidad, se reconoce que la obra íntegra de Marcel Proust constituye un hito fundamental en la literatura contemporánea y que tuvo el don excelso de una escritura que lo convirtió en inigualable prosista.

Tal vez no haya alcanzado similar jerarquía como poeta, pero eso no invalida sus méritos como tal. Y esta faceta menos conocida de su vida autoral, debería considerarse útil a la hora de completar el retrato de un narrador excepcional y de un poeta que alcanzó, quizá con un perfil de equilibrio, a conocer sus límites y con la complicidad de su incertidumbre vital encontrar su propia manera de decir poesía.

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