Semblanza de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda – Poemas que también cuentan historias

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857, Federico Madrazo, Museo de la Fundación Lázaro Galdiano.

Nos hemos acostumbrado a leer las más cautivantes poesías de la literatura universal, analizando y percibiendo de ellas la secuencia perfecta de los versos, la complejidad de su métrica y la cadencia y sonoridad de la rima. Terminamos admirando profundamente la imaginación creativa de los respectivos autores y eventualmente, perturbados por el contenido y significado de las palabras; pero muy pocas veces nos percatamos de las historias verdaderas que subyacen bajo esos versos magistrales: Amores trágicos y frustrados, sucesos desgarradores, circunstancias de vida estremecedoras, actitudes ejemplares y semblanzas dignas de elogio, tales como las narradas en los poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Compartimos para ilustrar esta apreciación, dos de los innumerables poemas célebres que reuniendo esas características, podríamos seleccionar. Cuentan historias verídicas que no han trascendido a su época y se perdieron en el olvido y que son casi desconocidas para el lector actual, se trata de: “A él” y “Amor y orgullo” compuestos por la excepcional poetisa y escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Son aleccionadoras experiencias vividas por la autora y que, en poesías, se convirtieron en la más transparente imagen de esa etapa dolorosa y crucial de su vida.

A él – Gertrudis Gómez de Avellaneda

No existe lazo ya, todo está roto;
plúgole al cielo así, ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto,
mi alma reposa al fin, nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos.
¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!,
que tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad; mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano,
más nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión, ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible,
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento.
¡Ángel de las venganzas! Ya eres hombre,
ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada.
Mas ¡ay! ¡Cuán triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno;
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

Amor y orgullo – Gertrudis Gómez de Avellaneda

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.

Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.

Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!

Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?

¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?

En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas… ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!

Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú, -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah!, Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.

¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?

¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero…?
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero…?

Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;

y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació el 23 de marzo de 1814 en la antigua ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey (Cuba), aunque en su autobiografía figura 1816. Tula, como la llamaban cariñosamente en familia demostró su carácter fuerte y rebelde ya a los 17 años, cuando se negó a contraer un matrimonio que su madre había concertado.

En abril de 1836, una joven mujer de 22 años, inteligente, culta, segura de si misma, independiente y hermosa, se traslada desde su Cuba natal hacia Burdeos y de allí a La Coruña en busca de un destino diferente en el ámbito de las letras.
En España, transcurría el año 1844 cuando esta joven de nostálgico y exótico origen caribeño, ya famosa en los círculos literarios, conoció al poeta Gabriel García Tassara, el hombre que casi terminó destruyéndola como poetisa y como mujer. Desde el inicio fue estableciéndose entre ellos una tormentosa relación impregnada de amor, celos, orgullo y pasión desenfrenada. Tassara quiso conquistarla para él y mostrarla como un trofeo ante muchos otros hombres que admiraban su belleza y la asediaban; pero en realidad no buscaba ni deseaba casarse con ella, quizá molesto por la arrogancia, la soberbia y la coquetería de Tula que muchos criticaban.

La poetisa, muy enamorada al fín, no supo resistir y se rindió a su ególatra y frívolo amante. Quedó embarazada, soltera viviendo en la sociedad prejuiciosa e intolerante Madrid de mediados del siglo XIX. Casi sin amigos, en amarga soledad y pesimismo pensó en abandonar la poesía y escribió a modo de despedida, uno de sus mejores poemas, “Adiós a la lira”.

En abril de 1845 nació su hija María, o Brenhilde como ella pretendía llamarla, pero la precaria salud de la pequeña, la llevó a la muerte cuando recién había cumplido siete meses de edad. Durante ese tiempo de desesperanza y buscando desahogo, escribe nuevamente a otro de sus viejos amores, Ignacio de Cepeda y Alcalde: “Envejecida a los treinta años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insignificante para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras.”

Son impactantes y conmovedoras las cartas escritas por Gertrudis a Tassara para pedirle infructuosamente que viera y abrazara a su hija brindándole el calor de padre, antes que la pequeña cerrara los ojos para siempre. Las súplicas fueron vanas y Brenhilde murió sin que su padre aceptara conocerla.

En las bellísimas estrofas de estos dos poemas no hay olvido para el hombre amado, pero en el vacío resignado que deja el amor devastado por la ruptura, emerge el recuerdo de un cariño tierno y el perdón que con dignidad y exactitud, utilizó para pulir cada uno de sus versos.

El paso del tiempo fue cicatrizando las heridas y Tula pudo superar las dramáticas instancias de ese pasado estigmatizante y doloroso. Continuó escribiendo, como refugio y también como medio de vida, logró reafirmar sus convicciones artísticas y líricas y llegó a transformarse en una de las escritoras y poetisas de mayor predicamento y renombre del romanticismo español de la época.

Considerada además, una ferviente y combativa precursora y defensora de los postulados del feminismo moderno, tanto por su actitud vital, como por la fuerza que imprimió a sus personajes literarios femeninos.

El 1 de febrero de 1873, a los 58 años, murió en la ciudad de Madrid. Cumpliendo su voluntad sus restos fueron trasladados a Sevilla, donde descansan el sueño eterno en el cementerio de San Fernando, junto a los de su segundo esposo y de su hermano.

Para conocer más:

El término placer como verbo, está cada vez más en desuso y tiende a ser reemplazado por los verbos gustar o preferir. Actualmente, es más frecuente utilizarlo como sustantivo: “Oír música clásica es para mí el mayor placer”.

Significado de plúgole: resulta difícil hallar esta palabra en el diccionario, porque se trata de una forma del verbo placer, plugo, que además tiene una variante pronominal enclítica (le).
Placer se conjuga como agradecer, pero posee algunas irregularidades especiales empleadas generalmente en literatura. Estas son: plugo, que equivale a plació, plegue o plega, a plazca, y pluguiera, a placiera o placiese. No es defectivo, es decir, se conjuga en todos los modos, tiempos, números y personas. Igual que placer se conjugan sus compuestos complacer y desplacer. Se aconseja que las formas que comienzan con pleg, plug, grupo procedente del griego, se empleen en oraciones impersonales.

Como se lee en el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), junto a las formas plació, placiera o placiese y placiere, perviven en el uso literario, con intención arcaizante, las formas plugo, pluguiera o pluguiese y pluguiere, muy utilizados en el español medieval y clásico: Aquello no me plació = Aquello no me plugo.

Se advierten también como arcaizantes, las formas plega y plegue para la tercera persona del singular del presente de subjuntivo, pues actualmente se prefiere el uso de plazca: “Hazlo aunque no te plazca”.

Significado de enclítica: Que se une a la palabra anterior y forma un todo con ella.

Ignacio de Cepeda y Alcalde, abogado y escritor oriundo de la localidad sevillana de Osuna. Sería el gran amor en la vida de Gertrudis y una persona con quien la poetisa vivió también una atormentada relación amorosa, nunca correspondida de la manera apasionada que ella exigía, dejándole en el alma una huella indeleble.

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La soledad de los poetas – Alma y sentimiento

La soledad en la literatura, retratada en poemas inolvidables de grandes autores 

La soledadLa soledad, esa inefable talladora del espíritu. Parafraseando una de las citas más logradas de Federico García Lorca en la búsqueda de un párrafo para iniciar este escrito, comenzamos a transitar por un camino que conduce directamente a una temática muy cara a nuestros sentimientos y estados de ánimo y que la pluma excelsa de inspirados poetas recorrió asiduamente: la soledad.

Leyendo a autores inmortales que embellecieron el arte lírico universal de todos los tiempos, podríamos extraer excelentes definiciones de la soledad:

Juan Ramón Jiménez:

“En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva.”

Luis Cernuda:

“Cómo llenarte soledad sino contigo misma.”

Pablo Neruda:

“Soledad y multitud, seguirán siendo deberes elementales del poeta de nuestro tiempo.”

D. H. Lawrence:

“¡Es inútil intentar liberarse de la propia soledad! ¡Hay que aguantarla toda la vida. Aunque a veces, sólo a veces, el vacío se llene!”.

La soledad de los poetasSin entrar en complejas interpretaciones científicas, describimos la soledad como “un estado consciente y singular, personal e independiente caracterizado por la carencia de compañía y falta de contacto con otras personas”. Se la considera una experiencia subjetiva con distintos grados o matices, que puede ser voluntaria (cuando la persona decide estar sola) o involuntaria (causada por distintas circunstancias de la vida).

Casi todos los poetas se atrevieron a representar con palabras y a su manera, esta situación tan especial, diferente y única, que se da al estar o sentirse solo; ese sentimiento tan amargo y doloroso que, para muchos autores, influyó significativamente en el desarrollo de su vida y en el contenido de su obra literaria.

El genial Edgar Allan Poe compuso cuando tenía 20 años recién cumplidos, un poema estremecedor y emotivo (Alone), que pinta crudamente la soledad que marcó su vida y su estilo. El manuscrito original está fechado el 17 de marzo de 1829, apenas un mes antes, el 28 de febrero, había fallecido su querida madre adoptiva, Frances Valentine Allan.

Solo (Alone) – Edgar Allan Poe

Desde el tiempo de mi niñez, no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude sacar
mis pasiones desde una común primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pena; no se despertaría
mi corazón a la alegría con el mismo tono;
y todo lo que quise, lo quise solo.
Entonces -en mi niñez- en el amanecer
de una muy tempestuosa vida, se sacó
desde cada profundidad de lo bueno y lo malo
el misterio que todavía me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que alrededor de mí giraba
en su otoño teñido de oro,
desde el rayo en el cielo
que pasaba junto a mí volando,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mi vista.

Conmovedor resulta también este inolvidable poema de Mario Benedetti, en versos que resuenan como ecos de lejanas y adormecidas vivencias.

Soledades – Mario Benedetti

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
seria semejante a nuestra breve
presoledad

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

ya se que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo

sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en es sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo

los datos objetivos son como sigue

hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se vera un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente

después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

conforme
pero
que vendrá después
de la soledad

a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si se
que mas allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.

Rosalía de Castro, una de las grandes poetisas de la literatura española del siglo XIX aportó también su poema:

Soledad
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Y para Jorge Luis Borges, la soledad tenía un sinónimo:

Ausencia
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Justo es reconocer que para otros pensadores y escritores célebres, la soledad no siempre iba acompañada por esa pesada percepción que abruma el espíritu y en ese sentido, se expresaron con una visión más generosa y optimista:

“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.
Arthur Schopenhauer (Filósofo alemán)

“Soledad: Un instante de plenitud”.
Michel de Montaigne (Escritor y filósofo francés).

“La soledad es muy hermosa, cuando se tiene alguien a quien decírselo”.
Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno”.
John Milton (Poeta inglés).

“La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre”.
Tom Wolfe (Periodista y escritor estadounidense).

Tal vez, escribir poesía no alcance a mitigar la sensación de desamparo que lleva a la soledad, pero no deja de ser un consuelo para el alma. Y escribiendo…¿Quién comprende mejor que un poeta ese abismo insondable de tristeza y melancolía, esa angustia de sentirse desterrado de uno mismo?. Sentimiento, que el novelista polaco Joseph Conrad explicó con muy pocas palabras: “Vivimos como soñamos, solos”.

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Poema Dos palabras – Alfonsina Storni

Reseña literaria del poema Dos palabras de Alfonsina Storni – Una de sus obras más reconocidas

Poema Dos palabras Alfonsina StorniEl poema Dos palabras es una obra muy recordada de la poetisa debido a la temática que trata. Te amo es una frase cuyo misticismo se resguarda en el sentimiento de las personas, que le han otorgado una significación especial.

Es parte del libro llamado El dulce Daño, publicado en el año 1918, una obra atribuída a una primera etapa de producción literaria de la escritora argentina.

Para Alfonsina Storni parte de su importancia radica en que, a pesar de que sean dichas mil veces, las palabras siempre parecen nuevas. Parte de la magia de este poema es resaltar que, más allá de lo material, muchas veces alcanza con expresar cariño con la voz.

Es interesante que, en el poema Dos palabras, la poetisa nunca dice cuales son, y deja un camino de migajas de pan aportando pistas al lector para que pueda inferirlas. Cada uno de los párrafos es un aporte para que sean descubiertas. La escritora Isabel Allende posee un cuento titulado igual que se desarrolla siguiendo una idea similar de interpretación.

El poema está estructurado en cuatro estrofas y dos partes centrales. En la primer parte mantiene una oposición diciendo “palabras que de viejas son nuevas”. En una segunda parte utiliza la repetición y el paralelismo con las palabras “tan” y “que”. La rima de la obra es asonante.

Poema dos palabras – Alfonsina Storni

Esta noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
de ser dichas. Palabras
que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras
¿Qué digo sin quererlo? ¡oh, qué bella, la vida!
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos, mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.

Es una obra hermosa de Alfonsina Storni, que encontró en su lenguaje la forma exacta de comunicar lo que sentía.

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Salvo el crepúsculo de Julio Cortázar

Salvo el crepúsculo y algunas poesías memorables del gran libro de Julio Cortázar

Salvo el CrepúsculoSalvo el crepúsculo es una obra que colecciona algunos de los mejores poemas de Cortázar. El autor logra, de alguna manera, realizar un homenaje a la palabra, a la música, a París y a Buenos Aires, unificando los sentimientos que atraviesan su vida.

Ley del Poema en la concepción de Julio Cortázar

“Este camino ya nadie lo recorre, salvo el crepúsculo”. Hermosa y expresiva frase del poeta japonés Matsuo Basho (1664-1694) que inspiró el título de Salvo el crepúsculo; libro de Julio Cortázar que se publicó por primera vez en 1984 pocos meses después de su muerte, sin que el autor alcanzara a corregir las pruebas de imprenta.

En las páginas de esta obra, como si se tratara de un multifacético e inagotable collage, Julio Cortázar intentó fundir más de cuarenta años de memorias, vivencias intensas y experiencias de vida muy particulares: el azar imprevisible, el amor tan esquivo, la pintura, las calles inolvidables de su Buenos Aires de juventud, su pasión por la música, la ciudad de París romántica y nostálgica, cuadernos de anotaciones inspiradas, delicadas y bellas mujeres en sus trajes relucientes. Todo, como reflejos intermitentes de una vida que su protagonista quiso y buscó con el desorden lógico de una pasión incontrolable que lo orientó iluminándolo.

Y ese camino elegido, en las propias palabras del autor, no tuvo una dirección única: “Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes, desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles. No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos”.

Rescatamos de Salvo el crepúsculo, algunos extractos y singulares poemas que pintan el pensamiento lírico de un escritor genial y no menos singular que sus versos:

Ley del Poema

Amargo precio del poema,
las nueve sílabas del verso;
una de más o una de menos
lo alzan al aire o lo condenan.

Somos el ajedrez de un río,
el naipe siempre entre dos lumbres;
caen las caras y las cruces
a cada curva del camino.

Cae en el verso la palabra,
en el recuerdo llueve el llanto,
cae la noche, cae el pájaro,
todo es caída amortiguada.

¡Oh libertad de no ser libre,
golpe de dados que desata
la sigilosa telaraña
de encrucijadas y deslindes!

Como tu boca a la manzana,
como mis manos a tus senos,
irá la mariposa al fuego
para danzar su última danza.

El breve amor

Con qué tersa dulzura,
me levanta del lecho en que soñaba
profundas plantaciones perfumadas,
me pasea los dedos por la piel y me dibuja
en el espacio, en vilo, hasta que el beso
se posa curvo y recurrente
para que a fuego lento empiece
la danza cadenciosa de la hoguera
tejiéndonos en ráfagas, en hélices,
ir y venir de un huracán de humo.

Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo,
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o en contra mío,
todo eso que es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

Veredas de Buenos Aires

De pibes la llamamos la vedera
y a ella le gustó que la quisiéramos.
En su lomo sufrido dibujamos
tantas rayuelas.

Poema
Toda la vida es un ayer
y todo encuentro es una pérdida.
¡Oh irrestañable primavera,
promesa de lo que ya fue!

Quizá por eso arde la rosa,
guardiana de su fuego frío.
i Qué mar de pétalos marchitos
la mece en su perfecto ahora!

y si los labios son ya ausencia
en el momento de besarlos,
su fiebre viene de otros labios:
Helena y Diótima te besan.

Julio Cortázar, fue un autor espontáneo que concibió poéticamente la realidad y encontró la manera de convertir cada palabra que necesitaba para representarla. Sus textos líricos fueron siempre una confrontación, un desafío atrevido a los límites impuestos que habrían de ser superados. Dueño de un lenguaje vastísimo que utilizó como arma, la palabra lo dotó de un bagaje cultural de enormes dimensiones, posibilitándole interpretar cada situación con diversidad de proyecciones y matices.

Escribió versos durante toda su vida, aunque a veces los conservara inmersos en un universo secreto, íntimo y privado, pretendiendo transformarlos en una conjunción natural de lenguaje, realidad y poesía. Y cada vez que su necesidad expresiva lo llevaba a escribir poemas, los componía, plenamente convencido que el poeta en todo momento es una contradicción permanente que le da sentido al universo.

Para conocer más:

La forma incorrecta *vedera”, de uso frecuente en algunos estratos, es un vulgarismo producido por metátesis. Para el RAE (2001), la metátesis es “el cambio de lugar de algún sonido en un vocablo”, es decir, agregar, quitar o cambiar letras o sonidos dentro de una palabra.

Diótima de Mantinea fue una filósofa y sacerdotisa griega, natural de Mantinea, cuya existencia histórica generó permanentemente importantes discusiones y dudas. Sus ideas se consideran el origen del concepto de amor platónico.

Helena, también conocida como Helena de Troya o Helena de Esparta, es un personaje de la mitología griega cuyo nombre hace referencia a la “luz que brilla en la oscuridad”; casi todos los mitógrafos clásicos aluden a su mito.
Era considerada hija de Zeus y pretendida por muchos héroes debido a su gran belleza. Fue seducida o raptada por París, príncipe de Troya, circunstancia que originó la guerra de Troya.

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Semblanza de Juan Crisóstomo Lafinur

Juan Crisóstomo Lafinur, tío bisabuelo de Jorge Luis Borges – Un Poeta auténtico más allá de los tiempos

Juan Crisóstomo LafinurLos hechos y acontecimientos que jalonaron la vida del poeta, filósofo y educador argentino Juan Crisóstomo Lafinur, lo sitúan por mérito propio, en una posición encumbrada que excede con creces la mera circunstancia de compartir el árbol genealógico con su sobrino bisnieto Jorge Luis Borges, ese autor de excelencia y figura descollante de la literatura argentina y universal.

Juan Crisóstomo Lafinur nació en La Carolina (Provincia de San Luis, Argentina) el 27 de enero de 1797. Era hijo del español don Luis Lafinur y de la criolla Bibiana Pinedo de Montenegro, quienes para dedicarse a la minería del oro, se radicaron en esa localidad puntana convertida en una aldea progresista por la fama que las arenas y los cerros dorados le habían dado.

Años más tarde la familia Lafinur se trasladaría a Córdoba y Juan Crisóstomo pudo ingresar en el Colegio Monserrat. En 1810 se inscribió como alumno de la Universidad alcanzando a cursar tres grados: bachiller, licenciado y maestro de Artes (Filosofía). Fue expulsado de la casa de altos estudios en 1814 por razones políticas e intolerancia ideológica, sin haber podido cursar los tres grados siguientes de Teología.

En ese mismo año se incorporó en Tucumán, como ferviente patriota y revolucionario que era, al ejército del Norte que libraba las guerras emancipadoras contra las fuerzas realistas de la corona de España. Abandonada su carrera militar al obtener la baja del servicio en 1817, se estableció en Buenos Aires en 1818, comenzaba allí a cobrar forma la etapa intelectual de su vida con una prédica levantada siempre a favor de la organización democrática y liberal del país. Lector apasionado, la Revolución de Mayo de 1810 había permitido la difusión de libros y autores prohibidos hasta entonces: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot, entre otros y Lafinur supo sacar invalorable provecho de esas lecturas.

Su actividad es intensa en la Capital argentina, escribe poesía, escritos periodísticos, se vincula a la Sociedad para el fomento del Buen Gusto en el Teatro, elabora composiciones musicales y termina ganando por concurso de oposición, una cátedra para dictar Filosofía en el Colegio de la Unión del  Sud. Ocupó esa cátedra entre 1819 y 1820 pero debió abandonarla ante la decidida oposición que contra ella se generó. Seguidamente, Lafinur se refugió en la Sociedad Secreta Valeper, desde donde siguió bregando por la transformación docente en el país y por la secularización de sus estudios.

Se alejó después de Buenos Aires con destino a Mendoza, transcurría ya el año 1821. En el Colegio de la Santísima Trinidad de la ciudad cuyana, se dedicó a enseñar filosofía, literatura, música y francés, basándose en los mismos principios de la filosofía moderna que había utilizado en Buenos Aires. Pudo defender al comienzo esos principios que impartía en las aulas, pero una vez más, la airada oposición clerical a sus métodos derivó en su expulsión del colegio. Debió entonces emigrar al destierro en Chile, pagando con el exilio su convicción filosófica y sus luchas por lograr la reforma de la enseñanza.

Establecido en Chile en 1822, se relacionó al ámbito del periodismo, iniciando además estudios que le permitieron graduarse en derecho civil en la Universidad de San Felipe.

Al año siguiente en julio de 1823, se casó con Eulogia Nieto, una dama de la sociedad de Santiago de Chile. Pocos y fugaces habrían de ser los momentos de felicidad matrimonial en aquellos días de vida agitada; como consecuencia de las graves heridas sufridas al caerse accidentalmente de su caballo, falleció el 13 de agosto de 1824.

Juan Crisóstomo Lafinur, hombre de noble carácter y espíritu selecto, está considerado como uno de los primeros poetas argentinos, también uno de los forjadores de la educación nacional. Combatió el fanatismo, la intolerancia, la rutina ociosa y la ignorancia. Fue el primero en enseñar filosofía sin recurrir a la religión como guía censora, procurando despertar en sus interlocutores la necesidad de pensar en libertad. El escritor e historiador Juan María Gutiérrez lo bautizó como “el poeta romántico de nuestra época clásica”.

A pesar de haber muerto muy joven, a los 27 años, su obra lírica muestra un estilo de sobria madurez y solvencia inusuales, características que se advierten nítidamente en los poemas aquí transcriptos:

A una rosa
Señora de la selva, augusta rosa,
orgullo de septiembre, honor del prado,
que no te despedace el cierzo osado
ni marchite la helada rigurosa.

Goza más; a las manos de mi hermosa
pasa tu tronco; y luego el agraciado
cabello adorna, y el color rosado,
al ver su rostro, aumenta vergonzosa.

Recógeme estas lágrimas que lloro
en tu nevado seno, y si te toca
a los labios llegar de la que adoro,
también mi llanto hacia su dulce boca
correrá, probáralo, y dirá luego:
esta rosa está abierta a puro fuego.

La amistad
Amistad es amor; pero su llama
arde sin consumirse. Esta luz pura,
soplo de la virtud, mientras más dura
más el alma sostiene, más la inflama.

En el llagado corazón derrama
el bálsamo dichoso con que cura,
de un amor insensato y sin ventura
cuando en su auxilio la razón le llama.

Es fina, pero libre de ansias crueles,
celosa sin rivales, está exenta
del desamor probar las duras hieles,
la virtud ha tomado por su cuenta,
perpetuar la fe, las ansias caras
que dos almas juraron en sus aras.

El amor
Es llorar y es gozar, rabia y ternura,
delirio que a prudencia se parece;
una hoguera encendida que más crece
mientras más se resiste a la bravura.

Un amante es enfermo que no cura,
pero con sus mismas llagas se envanece;
la soledad le agrada y le entristece,
el tiempo es corto y largo, tarda y dura.

Se halla solo en la estancia concurrida,
si se le habla responde fastidiado;
no hay cosa que no vea parecida,
al objeto que causa su cuidado.
¿qué es el amor, se pregunta? yo concluyo:
Vivir un alma en un cuerpo que no es suyo.

Juan Crisóstomo Lafinur también es el autor de un poema sentido, en el que advierte y describe un flagelo que azota al mundo desde tiempos inmemoriales, el terrorismo fanático. Escrito a comienzos del siglo XIX, sus versos parecen hoy más vigentes que nunca:

El fanatismo
¿Cuál es ese monstruo fiero
que ha devastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y ensalzando al embustero?
¿Quién al que al hombre sincero
Le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
el fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.

¿Cuál hace que las  esposas
abandonen a sus hijuelos,
y los dejen por los suelos
por ser devotas ociosas?
¿quién patrañas horrorosas
forjó para el terrorismo?
El fanatismo.

¿Cuál tiene el país desierto,
destruye la agricultura,
hace triunfar la impostura,
y negar aún lo más cierto?
¿Quién a tanto brazo muerto
da vida y al egoísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los chilenos
sus glorias quiere eclipsar,
y pretende fascinar
para arruinar a los buenos?
¿Quién amortigua en sus senos
el odio al cruel despotismo?
El fanatismo.

Y ¿quién a ese fanatismo
Le da tal preponderancia?
la malicia de los unos,
de los otros la ignorancia.

Jorge Luis Borges y Juan Crisóstomo Lafinur, su primer antepasado en la literatura.

Jorge Luis Borges, como muestra de admiración por su antepasado le dedicó su ensayo “Nueva refutación del tiempo” escrito entre 1944 y 1946 y luego recopilado en su libro “Otras inquisiciones”.

En la obra citada Borges escribe a modo de reflexión: “…el tiempo no sólo existe para divertimento de los filósofos sino que, además, rige la vida cotidiana. Su demolición no es tarea fácil”. ” (…) A lo largo de la Nueva refutación del tiempo, Borges reelabora su argumentación de que el tiempo no existe de diversas maneras.

“…Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.” (…)

Y en una nota preliminar a modo de prólogo, el célebre escritor expresa:

“…Una palabra sobre el título. No se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han denominado contra­dictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una refutación del tiempo es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la noción que el sujeto quiere destruir. Lo dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla pruebe que no exagero is importancia de estos juegos verbales. Por lo demás, tan saturado y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible que no haya en estas hojas una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque.” (…)

“Dedico estos ejercicios a mi ascendiente Juan Crisóstomo Lafinur, que ha dejado a las letras argentinas algún endecasílabo memorable y que trató de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y de Condillac. Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.”

Cuando en 1976 Borges publicó su libro “La Moneda de Hierro”, también incluyó un soneto en su honor titulado con el nombre del prócer puntano:

Juan Crisóstomo Lafinur
El volumen de Locke, los anaqueles,
la luz del patio ajedrezado y terso,
y la mano trazando, lenta, el verso:
La pálida azucena a los laureles.

Cuando en la tarde evoco la azarosa
procesión de mis sombras, veo espadas
públicas y batallas desgarradas;
con Usted, Lafinur, es otra cosa.

Lo veo discutiendo largamente
con mi padre sobre filosofía
y conjurando esa falaz teoría
de unas eternas formas en la mente.
Lo veo corrigiendo este bosquejo,
del otro lado del incierto espejo.

Por otra parte, María Kodama viuda del afamado autor, en un acto celebratorio del décimo aniversario de la repatriación de los restos de Lafinur a su terruño, manifestó: “Borges admiraba a Lafinur porque era una persona que se adelantaba a su tiempo y tenía ideas muy claras sobre la formación de la juventud y el país”, agregando luego, que el autor de “El Aleph” consideraba además dignos de profundo respeto, la rebeldía y las convicciones que enmarcaron y dieron un sello distintivo a la vida de su tío bisabuelo.

Los restos de Juan Crisóstomo Lafinur fueron repatriados por el gobierno de la provincia de San Luis en el año 2007 y descansan actualmente en su pueblo natal, depositados en un Mausoleo construido con un diseño muy original en relación al ajedrez, en granito rosado y blanco, y es un sitio de recordación permanente.
También en el lugar, al pie del cerro Tomolasta a 2000 mts de altura sobre el nivel del mar, fue erigido en honor al poeta el Museo de la Poesía Manuscrita, inaugurado el 8 de agosto de 2007.

Para conocer más:

John Locke FRS (Wrington, Somerset, 1632 – Oaks, Essex, 1704) fue un filósofo y médico inglés, considerado como uno de los más influyentes pensadores del Siglo de las Luces y conocido como el “Padre del Liberalismo Clásico”.

FRS la sigla en inglés significa Miembro de la Royal Society. Es un honor concedido para distinguir científicos y una categoría de afiliación de la Royal Society. Los miembros tienen derecho a poner las letras FRS después de su nombre. Son elegidos hasta 44 miembros cada año mediante votación de los miembros existentes. Los candidatos deben ser nacionales o residentes en Reino Unido, la República de Irlanda o en países de la Commonwealth. Científicos destacados de otros lugares pueden pertenecer como miembros extranjeros.

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Edith Södergran en el país que no existe

Semblanza de Edith Södergran – Vida y obra de la escritora y poetisa, creadora de la obra El país que no es. 

Edith Södergran - El país que no esEl último libro de Edith Södergran fue publicado de manera póstuma en el año 1925 con el título El país que no es, gracias al gran trabajo de recopilación del poeta y compositor finlandés Elmer Rafael Diktoniusy. Sugieren sus versos al leerlos, la existencia de un sitio idealizado, de un espacio indefinible o un lugar de encuentro nuevo e incomprobable creado por la febril imaginación de una autora consciente que, como toda utopía, su logro era casi irrealizable.

Buscabas una flor y hallaste un fruto.
Buscabas una fuente y hallaste un mar.
Buscabas una mujer y hallaste un alma:
estás decepcionado.
(Al atardecer refresca el día…- fragmento-)

Sus poemas denotan la agobiante tristeza causada por una realidad insuficiente o incompleta, también un profundo malestar existencial en constante búsqueda de la identidad inalcanzable. Son poesías de palabras resignadas que intentan encontrar en el país que no existe, esas puertas que una vez abiertas permitirían retratar y plasmar su verdadero horizonte, quizás ofrecido como una salida parcial o compensatoria o un reflejo del camino de preparación hacia su propio destino, que había elegido la escritora.

Edith Irene Södergran, poetisa de ascendencia finlandesa pionera de la poesía en idioma sueco en Finlandia, nació en la ciudad rusa de San Petersburgo (en esos años perteneciente al imperio zarista) el 4 de abril de 1892, en el seno de una acomodada familia burguesa. Su padre, Matts Södergran, trabajador en una compañía de Alfred Nobel, se casó en 1890 con Helena Lovisa Holmroos, heredera de exitosos negocios en la fundición de metales.

Estudió en la prestigiosa Petri-Schule alemana de su ciudad natal, institución donde aprendió inglés, francés, ruso y alemán. Sus primeras incursiones en el mundo de las letras tuvieron lugar en 1902 con escritos en idioma alemán de corte crítico y analista; le siguieron poemas en alemán y sueco con marcada influencia de los poetas germanos Heinrich Heine y Johann Wolfgang von Goethe; con el transcurso del tiempo, la escritora adoptaría definitivamente para su producción literaria la lengua materna, el sueco. No obstante, los germanismos se convirtieron en una constante en su lenguaje.

Contrajo la misma enfermedad que tenía su padre, tuberculosis, dolencia que la afectó desde sus 17 años; aprovechó su estancia en varios hospitales, suecos, de Suiza y otros países de Europa, para estudiar las corrientes expresionistas y futuristas, también para interiorizarse acerca de las letras e historia de Italia y comenzar a leer a Dante. En ese contexto, se enamoró de su médico (un hombre casado y mucho mayor que ella), y descubrió el legado de Charles Dickens, William Shakespeare y Walt Whitman.

Los temas relacionados con la muerte, muy populares entre los decadentes, empezaron a aparecer en su poesía.

En 1914 regresó a Finlandia, llena de esperanzas con respecto a su futuro. Al año siguiente, conoció en Helsinki al escritor Arvid Mörne (1876-1946), que la animó a seguir escribiendo. Se cree que un encuentro casual con el filólogo Hugo Bergroth (1866-1937) fue el motivo por el que dejó de escribir en alemán, optando por la lengua sueca.

Poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial se instaló con su madre en la casa de verano en Raivola. Tiempo después, en 1916, publicó su primer libro que tituló “Poemas”. Este poemario no tuvo la aceptación de la crítica ni de los lectores que ella esperaba y Edith hasta fue ridiculizada por ser la autora de sus versos.

Sin embargo no se rindió y en 1918 editó “Lira de septiembre”, libro que, generó dispares interpretaciones dando lugar a frecuentes debates acerca del estado de su salud mental; pero que, en realidad, la autora utilizaba reflejando fuertes visiones inspiradas en el pensamiento de Friedrich Nietzsche y en una euforia sensual dionisíaca, para demostrar al mundo que ni la Guerra Civil finlandesa, ni la sangrienta Revolución rusa, ni la tuberculosis, mucho menos las críticas negativas, la harían dejar de escribir poesía.

Conoció además en el devenir de su vida a numerosos escritores: Hans Ruin, Jarl Hemmer, Runar Schildt y Eino Leino. Pero la personalidad más importante para ella fue la crítica y escritora Hagar Olsson, quien fue a Raivola a visitarla; manteniendo ambas con posterioridad, una cálida amistad a través de la correspondencia.

De su excelente producción lírica sobresalen algunos poemas memorables:

La noche estrellada
Inútil dolor,
inútil espera,
el mundo está vacío como tu risa.
Caen las estrellas,
noche fría y espléndida.
El amor sonríe en el sueño,
el amor sueña la eternidad…
Inútil temor, inútil pena,
el amor es menos que la nada,
de la mano del amor al abismo se desliza
el anillo de la eternidad.

La última flor del otoño
Yo soy la última flor del otoño.
Fui mecida en la cuna del verano,
fui puesta en guardia contra el viento del norte,
rojas llamas florecieron
en mis albas mejillas.
Yo soy la última flor del otoño.
Soy la simiente más joven de la primavera difunta,
es tan fácil ser la última en morir:
he visto el lago tan mágico y azul,
he oído latir el corazón del verano difunto,
mi cáliz sólo contiene la semilla de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.
He visto sus profundidades estelares,
he contemplado la luz de cálidos hogares lejanos,
es tan fácil seguir la misma senda,
cerraré las puertas de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.

El ansia de los colores
Porque soy pálida amo el rojo, el amarillo y el azul,
la gran blancura es melancólica como el crepúsculo en la nieve,
como cuando la madre de Blancanieves a la ventana se sentaba
anhelando también para sí el rojo y el negro.
El ansia de los colores es el de la sangre. Si tienes sed de belleza
cerrar debes los ojos y mirar en tu propio corazón.
Pero la belleza teme al día y a las miradas excesivas.
Pero la belleza no soporta el ruido ni los movimientos excesivos –
no debes llevar tu corazón hasta los labios,
perturbar no debemos los nobles anillos de la soledad y del silencio, –
¿se puede hallar algo más grande que un enigma sin resolver
y con extraños rasgos?
Taciturna seré toda mi vida,
una habladora es como el gárrulo arroyo que a sí mismo se traiciona,
un árbol solitario seré yo en la llanura,
los árboles del bosque perecen de ansia después de la tormenta,
debo estar sana de pies a cabeza y tener dorados rayos en la sangre,
debo ser inocente y pura como una llama de húmedos labios.

Virgen moderna
No soy mujer. Soy un neutro.
Soy un niño, un paje y una osada decisión,
soy un rayo risueño de un sol escarlata…
Soy una red para todos los peces golosos,
soy un brindis en honor a todas las mujeres.
soy un paso hacia el azar y la ruina,
soy un salto en la libertad y en el yo…
Soy el murmullo de la sangre en el oído del hombre,
soy un escalofrío del alma, el ansia y la negación de la carne,
soy el anuncio de nuevos paraísos.
Soy una llama inquisitiva e intrépida,
soy agua, honda mas audaz hasta las rodillas,
soy fuego y agua sinceramente unidos por libre decisión.

La suya es un poesía profunda, sentida, lírica e intimista, devela angustia, dolor oculto y cierto abatimiento, sin dejar de lado una veta romántica y una sutil dosis de erotismo. Edith Södergran fue la iniciadora de la poesía modernista en su país y en esa ámbito solamente se le puede comparar Katri Vala, otra notable poetisa que resaltó en las letras finesas de la primera mitad del siglo XX

Su obra literaria más destacada incluye: “Dikter” (Poemas – 1916), “Septemberlyran” (Lira de septiembre – 1918), “Rosenaltaret” (El altar de las rosas – 1919), “Framtidens skugga” (La sombra del futuro – 1920) y “Landet som icke är” (La tierra que no es – edición póstuma 1925).

Como se describe frecuentemente en la historia biográfica de la mayoría de los poetas de ese tiempo, mientras vivió, su obra no fue comprendida ni plenamente reconocida en su dimensión.

Edith escribió en una de sus páginas una frase contundente “Primero vemos lo más crudo de la verdad, es decir, la verdad misma. Lo más importante: la persona que la dice, sólo es vista mucho más tarde”.

La vida
Yo, mi propia prisionera, he aquí lo que digo:
la vida no es la primavera vestida de terciopelo verde claro
ni una caricia raramente recibida,
la vida no es una decisión de partir,
ni dos brazos blancos que nos retienen.
La vida es el círculo estrecho que nos tiene prisioneros,
el círculo invisible que no franquearemos jamás
la vida es la felicidad próxima que nos huye
y mil pasos que no nos decidimos a dar.
La vida es despreciarse a sí mismo
y estar inmóvil en el fondo de un pozo
y saber que el sol brilla allá arriba
y que pájaros de oro atraviesan el cielo
y que los días vuelan rápidos como flechas.
La vida es hacer un breve gesto de adiós,
volver a casa… y dormir.
La vida es un ser extraño para uno mismo
y una máscara para todos los que vienen.
La vida es maltratar su propia felicidad
y rechazar el instante único,
la vida es creerse débil y no atreverse.

(traducción de Javier Sologuren)

Como consecuencia de la expropiación de todos los bienes de la familia durante la Revolución Rusa de 1917, quedaron desprotegidos y en la ruina económica; obligada entonces a vivir bajo condiciones durísimas, humillantes y de extrema pobreza, Edith Södergran comenzó a sufrir ataques depresivos de intensidad creciente. Perdida en ensoñaciones de crepúsculos violáceos y entre las pálidas flores de jardines melancólicos, continuaba escribiendo a pesar de todo.

Pero la terrible depresión continuó afectando a Edith Södergran cada vez más agravando su otra enfermedad. Entre el anochecer del 23 de junio de 1923 y el amanecer del 24, en la noche de San Juan y día de celebración en Finlandia como en otros países nórdicos, en medio del silencio desolado del bosque blanco, Edith expiró acompañada en el momento final sólo por su madre. La escritora del tono dulcemente melancólico y espiritual para quien la poesía era mucho más que un fín en si mismo, había dejado debajo de la almohada dos poemas, resumiendo esa mezcla de naturaleza ardiente y postración obligada que la atormentaba. No olvidó en esos instantes un irónico saludo a manera de último desafío: “Muerte, ¿por qué te quedas en silencio?”.

Raivola se convertiría pocos años después, en un lugar de peregrinación para los muchos lectores admiradores de su legado literario.

Para conocer más:

La noche de San juan, también llamada víspera de San Juan, es una festividad de origen pagano (Litha) celebrada el 23 de junio, víspera del día de San Juan Bautista, en la que se suelen encender hogueras o fuegos.

El origen de esta costumbre se asocia con las celebraciones en las que se festejaba la llegada del solsticio de verano, el 21 de junio en el hemisferio norte, cuyo rito principal consiste en encender una hoguera. La finalidad de este rito era “dar más fuerza al sol”, que a partir de esos días iba haciéndose más “débil”. Los días se van haciendo más cortos hasta el solsticio de invierno. Simbólicamente, el fuego también tiene una función “purificadora” en las personas que lo contemplaban.
Se celebra en muchos países de Europa, aunque está especialmente arraigada en España, Portugal, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia.

Raivola (localidad ubicada en territorio de Finlandia en esa época. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial pasó a llamarse Roshchino y forma parte de Rusia)

La versión traducida de los cuatro poemas que figuran en primer término, corresponde a la autoría de Renato Sandoval e Irma Sítanen.

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Romance de la pena negra – Federico García Lorca

Romance de la pena negra – Poema número VII del Romancero Gitano – Federico García Lorca

Romance de la pena negra - Soledad MontoyaEl Romancero gitano es una de las obras poéticas más celebradas y aplaudidas que se hayan editado en lengua española durante la última centuria. Nacida de la magia creativa de un autor genial, Federico García Lorca, fue publicada originariamente en la Revista de Occidente en Madrid en el año 1928, y Romance de la pena negra es parte de esta majestuosa creación.

El Romancero gitano (Ver reseña) está compuesto por dieciocho romances que narran en versos, un abanico de temas enfocados a dos argumentos primordiales, Andalucía y la cultura gitana y sus ancestros, tratados de manera metafórica y mística.

“Si con tres sílabas basta
para decir el vacío
del alma que está sin alma
So-le-dad.”
José María Pemán

El Romancero Gitano refleja con verismo, las durísimas condiciones de supervivencia de un pueblo discriminado y marginado socialmente. Un pueblo que se siente perseguido por las autoridades y lucha denodadamente contra esa persecución.

García Lorca centra su interés no en describir una situación concreta, sino en la confrontación permanente que se produce una y otra vez entre fuerzas en pugna. En un poema que describe la disputa entre la guardia civil y los gitanos, llama a estos bandos romanos y “cartagineses”, para dar a entender esa interpretación unívoca del conflicto.

Este célebre andaluz, defensor a ultranza de la sangre de esa descendencia sin embargo, y aunque popularmente se le conociera como poeta de los gitanos, rechazaba tal apelativo, sosteniendo que “ser Andaluz no es ser gitano, aun cuando todos los andaluces seamos algo gitanos. Mi gitanismo es un tema literario. Nada más”.

Reconocido por el mismo, ese tema no fue materia excluyente en su obra, sólo un asunto de poesía, ni siquiera de sociología o política.

En la singular obra que es Romancero gitano, destaca un poema que el propio autor granadino considera lo más representativo del libro y es el séptimo del poemario; se titula Romance de la pena negra y aparece dedicado a José Navarro Pardo, quien fuera profesor de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada y amigo entrañable del poeta.

El título del romance tiene un significado especial. La pena de Soledad Montoya que es el cimiento, el germen de la idiosincrasia del pueblo andaluz. No equivale a la angustia porque con pena también se puede reír. No es dolor que nubla la visión puesto que jamás produce llanto; pero es un anhelo indefinido, un amor sin respuesta, una certeza de que la muerte está esperando a la vuelta de algún recodo. Soledad no experimenta en sí misma la pena negra; ella es y personifica la pena negra. Las palabras exactas escogidas por García Lorca, le otorgan un tono de tristeza que es muy obvio.

La mujer del poema, “Soledad Montoya” es la gitana que crea Federico García Lorca para capturar en una concepción simbólica, la idea fundamental que orienta su pensamiento: la vida difícil, triste y solitaria de esa raza sometida a los límites estrictos impuestos por la realidad o por las convenciones sociales. La frustrada búsqueda individual de identidad propia de sus integrantes, un destino que parece no permitirles la realización personal para descubrirse a si mismos. Esas son en esencia, las causas que llevan a su pena triste.

El poeta eligió a conciencia y con maestría encomiable el nombre para esa mujer, Soledad y el apellido Montoya, de rancia estirpe y reciedumbre gitana. Ella encarna al personaje pero en la obra hay solamente una protagonista: La pena.

Romance de la pena negra – Romancero Gitano – Federico García Lorca

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Gracía Lorca decía reflexionando acerca de su inagotable creatividad poética:  “Pero, ¿Qué voy a decir yo de la Poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle y nada más. Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores.

En mis conferencias he hablado a veces de la Poesía, pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios -o del demonio-, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”.

Fue un poeta intuitivo, pero el arte de escribir poesía (de acuerdo a sus convicciones) requiere concentración y reflexión previa. Exige esmero y prolijo cuidado, tratando de encontrar para cada palabra la rima necesaria y el ritmo para llegar a una conjunción de belleza conceptual y metafórica.

En ese doble proceso de elaboración del Romancero gitano, pudo reunir armónicamente la gracia del don innato que tiñó su estilo con la técnica trabajada rigurosamente. Arte e inspiración, incorporando además método, esfuerzo y disciplina. La lúcida idea inspiradora del inicio con el trabajo de lima y cincel de un artífice, sintetizados para dar forma a una obra maravillosa.

Pasión por el dibujo

Paralelamente a su profusa obra poética, García Lorca convirtió en realidad otra de sus pasiones, el dibujo al que consideraba como un desahogo o una evasión. Bosquejos, figuras, caricaturas, la mayoría a lápiz, con líneas imprecisas, otros coloreados casi de una forma infantil, le acompañaron desde su infancia y sobre todo desde su época de permanencia en la Residencia de Estudiantes de Madrid, junto a Salvador Dalí, Luis Buñuel o Pepín Bello, y otros notables intelectuales y artistas que engendraron el movimiento del surrealismo español.

Plasmó esa inquietud ilustrando muchas de sus trabajos literarios. En el caso de Romance de la pena negra, dibujó a Soledad Montoya con agudo sentido estético y colorida plasticidad,delineando elocuentes curvas para reforzar los rasgos femeninos y la profunda sensibilidad.

Sin importar el tiempo transcurrido desde su fallecimiento, la obra poética de Federico García Lorca se mantiene por mérito propio en la cúspide de la literatura universal. Es el reflejo de un sentimiento trágico de la vida que influyó decididamente en distintos autores y corrientes literarias que le sucedieron.

En su poesía conviven la tradición popular y la culta. García Lorca logró fundir el lenguaje narrativo con el lírico, sin que ninguno de ellos pierda su calidad, recogiendo así toda la historia y tradición del romancero.

Para conocer más:

Soledad Montoya se constituyó en uno de los personajes que más impresionaron a García Lorca desde su niñez. Feliz casualidad que se llamara Soledad, nombre tan apropiado para esta mujer que es, según el poeta, “la concreción de la pena sin remedio, de la pena negra de la cual no se puede salir más que abriendo con un cuchillo un ojal bien hondo en el costado siniestro”.

Fue una cantaora y bailaora flamenca, a quien las crónicas de la época elogiaban sus aptitudes artísticas: “bailando con muchísima gracia y moviendo la cimbreada cintura con un acento particular; en la boca, un nido de jilgueros: cantaba la pobre por seguidillas lo mismo que por polos o se arrancaba por malagueñas y así todo el repertorio del cante jondo.”

Murió en un confuso episodio de un tiro en la frente, en un salón de baile en la ciudad de Buenos Aires. Los testigos que presenciaron el infortunado hecho no lo describieron como un crimen, sino como un trágico accidente, a pesar de que el autor del disparo, plenamente identificado, había sido la pareja que le acompañaba, un joven de 22 años llamado Carlos Rivero.

En el periódico madrileño “La Epoca” del 4 de marzo de 1891 y también en “La Correspondencia de España” del día siguiente, figuraba un breve reseña que hacia referencia a ese acontecimiento. Días después, gran parte de la prensa madrileña, se hacía eco de la noticia que encabezaba con el título de “Muerte de una Flamenca”.

Bien se podrían haber escrito en su epitafio los cuatro primeros versos del “Romance de la Pena Negra”, que se publicó 37 años después de este suceso: “Las piquetas de los gallos, cavan buscando la aurora…”

El romance en la lírica española

El romance es una composición lírica de origen español que comenzó a popularizarse a finales del siglo XIV y albores del siglo XV, época en que se recopilan por primera vez de manera escrita en colecciones denominadas romanceros.

Surgió de la transmisión oral de poemas anónimos por parte de los juglares. El filólogo Ramón Menéndez Pidal, sostiene que el romance tiene su cuna en la fragmentación de los cantares de gesta y epopeyas medievales. Desde ese entonces el género ha sido cultivado por grandes escritores españoles e hispanoamericanos de diversas generaciones y corrientes literarias.

Puede definirse el romance como un poema narrativo que se interpreta declamando, cantando o intercalando canto y declamación. Está compuesto en estrofa libre, es decir una serie indefinida de versos generalmente octosílabos, con rima asonante en los pares y los impares sueltos.

El flamenco es una expresión artística de raíces genuinamente españolas, o, para ser más exactos, del sur de la península ibérica. Se manifiesta en tres formas: el cante, el baile y la guitarra. Los orígenes del flamenco son atribuídos a los gitanos que han desempeñado un papel importante en su invención. Pero no pueden dejarse de lado las canciones y los bailes populares de toda Andalucía que también han influido significativamente en el nacimiento de este particular arte del flamenco.

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Los poetas y el recuerdo en la literatura

El recuerdo inmerso en la obra de incontables poetas a través del tiempo

“El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”
Johann Paul Friedrich Richter (Jean Paul)

¿Qué es un recuerdo?

El recuerdo y los poetasRecordar es revivir en la memoria, aquellos momentos que nos causaron algún impacto determinante o significativo en nuestra vida.

El verbo recordar lleva incorporada implícitamente la palabra “corazón” puesto que deriva por etimología del bajo latín “recordare” (cf. it. “ricordare”), conformado por el prefijo re- (‘de nuevo’) y el elemento “cordare” que proviene del nombre “cordis” equivalente a ‘corazón’.

Literalmente entonces, recordar es “volver a pasar por el corazón”. Creencias antiquísimas asumían que el corazón era el alojamiento natural de la memoria y encontramos vestigios de esta apreciación no sólo en nuestro verbo recordar y sus equivalentes en otras lenguas románicas, sino también en expresiones como estas:
En francés: apprendre par coeur (lit. “aprender de corazón”)
En inglés: know by heart (lit. “saber de corazón”)

De esta manera, las vivencias al ser recordadas adquieren una impronta personal, con la templanza que les otorga la propia experiencia.

Ahora bien, en el lenguaje del siempre sensible y mágico universo lírico la palabra “recuerdo” como tal, quizá sea, uno de los vocablos que agitan con más vehemencia esa pasión por escribir versos que invade a los poetas, en sus momentos de febril inspiración. Y en la mirada de esos poetas los recuerdos parecen invadir otra dimensión y alcanzar otras implicancias.

Prueba de ello, nos ofrecen innumerables poemas nacidos de la pluma de eximios poetas-escritores.

De Juan Ramón Jiménez:

Recuerdos¿Cuáles son mis primeros, o mis últimos, recuerdos? Ahondo en mi memoria y me pongo, como el andarín aquél, rojo y verde, con cascabeles que se perdían al fin de la calle Nueva, para reaparecer luego, sonoros, en la Plaza del Marqués, al comenzar su carrera, en el comienzo de mi vida, y pienso:… ¿Qué veo? Unas puertas de azotea, amarillas, con sol de las tres; una verja de madera vieja con campanillas azules donde se meten, en raudo tropel, los gorriones, porque llueve y truena; unas disciplinas en un granero; una viejecita dulce, de marrón, que saca de una alacena una cajita de cristales de colores y me la enseña; una luz misteriosa con que nos cruzamos en la noche de viento por el arroyo del Trasmuro…”

El recuerdo
Como médanos de oro,
que vienen y que van
en el mar de la luz,
son los recuerdos.

El viento se los lleva,
y donde están están,
y están donde estuvieron
y donde habrán de estar…
(Médanos de oro).

Lo llenan todo, mar
total de oro insondable,
con todo el viento en él…
(Son los recuerdos).

De Jorge Luis Borges:

Elegía del recuerdo imposible

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

De Antonio Machado:

Recuerdos

Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño ?¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!?

Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!…

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.

De Emily Brontë:

Recuerdo (Remembrance)
Frío en la tierra, y la nieve apilada sobre ti,
Lejos, muy lejos, el frío en la tumba triste.
¿Me he olvidado de amarte, mi único amor,
Cortada al fin por la implacable ruptura del Tiempo?

Ahora, en soledad, ¿mis pensamientos ya no flotan
Sobre los montes, en esa orilla del norte,
Descansando sus alas en las hojas de helecho
Que cubren tu noble corazón eternamente?

Frío en la tierra, y quince diciembres salvajes
Desde los cerros marrones se han derretido en primavera;
¡Fiel, de hecho, es el espíritu que recuerda
Después de esos años de cambio y sufrimiento!

Dulce amor de la juventud, perdonad, si me olvido de ti,
Mientras la marea del mundo me arrastra hacia adelante;
Otros deseos y esperanzas me atormentan,
¡Las esperanzas que oscurecen, pero no pueden borrarte!

Ninguna luz tardía ha iluminado mi cielo,
Ninguna mañana ha vuelto a resplandecer para mí;
Toda mi felicidad vino de tu vida,
Toda mi felicidad yace en la tumba contigo.

Pero cuando los días de sueños dorados perecieron,
E incluso la desesperación fue impotente para destruir,
Aprendí como la existencia podía ser apreciada,
Fortalecida, alimentada sin la ayuda del placer.

Entonces probé las lágrimas de una pasión inútil;
Destetada mi joven alma de tu anhelo póstumo;
Severamente negó su ardiente deseo de acelerar
El descenso hacia esa tumba que será mía.

Y, aún así, no me atrevo a dejarlo languidecer,
No me atrevo a caer en el dolor entusiasta de la memoria;
Una vez bebida profundamente la divina angustia,
¿Cómo podría anhelar el mundo vacío otra vez?

Queda claro que “hacer memoria” no es lo mismo que recordar. Hacer memoria, es una acción mental que trae al presente la imagen exenta de valor emocional de un pasado muerto, definitivamente concluido.

El recuerdoLos sentimientos inherentes al recuerdo son diferentes. Llevan consigo una vana esperanza de resurrección y renacimiento. Recordar se transforma en un anhelo no confesado de dejar que el presente sea fecundado por las vivencias del tiempo ido, evitando la repetición perpetua de sí mismo; y busca dejar que renazca el pasado volviendo a pasar lo que fue ese recuerdo por el corazón. Como decía el poeta latino Marco Valerio Marcial: “Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces.”

El eminente filósofo español José Ortega y Gasset, nos proporciona una clara explicación de esta interpretación etimológica: “El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos, esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón. (Dante diría per il lago del cor.)”

Por esa razón, los sentimientos que acompañan en cada caso al recuerdo son distintos dependiendo de una percepción subjetiva que puede abarcar un amplio espectro; desde el ayer luminoso de días felices que quedaron estampados en el libro de la vida, hasta la inefable nostalgia que despierta el hecho de hojear imaginariamente las desteñidas hojas de ese libro. Y muchas veces la melancolía, la añoranza y la tristeza se despiertan cuando vislumbran sutilmente lo transitorio, fugaz y efímero que fue la realidad vivida.

Y los poetas también saben que el recuerdo siempre tendrá el camino más fácil hacia la tristeza, cuando está acompañado por una fría soledad que les hace percibir esos vacíos que alguna vez estuvieron llenos de regocijo y poblados de momentos, donde las emociones desbordaban y la alegría de vivir estallaba con insistencia creando una ilusión de eternidad.

Tal vez eso explique la desesperanza que anida en el alma del poeta cuando describe un recuerdo en soledad, como lo definió el escritor francés Gustave Flaubert: “Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.

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Gustavo Adolfo Bécquer – El poeta

Gustavo Adolfo Bécquer: Poeta del amor por antonomasia

Gustavo Adolfo BécquerGustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, mejor conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue un escritor y poeta español, reconocido dentro del llamado Romanticismo, nacido el 17 de febrero de 1836, y fallecido el 22 de diciembre de 1870. Es, quizás, uno de los poetas más aclamados de la literatura.

Mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa…¡habrá poesía!

Romanticismo, encantamiento, ilusión, ensueño, rubor tierno, son todas palabras que envuelven y engalanan la fantasía y la magia de nuestra pasión sublime: el amor.

El amor se siente en el alma, se percibe y se vive en la piel, pero se manifiesta y se escribe con el corazón, en una poesía.

“Y se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque es parte de la humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La medicina, el derecho, el comercio, son nobles actividades necesarias para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser.” (especificación precisa de la periodista y escritora estadounidense Nancy H. Kleinbaum – autora de la obra, “El club de los poetas muertos”)

En el universo lírico de la literatura existió un símbolo inequívoco. Un paradigma indiscutido y ese fue Gustavo Adolfo Bécquer. El Poeta del amor por antonomasia, que perpetuó en sus célebres Rimas, definiciones casi perfectas del más delicado de los sentimientos.

Luego de su desaparición física en 1870, varias generaciones continuaron recitando con candidez adolescente o con ardorosa pasión juvenil sus rimas. ¿Quién no pronunció alguna vez al oído de su amada?: ¡Poesía eres tú!; y ¿Quién podría olvidar los versos encerrados en aquel melancólico título de la Rima LIII declamando: “Volverán las oscuras golondrinas, en tu balcón sus nidos a colgar” – Ver poema.

Las Rimas inmortales de Gustavo Adolfo Bécquer

El Amor, la Poesía y esa felicidad tan esquiva.

Paradójicamente, la vida del adalid que alimentó las ilusiones románticas de tantos enamorados estuvo signada por dos constantes negativas y dramáticas: la pobreza con frecuencia denigrante en la que debió vivir en algunos tramos de su vida y el sufrimiento físico y psicológico, consecuencia de sus tantos infortunios.

Además de perder a su padre primero y después a su madre, quedando huérfano a los diez años, soportó a lo largo de su vida grandes penurias económicas, lo echaron del trabajo porque a juicio de su empleador perdía el tiempo escribiendo versos, amó intensamente a varias mujeres sin ser correspondido y su esposa le fue infiel, originando con esa actitud una dolorosa separación.
Así reflejó en palabras el ilustre poeta esta circunstancia:

Rima XLII
Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche
en ira y en piedad se anegó el alma;
¡y entonces comprendí por qué se llora
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor… con pena
logré balbucear breves palabras…
¿quién me dio la noticia?… Un fiel amigo.
Me hacía un gran favor. Le di las gracias.

Bécquer, padeció también en su existencia graves enfermedades y falleció de tuberculosis a la temprana edad de 34 años, tan sólo tres meses después de la muerte de su inseparable hermano Valeriano.

Murió sin haber podido publicar sus poemas.

En los días de su agonía, pidió a su amigo el poeta Augusto Ferrán que quemase sus cartas, “serían mi deshonra”, le dijo y agregó “Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”.

Con esta recomendación Gustavo Adolfo sería sepultado y Bécquer, habría de nacer para la poesía eterna.

Desde 1859, fue publicando sus poemas en distintos periódicos y revistas de la época. Según algunos indicios, alrededor del año 1867 habría reunido en un manuscrito la versión original de todas las rimas escritas durante esos años para publicarlas en un único libro.

A comienzos de 1868 entregó la recopilación a su amigo y mecenas, el ministro de gobierno Luis González Bravo, pero durante el estallido de la Revolución de Septiembre de 1868, que determinó el fín del régimen monárquico en España y el exilio de la reina Isabel II; el manuscrito desapareció, quemado durante los disturbios y saqueos que se produjeron.

Bécquer no había guardado copia e intentó al año siguiente reconstruirlos de memoria,
volviéndolos a redactar tal cual los recordaba. Alcanzó a rememorar 79 Rimas (seguramente menos de las que había en el manuscrito original).

Las reescribía en un cuaderno regalado por un amigo, porque él no podía gastar en comprarlo. Al terminar la redacción, la tituló “El libro de los gorriones”.

En 1871, ya fallecido el poeta, varios amigos suyos prepararon de manera póstuma la primera edición de sus Rimas. Los encargados de la revisión recuperaron como base el “Libro de los gorriones”, eliminaron tres poemas prescindiendo del orden cronológico en que habían sido escritas las rimas y las organizaron identificándolas con un número romano, siguiendo un criterio temático, de modo que el libro desarrollara una historia amorosa relacionada con la biografía sentimental de su autor. Algo que tal vez Bécquer no hubiera consentido.

Así, las 76 rimas quedaron distribuidas de la siguiente manera:

Rimas I a IX: Una especie de presentación, generalidades del arte, la literatura y la música y tímidas refrencias al amor abstracto.

Rimas X a XXIX: el amor como sentimiento maravilloso, de ilusión y felicidad

Rimas XXX al LIV: descubrimiento del engaño, la frustraciòn amorosa, el sufrimiento, un final desdichado y el amor sustituido por el rencor y el desprecio.

Rimas LV a LXXVI: el pesimismo, la soledad y desesperanza, la tristeza, reflexiones sobre el sentido de la vida, invocación a la muerte.

Del “Libro de los gorriones” originario, no se tuvo noticia hasta que fue redescubierto en la Biblioteca Nacional de Madrid en 1914.

Seleccíón de algunas de sus Rimas mejor conocidas:

Rima X
Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.
Oigo flotando en olas de armonías
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?
¿Dime?… ¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

Rima XIII
Tu pupila es azul y cuando ríes
su claridad suave me recuerda,
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul y cuando lloras
las trasparentes lágrimas en ella,
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

Rima XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol.
Hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡hoy creo en Dios!

Rima XX
Sabe si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.

Rima XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase- de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella, por otro,
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?

Rima XXXI
Nuestra pasión fue un trágico sainete,
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Pero fue lo peor de aquella historia,
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas.

Rima XLIV
Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.

Rima LI
De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.
Y esta vida mortal, y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.

Rima LIV
Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala y cae como gota
de rocío al pensar
que cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.

Rima XXIII (Ver)

Analizando la obra, se advierte una profunda reflexión sobre el fenómeno espiritual de la creación poética que hace Gustavo Adolfo Bécquer y tras un prólogo explicando el significado que atribuye a la poesía, se inicia el poemario que mantiene una línea argumental desde un canto alborozado al amor hasta terminar en la angustia, el desengaño y la decepción absoluta producida por la ruptura con la amada.

Son poemas sencillos, breves, de tono intimista y reflexivo, dotados de gran musicalidad y con un sobrio ornamento lejos de toda pompa. Fiel al estilo de poesía “breve y seca”, que cultivaba Bécquer alcanzando la difícil sencillez de lo auténtico.

Rechazó todo artificio retórico, porque según su propio criterio no buscaban sus versos seducir ni deslumbrar con su armonía y hermosura, sino llegar al alma del lector sugiriéndole distintas emociones.

Para Gustavo Adolfo Bécquer, cada poema representaba “la memoria viva” del sentido: “escribo como quien copia de una página ya escrita; dibujo, como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.” declaraba el magistral poeta, que también desarrolló en su primera juventud una exquisita técnica pictórica, de la que se valió para enriquecer con ilustraciones propias, varias de sus creaciones literarias – Ver nota: Bécquer el pintor, sólo un sueño.

Se señalan habitualmente dos influencias principales en la obra de Bécquer: la poesía popular andaluza y la poesía romántica alemana, particularmente la de Heinrich Heine, distinguido ensayista y poeta romántico alemán del siglo XIX.

Uno de los críticos contemporáneos del poeta sevillano, el español Gaspar Núñez de Arce, llamó despectivamente a las Rimas “suspirillos germánicos.”

Por otra parte, el novelista Juan Valera calificó las Rimas de “ayuntamiento monstruoso de los lieder alemanes con las seguidillas y coplas de fandango andaluzas.”

Pero aunque los poetas contemporáneos no apreciaran la poesía simbolista y decididamente subjetiva de Bécquer, ésta tuvo influencia decisiva en muchos de los autores líricos del siglo XX, como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. El literato y filólogo español Dámaso Alonso lo llamó el “primer poeta contemporáneo” de la Generación del 27.

Gustavo Adolfo Bécquer falleció el 23 de diciembre de 1870 y sus últimas palabras fueron “Todo mortal…”. Después el silencio; sus restos actualmente descansan en el Panteón de Sevillanos Ilustres de su ciudad natal.

¿Que es Poesía…?

Que mejor opinión que la del propio autor en el prólogo de sus Rimas:

“Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.

Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía”.

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Gabriel Celaya – La poesía social

Reseña literaria sobre la vida y obra de Gabriel Celaya – La poesía es un arma cargada de futuro como muestra de su trabajo

Gabriel Celaya la poesíaGabriel Celaya, fue un reconocido poeta español, nacido el 18 de marzo de 1911, y fallecido el 18 de abril de 1991. Su obra se encuentra muy relacionada con la poesía social, de compromiso.

“Ser poeta es encontrar en otros la propia vida. No encerrarse. Ser poeta es darse a todos, ser sin ser melancolía y ser también mar y viento, memoria de las desdichas…”

Poesía de compromiso o poesía social. Otra forma de sentir y escribir en versos

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta Cendoya, era el largo nombre registrado de un autor que trascendió y fue reconocido en el universo de la poesía con el seudónimo de Gabriel Celaya, y que había nacido en Hernani, municipio español de la provincia de Guipúzcoa, el 18 de marzo de 1911.

Junto con Blas de Otero, Gabriel Celaya fue uno de los exponentes máximos de la corriente denominada “poesía social” o “poesía comprometida”. Esta tendencia procuraba alcanzar una escritura que se nutriera de sueños, ilusiones, inquietudes y de las preocupaciones y avatares cotidianos del hombre ubicado en su tiempo histórico; en contraposición a la poesía considerada como una creación desvinculada del peregrinaje existencial y social del ser humano y de la realidad de su entorno.

Tenía la intención, también la voluntad y la convicción de llegar a las mayorías y despertar conciencias; y para lograr esos fines era preciso escribir con claridad utilizando palabras exactas, insustituibles y que interpretaran con absoluta fidelidad la idea que quería expresarse.

La estética quedó postergada porque la palabra ya no buscaba deslumbrar al lector.
Se consideraba a la poesía como un trabajo necesario que no podía constituir un lujo. Estos criterios hicieron que se terminara atacando a los poetas estilizantes y elitistas, cuyos poemas estaban dirigidos a una minoría de la sociedad.

Gabriel Celaya, cursó el bachillerato en San Sebastián y, por imposición paterna, logró graduarse de ingeniero industrial en Madrid. Años más tarde, en la década de los treinta, relegó su destino empresarial e industrial por las influencias de grandes literatos y artistas de su época, como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel y Salvador Dalí, a quienes conoció en la Residencia de Estudiantes donde él se alojaba en la capital española. Compartió con ellos vivencias en un riquísimo ambiente cultural y de creación artística que determinaron su vocación literaria y le dejaron recuerdos imborrables que lo llevarían con el tiempo, a dedicarse por entero a la poesía.

Como otros poetas de su generación, estuvo en contacto desde diversas perspectivas con todos los movimientos literarios que se popularizaron en la primera mitad del siglo XX, el surrealismo y el neorromanticismo entre otros; pero terminó adscrito a un estilo de poesía de intencionalidad no totalmente lírica sino con una estética de compromiso social, como una consecuencia derivada de los difíciles tiempos políticos ocasionados por la trágica y sangrienta Guerra Civil, y por la durísima crisis de posguerra que enfrentó España.
La situación originada en la miseria, el hambre, las enfermedades era grave, peró lo era aún más, porque las instituciones del país estaban destruídas. La sociedad parecía deshumanizada con hermanos divididos en vencedores y vencidos, sufriendo la represión y la opresión, viviendo y padeciendo diariamente la violencia y la crueldad.

Celaya, adhirió y militó en favor de la ideología comunista hasta el final de sus días y cuando estalló en 1936 la Guerra Civil, se alistó para combatir del lado republicano, llegando a obtener el grado de capitán de ejército. Este hecho le acarrearía muchos enemigos al término de la contienda.

Ya en tiempos de paz, se hizo cargo de los negocios familiares, compatibilizando su actividad profesional con el tiempo que dedicaba a la escritura.
La llegada a su vida en 1946 de quien fuera su inseparable compañera, Amparo Gastón, dio un impulso vital a su obra. Emprendieron entre ambos múltiples proyectos literarios, fundando ese mismo año una colección de poesía llamada “Norte” y publicando traducciones de Arthur Rimbaud y William Blake.

En 1955 dió a conocer su poemario “Cantos Íberos”, verdadera biblia de la poesía social, con versos cuyas letras aún continúan vigentes en muchos estratos sociales de diversos países. Es una obra en la que confluyen diferentes matices retóricos, que van desde la descripción de una realidad de opresión y desesperanza hasta semejanzas con un mitin político.

Extraído de “Cantos Íberos”, con un título que expresa mucho y versos intensos y llenos de matices luminosos, este es uno de sus más célebres poemas:

La poesía es un arma cargada de futuro – Gabriel Celaya

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Después de leer sus versos, se tiene la sensación de estar ante una arenga, casi un “manifiesto” del poeta intentando que sus palabras sean parte activa de nuestras vidas. Y se advierte que para él, la poesía era realmente un arma poderosa que ayudaba directamente a transformar todo aquello que se anhelaba cambiar.

La poesía es un arma cargada de futuro se convirtió en un himno en aquellos años de 1950 y puso de pie a una generación de poetas, que utilizaban su leitmotiv de porvenir y esperanza como herramienta para intentar cambiar el mundo.

En el deseo de acercarse a las mayorías sociales, algunos autores, en ocasiones vulgarizaron demagógicamente el lenguaje. Este es el argumento principal utilizado por sus detractores. Pero objetivamente no se pueden obviar innumerables aciertos expresivos, espléndidas formas y la innegable calidad poética de obras como las de Otero o Celaya.Tampoco las posibilidades y valores poéticos que sus trabajos ejercieron sobre el lenguaje cotidiano.

A fines de la década de 1980, dos cantautores españoles de destacadisima trayectoria internacional musicalizaron este poema; fueron Paco Ibáñez y el catalán Joan Manuel Serrat.

Gabriel Celaya concretó una prolífica producción literaria que abarca casi un centenar de obras, escritas con lenguaje claro, con un decir sencillo y cargadas siempre de un propósito de denuncia, para lo cual recurrió a un deliberado prosaísmo en sus letras.

En 1935 editó su primer libro de poemas, “Marea de silencio”, con claras influencias vanguardistas de la Generación del 27. Seguirían “La soledad cerrada” (1947), “Movimientos elementales” (1947), “Tranquilamente hablando” (1947), “Las cosas como son” (1949), “Las cartas boca arriba” (1951), “Lo demás es silencio” (1952), “Cantos Iberos” (1955), “Poesías completas” (1969), “Campos semánticos” (1971), “Itinerario poético” (1973), por citar algunos.

En sus comienzos, acostumbraba publicar además con los seudónimos de Rafael Múgica y Juan de Leceta.

Llegando al final de su vida, la orientación literaria predominante empezó a girar en torno al interés que sentía por la historia ancestral.
En 1984, por problemas económicos, se vio obligado a vender su biblioteca personal de 1.200 volúmenes a la

Diputación de Guipúzcoa y a pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, no pudo superar esa situación crítica. Sus últimos años transcurrieron entre penurias y necesidades insatisfechas, a tal punto que el Ministerio de Cultura peninsular, debió hacerse cargo de los gastos por una internacion hospitalaria que tuvo en 1990.

Gabriel Celaya falleció en Madrid y prácticamente en la miseria, el 18 de abril de 1991. Sus cenizas fueron esparcidas en su Hernani natal. Posteriormente, a título póstumo fue designado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada, nombramiento que se concedió en vida del escritor y había sido aceptado por él.

Fue un “Poeta” fundamental de las letras españolas del siglo XX, que dejó un legado pleno de mensajes esperanzadores. La suya fue sin duda, una ardua lucha sin concesiones contra el pesimismo y siempre a favor del hombre como tal y de la poesía imbuida de contenido sociopolítico y moral.

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