Decálogo de los Derechos del Lector

Sobre el mundo de la literatura – La libertad y los derechos del lector

Derechos del lectorEl diccionario define taxativamente el significado de la palabra libertad: “facultad natural del ser humano para actuar a voluntad sin restricciones, respetando su propia conciencia y el deber ser, para alcanzar su plena realización”. Pero en contrapartida, una libertad supone la existencia de derechos, y en esta oportunidad queremos detenernos en los derechos del lector.

La libertad como posibilidad que tenemos para decidir por nosotros mismos y a nuestro criterio, la resolución de cualquier situación que enfrentemos, es un derecho consagrado universalmente aunque su aplicación práctica sea tan cuestionada.

Sería tedioso enumerar todos los tipos de libertad que se podrían considerar, basta mencionar la libertad de conciencia, que nos permite aspirar a una vida coherente y equilibrada; de expresión, para poder difundir las ideas y promover debates y discusiones sin restricciones ni límites; de reunión como garantía para asociarse con aquellos que comparten ideales y trabajar en pro de su consecución; para elegir responsable y pacíficamente a los gobernantes y habría muchas más sin duda. Pero, en lo que se refiere a a la libertad para leer, ¿qué sucede?

Como una novela de Daniel Pennac

Alejándose un poco de toda erudición solemne, el autor francés Daniel Pennac plantea en su libro “Como una novela” (publicado en París con el nombre original de “Comme un roman” en el año 1992); un interesante desafío. Con un estilo ingenioso y divertido, a través de una especie de novela-ensayo intenta la recuperación del placer olvidado que produce leer y comprobar además, cuáles son las causas de la reticencia a la lectura por parte de sus alumnos y de su propia hija de 8 años.

Comienza el libro con un párrafo que constituye una declaración de principios del autor y, al mismo tiempo, una perfecta síntesis de todo lo que se podrá encontrar al leer las páginas siguientes: “El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…”. Y continúa advirtiendo que, a priori, la televisión, los aparatos tecnológicos, y hoy agregaríamos celulares, videojuegos, internet, las redes sociales, distraen y quitan tiempo que podría dedicarse a la lectura y que por eso se lee poco.

Pero también es cierto, que muchas veces son sólo tentaciones que se usan como excusas para no leer. Por otra parte, los estados y las respectivas sociedades organizadas no pueden eludir las responsabilidades que les caben, derivadas de la carencia de políticas educativas adecuadas, de como se trabaja y se educa en la escuela, de la falta de bibliotecas accesibles y la casi nula importancia que se le otorga al libro en los sistemas educativos actuales.

La obra está dividida en cuatro partes, la primera titulada “Nacimiento del alquimista” que, reflexionando, refiere sobre los errores que habitualmente cometen los adultos al momento de inducir a sus hijos a la lectura e inculcarles el amor por los libros.

En la segunda parte y bajo el título “Hay que leer”, Pennac compara los hábitos de la lectura con un dogma en el que se tiene todo por cierto y que no puede ponerse en duda. Describe detalladamente las razones y motivos que encontramos para justificar por qué leemos:

Para aprender
Para sacar adelante nuestros estudios
Para informarnos
Para saber de donde venimos
Para saber quienes somos
Para conocer mejor a los demás
Para saber hacia donde vamos
Para conservar la memoria del pasado
Para iluminar nuestro presente
Para aprovechar las experiencias anteriores
Para no repetir las tonterías de nuestros antepasados
Para ganar tiempo
para evadirnos
Para buscar un sentido a la vida
Para comprender los misterios de nuestra civilización
Para satisfacer nuestra curiosidad
para distraernos
Para informarnos
Para cultivarnos
Para comunicar
para ejercer nuestro espiritu crítico

En la tercera parte “Dar de leer“, explica cómo logró que sus alumnos perdieran el miedo a la lectura de textos.

Y la cuarta y última identificada bajo el nombre de “Cómo se leerá”, reseña un listado con los derechos imprescindibles que todo lector debería tener, clasificados en el siguiente decálogo:

Decálogo de los Derechos del Lector

1) El derecho a no leer.

2) El derecho a saltarnos páginas.

3) El derecho a no terminar un libro.

4) El derecho a releer.

5) El derecho a leer cualquier cosa.

6) El derecho a leer lo que nos gusta (bovarismo) (*)

7) El derecho a leer en cualquier sitio.

8) El derecho a hojear.

9) El derecho a leer en voz alta.

10) El derecho a callarnos.

(*) Enfermedad de transmisión textual. (Término alusivo a Madame Bovary, la protagonista de la novela homónima de Flaubert, lectora compulsiva y apasionada de novelas románticas.)

Analicemos entonces:

1) El derecho a no leer, nos permite descansar de las lecturas durante épocas en las que no sentimos la necesidad, no tenemos ganas, tiempo o ánimo. O porque tenemos otras ocupaciones y no por ello dejaremos de ser lectores. La lectura no es una obligación, es una elección.

2) El derecho a saltarse páginas, nos da la libertad de leer rápidamente textos extensos que no son para nosotros atrayentes en su totalidad (a veces, por edad, formación, gustos, ni siquiera comprensibles), sin por ello renunciar a la parte de la obra que nos resulta interesante.

3) El derecho a no terminar un libro, nos exime de la obligación de mortificarnos ante una lectura que no hemos sabido escoger bien, que no ha llegado en el momento adecuado, que se nos atraganta o que definitivamente no es para nosotros. Podemos volver a ella pasado un tiempo. O no. Pero nunca sentirnos culpables por no haber llegado hasta la última página de una obra que no nos resulte placentera. (Todos hemos padecido en el colegio el tormento de una lectura obligatoria que ni nos gustaba, ni comprendíamos, ni tal vez era oportuna para nosotros en ese momento).

“Si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas“. (Jorge Luis Borges)

4) El derecho a releer es defendido enérgicamente por los niños cuando piden una y otra vez el mismo cuento, para volver a disfrutar de la misma historia, los mismos personajes, las mismas emociones. Para los adultos, la relectura de una obra que ya conocemos nos permite no sólo reencontrarnos con aquello que nos agradó, nos intrigó, nos conmovió (sobre todo en el caso de la poesía). También nos ofrece la posibilidad de hallar nuevos matices, distintas interpretaciones.

5) El derecho a leer cualquier cosa nos libera de la carga de aceptar un prejuicio sobre un libro antes de elegirlo, de obligarnos a leer lo que otros han dictaminado como “bueno” o “adecuado” antes de haber descubierto nuestros propios gustos como lectores. Las obras tachadas de comerciales, estereotipadas o simplonas puede que no lleguen a formar parte de la historia de la literatura, pero muy seguramente introducirán en muchos lectores la idea del libro como sinónimo de un buen momento. Y antes o después esos lectores irán refinando sus gustos, pues la lectura continuada a lo largo del tiempo acabará por despertar su espíritu crítico.

6) El derecho a leer lo que nos gusta (bovarismo) habla de la satisfacción inmediata y exclusiva de las sensaciones. Es muy frecuente en las lecturas adolescentes, donde las historias escritas suscitan emociones y sentimientos tan novelescos como los narrados. Niños magos, jóvenes vampiros, adolescentes con candados, sagas y sagas de elfos, tronos, reyes y guardianes. Nuestras primeras emociones como febriles lectores, nuestros recuerdos de lecturas adolescentes y esa siempre válida postura de lector ingenuo, nos harán disfrutar siempre de la lectura.

7) El derecho a leer en cualquier parte ofrece tanto al lector asiduo, como al esporádico una compañía o un refugio en cualquier circunstancia: esperas en consultas médicas, aeropuertos, trayectos de autobús o largos viajes. Es muy artístico mostrar espacios dedicados cuidadosamente a la lectura: un sillón ante una chimenea, una camilla delante de una ventana, una biblioteca perfectamente surtida y acondicionada. Pero ¿quién no ha leído en la piscina, en la peluquería, en una terraza de un bar, en la cama, e incluso en el cuarto de baño?

8) El derecho a hojear está relacionado con la falta de tiempo (a veces de ganas) para leer en forma completa un libro, pero nos permite abrirlo por cualquier página, hojearlo, leer un poco y después dejarlo para otro momento habiendo disfrutado de ese pequeño aperitivo.

No es infrecuente estar leyendo varios libros a la vez, abrir uno de ellos, reconocer que no es el apetecido en ese momento y optar por otro. O leer un fragmento de una obra nueva para decidir si la elegiremos o no. O volver a un libro ya leído en busca de una cita concreta. O releer al azar una parte de un libro que es especialmente querido por nosotros, sin salir nunca decepcionados. Cada uno debe poder aproximarse al libro cuando y como quiera.

9) El derecho a leer en voz alta nos anima a declamar para que otros nos oigan, a escuchar a un buen rapsoda, a dar vida al texto. Todo ello permite que otros compartan con nosotros nuestro gusto por la lectura y crea a la vez mundos imaginarios colectivos. Los sonidos de las palabras son la música que acompaña a la historia que estamos leyendo.

Desde hace unos años, el 9 de marzo se celebra el Día Mundial de la Lectura en voz alta, para celebrar el poder de la palabra compartida.

10) Por último el derecho a callarnos, a guardar silencio sobre lo leído, a no pronunciarnos; nos coloca de nuevo ante la lectura como un acto íntimo, como una elección que no estamos obligados a justificar. Nuestros motivos para elegir un texto, nuestras opiniones sobre el mismo nos pertenecen y no hay por qué, si no queremos, rendir cuentas sobre nuestros gustos o valoraciones.

Obviamente, los derechos del lector enumerados podrían ampliarse y ser muchos más, pero Pennac se limitó al número diez por alguna interpretación subjetiva.
No se trata de enaltecer obras mediocres o vulgares; mucho menos de enorgullecerse de la ignorancia. Por el contrario, se pretende que aprendamos a leer responsablemente y aspirar a formar nuestro gusto y nuestro espíritu crítico con cierta solidez. En definitiva terminaremos siendo lo que hayamos leído.

“Como una novela”, fue un éxito editorial desde su aparición, dirigido en principio a adolescentes y jóvenes que se acercan por vez primera a la lectura, a aquellos lectores reacios y a los educadores involucrados por su profesión en la ardua tarea de despertar en los más jóvenes el amor por la lectura. Pero en realidad es un libro recomendable y casi obligado para todo lector de 6 a 100 años.

No es una novela pero se lee muy fácil como si lo fuera y es de esas obras raras que parecen entablar un diálogo con el lector. No es un ensayo de reflexión sobre la lectura, sino una tentativa de reconciliación con el libro.

Tambíén en lengua española, se pueden encontrar excelentes autores que se refirieron al tema del lector. Una verdadera joya extraída de “Antología Poética”, editada en 1963 por Fermín Estrella Gutiérrez, es suficientemente válida para certificar esta aseveración.

Soneto para un lector futuro

Tú, lector o lectora, que has fijado
tus ojos en la página amarilla;
del tiempo me aventuro hacia la orilla,
fiel a mi canto, dócil al llamado.

Tú que ríes aún, tú que has andado
tras la ilusión que se te escapa y brilla,
tú que hueles la noche y la gramilla,
tú que puedes besar el rostro amado.

Piensa que ahora soy ceniza y nada,
sólo una leve sombra proyectada
sobre tu alma que me busca ansiosa.

Yo fui joven, feliz, amé la vida.
Hoy te tiende mi mano conmovida
sobre el viejo papel la tierna rosa.

Para conocer más:

En la República Argentina, en el año 2012 se instituyó por Ley Nº 26.754, que el 24 de Agosto de cada año, se celebre el día Día del Lector, en conmemoración y homenaje al día del natalicio del eximio escritor Jorge Luis Borges.

En el año 2009, en Francia y dentro del marco de una campaña de animación a la lectura, Los derechos del Lector quedaron plasmados en un cartel ilustrado con elegancia y arte distinguido, por el ilustrador, escritor y dibujante británico Quentin Blake.

Daniel Pennac, seudónimo de Daniel Pennacchioni. es un profesor de literatura, escritor y guionista, francés nacido en Casablanca Marruecos el 1 de diciembre de 1944. Proveniente de una familia militar, pasó su infancia en tierras africanas y del sudeste asiático y su juventud en Niza, donde se graduó en letras.

Fermín Estrella Gutiérrez (Almería, 28 de octubre de 1900 – Buenos Aires, 18 de febrero de 1990) fue un escritor, poeta, profesor y académico español de nacimiento, que adoptó a la Argentina como su patria.

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Tres rosas amarillas para Antón Chéjov

Tres rosas amarillas – Un cuento de Chéjov y un libro de Carver en su homenaje

“El arte de escribir consiste en decir mucho con pocas palabras”

Tres rosas amarillasLa inmensa Rusia zarista de finales del siglo XIX, internamente convulsionada por una agitación político-social incipiente que, con el tiempo, derivaría en la Revolución de 1917, fue tomando conciencia de los cambios profundos que se avecinaban de la mano de un grupo de intelectuales liderados entre otros por León Tolstói, Fiódor Dostoyevski, Aleksandr Pushkin y un destacado Antón Chéjov. La historia comenzaba a cambiar amenazando romper las viejas estructuras de un sistema monárquico obsoleto, sostenedor de grandes desigualdades que terminaron generando una atmósfera asfixiante de consecuencias nefastas para toda la población, sin diferencias de clase o condición.

La literatura en general, incluyendo la de Chéjov, no podía quedar al margen de esa influencia negativa ni de toda esa oscuridad de ideas imperante en la época. El célebre autor de “El jardín de los cerezos” fue testigo involuntario y obligado de esos acontecimientos, pero también un observador muy crítico que encontró con lucidez e ironía la forma de transmitir en sus libros y obras teatrales un panorama certero de esos hechos; y lo hizo a través de textos llenos de sensibilidad y realismo, sin obviar un cáustico sentido del humor. Él escribía para hacerse preguntas, no para responderlas.
Por otra parte, Chéjov experto indiscutido en la descripción de matices emocionales y en el retrato psicológico de personajes, rechazaba en cierto modo la finalidad moral de las obras literarias tradicionales.

Hay un cuento referido a él muy interesante que se llama Tres rosas amarillas y da título al libro editado por el escritor y poeta estadounidense Raymond Carver (1938-1988), que lo concibió como tributo al genio ruso de las letras, narrando en una excelente reconstrucción imaginaria sus últimos días de vida. Verdadero broche de oro para esta obra de Carver, escrita a la altura del protagonista.

Tres rosas amarillas, lleva implícita una delicada invitación a leer el relato que se convierte, sin pretenderlo, en una cita ineludible para su lectura.

Tres rosas amarillas (fragmentos del cuento)

“Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L’Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca.(…)”

“Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el “escándalo” del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave.(…)”

“También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país (¿el hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al “núcleo de los allegados”, ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro (“¿Adónde le llevan sus personajes? -le preguntó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al trastero, y del trastero al diván”), apreciaba sus narraciones cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: “Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.(…)”

“Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo…(…)”

Tres rosas amarillas de Raymond CarverCarver fue un autor que no se ajustó a una estructura convencional para narrar en cuentos las historias de vida. Acostumbraba iniciar y concluir sus relatos de una manera imprevisible y escribiendo a impulsos. Imprimió a sus obras un estilo de prosa transparente y un lenguaje sobrio y preciso, por lo que ha sido llamado “el Chéjov americano”.

Chéjov, iniciador del cuento moderno y maestro insuperable en la narración breve

El aporte literario de Chéjov fue trascendente, sin objeciones. Aunque algunos de sus relatos de contundente elocuencia puedan parecer impregnados de clasicismo, fue él quien introdujo un tiempo diferente y novedoso en la manera de narrar (algo comparable a lo que hicieron Marcel Proust o Thomas Mann dentro del género novelístico). Al escribir sabía cómo utilizar magistralmente la técnica del monólogo, que también emplearían más tarde otros autores de la estatura intelectual de James Joyce.

Su influencia marcó no sólo el desarrollo del género, apartándolo de ese preconcepto erróneo de literatura infantil o menor que arrastraba, sino que estableció aspectos narrativos distintos e hizo que la trama de los relatos dejara de ser lo importante centrándose en el aspecto humano y librado al azar de sus protagonistas.

Componía la arquitectura de sus narraciones integrando elementos que en principio parecían prescindibles, sin demasiada relevancia, pero de alguna manera la conjunción de esos elementos, generaba un escenario ambiental que era la base para el desarrollo del argumento. Hasta Chéjov, el cuento se centraba en la mera anécdota, su tiempo literario alcanzaba para tener en sus páginas una trama, un principio, un nudo y una conclusión, frecuentemente con una enseñanza subjetiva y moralizadora.

Los personajes de sus cuentos pueden ser humorísticos, tristes o patéticos. Y si las circunstancias lo requieren, pueden variar y pasar a ser imperfectos, anhelantes, indifentes aburridos o melancólicos. Chéjov logra que el lector pueda reconocerse en cada uno de ellos, con esa distancia suya que no era indiferencia, sino más bien curiosidad.

Tuvo a dos cuentistas extraordinarios como precedentes ilustres a los que leyó con devoción: Iván Turgueniev y Guy De Maupassant (quien fue casi contemporáneo suyo).
En sus relatos de belleza sorprendente, Turgeniev fue el que comenzó a priorizar el ambiente del entorno por encima de los hechos, algo que posteriormente Chéjov llevaría a su máxima expresión.
En cuanto a Maupassant, sin duda uno de los maestros del género, era un ídolo decadente, famoso en su época, cuya muerte trágica acrecentó su celebridad. Hizo de la anécdota misteriosa o curiosa su foco de atención y muchos escritores de literatura de terror posteriores lo utilizaron como referencia.

Julio Cortázar consideraba, coincidiendo con el escritor ruso, que el cuento breve moderno se caracterizaba por la economía de medios y también opinaba habiendo leído intensamente sus cuentos que: “Hay hombres que en algún momento cesan de ser ellos y su circunstancia, hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado. De eso hablan los relatos de Chejov”.

Por su parte el escritor germano Thomas Mann opinaba con su agudeza característica, demostrando las semejanzas de la obra del singular autor ruso con las de los mejores escritores de otros países. Y manifestaba que “aún hoy Chejov tiene hermanos de espíritu atormentado, debido a que no se han extirpado todavía de la sociedad las condiciones por las cuales existe un abismo infranqueable entre la verdad y la realidad. Esos escritores, se encuentran torturados por la conciencia de su incapacidad para responder a la pregunta: -¿Qué debemos hacer? Son incapaces de revelar el sentido que tiene su obra; pero, a despecho de ello, siguen escribiendo hasta el fin.”

Antón Pavlovich Chéjov (1880-1904) en definitiva, fue un eximio dramaturgo y cuentista notable. Su prolífica producción tuvo especial intensidad en el campo de la narrativa breve, en la que desplegó con singular destreza las virtudes que le convirtieron en uno de los grandes clásicos de la literatura universal de todos los tiempos.

Dejó para la posteridad significativas frases muy difundidas, en una de ellas expresaba en relación al relato breve: “la brevedad es la hermana del talento”. También, y a pesar de no haber escrito nunca un ensayo sobre teoría poética y narrativa; de su voluminosa correspondencia han podido extraerse valiosísimos consejos y recomendaciones muy útiles, para comprender y dominar el arte de escribir desde su perspectiva brillante y admirable.

En la actualidad, su legado literario continúa vigente, integrando una terna insuperable junto a Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, en la opinión y valoración de críticos y lectores adeptos al cuento moderno.

En su biografía consta que falleció el el 15 de julio de 1904 en Badenweiler, balneario de la Selva Negra alemana, donde se había instalado por instrucciones médicas buscando alivio a su mal. La enfermedad que lo llevó a la muerte comenzó a afectarlo desde muy joven; sus veinticuatro años empezó a escupir sangre y la alarma se encendió. Siendo médico intuía la gravedad que implicaban esos síntomas; aún así se negó a ser examinado por otro profesional, tal vez por un temor subconsciente de ver confirmadas sus más íntimas sospechas. Así, la dolencia continuó progresando lenta e inexorablemente y fue minando de forma casi imperceptible sus energías. Pero Chejov siguió engañándose y prefirió pensar que la causa de sus esputos de sangre, cada vez más frecuentes.

En marzo de 1897, se le produjo una severa hemoptisis (expectoración de sangre proveniente de los pulmones o bronquios) que una vez controlada, llevó a sus médicos a advertirle que la tuberculosis ya estaba en un estado muy avanzado y le aconsejaban recluirse en un lugar de clima más benigno. Esto lo obligó a renunciar a una vida normal y a comenzar un peregrinaje por distintos centros de asistencia médica de Europa.

En el año 1901 se casó con la famosa actriz de teatro rusa Olga Leonárdovna Knipper, pero debido a su enfermedad no pudo disfrutar mucho de su compañía, pues ella tenía que permanecer en Moscú por su trabajo y él en Yalta por su dolencia. Fueron pocos años de dificultosa convivencia y de gran soledad para el escritor, ya que Olga sólo iba a visitarlo cuando podía. Chéjov nunca le pidió más tiempo, era consciente de la juventud de su esposa y de su arduo trabajo; él en cambio, ya estaba al final de su carrera y de su vida.

Después de la muerte de Chéjov, Máximo Gorki, otro gran escritor ruso y entrañable amigo, le escribió a su esposa Olga una carta conmovedora inspirada en el triste final de uno de los hombres más representativos de Rusia. Se lamentaba en su misiva porque “una indiferencia abrumadora y una vulgaridad llevada a risas fue lo que acompañó a Chéjov hasta su tumba”. No comprendiendo por qué el pueblo ruso le había pagado de esa manera, a un hombre que había trabajado y enseñado toda su vida para ellos. Un hombre íntegro que defendió con dignidad y sin renunciamientos los ideales por los que había luchado siempre, dejando ligado a ellos su recuerdo inmortal.

Para conocer más sobre la escritura:

Se escriben tres puntos dentro de paréntesis (…) o corchetes […] cuando al transcribir literalmente un texto se omite una parte de él.

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Los poetas y el recuerdo en la literatura

El recuerdo inmerso en la obra de incontables poetas a través del tiempo

“El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”
Johann Paul Friedrich Richter (Jean Paul)

¿Qué es un recuerdo?

El recuerdo y los poetasRecordar es revivir en la memoria, aquellos momentos que nos causaron algún impacto determinante o significativo en nuestra vida.

El verbo recordar lleva incorporada implícitamente la palabra “corazón” puesto que deriva por etimología del bajo latín “recordare” (cf. it. “ricordare”), conformado por el prefijo re- (‘de nuevo’) y el elemento “cordare” que proviene del nombre “cordis” equivalente a ‘corazón’.

Literalmente entonces, recordar es “volver a pasar por el corazón”. Creencias antiquísimas asumían que el corazón era el alojamiento natural de la memoria y encontramos vestigios de esta apreciación no sólo en nuestro verbo recordar y sus equivalentes en otras lenguas románicas, sino también en expresiones como estas:
En francés: apprendre par coeur (lit. “aprender de corazón”)
En inglés: know by heart (lit. “saber de corazón”)

De esta manera, las vivencias al ser recordadas adquieren una impronta personal, con la templanza que les otorga la propia experiencia.

Ahora bien, en el lenguaje del siempre sensible y mágico universo lírico la palabra “recuerdo” como tal, quizá sea, uno de los vocablos que agitan con más vehemencia esa pasión por escribir versos que invade a los poetas, en sus momentos de febril inspiración. Y en la mirada de esos poetas los recuerdos parecen invadir otra dimensión y alcanzar otras implicancias.

Prueba de ello, nos ofrecen innumerables poemas nacidos de la pluma de eximios poetas-escritores.

De Juan Ramón Jiménez:

Recuerdos¿Cuáles son mis primeros, o mis últimos, recuerdos? Ahondo en mi memoria y me pongo, como el andarín aquél, rojo y verde, con cascabeles que se perdían al fin de la calle Nueva, para reaparecer luego, sonoros, en la Plaza del Marqués, al comenzar su carrera, en el comienzo de mi vida, y pienso:… ¿Qué veo? Unas puertas de azotea, amarillas, con sol de las tres; una verja de madera vieja con campanillas azules donde se meten, en raudo tropel, los gorriones, porque llueve y truena; unas disciplinas en un granero; una viejecita dulce, de marrón, que saca de una alacena una cajita de cristales de colores y me la enseña; una luz misteriosa con que nos cruzamos en la noche de viento por el arroyo del Trasmuro…”

El recuerdo
Como médanos de oro,
que vienen y que van
en el mar de la luz,
son los recuerdos.

El viento se los lleva,
y donde están están,
y están donde estuvieron
y donde habrán de estar…
(Médanos de oro).

Lo llenan todo, mar
total de oro insondable,
con todo el viento en él…
(Son los recuerdos).

De Jorge Luis Borges:

Elegía del recuerdo imposible

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

De Antonio Machado:

Recuerdos

Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño ?¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!?

Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!…

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.

De Emily Brontë:

Recuerdo (Remembrance)
Frío en la tierra, y la nieve apilada sobre ti,
Lejos, muy lejos, el frío en la tumba triste.
¿Me he olvidado de amarte, mi único amor,
Cortada al fin por la implacable ruptura del Tiempo?

Ahora, en soledad, ¿mis pensamientos ya no flotan
Sobre los montes, en esa orilla del norte,
Descansando sus alas en las hojas de helecho
Que cubren tu noble corazón eternamente?

Frío en la tierra, y quince diciembres salvajes
Desde los cerros marrones se han derretido en primavera;
¡Fiel, de hecho, es el espíritu que recuerda
Después de esos años de cambio y sufrimiento!

Dulce amor de la juventud, perdonad, si me olvido de ti,
Mientras la marea del mundo me arrastra hacia adelante;
Otros deseos y esperanzas me atormentan,
¡Las esperanzas que oscurecen, pero no pueden borrarte!

Ninguna luz tardía ha iluminado mi cielo,
Ninguna mañana ha vuelto a resplandecer para mí;
Toda mi felicidad vino de tu vida,
Toda mi felicidad yace en la tumba contigo.

Pero cuando los días de sueños dorados perecieron,
E incluso la desesperación fue impotente para destruir,
Aprendí como la existencia podía ser apreciada,
Fortalecida, alimentada sin la ayuda del placer.

Entonces probé las lágrimas de una pasión inútil;
Destetada mi joven alma de tu anhelo póstumo;
Severamente negó su ardiente deseo de acelerar
El descenso hacia esa tumba que será mía.

Y, aún así, no me atrevo a dejarlo languidecer,
No me atrevo a caer en el dolor entusiasta de la memoria;
Una vez bebida profundamente la divina angustia,
¿Cómo podría anhelar el mundo vacío otra vez?

Queda claro que “hacer memoria” no es lo mismo que recordar. Hacer memoria, es una acción mental que trae al presente la imagen exenta de valor emocional de un pasado muerto, definitivamente concluido.

El recuerdoLos sentimientos inherentes al recuerdo son diferentes. Llevan consigo una vana esperanza de resurrección y renacimiento. Recordar se transforma en un anhelo no confesado de dejar que el presente sea fecundado por las vivencias del tiempo ido, evitando la repetición perpetua de sí mismo; y busca dejar que renazca el pasado volviendo a pasar lo que fue ese recuerdo por el corazón. Como decía el poeta latino Marco Valerio Marcial: “Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces.”

El eminente filósofo español José Ortega y Gasset, nos proporciona una clara explicación de esta interpretación etimológica: “El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos, esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón. (Dante diría per il lago del cor.)”

Por esa razón, los sentimientos que acompañan en cada caso al recuerdo son distintos dependiendo de una percepción subjetiva que puede abarcar un amplio espectro; desde el ayer luminoso de días felices que quedaron estampados en el libro de la vida, hasta la inefable nostalgia que despierta el hecho de hojear imaginariamente las desteñidas hojas de ese libro. Y muchas veces la melancolía, la añoranza y la tristeza se despiertan cuando vislumbran sutilmente lo transitorio, fugaz y efímero que fue la realidad vivida.

Y los poetas también saben que el recuerdo siempre tendrá el camino más fácil hacia la tristeza, cuando está acompañado por una fría soledad que les hace percibir esos vacíos que alguna vez estuvieron llenos de regocijo y poblados de momentos, donde las emociones desbordaban y la alegría de vivir estallaba con insistencia creando una ilusión de eternidad.

Tal vez eso explique la desesperanza que anida en el alma del poeta cuando describe un recuerdo en soledad, como lo definió el escritor francés Gustave Flaubert: “Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.

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La teogonía de Hesíodo – Mitología y creación

Reseña literaria de La teogonía de Hesíodo – El mítico origen de los dioses

La teogonía de HesíodoPara comenzar a hablar del tema y descubrir qué es teogonía debemos remontarnos al origen “griego” de la palabra (Theogonía), el origen de los dioses. La teogonía es una obra que fue escrita por un poeta de la Antigua Grecia llamado Hesíodo, si bien existen distintas variantes en cuanto a la datación de su fecha de publicación, encontrándose entre el 700 y el 800 a.C.

En la teogonía, Hesíodo utiliza distintas formas de construcción basándose en tradiciones folklóricas existentes en Grecia y en otros lugares, a partir de las cuales genera una historia mítica que da sentido a la existencia de todo lo que nos rodea, partiendo de los dioses. Cabe destacar que, muchos de esos dioses relatados en la teogonía griega se corresponden a fenómenos físicos o naturales que han sido personificados adquiriendo sentimientos y comportamientos similares a los humanos.

Dentro de esta obra podemos reconocer dos importantes aspectos más del génesis de todo. Por un lado, la llamada cosmogonía como detalle del origen del cosmos; por el otro la antropogonía como explicación al surgimiento de los seres humanos.

Resumen de la Teogonía de Hesíodo

La Teogonía tiene su inicio con una referencia a las Musas del Helicón, las que Hesíodo identifica como influencia directa en su poesía. Las Musas del Olimpo, hijas del poderoso Zeus, llegaron a él y le contaron el origen de todos los dioses. El autor finaliza esta primera parte invocando el favor de los dioses. (Alrededor de cien versos)

Luego de este preámbulo se da inicio al relato de cómo el cosmos ha sido creado, al origen de los dioses y a las líneas de sucesión entre ellos. (Este segmento es el más extenso, llegando al verso mil aproximadamente). Una a una se van nombrando las cuatro generaciones de dioses para que, en una última etapa, dejen de relacionarse entre ellos para pasar a hacerlo con los humanos, y ver nacer los héroes.

Inmerso dentro de estas historias podemos encontrar distintos mitos como por ejemplo la castración de Urano, o la Titanomaquia (La lucha de Zeus con sus hermanos por el poder).

Según la Teogonía en primer lugar, surgió el Caos, como una especie de ser sin forma, que puede ser la nada y el todo a la vez, la falta de orden. De él nacieron Gea (La Tierra), Eros (El amor) y luego Nicté (La noche). De Gea nacieron Urano (El cielo) y Ponto (El mar), también Tártaro (Las famosas puertas del Tártaro que hablan del infierno). Al existir Érebo y Nicté pudieron surgir Éter y el día.

Esto, que parece ser un conjunto de especulaciones fantásticas y delirantes, constituye una de las primeras explicaciones de la existencia de todo. A partir de estos textos podemos ver como existe La Tierra, el cielo, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, y a fin de cuentas, de ello trata, de la lucha de estos dos últimos por el dominio de todo, y como fueron creados.

De Gea y Urano nacieron los Titanes, que por su horrorosa apariencia fueron encerrados por su padre en las profundidades de la Tierra. Cronos, el mayor de ellos, iracundo por la conducta de su padre, decidió quitarle el poder y destronarlo. Así contrajo matrimonio con su hermana llamada Rea, siendo advertido que, algún día, uno de sus hijos le quitaría el trono.

La teogoníaCada vez que Rea tenía un bebé, Cronos, intentando evitar su destino, lo devoraba. Rea, cansada de esto, decidió alejarse, luego del nacimiento de su hijo entregó al padre una piedra envuelta y logró engañarlo. Así surgió el poderoso Zeus, rey de todos los dioses.

La teogonía de Hesíodo es, sin duda, una historia entretenida que busca explicar el mundo, bajo los ojos de las personas de aquella época. Todo lo inexplicable, toda la existencia adquirió un significado en esta obra.

Dentro de la mitología, es una obra de sumo interés y que será capaz de mantenerlos asombrados (o al menos me ha parecido así) ya que de alguna forma hilvana los hilos de la existencia del universo, y del hombre, respondiendo preguntas que nos hemos realizado durante milenios.

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La vida es sueño – Calderón de la Barca

La vida es sueño: Paradigma del teatro barroco español – Pedro Calderón de la Barca

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”

La vida es sueño Calderón de la BarcaLos misterios profundos de la vida abiertos a distintas lecturas, los intentos por conocer y dilucidar el insondable interior del alma humana y el destino del hombre, su predestinación o libre albedrío, fueron temas recurrentes en la literatura antigua y en la filosofía platónica; también en las tradiciones judía y cristiana y aparecen tratados con singular pericia en La vida es sueño, la magistral obra teatral nacida del genio e inspiración de Pedro Calderón de la Barca; uno de los poetas inmortales del Siglo de Oro español.

La vida es una comedia dramática que se presenta como un sueño que nos enajena y aparta de la realidad inmediata. Nos introduce en los recónditos vericuetos de la condición humana y su constante lucha entre elementos opuestos. ¿Vivimos o dormimos imaginando vivir?. ¿Nacemos libres o predestinados? Ese es el planteo, esa es la duda.

Pocas obras maestras de la literatura universal, han conservado la vigencia a lo largo del tiempo como este drama filosófico-religioso que llega hasta nuestros días proyectado desde el período seiscentista, pero hundiendo sus raices en mitos de tiempos inmemoriales.

La vida es sueño, obra cumbre del teatro barroco español, reúne todas las características que definen este estilo de manera contundente e inobjetable y fue estrenada en el año 1635. Consta de tres actos o jornadas. La primera de ellas tiene ocho escenas, contexto en el que se desarrolla toda la presentación de los personajes, sus características y la ubicación espacio-temporal de la historia. En el segundo acto, conformado por diecinueve escenas, aparece desplegado en detalle el conflicto o nudo. Y en la tercera jornada jornada, compuesta por catorce escenas, es donde se produce el desenlace o resolución del problema.

El drama está ambientado en un reino imaginario en tierras de Polonia y transcurre en una época indeterminada. Allí el rey Basilio, interpretando un viejo oráculo que predecía a su futuro hijo Segismundo rebelándose en contra suyo y destronándolo (y una vez convertido en un déspota tirano, el mismo Basilio acabaría postrado a sus pies); dispone encerrarlo desde su nacimiento en una torre y mantenerlo cautivo en secreto. Segismundo crece aislado y alejado del mundo de los mortales que imagina a su manera, viviendo miserablemente sin conocer su estirpe. Clotaldo su tutor, un leal e incondicional servidor del monarca está al tanto de la situación.

Rosaura, la protagonista que no sabe que es hija de Clotaldo, regresa al reino disfrazada de hombre, acompañada por el sirviente Clarín, un personaje pérfido y miedoso pero con fino sentido del humor. Su propósito es demostrar sus orígenes de nobleza a Astolfo, sobrino de Basilio, que la había despreciado por creer ilegítimas sus raíces familiares. En su camino Rosaura descubre por accidente la torre y consecuentemente la existencia de Segismundo, que termina enamorándose de ella.

Asistimos después al discurso del rey, ante toda la corte y sus sobrinos Astolfo y Estrella, en donde da cuenta de la verdadera historia de su hijo Segismundo.

Estrella y Astolfo serían declarados herederos tras casarse, si Segismundo supera el desafío al que será sometido. Rosaura pasa a ser en la corte dama de compañía de Estrella y, valiéndose de diversas estratagemas, descubre las verdaderas intenciones de Astolfo y que ella es hija de Clotaldo.

A pesar de cierto resquemor, el Rey decide llevar a cabo su experimento de comprobar si Segismundo está en condiciones de heredarlo y gobernar. Ordena que su hijo sea adormecido con una pócima alucinógena y trasladado desde su cautiverio al Palacio Real. Al despertar en palacio Segismundo reacciona comportándose de manera grosera, violenta y cruel, confirmando las sospechas de su padre con respecto a lo acertado de las predicciones astrológicas que anticipaban esa conducta. Esa misma noche decide encerrarlo de nuevo y bajo los efectos de un narcótico lo regresan a la prisión en la torre, pero previamente le hacen creer que todo ha sido un sueño.

De nuevo en la solitaria cárcel Segismundo cree convencido, que su estadía en el palacio fue tan sólo un sueño y recordando sobre todo al amor que le inspiró Rosaura, reflexiona sobre el bien perdido y su propia conducta altanera.

El ejército, sin embargo, una vez a conocida la existencia del príncipe se subleva negándose a aceptar a otro heredero extraño y con el apoyo del pueblo libera a Segismundo, que se convierte en un líder dispuesto a luchar contra su padre Basilio por el trono. En las luchas que se originan muere Clarín y Segismundo vencedor, es proclamado nuevo rey. Su padre, derrotado, se arroja a sus pies pidiendo clemencia, confirmando una parte de la predicción.

Pero Segismundo victorioso y habiendo aprendido la lección de la prudencia que siempre exigen las circunstancias importantes de la vida, se muestra ecuánime y piadoso. Manda encerrar en la torre al soldado rebelde que proclamó la revuelta y perdona a su padre Basilio. Posteriormente casa a Rosaura con Astolfo y él mismo contrae matrimonio con Estrella.

Segismundo, el hombre que había vivido en las sombras, encerrado como una bestia, padeciendo condiciones inhumanas, encontró la salida del laberinto que le permitió llegar a la luz y transformarse en un hombre justo, no en el tirano que había profetizado el oráculo.

El soliloquio de Segismundo que acontece al final del segundo acto, es uno de los pasajes más afamados en la historia teatral española.

Es verdad, pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Fin del Segundo Acto

Y no es menos digno de elogio el final de la obra:

¿Qué os admira? ¿Qué os espanta,
si fue mi maestro un sueño,
y estoy temiendo, en mis ansias,
que he de despertar y hallarme
otra vez en mi cerrada
prisión? Y cuando no sea,
el soñarlo sólo basta;
pues así llegué a saber
que toda la dicha humana,
en fin, pasa como sueño,
y quiero hoy aprovecharla
el tiempo que me durare,
pidiendo de nuestras faltas
perdón, pues de pechos nobles
es tan propio el perdonarlas.

Estamos ante una de esas obras distintas que deleita leer. Llena de matices y aciertos que nos inducen a reflexionar y tomar conciencia sobre los valores morales y sociales y la verdadera naturaleza de los sentimientos. Calderón de la Barca, creativo, ingenioso y desbordante de imaginación, propone con sus versos, metáforas y paradojas una visión profunda de la existencia del hombre, su libertad y la concreción de su destino. Además el desafío de conocerse a si mismo para lograr alcanzar el fin pretendido. El triunfo de la luz sobre la oscuridad.

La vida es sueño describe y define con elocuencia el significado del teatro barroco español, majestuosa culminación de una época inmersa en cambios trascendentes y desgarrada por una profunda crisis espiritual que, pese a todo, dejó a la posteridad una literatura deslumbrante.

El filólogo e historiador español Marcelino Menéndez Pelayo, ensaya una crítica al referirse a ciertos aspectos estilísticos y algunos recursos utilizados que a su criterio podrían haber sido más “naturales” y “sencillos”. En ese caso, sostiene, “no tendríamos reparo en afirmar que La vida es sueño, es una obra perfecta”.

A lo que otros críticos, como el Dr. Peter Ivanov Mollov del Departamento de Estudios Iberoamericanos de la Universidad de Sofía, responden que “sería erróneo apreciar el arte dramático de Calderón desde nuestra perspectiva moderna. Los recursos del dramaturgo español no podían ser “naturales” ni “sencillos”, puesto que tales características contradicen la esencia de su arte y en general del arte barroco”.

Pedro Calderón de la Barca fue un insigne escritor, dramaturgo y poeta español, caballero de la Orden de Santiago, nacido en la ciudad de Madrid el 17 de enero de 1600 y fallecido en la misma ciudad el 25 de mayo de 1681.

“Calderón es el genio que ha tenido más ingenio” dijo de él el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, fascinado por la calidad de la obra.

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Greguerías – Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna y sus Greguerías: lo más casual del pensamiento

Greguerías - Ramón Gómez de la SernaLas greguerías son composiciones en prosa, muy breves, -generalmente una única frase, similar al aforismo- y que utilizan el ingenio, el sarcasmo, la agudeza o el humor irónico para expresar ideas y pensamientos sobre las cosas comunes de la vida.

“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”

Son textos escuetos en los que, partiendo de hechos, objetos o circunstancias cotidianas, se ofrecen asociaciones que no responden a la lógica de la realidad y que producen un efecto de sorpresa. Muchas greguerías son chistes y juegos de palabras, aunque también las hay más serias que exponen conceptos o pensamientos de tinte pretendidamente filosóficos.

La greguería es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar en lo que se pueda; basándose en la comparación, la paradoja y en la exageración de la hipérbole. Con ella se expresa y se transmite una visión fragmentaria de la realidad, que sorprende con imaginación y originalidad.

Las técnicas para transmitir esa visión son muy variadas, por ejemplo: a través de metáforas y comparaciones exageradas y asociaciones ingeniosas: “De la unión de la viuda y el viudo sale el niño vestido de luto”.
También rompiendo el automatismo de un refrán o de una frase hecha o con seudo-etimologías, “Era tan moral que perseguía las conjunciones copulativas”.

Y el efecto sorpresa se logra por su parte de muy distintas formas: asociando visualmente dos imágenes: “La luna es el ojo de buey del barco de la noche”, o entre otras maneras, mediante la asociación libre de conceptos ligados o contrapuestos, “Lo más importante de la vida es no haber muerto”, o invirtiendo una relación lógica, “El polvo está lleno de viejos y olvidados estornudos”.

El periodista y escritor español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), es considerado el creador de este particular género literario al que está estrechamente vinculado y la definición más poética de greguería es de su inspiración:

“Una greguería no se busca, sino que surge espontáneamente en la mente del poeta, es la impresión de un objeto en la mente del poeta. La flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que resiste todo”.

La huida de lo convencional y la defensa de un arte deshumanizado (entendido como alejamiento intencionado entre la creación artística y la vida) convirtió a la greguería en el eje de la obra vanguardista.

En toda greguería, como punto en común, encontramos la yuxtaposición de dos elementos relacionados entre sí por el inconsciente, lo que provoca el efecto humorístico.

Según la fórmula ideada por Gómez de la Serna, la greguería es definida como la suma de “humor” +”metáfora”, que da por resultado una oración ingeniosa surgida del choque casual entre el pensamiento y la realidad.

Existen greguerías de diversa índole:

a) Filosóficas:
Si te conoces demasiado a ti mismo dejarás de saludarte.
El beso es hambre de inmortalidad.
El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

b) Líricas:
Al cerrar una puerta le apretamos los dedos al silencio.
El agua se suelta el pelo en las cascadas.
Venecia es el sitio en que navegan los violines.

C) Literarias:
El libro es el salvavidas de la soledad.
El libro es un pájaro con más de cien alas para volar.
Diccionario quiere decir millonario en palabras.

d) Humorísticas:
El rayo es un sacacorchos encolerizado.
Buda es el Dios que no hizo régimen en las comidas.
El café con leche es una bebida mulata.
La nuez es un pequeño cerebro que nos comemos.
La gallina está cansada de denunciar en la comisaría que le roban los huevos.

A Ramón Gómez de la Serna se le atribuye la elaboración de más de diez mil greguerías,
cuya temática, técnica y clasificación sería demasiado compleja resumir en estas pocas líneas. Muchas de ellas tienen una clara base visual:

“Las pirámides hacen jorobado al desierto”, “El cocodrilo en una maleta que viaja por su cuenta”.

En otros casos, la conexión se basa en una relación sensorial de otro tipo, por ejemplo, la auditiva: “Al oír al sirena parece que el barco se suena la nariz”.

A continuación, algunas de sus más conocidas greguerías y muestra de su singular creatividad:

El más sorprendido por la herencia es el que tiene que dejarla.
Aburrirse es besar a la muerte.
Los monos no encanecen porque no piensan.
El filósofo antiguo sacaba la filosofía ordeñándose la barba.
La cabeza es la pecera de las ideas.
El Pensador de Rodin es un ajedrecista a quien le han quitado la mesa.
El lápiz sólo escribe sombras de palabras.
Como daba besos lentos duraban más sus amores.
El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.
El sueño es un depósito de objetos extraviados.
La prisa es lo que nos lleva a la muerte.
La pulga hace guitarrista al perro.
El pez está siempre de perfil.
El gaitero toca con la laringe y los pulmones fuera.
A un mentiroso sólo lo cura un sordo.
Las flores sin perfume, son flores mudas.
Las espigas hacen cosquillas al viento.
En el fondo de los espejos hay un fotógrafo agazapado.
El arco iris es la cinta que se pone la naturaleza después de la lluvia.
La araña es la zurcidora del aire.
La jirafa es un caballo alargado por la curiosidad.
El reloj que atrasa es un reloj ahorrativo.
En el vinagre está todo el mal humor del vino.
En cada día amanece todo el tiempo.
La tinta es la sangre de los bolígrafos.
El viento es torpe, no sabe cerrar una puerta.

Otras greguerías referidas al ámbito de las letras y dignas de mencionar:
La b es un caracol trepando por la pared.
La F es la llave inglesa del abecedario.
La Ñ es la N con bigote.
La O es el bostezo del alfabeto.
La Q es un gato que perdió la cabeza.
La T es el martillo del abecedario.
La U es la herradura del alfabeto.
La X es la silla plegable del alfabeto.
La Z es un siete que oye misa.

Ramón Gómez de la Serna, fue un escritor fecundo, distinguido miembro de la Generación del novecentismo, que se inspiró para popularizar el nuevo género de las greguerías en el trabajo de autores clásicos como Lope de Vega, Francisco de Quevedo o William Shakespeare y reconoció haber encontrado en ellos elementos comunes a su obra.

Erigido como el creador de un nuevo estilo pionero en el el arte de explicar las cosas con originalidad, fue reconocido como tal pese a ciertas reticencias. Jorge Luis Borges consideraba al poeta y crítico literario francés Jules Renard, como su verdadero inventor.

La greguería, sin embargo, no debe encuadrarse como un género puramente español, ya que responde a influencias e impulsos estéticos que se desarrollaron tanto en Europa como en América a principios del XX, para los cuales la intuición jugaba un papel fundamental a la hora de crear una obra de arte de vanguardia.

En conclusión, la greguería no es una frase célebre ni una reflexión filosófica. No tiene el carácter enfático y dictaminador de un aforismo.Tampoco es un paradigma. Simplemente es… una greguería.

A 100 años de la edición en Madrid de su primer libro de Greguerías, considerado en su momento como la tendencia más adelantada de la vanguardia en los años veinte del siglo pasado; Ramón Gómez de la Serna hubiera sonreído satisfecho al observar las frases ingeniosas que decoran muros y espacios de las redes sociales actuales.

Y con un pensamiento en mente:

“era como yo lo dije, un tweet es una greguería en 140 caracteres”.

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Gabriela Mistral y Doris Dana

Historias que cambian historias – Gabriela Mistral y Doris Dana

“Tal vez fue una locura muy grande entrar en esta pasión. Cuando examino los primeros hechos, yo sé que la culpa fue enteramente mía”

Gabriela Mistral y Doris DanaEste es el texto que se lee en una misiva escrita por la poetisa chilena Gabriela Mistral y dirigida a Doris Dana, fechada el 20 de abril de 1949 en Veracruz (México), donde la escritora residía circunstancialmente. Pasó desapercibida o disimulada en aquellos años y quedó como un hecho anecdótico en la biografía de la excepcional autora trasandina, que incluso dio letra para la publicación de tarjetas, algún póster de contenido romántico y frases ampliamente difundidas a través de redes sociales e internet.

Pero la historia comenzó a cambiar cuando en el año 2009 se publicó en España, el libro “Niña errante: Cartas a Doris Dana”; que recopila la correspondencia mantenida entre ambas mujeres durante casi nueve años (desde 1948 a 1956). Las cartas cuentan una intensa historia que incluye fragmentos de amor y pasión encendida entre la ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1945 y una joven 31 años menor que ella, quien se convertiría pasado el tiempo, en su viuda literaria y albacea de los bienes materiales e intelectuales de Gabriela Mistral.

El volumen sólo incluye una veintena de cartas escritas por Doris Dana y más de doscientas de Mistral. Ambas coinciden describiendo una atracción a primera vista sentida por ellas y a lo largo del contacto epistolar que mantuvieron se inicia y va acentuando una relación apasionada, que terminó obsesionando a la poetisa autora del inolvidable poema “Besos” (Ver poema).

“Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas enseguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos”, (fragmento de una carta de Gabriela Mistral a Doris Dana, diciembre de 1948).

“Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí”, (escribió Mistral a Dana el 22 de abril de 1949).

“Tengo para ti en mí, muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”, anotó Gabriela Mistral en una libreta, en la que Dana añadió: “Quiero conocer esas cosas subterráneas y tú sabes bien que tengo confianza, muchísima confianza. Te he dado a ti la prueba de esa confianza”.

“Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”, continúa Mistral. “¿Y piensas tú que en mi mirada a ti y mi manera de tocarte no hay cosas que yo pueda decir o mostrar? He vivido siglos buscándote a ti”, responde Doris Dana.

“Estoy viviendo la obsesión, amor. Yo no sabía hasta dónde eso -lo vivido- ha cavado en mí, hasta dónde estoy quemada por ese punzón de fuego, que duele igual que la brasa ardiendo sobre la palma de la mano”, escribió la poetisa en otra misiva a Dana, y ésta contestó: “Mi amor. Todo lo bonito me habla de ti. ¡Siempre tú estás conmigo! Veo el cielo y pienso: este mismo cielo toca la cabeza de mi querida. Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte por mí”.

También fueron frecuentes los instantes de dolor, lágrimas y reproches y los períodos de silencio y distancia en el agitado devenir diario de esa relación clandestina. Y muchas veces fue difícil para aquella joven proveniente de una familia aristocrática estadounidense, acompañar a Mistral en sus viajes, como la escritora pretendía.

Gabriela Mistral tenía 59 años y vivía en Santa Bárbara, California, cuando conoció a Doris Dana, una joven escritora neoyorquina de 28 años muy hermosa, que tenía un parecido físico asombroso con la actriz Katharine Hepburn. Quedó fascinada y la amistad nacida espontáneamente en ese encuentro se convirtió en necesidad y en un amor incontenible, imposible de extinguir. Nunca dejaron de vivir juntas hasta el fallecimiento de la poetisa.

Doris Dana, había visto por primera vez a Gabriela Mistral mientras la poetisa dictaba una serie de conferencias en el Barnard College de mujeres de la Universidad de Columbia, invitada por la ex primera dama Eleanor Roosevelt. Y fue ella quien, tomando la iniciativa, la contactó por carta. La excusa que utilizó fue una traducción al alemán que había realizado de un texto de Mistral en homenaje al también Premio Nobel de Literatura Thomas Mann, escritor alemán nacionalizado estadounidense. El tono empleado en la nota para presentarse fue de admiración y muchísimo respeto, casi de veneración hacia la ilustre autora:

Mi querida Maestra:

Me he tomado la libertad de mandarle, a nombre de la New Directions Press, el ejemplar destinado para usted de “The Stature of Thomas Mann”.

De haber sido posible hubiera preferido, desde luego, gozar del privilegio de poner este libro personalmente en sus propias manos. En una época acribillada de comercialismo, un volumen como éste es digno de tal gracia y dignidad.

Pero en una época histórica, en la que los formalismos y las convenciones sociales imperantes y las ideas restrictivas y discriminatorias establecían las pautas de comportamiento, era imposible que una historia con esas características saliera a la luz. Como se ha repetido hasta el cansancio en cada biografía conocida, Doris Dana era descripta por todos los allegados y la gente en general, como asistente o secretaria personal. Nada más.

El mito de Gabriela Mistral

Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, era para su tiempo una rara avis: mujer, de origen humilde y provinciana. Había sido la primera persona iberoamericana laureada con el Premio Nobel de Literatura y era considerada uno de los pilares fundamentales del patrimonio cultural de Chile.

No obstante, durante décadas, Mistral fue vista en su tierra natal como una mujer hosca de mirada impenetrable y considerada como “La maestra beata”, un encasillamiento que a ella no le agradaba. Otros la llamaban “la divina”, incluso “la santa”. Así, la historia la despojó de las pasiones propias de una mujer y envolvió en una especie de nebulosa todos los aspectos de su vida personal. Fue inmortalizada como una señora asexuada y triste, que escribía poemas y rondas de niños para todos los hijos que no pudo tener.

Errante incansable, se fue de Chile a recorrer el mundo a los treinta y tres años. A partir de 1933, y durante un período de dos décadas, desempeñó tareas consulares para su país en ciudades de Europa y América. La verdadera historia personal quedó sepultada.

Volvió al terruño en 1953, año en que fue recibida por sus compatriotas con todos los honores y reconocida por la Universidad de Chile con un Doctorado Honoris Causa.

Desgraciadamente, los mismos que quisieron mostrar una imagen divinizada de ella, le negaron el derecho a que su relación con la compañera, cómplice y confidente de tantos años fuera aceptada; aparentando esa relación a un rumor malintencionado.

Miraban para otro lado cuando se hablaba de las evidencias y se irritaban ante la mera mención de su homosexualidad. Gabriela en definitiva, decidió por sí misma cuidar su amor, protegerlo de los rumores y las condenas y vivir a su modo.

Las opiniones acerca de la supuesta homosexualidad de Mistral habían generado interminables y ácidas polémicas y las propias palabras de la escritora contribuyeron alimentando esa polémica: “De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad? (…) No se desea volver a lugares del mundo donde se hace con los propios asuntos una novela policial. Yo no soy ningún dechado; tampoco una cosa extraordinaria. Yo soy una mujer como cualquier otra chilena”. (Escrito en su diario íntimo, publicado con el título “Bendita mi lengua sea”.

La evolución de las costumbres sociales y los cánones que rigen las relaciones humanas han variado significativamente y hoy la orientacion sexual que la singular escritora pudiera haber tenido es un dato absolutamente irrelevante.
Lo importante, lo trascendente es su incomparable y monumental obra literaria. Y que siempre será una poetisa de excelencia superlativa para las letras y la lírica universales.

Gabriela Mistral publicó en el año 1922 su primer libro “Desolación” (Ver nota), un poema de esa obra parece premonitorio:

Escóndeme

Escóndeme, que el mundo no me adivine.
Escóndeme como el tronco su resina, y
que yo te perfume en la sombra, como
la gota de goma, y que te suavice con
ella, y los demás no sepan de dónde viene
tu dulzura…

Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
de su sitio; como las raíces abandonadas
sobre el suelo.

¿Por qué no soy pequeña, como la almendra
en el hueso cerrado?

¡Bébeme! Hazme una gota de tu sangre, y
subiré a tu mejilla, y estaré en ella como
la pinta vivísima en la hoja de la
vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
y bajaré de tu pecho, me enredaré
en tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este juego
toda la vida…

Doris Dana falleció a fines de 2006 y rechazó en todo momento, incluso después de la muerte de la poetisa, que hubiese habido una relación sentimental entra ella y la célebre escritora. Lo negó, al punto de afirmar que Gabriela la quería a ella solamente como a una hija. De haber querido mantener el secreto eternamente, hubiera eliminado esa abundante correspondencia, ¿por qué no lo hizo entonces?. Ya nadie lo sabrá.

Pero el amor en palabras ardientes que estaba escrito en tantas cartas perfectamente resguardadas, era un testimonio abrumador de ese sentimiento que ambas mantuvieron oculto y escondieron a los ojos intolerantes de un mundo que condenaba, sin piedad ni compasión, a los osaban vivir a pleno la libertad de amar.

Gabriela opinaba que nunca debía hacerse pública una correspondencia intima. “Nací con la noción de que una carta es confidencia…yo, en quien se han vaciado muchas conciencias, no he publicado jamás una carta ajena. ” afirmaría irritada la escritora cuando una de sus cartas se dio a conocer estando en vida.

Muerta Doris Dana, su herencia recayó entonces en su sobrina Doris Atkinson, quien donó al Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile todo el valioso legado literario, 168 cajas con más de 40.000 documentos, poemas inéditos, manuscritos y cinco álbumes de fotos.

Analizando todo este material de íntimas confesiones, fueron despejándose paulatinamente las dudas, sobre aquel impenetrable terreno baldío que pareció ser la vida amorosa de la poetisa.

Víctima de una enfermedad terminal, Gabriela Mistral falleció el 10 de enero de 1957 a los 67 años, en el Hospital General de Hempstead, en Nueva York. No murió sola, en todo momento estuvo asistida por Doris Dana.
Sus restos fueron trasladados a Chile el 19 de enero de 1957 y fueron velados en la Casa Central de la Universidad de Chile, donde 400 niñas del Liceo Nº 6, del que Gabriela fue su primera directora, hicieron guardia de honor.

Permanecieron allí hasta el 21 de enero en que fueron sepultados definitivamente en Montegrande, tal cual era su deseo.

Alguna vez había mencionado otro íntimo anhelo: que un cerro de Montegrande fuera bautizado en su honor; lo consiguió póstumamente: el día 7 de abril de 1991, en el que hubiera sido su cumpleaños número 102, el cerro Fraile pasó a llamarse Gabriela Mistral.

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Los amores de Amado Nervo y su poesía

Reseña literaria de Los amores de Amado Nervo y su influlencia en la obra del reconocido autor. Historias de amor en la biografía del gran poeta

Los amores de Amado NervoAmado Nervo fue un eximio escritor mexicano y un poeta distinto, dotado con una pluma de virtudes excelsas. Nació el 27 de agosto de 1870, en Tepic, (Nayarit – México), y llegó a ser en su época uno de los máximos exponentes del modernismo; el movimiento literario más importante que ha tenido América.

“Somos tan pequeños como nuestra dicha,
pero somos tan grandes como nuestro dolor.”
Friedrich Hebbel

El estilo de Amado Nervo se caracterizó por imponer una renovación en el lenguaje y la métrica vigentes hasta entonces, por la utilización de referencias mitológicas de elevada erudición y por el absoluto protagonismo que dio a la estrofa dentro de la escritura; al mismo tiempo que sus versos, denotaban una búsqueda constante de cadencia y ritmo, en los que se percibe al leerlos, una indiscutible preocupación por la perfección de la forma.

Al margen de esto, alguna vez bromeó entre sus amigos atribuyendo el éxito de sus publicaciones, a la musicalidad de su nombre, que consideraba muy adecuado para un poeta; nombre que en realidad, era una simplificación del verdadero más que un seudónimo.

La obra de Amado Nervo tuvo y aún conserva, una vastísima difusión universal, pero un halo de misterio envolvió siempre, toda referencia a cuestiones íntimas en las diversas biografías que se conocieron.

Los datos consignados son tan escasos o imprecisos, que la trayectoria del poeta pareciera no haber tenido historia personal:

“Mi vida ha sido muy poco interesante: como los pueblos felices y las mujeres honradas, yo no tengo historia”, respondía Nervo, en su autobiografía editada en 1906 cuando le preguntaban. No obstante la afirmación, a lo largo de su vida, criticado o idolatrado, se entretejieron muchos sucesos dignos mención. Venturosos algunos. Adversos y conflictivos otros.

Uno de estos últimos, fue la relación sentimental que mantuvo con Ana Cecilia Luisa Dailliez.

Por su propia confesión, se sabe que deambulando por una calle del barrio latino de Paris, el 31 de agosto de 1901 en un encuentro fortuito, conoció a la que iba a convertirse en la mujer de su vida:
–No soy mujer para un día, le advirtió la dama.
–¿Y para cuántos?, preguntó el poeta.
–Para toda la vida, fue la respuesta.

Ese día se conocieron y los dos advirtieron que el amor que nacía iba a ser para siempre. A partir de ese encuentro una pasión incontrolable los unió en una perfecta comunión de almas.

Pero también, extrañamente, desde ese momento todo lo que ocurriera a futuro entre ellos, iba a ser oculto a los ojos del mundo. Toda la relación se desarrolló a escondidas y en las sombras. ¿Por qué decidieron vivir su amor en el más estricto secreto? Nadie lo sabe. ¿Pudieron más los prejuicios sociales?

Lo concreto es que Amado Nervo, no le dijo a nadie que Ana Cecilia existía, nunca le habló de ella a sus amigos y es posible que tampoco a sus familiares más cercanos. Se comentaba que, si viajaban, lo hacían por separado para que nadie los viera juntos.

“Como aquel cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley… no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto”, explicaba el poeta a modo de justificación.

Pero esa “eternidad” pretendida sólo duraría 11 años para la pareja; el 7 de enero de 1912 su musa enigmática y anónima, moría víctima de la fiebre tifoidea, después de una dolorosa agonía.

En el nicho 213 del cementerio de San Lorenzo y San José, de la ciudad de Madrid, una lápida de mármol negro que Nervo mandó hacer, es hoy permanente custodia del recuerdo de esa tragedia:

“En memoria de ANA
Encontrada en el camino de la vida,
el 31 de agosto de 1901.
Perdida —¿para siempre?— el 7 de enero de 1912″

¿Por qué el poeta consideró esa relación un amor prohibido o clandestino?.
El enigma continúa vigente.

En una carta a su hermano Rodolfo, fechada en Madrid el 20 de febrero de 1912 (que Gustavo Jiménez Aguirre recoge en la Antología General del autor), el poeta le expresa lo siguiente:

“Mi muy querido hermano, te agradezco muy de corazón las frases tan nobles y afectuosas que dedicas a mi Anita. Desgraciadamente no fui para ella tan bueno como lo merecía esa alma de elección que más de diez años me acompañó por la vida sin que un solo instante palideciera su ternura.

Debí casarme con ella y no lo hice por preocupaciones y suspicacias que ahora a la luz cruda de mi dolor considero indignas y estúpidas. No encuentro más que una manera de reparar mis omisiones para con ella y es amparar a la niña, que, después de mí, fue su gran cariño…”

El desgarrador desconsuelo que siguió al prematuro fallecimiento de su compañera adorada, le inspiró a Nervo cada verso del poemario “La amada inmóvil”; publicado póstumamente en 1922, como prueba elocuente de que él consideraba a esta obra como parte esencial e insustituible de su más dolorosa intimidad.

En el Prefacio, que el mismo escribió para el libro, relata:

“Creí que “Serenidad” sería mi último libro de versos, y así lo afirmé a un amigo. Esta afirmación me perdió, porque la vida no gusta que le tracen caminos y el arcano burla los propósitos de los hombres. He vuelto, pues, a componer poemas…”

En las hojas siguientes y en sus sentidas palabras se puede leer:

“…Va a hacer un mes que, a las doce y cuarto del día, se extinguió blandamente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, su bondad y la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conocí en París en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste y con quien viví desde entonces en la más cordial y noble de las compañías hasta el 7 de enero de 1912, en que murió en mis brazos.

Va a hacer un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en esos treinta días, en esos treinta relámpagos, he llorado más lágrimas que estrellas visibles tiene la noche…”

En ese fatídico día de enero, la vida y el destino de Nervo, habían cambiado para siempre. “La muerte es la libertad absoluta”, escribió en su obra “Plenitud” de 1918.

Arrepentido por su manera de proceder con su amada, e intentando corregir en algo sus errores del pasado, resolvió hacerse cargo de Margarita Elisa Dailliez, de 11 años de edad, hija de Ana.

Esta niña hermosísima fue su motivación, para no caer en la desesperación buscando suicidarse. Desde entonces, se dedicó por completo a cuidarla y enseñarle los valores de la vida. Era inevitable que entre ambos se diera un amor de lo más profundo.

No podían no quererse: Margarita, bellísima, sensible, casi adolescente todavía, plena de vida. Y, por su parte, Nervo era por entonces, el hombre más leído de la lengua española, al que todas las mujeres de su tiempo veneraban.

Cuántas de ellas suspiraban con sus poemas y cuántas le guardaron un amor eterno, hasta la muerte. Margarita tenía quince años y el poeta 45, cuando él le declaró su amor. No era su hija, ni llevaba el apellido Nervo.

No obstante, él era lo único que ella tenía en la vida. Y, a pesar de todo, Margarita le contestó: “¿Cómo decir te quiero sin añadir: papá?”.

Quizás esta respuesta, haya sido la decepción definitiva para el corazón destrozado de Amado Nervo, que estaba acostumbrado a escuchar un “sí” de los labios de todas las mujeres.

Posteriormente, en 1918, el célebre autor decidió llevar a Margarita a México, en donde vivían sus dos hermanas solteronas, Concha y Elvira. Con ellas, Margarita encontró una nueva familia.

Al poco tiempo, Amado Nervo viajó a Argentina y Uruguay en misión diplomática. Estando en Montevideo como Representante de su país en el Congreso Panamericano del Niño, el 24 de mayo de 1919, imprevistamente, debido a una complicación de su enfermedad renal crónica, terminó su vida.

Tenía 48 años y se encontraba en compañía de su amigo Juan Zorrilla de San Martín, escritor y poeta uruguayo, encargado de asistirlo en sus últimos momentos.

Sus restos fueron repatriados a México, donde sus funerales constituyeron una verdadera apoteosis.

Lo que sigue, es la misma historia, la biografía de Amado Nervo y su percepción del amor, pero descripta y plasmada en poesías de encendido lirismo:

“Autobiografia”

¿Versos autobiográficos ? Ahí están mis canciones,
allí están mis poemas: yo, como las naciones
venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada,
no tengo historia: nunca me ha sucedido nada,
¡oh, noble amiga ignota!, que pudiera contarte.

Allá en mis años mozos adiviné del Arte
la armonía y el ritmo, caros al musageta,
y, pudiendo ser rico, preferí ser poeta.
-¿Y después?
-He sufrido, como todos, y he amado.

¿Mucho?
-Lo suficiente para ser perdonado…

“Ofertorio”
(Deus dedit, Deus abstulit)

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!
Tú me diste un amor, un solo amor,
¡un gran amor!
Me lo robó la muerte…
y no me queda más que mi dolor.
Acéptalo, señor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

“Lo más natural” – (Ver nota referida al poema)

Me dejaste -como ibas de pasada-
lo más inmaterial que es tu mirada.

Yo te dejé -como iba tan de prisa-
lo más inmaterial, que es mi sonrisa.

Pero entre tu mirada y mi risueño
rostro quedó flotando el mismo sueño.

“Cobardía” – (Ver nota referida al poema)

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!

Quedé como en éxtasis…Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

“El primer beso” (Ver nota referida al poema)

Yo ya me despedía…. y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

“Pero te amo”

Yo no sé nada de la vida,
Yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte.
¡Pero te amo!

Según la buena lógica,
tú eres luz extinguida.
Mi devoción es loca,
mi culto, desatino,
Y hay una insensatez
infinita en quererte.
¡Pero te amo!

“Madrigal”

Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía,
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría

“Si una espina me hiere…”

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
…pero no la aborrezco! Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina,
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:
si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,

se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

“La amada inmóvil”
(fragmento)

¿Llorar? ¡Para qué!
Este es el libro de mi dolor:
lágrima a lágrima lo formé;
una vez hecho, te juro, por
Cristo, que nunca más lloraré.
¿Llorar? ¡Por qué!
Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?
Serán un plácido florigelio,
un haz de notas que regaré,
y habrá una risa por cada arpegio…
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?…

“Mi secreto”

¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido
de amores por un ser desaparecido,
por un alma liberta,
que diez años fue mía, y que se ha ido…
¿Mi secreto? Te lo diré al oído:
¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes -tú que buscas los visibles
transportes, las reales, las tangibles
caricias de la hembra, que se plasma
a todos tus deseos invencibles-
ese imposible de los imposibles
de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido
y será!
Si por mí sólo ha latido
su noble corazón, hoy mudo y yerto,
¿he de mostrarme desagradecido
y olvidarla, no más porque ha partido
y dejarla, no más porque se ha muerto?

“Gratia plena”

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió… como gota que se vuelve a la mar!

“En paz” –  Fragmento –  (Ver reseña y poema)

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Amado Nervo
Tepic (México), 1870
Montevideo (Uruguay) 1919

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Jorge Luis Borges – involuntariamente apócrifo

Jorge Luis Borges –  Uno de tantos autores, involuntariamente apócrifos

JL Borges - ApócrifoAlguna vez el azar, la curiosidad o un raro interés nos llevaron a buscar y encontrar en numerosos sitios de Internet, escritos de claro tinte “edificante y reflexivo” que en su momento fueron (y lo siguen siendo) atribuidos erróneamente a eximios autores de la literatura universal (Shakespeare, Borges, García Márquez, Víctor Hugo, Wilde por citar algunos nombres). Hace poco hicimos referencia al tema con una nota sobre falsas atribuciones a escritores (Ver: Citas falsas – Entre dichos, escritores y obras), dedicándonos puntualmente a Jorge Luis Borges en este caso.

La palabra “apócrifo”, literalmente significa que no es auténtico, que no es de la época o que no es obra de la persona a la cual se atribuye autoría.

Estos escritos circulan masivamente por internet y redes sociales, en frases engalanando láminas o imágenes vistosas, en notas periodísticas, compilaciones y cadenas de correo electrónico, ya sea completos o fragmentados y hasta traducidos a varios idiomas.

Personas ociosas, desinformadas, malintencionadas o persiguiendo intereses no confesados, malgastan su tiempo adjudicando a excelentes escritores, la autoría de textos que, con benevolencia y eufemismo, apenas podrían calificarse como “de escaso brillo” en la mayoría de los casos.

El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986),  más de una vez ha sido víctima indefensa de tales desvaríos literarios, al atribuírsele con absoluta desconsideración, la autoría de versos o prosa, escritos en un nostálgico estilo reflexivo.

De los escritos en cuestión, el primero a comentar se titula “Instantes” (o “Momentos” en alguna versión), y cabe aclarar que el mismo se atribuyó además de Borges, a William Shakespeare, a Nadine Stair o indicado como anónimo.

“Instantes”

Si pudiera vivir nuevamente mi vida…
En la próxima trataría de cometer más errores.

No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.

Sería menos higiénico, correría más riesgos,
haría más viajes, contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.

Iría a más lugares donde nunca he ido,
comería más helados, y menos habas,
tendría más problemas reales
y menos imaginarios.

Yo fui de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida,
claro que tuve momentos de alegría…

Pero si pudiera volver atrás trataría de
tener solamente buenos momentos.

Pero sí lo saben.
De eso está hecha la vida
solo de momentos,
no te pierdas el ahora.

Yo era de esos que no iba a ninguna parte
sin un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paragüas y un paracaídas,
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios de
primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.

Daría más vueltas en calesita, contemplaría
más amaneceres y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya ven…,
tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Maria Kodama opinó al respecto, que este poema “Instantes” no tiene ningún valor literario y nunca podría haber sido escrito por su esposo Jorge Luis Borges, puesto que desvirtúa el mensaje de su obra.

Posiblemente la autora verdadera de este texto haya sido una escritora inédita y desconocida (¿o imaginaria?) llamada Nadine Stair o Nadine Strain, de Louisville, Kentucky, Estados Unidos de América, que lo editó, según referencias, en 1978, ocho años antes de que Borges muriera en Ginebra (Suiza), a los 86 años.
No obstante, la primera versión conocida fue publicada, con forma de artículo y en prosa, en la edición de octubre de 1953 del Reader’s Digest, bajo el título “If I had My Life to Live over”, firmada por el caricaturista y comediante estadounidense Don Herold. Esta redacción original, incluía párrafos que le daban un marco menos melancólico y más escéptico.

Hay una teoría más, sugiriendo que Borges tradujo en algún momento el texto de Don Herold, tal vez, en el curso de sus estudios acerca de la literatura americana. Después alguien encontró ese poema junto a otras cosas de Borges, se lo atribuyó y lo publicó, con las consecuencias conocidas.

La polémica generada,  con argumentos similares a los esgrimidos hasta hoy y otros que irán surgiendo, seguramente continuará. Por otra parte, también se adjudicó equivocadamente a Borges esta otra composición, de la cual existen distintas variantes:

“Después de un tiempo, uno aprende…”

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano y encadenar un alma.
Y uno aprende…
que el amor no significa acostarse
y una compañía tampoco significa seguridad.
Que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas.

Y uno empieza a aceptar sus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos.
Y uno aprende…
a construir todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para planes,
y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende…
que si es demasiado,
hasta el calor del sol quema.
Y aprende…
a plantar su propio jardín y decorar su propia alma,
en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.

Y uno aprende…
que realmente puede aguantar,
que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale.
Y uno aprende y aprende…
y con cada adiós uno aprende.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien,
porque te ofrece un buen futuro,
significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes
que solo quien es capaz de amarte con tus defectos,
sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.
Con el tiempo te das cuenta,
de que si estas al lado de esa persona solo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados,
y que el que no lucha por ellos,
tarde o temprano, se verá rodeado solo de amistades falsas.

Con el tiempo también aprendes
que las palabras dichas en un momento de ira
pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace,
pero perdonar es sólo de almas grandes.

Con el tiempo te das cuenta de que aunque seas feliz con tus amigos,
algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te das cuenta
de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas
o forzarlas a que pasen
ocasionará que al final no sea como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro,
sino el momento que estabas viviendo justo en ese único instante.
Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado,
extrañarás inmensamente a los que ayer estaban contigo
y ahora se han marchado.

Y aprendes también
que hay tres momentos en la Vida que uno no puede remediar:
La oportunidad que dejaste pasar,
la cita a la que no asististe,
la ofensa que ya pronunciaste.

Con el tiempo también aprendes sobre el dinero
y entonces comprendes que:
Puedes comprarte una casa, pero no un hogar,
Puedes comprarte una cama, pero no hacerte dormir,
Puedes comprarte un reloj, pero no te dará el tiempo,
Puedes comprarte un libro,
pero no conocimiento o lo que necesitas aprender,
Puedes comprarte una posición, pero no sirve para tener respeto,
Puedes comprarte medicinas y pagar la consulta al médico,
pero no te da salud,
Puedes comprarte sangre, pero no vida,
Puedes comprarte sexo, pero no amor.

Con el tiempo también aprendes que la vida es aquí y ahora,
y que no importa cuantos planes tengas,
el mañana no existe y el ayer tampoco.

Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón,
decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas,
decir que quieres ser amigo ante una tumba, ya no tiene ningún sentido.
Pero desafortunadamente, todo esto lo aprendes
…¡sólo con el tiempo!

En este caso, las fuentes más fidedignas atribuyen esta poesía a Veronica Shoffstall que a sus 19 años, escribió el original en inglés “After a while”, del que hay numerosas traducciones a varios idiomas, atribuyéndose también una supuesta autoría a distintos escritores distinguidos y notables.

En definitiva, después de leer, releer y analizar cada párrafo de los textos referidos, escritos en un tono que pretende ser lírico, pero que se manifiesta amanerado y prosaico, es difícil reconocer en ellos el estilo del gran autor argentino. No hay coincidencias en la temática, ni en estructura, lenguaje, métrica, tampoco en cuanto a elaboración y uso de técnicas literarias.

Aceptar que el auténtico Borges de “Los Conjurados”, “Fervor de Buenos Aires”, “Luna de enfrente” y poemas de la dimensión de “Los espejos”, “Ajedrez”, “Elogio de la sombra” “El reloj de arena”, “Poema de los dones”; haya sido el creador de “Instantes” y “Después de un tiempo, uno aprende”, es tan difícil como imaginar al gran autor de   “El Aleph” redactando un manual de autoayuda.

Se observa asimismo que no existen en estos textos, las clásicas referencias culturales que emplea con maestría Borges, ni tampoco la simbología de su pluma diferente. Probablemente él hubiera redactado:

“Si pudiese volver a vivir otra vez mi vida, en la próxima…
jamás hubiera escrito “Instantes”.

Aunque esto sea solamente otra opinión.

Para concluir, asombra que haya tanta gente que confunde y llega a creer en la autenticidad de estos mensajes, frases y poemas apócrifos.

Debería admitirse este hecho, como resultado del pésimo ejemplo que significa la falta de rigor con que se citan obras ajenas y el vicio tan difundido de copiar contenidos de páginas no propias, sin preocuparse por comprobar sus fuentes.

Esto ocasiona, muchas veces, malentendidos y distorsiones absurdas que ponen en duda la credibilidad de personas e instituciones dedicadas honestamente a la docencia y la divulgación.

Y a nadie parece preocupar el menosprecio absoluto, que se tiene por la propiedad intelectual. Simplemente no interesa.

Sería aconsejable entonces, con un criterio de racionalidad y sentido común, buscar un camino que permita aprovechar responsablemente las inagotables posibilidades que brinda la tecnología actual, para el mejoramiento de la educación y la difusión cultural. Para descubrir más información sobre estos temas los invito a visitar: Citas falsas – Entre dichos, escritores y obras.

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Fernán Silva Valdés y el Nativismo

Nativismo y leyendas en la obra literaria de Fernán Silva Valdés

FeFernán Silva Valdésrnán Silva Valdés, nacido en Montevideo el 15 de octubre de 1887 es considerado uno de los máximos referentes en su país (junto a su connacional, el poeta Pedro Leandro Ipuche) de la corriente literaria denominada nativismo, que desde sus inicios a comienzos de la década de 1920, exaltó poéticamente lo autóctono, transformando a la naturaleza en protagonista.

Esta tendencia implicaba una revolución estética de la poesía, que fue evolucionando hacia la originalidad de un género nativista donde acabaron fundiéndose lo criollo con la lírica vanguardista. A esas ideas adhirió con fervor, desde muy joven este poeta uruguayo.

Fernán Silva Valdés, hijo de Fernando Silva Antuña y María Valdés, transcurrió  los primeros años de su infancia en contacto con la naturaleza, viviendo en una quinta heredada por su madre en Sarandí del Yí (departamento de Durazno).

Cursó estudios primarios en una escuela que funcionaba en las instalaciones de una capilla vieja y después asistió a la enseñanza pública hasta quinto año.

El poeta, recordaría posteriormente en su Autobiografía: “Fui a la escuela y me enseñaron justito lo que olvidé: lo que sé, lo aprendí solo, y sé lo que hay que saber”.

No obstante en su familia se practicaba asiduamente el hábito de la lectura. “Mi principal instrucción infantil –rememora también– fueron los cuentos y anécdotas de sobremesa que mi padre nos relataba”.

De espíritu inquieto y decidido a hacer de la literatura el centro de su vida, residió temporalmente en París. En esa época, víctima de los paraísos artificiales, según sus propias declaraciones, un desequilibrio emocional lo obligó a internarse en una clínica psiquiátrica; una frustración literaria o una desilusión amorosa pudieron haber sido las causas. De regreso al terruño, el antiguo bohemio se convirtió en hombre de familia y poeta.

Fernán Silva Valdés inició su producción literaria en el año 1913, publicando un pequeño libro de poemas que tituló “Ánforas de Barro”, en el cual se advertía aún, la predominancia de un estilo modernista.

A partir de 1921, elaboró un tipo de poesía alusiva a la temática de raigambre gauchesca que difiere de la típica y tradicional. Estaba adornada con abundantes modismos rioplatense, utilizando un formato idiomático cuidadosamente depurado y un lenguaje refinado y culto, muy alejado de las manifestaciones rudimentarias de hombres de campo, casi siempre analfabetos, exponiendo lo primario de sus sentimientos.

Posteriormente incorporó a ese universo, el legado proveniente del forastero de origen europeo, llamado a integrarse en esa sociedad, a la cual terminaría confiriendo sus cualidades predominantes.

Las características que distinguen sus poemas, elogiados reiteradamente por la crítica, mayoritariamente de habla hispana, son la inventiva metafórica, la imaginación y el sentido del ritmo:

El nido

Los árboles que no dan flores
dan nidos;
y un nido es una flor
con pétalos de pluma;
un nido es una flor color de pájaro
cuyo perfume entra por los oídos.
Los árboles que no dan flores
dan nidos.

En uno de sus poemarios, “Leyendas Americanas” editado en 1945, despliega el talento en múltiples leyendas que su creatividad tradujo en versos:

La leyenda de la flor de ceibo

Me lo dijo un indio viejo y medio brujo
que se santiguaba y adoraba al sol:
los ceibos del tiempo en que yo era niño
no lucían flores rojas como hoy.

Pero una mañana sucedió el milagro
-es algo tan bello que cuesta creer-:
con la aurora vimos al ceibal de grana,
cual si por dos lados fuera a amanecer.

Y era que la moza más linda del pago,
esperando al novio, toda la velada,
por entretenerse, se había pasado
la hoja de un ceibo por entre los labios.

Entonces los ceibos, como por encanto,
se fueron tiñendo de rojo color…
Tal lo que me dijo aquel indio viejo
que se santiguaba y adoraba al sol.

Como una muestra más de su inagotable inventiva, rindió además su homenaje en poesía, a una costumbre de culto en tierras rioplatenses: tomar mate.

El mate

No sé qué tiene de rudo;
no sé qué tiene de áspero,
no sé qué tiene de macho,
el mate amargo.

El sirve para todo;
para lo bueno, para lo malo;
él lava los dolores del pecho a cada trago;
es un cúralo todo en la casa del gaucho;
alegra la alegría y destiñe la pena,
el mate amargo.
Él es contemporáneo de la bota de potro,
y de las nazarenas, y de la guitarra;
pero de la guitarra que usa cintas
-como las chinas-
cintas celestes o coloradas.

En el campo
no hay boca masculina que rehúse besarlo
ni manos callosas que no le hagan un hueco
al mate amargo.
¡Cómo me siento suyo; cómo lo siento mío,
al mate amargo!
Yo lo llevo disuelto en la sangre
como un jugo americano.

No sé qué tiene de símbolo
el mate amargo;
por el pico plateado de la bombilla
canta de madrugada como un pájaro guacho.

Paralelamente, Fernán Silva Valdés escribió también obras en prosa y de teatro, en ellas afloran su desbordante capacidad descriptiva y su acabado conocimiento de la naturaleza humana.

Por otra parte, desarrolló una intensa actividad en otros géneros, escribiendo las letras de canciones criollas, tangos, milongas, valses y cifras del repertorio popular y “culto” que llevan su firma.
La letra del tango “Clavel del aire” (1929), mundialmente conocido, le pertenece con música de Juan de Dios Filiberto.

Cabe mencionar también, la existencia de una corriente de opinión crítica, que aún reconociendo el indudable valor y mérito de su obra literaria, cuestiona su excesivo pintoresquismo localista.

Con cada palabra volcada al papel, este poeta, escritor y dramaturgo que alguna vez escribió: “el nido es una flor color de pájaros cuyo perfume entra por los oídos”; estaba definiendo con esa frase, el sentimiento de su propia poesía y la nostalgia de una infancia que narró a su manera.

Romance de mi infancia
(fragmento)

Pueblo Sarandí del Yí
acollarado a mi infancia,
en mi borroso recuerdo
tengo, patente, mi casa:
un caserón primitivo
con sus tejas coloradas
atado por un sendero
al gran árbol de la plaza.
Mi padre siempre escribiendo
en hojas inmaculadas;
mi madre con su costura
toda rodeada de hilachas.
La peona cebando mate
en una gran calabaza;
un mulato me mecía
entre dos tragos de caña;
y para mi boca niña,
para mi boca paisana,
no había más caramelos
que el canto de las calandrias.

Fiel a su pasión por la literatura, continuó escribiendo casi hasta el final de sus días. El 9 de enero de 1975, Fernán Silva Valdés falleció en la misma Montevideo que lo viera nacer.

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