Los versos del capitán – Pablo Neruda


Pablo Neruda y los versos del capitán – El idilio secreto del autor con Matilde Urrutia

Los versos del capitán - Pablo Neruda

En 1920, Europa ocupaba el centro del mundo y buscaba estabilizarse para superar las terribles consecuencias derivadas de la Primera Guerra Mundial. En otro punto del planeta, a miles de kilómetros, un ignoto y novel poeta adolescente llamado Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, publicaba colaboraciones y poemas en revistas literarias y en un diario local de Temuco (Chile), que firmaba con el seudónimo Pablo Neruda -Conocer biografía-, iniciando así, sin saberlo, la trayectoria literaria del excepcional escritor trasandino considerado uno de los autores, en lengua española, más relevante e influyente del siglo XX.

Pablo Neruda nunca quiso aclarar porque decidió usar ese nombre, algunas versiones aseguran que lo hizo en honor del poeta checo Jan Neruda, a quien admiraba. Otras refieren que el motivo verdadero era no contrariar a un padre que prefería a su hijo trabajando, en vez de dedicarse a una actividad que creía abstracta y poco práctica, la de ser poeta.

Solamente cuatro años después, en 1924, aquel mismo joven delgado, de tez pálida, que a veces se mostraba taciturno y usaba habitualmente una larga capa negra; que estudiaba en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Santiago de Chile participando junto con otros jóvenes escritores de la exaltada bohemia literaria de la época. Aquel joven que leía con avidez y escribía con pasión desbordante, publica a su corta edad, un libro de poesías que se convertiría en uno de los poemarios más leídos de la historia: «Veinte poemas de amor y una canción desesperada»; negando siempre que hubiera existido una destinataria de esos versos.

No obstante, según se supo posteriormente, las páginas de este libro que deslumbró a varias generaciones de amantes universales, reflejaban en realidad las vicisitudes de un romance juvenil que mantuvo Neruda con Albertina Rosa Azócar Soto, la mujer a quien iban dedicados la mayoría de los versos; la relación entre ambos se extendió desde 1922 hasta 1932, período en que el poeta le escribió a su enamorada 111 cartas de amor, que Albertina guardó celosamente en secreto durante más de medio siglo, hasta que todo trascendió y pudo conocerse finalmente a la musa que inspiró la célebre obra.

Las vida continuó y otras mujeres fueron amadas por Pablo Neruda: Albertina, Teresa, Guillermina, Laura, María Antonieta, Delia, y la última pasión. el amor maduro vivido con Matilde Urrutia a quien dedicó, también en secreto, el poemario llamado Los versos del capitán. La musa inspiradora había cambiado pero la historia tenía un trasfondo parecido.

El 8 de julio de 1952, el pintor y crítico de arte italiano Paolo Ricci publicó con carácter de anónimo un libro de poemas titulado Los versos del capitán. Era una edición limitada apenas a 44 ejemplares que la imprenta Arte Tipográfico de Nápoles había elaborado con papel marfil hecho a mano, tipografía Bodoni, e ilustraciones del mismo Ricci. En la portada lucía impresa la cabeza de una medusa y como único prólogo del poemario, destacaba la transcripción textual de una carta escrita en La Habana, Cuba y firmada por una persona identificada como Rosalía de la Cerda. Explicaba en la misiva, que enviaba al editor una serie de poemas que habían sido escritos para ella por un excombatiente del bando republicano en la Guerra Civil Española, lo había conocido mientras realizaba una gira artística en la frontera franco-española. Los poemas eran el testimonio de la historia de amor que unió sus vidas.

La identidad del autor legítimo del poemario permaneció en el anonimato por algún tiempo, aunque el círculo íntimo que rodeaba al eximio escritor sabía lo que era un secreto a voces, los poemas del libro narraban poéticamente el despertar de un apasionado romance del autor con Matilde Urrutia y no eran el testimonio de un soldado republicano enamorado de una artista desconocida.

En la publicación póstuma de Confieso que he vivido Neruda explica al respecto:
«Mucho se discutió el anonimato de este libro. Lo que yo discutía en mi interior mientras tanto, era si debía o no sacarlo de su origen íntimo: revelar su progenitura era desnudar la intimidad de su nacimiento. Y no me parecía que tal acción fuera leal a los arrebatos de amor y furia, al clima desconsolado y ardiente del destierro que le dio nacimiento.
Cuando Paolo Ricci, compañero luminoso, lo imprimió por primera vez en Nápoles en 1952, pensamos que aquellos escasos ejemplares que él cuidó y preparó con excelencia, desaparecerían sin dejar huellas en las arenas del sur. No ha sido así. Y la vida que reclamó su estallido secreto hoy me lo impone como presencia del inconmovible amor.» (…)
«La única verdad es que, durante mucho tiempo, no quise que esos poemas hirieran a Delia del Carril, pasajera suavísima, hilo de acero y miel que ató mis manos en los años sonoros y que fue para mí durante dieciocho años una ejemplar compañera». (…)


La biografía dice que Pablo Neruda era senador en Chile desde 1945 en que fue elegido, pero en 1948 el gobierno de Gabriel González Videla lo expulsa del país por razones políticas y él se exilia con su esposa de entonces, la pintora Delia del Carril, en México. En la capital del país azteca, convaleciente de una enfermedad, contrata para que lo asista a Matilde Urrutia, con quien ya había tenido un encuentro  circunstancial y fugaz cuando la conoció en un concierto al aire libre realizado en el Parque Forestal de Santiago (Chile). Se inicia en esos días el idilio furtivo, que Neruda disimularía ante su esposa utilizando cualquier pretexto para estar con su amante, la llevó a París, también al Festival Mundial de la Juventud celebrado en Alemania, haciéndola invitar como “cantante”. A la Unión Soviética como “amante secreta” de su amigo el activista cubano Nicolás Guillén.
En enero de 1952, Delia del Carril regresa a Chile y, confesando que «lo más fuerte que me queda es una desilusión», termina separándose formalmente después de 20 años de matrimonio.

Conozcamos algunos de los versos del capitán

Tu risa

Quítame el pan si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.


No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de planta que te nace.


Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.


Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.


Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.


Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.



Si tú me olvidas

Quiero que sepas una cosa.   
Tú sabes cómo es esto:
si miro la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
     
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.     
Si de pronto me olvidas
no me busques
que ya te habré olvidado.
     
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día, a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
     
Pero si cada día, cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos. 



La carta en el camino (fragmento)

Adiós, pero conmigo
serás, irás adentro
de una gota de sangre que circule en mis venas
o fuera, beso que me abrasa el rostro
o cinturón de fuego en mi cintura.
Dulce mía, recibe el gran amor 
que salió de mi vida
y que en ti no encontraba territorio
como el explorador perdido
en las islas del pan y de la miel.
Yo te encontré después de la tormenta,
la lluvia lavó el aire y en el agua
tus dulces pies brillaron como peces. (…)

Pablo Neruda escribió este poemario, en el bungalow blanco sobre los acantilados de la casa en la Isla de Capri que su amigo italiano Erwin Cerio, le había ofrecido para que utilizara como refugio de amantes. Matilde lo guardó en una caja de madera cubierta de nácar, que sirvió también para depositar un anillo, obsequio de su compañero íntimo, con la inscripción: “Capri, 3 de mayo de 1952, Tu Capitán”.
Dividió la estructura del libro en partes. Las primeras se refieren:  al amor, al deseo, a las furias, a las vidas y a las odas. Sigue un extenso poema, llamado “Epitalamio” y concluye con “La carta en el camino”. Imaginó y describió las diferentes etapas del noviazgo en cada verso, la anhelada unión con la amada y por último el poema de la separación, como contrapunto necesario a todo enamoramiento.

Pablo Neruda y Matilde Urrutia convivieron hasta la muerte del poeta acaecida el 23 de septiembre de 1973; Matilde dejó de existir el 5 de enero de 1985; desde diciembre de 1992 ambos están enterrados en medio del acantilado de Isla Negra, durmiendo juntos la quimera de la paz eterna en aquel lugar que eligiera el poeta para sus ensoñaciones sin tiempo.

Escribir poesía significa para un escritor un arduo trabajo de composición donde el talento personal es preponderante y determina la calidad final de la obra. También se necesita fantasía, imaginación, un vocabulario fluido y el dominio acabado de los secretos del lenguaje. Pero cuando leemos poemas, que llevan ese matiz especial que confiere calidez humana al trabajo intelectual, pensamos en las musas, esas deidades que sirven de inspiración a los artistas. Es un antiquísimo concepto que proviene de la mitología griega y que los seres humanos hemos incorporado como propios desde el inicio de los tiempos. Por eso, cuando leemos un poema de amor…¿Qué nos impide creer que las musas existen?

Epitalamio (fragmento)
¿Recuerdas cuando en invierno llegamos a la isla?
El mar hacia nosotros levantaba una copa de frío.
En las paredes las enredaderas susurraban dejando
caer hojas oscuras a nuestro paso.
Tú eras también una pequeña hoja que temblaba en mi pecho.
El viento de la vida allí te puso.
En un principio no te vi: no supe que ibas andando conmigo,
hasta que tus raíces horadaron mi pecho,
se unieron a los hilos de mi sangre, hablaron por mi boca. (…)


Y así ves, amor mío, cómo marcho por la isla,
por el mundo, seguro en medio de la primavera,
loco de luz en el frío, andando tranquilo en el fuego,
levantando tu peso de pétalo en mis brazos,
como si nunca hubiera caminadosino contigo, alma mía,
como si no supiera caminar sino contigo,
como si no supiera cantar sino cuando tú cantas. (…)

Para saber más:

Epitalamio: composición lírica escrita en honor de una boda.

Pablo Neruda fue un hombre polémico y un militante de fuertes convicciones intelectuales y políticas. Escritor iluminado que encarnó la vanguardia poética latinoamericana en el siglo XX, transformándose en uno de los referentes más admirados y endiosados. Su vasta obra literaria traspasó los límites imaginables y es imposible negar el valor genuino que tiene y representa en la cultura universal.

No obstante, en el contexto actual que ha cambiado radicalmente en comparación con el del siglo pasado, una enorme y oscura mancha comenzó a desteñir la imagen esplendorosa del poeta, motivada por hechos que se ocultaron durante décadas y que ahora han tomado estado público. Como consecuencia, se producen reacciones de comprensión y de indulgencia hacia el hombre o el poeta, pero también hay muestras de decepción, intolerancia y rechazo.

Lo cierto es que del matrimonio de Pablo Neruda con su primera esposa María Antonieta Hagenaar (a quien llamaba la javanesa o Maruja o Maruca), nació Malva Marina Trinidad, su única hija, la niña padecía una hidrocefalia severa y su muerte era inevitable, pero vivió ocho años. Su padre la abandonó a los dos y nunca más la vio. 
“Maruca” viajó a Holanda con su hija, donde se radicaron en la ciudad de Gouda, allí la niña quedó al cuidado de una familia cristiana, mientras su madre trabajaba para mantenerla, así transcurrieron sus días hasta que murió el 2 de marzo de 1943. María Antonieta comunicó a través del consulado chileno en La Haya, la lamentable noticia a su progenitor pidiéndole reunirse. La respuesta de Neruda fue sólo un frío silencio.
Una actitud que merece el más absoluto repudio.

Tratamos de reflejar objetivamente aquí lo que pasó, lo que está escrito y es comprobable y separamos las críticas al genio creativo de una obra literaria, de lo que son las conductas hipócritas o faltas de ética en la vida privada de algunas personas, convertidas en actitudes que racionalmente son muy difíciles de explicar.

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Carmen Conde – Historia de una escritora


Carmen Conde Una escritora que fue mucho más que la primera mujer aceptada en la RAE

Carmen Conde

Transcurría el año 1978 cuando Carmen Conde fue elegida académica de número de la Real Academia Española, asignándole el sillón «K»; se convirtió de esa manera en la primera mujer en más de tres siglos de historia, que pasaba a formar parte de la prestigiosa institución. Meses después, el 28 de enero de 1979, al momento de asumir el cargo, Carmen pronunció emocionada un discurso que había preparado especialmente para la ocasión y que tituló ‘Poesía ante el tiempo y la inmortalidad’.

Transcribimos algunos fragmentos de ese texto:

«Mis primeras palabras son de agradecimiento a vuestra generosidad al elegirme para un puesto que, secularmente, no se concedió a ninguna de nuestras grandes escritoras ya desaparecidas. Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria. Permitid que también manifieste mi homenaje de admiración y respeto a la obra de mi ilustre predecesor D. Miguel Mihura, el genial escritor que mejor comprendió a las mujeres al interpretarlas en sus inolvidables comedias.»(…)

«A continuación y apelando a vuestra benevolencia, leeré mis sencillos comentarios a ciertos fragmentos de poesías de algunos autores, que en ellas manifiestan su acoso a lo indescifrable del Tiempo, o su preocupación por la inmortalidad de sus obras. 
Si de la memoria sólo vale el don preclaro de evocar los sueños, cuando suscito los míos resalta mi entrega a la Poesía. Desde la infancia, “tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado lo eterno”. No la inmortalidad sino la eternidad o el sueño de lo inextricable… 
Por ello, conectar con la vida plena sin apartarme de la Poesía; entregándole cuanto percibía y sentía inmersa en visible totalidad; anhelando aquello misterioso que conduce al hallazgo de palabras que accedieran conmigo o por mí, al todavía un sueño: el más hermoso y respetado por mi existencia. 
Padecer por hallar desde el subconsciente cuanto ayudara a intentar o a ser un puente que alcanzara las orillas del misterio creador… La joven inocencia creyó traer, un día, “…palabra redonda y suave como una paloma…”. 
Eterno e implacable se constataba el Tiempo, aunque todo se creía alcanzable ejerciendo el sueño, germen de lo íntimo, de lo secreto pugnando por nacer. Si recorrer el largo camino acarrearía venturas y desventuras, habría que mantenerse fiel a la Poesía: no como condición adicional, sino porque era supremo logro del ser y del estar en la Tierra. Sin ella me hubiera sido imposible vivir. Por ella, fortaleza y la dulcísima felicidad que inspira imaginarse enlace entre el origen y el fin. Aunque intentándolo ser, como pobre criatura humana, aquella palabra-paloma acabara quemándose con su yodo y su sal. 
Así, a través del tiempo, sin hurtarle sacrificios pero sí condescendencias a la entrega: por caminos nunca fáciles, la confiada búsqueda sin temores ni prisas; ajenándola de externos influjos circunstanciales. Haciéndola pasajera intocable de mi travesía, la Poesía sirvió no solamente a sueños, también a esperanzas y a realidades que por mínimas que fueran bastaban para mantenerme cada día.» (…)

«En los sueños no hay mañana, es todo ahora… La Poesía, desinteresada de cuanto pudiere enturbiar su luz, es el ahora de todos los sueños, la constancia cordial de la vida viva. Restaña heridas causadas por tiempo o historia, conduciendo desde el amor por un solo ser al amor por lodos los seres, siendo los mejor amados aquellos que constituyen «mayoría silenciosa» o no escuchada cuando reclama su derecho a hablar».»
Ni evasiones del dolor ni rechazos a la alegría. Quienes lealmente crean poesía saben de la necesidad de su verdad y de la defensa desinteresada de las causas perdidas.»(…)


Paradójicamente, esta distinción honorífica proyectó una sombra que terminaría opacando los méritos logrados por Carmen Conde en su extensa trayectoria dedicada a las letras; y quedó, como autora, injustamente relegada en el reconocimiento público no obstante haber sido considerada una de las voces más significativas de la generación poética del 27

Su fecunda labor literaria recorrió los géneros de la narrativa, de la dramaturgia, del ensayo, de la literatura infantil y la antología; pero la lírica que ya había invadido sus fibras más íntimas cuando escribió en una de sus citas: «la poesía es algo que le sobra al corazón y que se escapa por las manos», se convirtió en una de sus herramientas predilectas. Y cuando conoció al poeta Antonio Oliver Belmás, con quien se casó en 1931, su personalidad poética quedó cimentada, circunstancia esta que propiciaría posteriormente una intensa actividad creativa que le dio brillo intelectual y notoriedad. 

Algunas de sus poesías mas representativas de Carmen Conde:

Ante ti
Porque siendo tú el mismo, eres distinto
y distante de todos los que miran,
esa rosa de luz que viertes siempre
de tu cielo a tu mar, campo que amo.


Campo mío, de amor nunca confeso;
de un amor recatado y pudoroso,
como virgen antigua que perdura
en mi cuerpo contiguo al tuyo eterno.


He venido a quererte, a que me digas
tus palabras de mar y de palmeras;
tus molinos de lienzo que salobres
me refrescan la sed de tanto tiempo.


Me abandono en tu mar, me dejo tuya
como darse hay que hacerlo para serte.
Si cerrara los ojos quedaría
hecha un ser y una voz: ahogada viva.


¿He venido, y me fui; me iré mañana
y vendré como hoy…? ¿qué otra criatura
volverá para ti, para quedarse
o escaparse en tu luz hacia lo nunca?




Entrega
Guardaré mi voz en un pozo de lumbre 
y será crepúsculo toda la vida.
Ya girarán más leves los cuchillos
porque no encontrarán dónde herirme.
Erguida de rocíos negros,
para ti cantaré.


¡Que no me busquen los sin vista,
que no me llamen los ahogados,
que no me sientan los que huyo!
A mi soledad de reflejos,
amor,
sólo tú.




Indescriptible
Esperar es peor que nacer
porque solamente espera el que se muere,
de esperar sin hacerse con la vida
otra cosa que esperar. El esperarte.


Y atada a esa tu espera que me gasta
y que gasta tu vida sin traerte,
aquí me estoy muriendo de ansiedades
porque cabe, tremenda, esta esperanza.


Cada día, ¡oh tú que te retrasas!
sin saber que nos vamos alejando,
es menor la distancia irreparable
de pensar, de esperar, que nos aleje.


Y aquí sigo esperando, nada intento
por huir al tormento de tu espera.
Ya no sé si allá fuera de mi vida
quedan otros o no, queda quien ande!


solamente por ti, por cuando llegues,
a solas esperándote te espero.


Nostalgia de mujer
Mil años ante Ti son como sueño.
Como de aguas el grosor de una avenida.
Hierba que en la mañana crece,
florece y crece en la mañana
aunque a la tarde es cortada y se seca.


¿Qué es el tiempo ante Ti, qué son los truenos
que blandes contra mí cuando me nombras?
Pavor siento a tu idea, te veo hosco
mirándome en la lumbre de tu Arcángel.
La espada Tú también, eres el filo
y el pomo que se aprieta con el puño.


Para verte a Ti mismo me has nacido.
Por no estar solo con tu omnipotencia.
Soy la nada, soy de tiempo, soy un sueño…
Agua que te fluye, hierba ácida
que cortas sin amor…
Tú no me quieres.

Carmen Conde Abellán nació en Cartagena, una ciudad portuaria de la región murciana, al sudeste de España, el 15 de agosto de 1907. Cursó el magisterio en la Escuela Normal de Maestras de Murcia y más tarde inició estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia.
En 1929 publicó su primera obra titulada “Brocal”, que reúne poemas en prosa en los que lucen imaginativas metáforas de delicada composición, con la temática del amor en conjunción con la naturaleza. 


En 1933, estando embarazada, se trasladó con su esposo a Madrid. Aprovechando su estado escribió en un tono de apacible felicidad su segundo libro de poemas titulado «Júbilos», redactado con mayor complejidad estructural que el primero. Lamentablemente su única hija nació muerta y el frustrante recuerdo aparecerá intermitentemente en su poesía. El poemario igualmente se publicó en 1934, prologado por Gabriela Mistral e ilustrado por Norah Borges, hermana del escritor argentino Jorge Luis Borges


En 1936, mientras estudiaba en la Universidad de Valencia, Carmen Conde conoció a la escritora Amanda Junquera, una mujer muy bella y culta, esposa del influyente catedrático de Historia Española Cayetano Alcázar Molina, iniciándose entre ellas una sincera amistad. El tiempo convertiría esa relación en una historia de amor clandestino. 


Al estallar la Guerra Civil, Oliver Belmás y Carmen Conde se unieron al bando republicano. Carmen siguió a su marido por varias ciudades de Andalucía, pero finalmente regresó a Cartagena para cuidar a su madre. Al concluir el trágico conflicto bélico, su esposo vivió por un tiempo recluido en Murcia, en casa de su hermana y Carmen Conde se refugió en el domicilio de los Junquera en Madrid durante un año, de esa época data el poema en prosa «El arcángel», inédito hasta la  década de 1960
Durante 1940, Carmen continuó escondiéndose discretamente y residió un tiempo en El Escorial con Amanda Junquera, allí escribió una parte importante de su obra. Para comunicarse con su marido, se valía de amigos personales.


En 1941, Conde y Junquera se instalaron en un inmueble, propiedad del poeta Vicente Aleixandre, en la calle de Wellingtonia de Madrid. Esta especie de exilio interno dentro del territorio español, fue malinterpretado por algunos sectores de la sociedad española. De hecho, cuando designaron a Carmen Conde académica de la Lengua, en 1978,  se generó una gran polémica porque la otra candidata, Rosa Chacel, sí había sido efectivamente desterrada y simbolizaba a la mujer que regresaba del exilio, mientras que Conde aparecía en una situación acomodaticia, favorecida también, en opinión de sus detractores, por la amistad de la poetisa de Cartagena con Amanda Junquera y su esposo, quien, utilizando su reputación e influencias, habría evitado las severas consecuencias de la represión franquista que podían haber caído sobre Carmen.


Fue juzgada por haber adherido a los ideales de la República con fallo de sobreseimiento provisional en 1944, aunque con una nueva denuncia en 1949. Pero a pesar de todos los inconvenientes y dificultades que enfrentaba en su vida personal, continuó desplegando una intensa actividad que perseguía como propósito, la reivindicación de los valores culturales y la defensa de la educación. Y lo intentaba creando bibliotecas, publicando y colaborando en revistas literarias, dictando conferencias, participando en congresos, giras y recitales de poesía, concediendo entrevistas por radio y televisión; siempre buscando ampliar los alcances de la literatura. Consecuentemente fue galardonada en reiteradas oportunidades.


Buscando esencialmente desentrañar los secretos del amor y la sensualidad, aparece publicado (1945) su libro «Ansia de gracia»; con esta realización comienzan a consolidarse las excepcionales condiciones para la narrativa, que impregnarán la obra de una autora que nunca escatimó vitalidad, pasión, erotismo y verdad existencial, ni a su poesía, ni a su prosa.


En 1948 se publica «Cartas a Katherine Mansfield», una interesante obra que amerita su tratamiento en una futura nota.
Se trata de un conjunto de siete cartas escritas a partir de 1935 por una joven Carmen y cuya destinataria era la gran escritora neozelandesa Katherine Mansfield, muerta de tuberculosis doce años atrás, en 1923.
Las cartas se transformaron en una amistad literaria en la que la poetisa cartagenera buscaba en Mansfield, su interlocutora imaginaria, afianzar el conocimiento de si misma, comprender las cosas simples de la vida, explorar íntimamente sus dudas e inquietudes y además, apoyo para abrirse paso en un mundo de hombres.
Escritas como un ejercicio intelectual fascinante, inteligente, permitido únicamente por los misterios inescrutables de la creación artística; dejan traslucir una complicidad que no entiende de tiempos ni silencio y difumina sutilmente los límites entre la vida y la muerte. 


Publicó en 1967 varias antologías: «Once grandes poetisas americohispanas» y «Poesía femenina española», entre otras. En 1968 muere su esposo y, tres años más tarde, Carmen editó sus obras completas. Como Amanda Junquera también había quedado viuda, las dos escritoras resolvieron volver a vivir juntas en la residencia de la calle de Wellingtonia.
El legado poético de Carmen Conde abarca una larga lista de títulos donde resaltan: la antología titulada «Obra poética», los poemarios más arriba mencionados «Brocal»  y «Júbilos», «Poemas a María», «La noche oscura del cuerpo», donde innova con un estilo muy personal, «En la tierra de nadie», «Los poemas del mar Menor», «A este lado de la eternidad» y «Cancionero de la enamorada».
Otras obras destacadas son: «Cuentos para niños de buena fe», y varias novelas de trasfondo psicológico con una prosa imbuida de fino tono poético, como «Vidas contra su espejo», «En manos del silencio», «Las oscuras raíces», o «La calle de los balcones azules»; también sobresale en esta nómina la «Biografía de Gabriela Mistral».
Con el seudónimo de Florentina del Mar rubricó varios libros en prosa y de literatura infantil y también firmó otras publicaciones con el nombre de Magdalena Noguera.


A partir de 1982, comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer, no obstante continuó activa y en 1987, meses después que falleciera Amanda Junquera, le fue concedido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por «Canciones de nana y desvelo». 


En septiembre de 1992, Carmen Conde redactó su testamento legando al Ayuntamiento de Cartagena, su ciudad natal, la totalidad de su obra literaria y la de su marido. Agravados los síntomas de su enfermedad, decidió internarse en un centro especializado en Majadahonda, Comunidad de  Madrid; pero su salud continuó deteriorándose lenta y penosamente, hasta la muerte inevitable acaecida el 8 de enero de 1996.

El célebre discurso de Carmen Conde finaliza así:

«…En el ir y venir del espíritu exprimiéndose en el empeño de horadar el Misterio del Tiempo (Eternidad, Inmortalidad, Palabra), la vida no deja de ser realidad y sueño que la Poesía embebe y rezuma después para que el mundo no sea mudo y se acerque a la música que los más no sólo no oyen, sino que ni escuchan, para participar en el heroico acoso a lo indescifrable.».


«En definitiva, un mar no es más que infinitas gotas unidas.»



Para saber más:


Después de la muerte de Carmen Conde, otras dos escritoras españolas fueron aceptadas y pudieron tomar posesión de su sillón en la Real Academia Española, se trata de Ana María Matute y Elena Quiroga, ambas fallecidas.


En la actualidad, la cúpula de la RAE está integrada por 46 personalidades y de ese total solamente 8 son mujeres académicas: La historiadora Carmen Iglesias, elegida en 2000; la bióloga Margarita Salas en 2001; la filóloga Inés Fernández-Ordóñez en 2008; las escritoras Soledad Puértolas (2010) y Carme Riera (2012); la filóloga Aurora Egido que ingresó en 2013; la escritora Clara Janés y la filóloga Paz Battaner, elegidas ambas en 2015.


El discurso de asunción de Carmen Conde fue contestado por el  ensayista, poeta, crítico literario e historiador de la literatura española Guillermo Díaz-Plaja Contestí.


Katherine Mansfield es el seudónimo que usó Kathleen Beauchamp, una destacada escritora modernista de origen neozelandés, nacida en en la ciudad de Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888 y fallecida como consecuencia de la tuberculosis, en Fontainebleau, Francia, el 9 de enero de 1923. 


Los puntos suspensivos entre corchetes […] o entre paréntesis (…), indican la supresión de una palabra o un fragmento en una cita textual.
Cuando lo que va entrecomillado constituye el final de un enunciado o de un texto, debe colocarse punto después de las comillas de cierre, incluso si antes de las comillas va un signo de cierre de interrogación o de exclamación, o puntos suspensivos. 

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La última carta de Sylvia Plath

Amores trágicos en la literatura – La última carta de Ted Hughes a Sylvia Plath

La última carta


Eximios escritores han imaginado trágicas historias de vida que, plasmadas en incontables páginas de novelas y poemas, cautivaron indefinidamente a través de los tiempos los sueños de ávidos y devotos lectores. Pero también concitaron gran interés público, otros relatos que involucran hechos relevantes de la vida diaria de muchos de esos autores y éstas historias auténticas, dieron lugar a conmovedoras tragedias amorosas donde la realidad empalideció la creatividad más fecunda.

Podríamos citar en esa lista de amores desdichados a Amado Nervo y Ana Cecilia Luisa Dailliez, su musa inspiradora de los geniales versos de «La amada inmóvil». A la poetisa caribeña Gertrudis Gómez de Avellaneda y Gabriel García Tassara, también la tormentosa vida sentimental de Alfonsina Storni o el confuso episodio de Leopoldo Lugones encontrado muerto en febrero de 1938 en un hospedaje de la ciudad de Tigre, perteneciente al Gran Buenos Aires. ¿El eterno amor platónico de Dante por Beatriz Portinari quedaría excluido?.

Por supuesto que no podría faltar en esta particular aunque incompleta selección, uno de los más trágicos amores literarios de la segunda mitad del siglo XX: el infortunado romance que mantuvieron la emblemática poetisa norteamericana Sylvia Plath con el laureado poeta inglés Ted Hughes en la década de 1960. Casi medio siglo después, en 2010, el parlamentario inglés Melvyn Bragg encontró, mientras investigaba en la Biblioteca Británica acerca de Hugues, un manuscrito con un poema inédito cuyos versos titulados «La última carta», rememoran lo acontecido en los días previos al suicidio de su esposa Sylvia Plath. Su difusión causó un gran impacto y reavivó una añeja polémica.


La última carta

¿Qué pasó aquella noche? Tu última noche
doble, triple exposición
a todo. Tarde, el viernes,
mi última visión de ti viva.
Quemabas tu carta para mí en el cenicero,
con esa extraña sonrisa. ¿Había arruinado tu plan?
¿Me sorprendió antes de lo que esperabas?
¿Te la llevé corriendo demasiado pronto?
Una hora después —te habrías ido
a donde no podía encontrarte.
Me habría regresado de tu cerrada puerta roja
que nadie hubiera abierto
sosteniendo aún tu carta,
un rayo que no pudo aterrizarse.
Habría sido terapia de choques
para mí,
repetida una y otra vez, todo el fin de semana,
cada que la leyera o pensara en ella.
Hubiera cambiado mi mente, y mi vida.
La terapia que planeaste necesitaba algo de tiempo,
no puedo imaginar
cómo habría sobrevivido el fin de semana.
No lo puedo imaginar. ¿Lo habías planeado todo?


Tu carta me llegó antes —ese mismo día,
el viernes en la tarde, enviada por la mañana.
Los demonios reinantes la aceleraron,
fue una gota más de mala suerte
llevada a ti por la oficina de correos
y sumada a tu carga. Me moví rápidamente,
a través del crepúsculo londinense, de febrero, azul-nieve.
Lloré con alivio cuando abriste la puerta.
Un montón de acertijos en solución. Lágrimas precoces
que no lograron traducirme, no lograron divulgar
su valor verdadero. Pero qué dijiste
sobre los fragmentos humeantes de esa carta
tan cuidadosamente aniquilada, tan calmada,
que me dejaron soltarte, y dejarte
a borrar sus cenizas de tu plan —del cenicero
contra el cual te apoyaste para que leyera
el teléfono del doctor.
Mi escape
se convirtió en algo tan perseguido
insomne, sin esperanza, todos sus sueños exhaustos
sólo quería ser capturado de nuevo, sólo
quería caer, salir de su vacío.
Dos días de nada colgante. Dos días gratis.
Dos días en ningún calendario, pero robados
de ningún mundo,
más allá de realidad, sentimiento o nombre.


Mi vida amorosa lo agarró. Mi adormecida vida amorosa
con sus dos agujas locas,
bordando su rosa, punzando y jalando
su tapicería, su tatuaje sangriento
en alguna parte tras mi ombligo,
enhebrando ese amasijo de adornos,
dos agujas locas, entrecruzando sus puntadas,
escogiendo entre mis nervios
sus colores, remodelándome
dentro de mi piel, cada una reconstruyendo a la otra
con sus propias caricaturas, su obsesivo entrar y salir. Dos mujeres
cada una con su aguja.



Esa noche,
mi Susan dellarobbia. Me moví
con la cautela
de la flama en una mecha. Toda mi furia
fue un abandonado esfuerzo para explotar
el viejo globo donde las sombras se inclinaban
sobre mi rastro delator de cenizas. Corrí
de aquí para acá, de espaldas, una película en reversa,
¿hacía qué? Fuimos a la calle Rugby
donde tú y yo empezamos.
¿Por qué, entre todos los lugares, fuimos ahí?
¿Por qué fuimos ahí? La perversión
en el arte de nuestro destino
ajustó sus finuras para ti, para mí,
y para Susan. El solitario
que jugó el Minotauro de aquel laberinto
incluyó aun a Helen, en el departamento de la planta baja.
La habías notado —una chica para un cuento.
Jamás la conociste, pocos la conocieron,
excepto a través de las orejas y la máscara demente
de su Pastor. Ni siquiera fugazmente la viste.
Sólo te echaste para atrás
cuando el loco animal estrelló su peso
contra la puerta mientras nos escurríamos por el pasillo
y lo oímos ahogarse en infinito odio alemán.
stanza-break
Aquel domingo por la noche abrió su puerta
los pocos centímetros permitidos.
Susan recibió sus ojos negros, el sobrepeso
infeliz, bello rostro, que se asomaba
por la cadenita. La puerta se cerró.
La oímos consolar a su carcelero.
En su celda, su perrera, donde días después,
gaseó a su feroz kapo, y a sí misma.



Susan y yo pasamos la noche
en nuestro lecho matrimonial. No lo había visto
desde que nos acostamos ahí el día de nuestra boda.
No la llevé a mi propia cama.
Pensaba, que tras el fin de semana,
podrías aparecer —una visita sorpresa.
¿Apareciste, para tocar mi ventana oscura?
Así que me quedé con Susan, escondiéndome de ti,
en nuestro lecho de bodas —el mismo del que
en tres años sería llevada a morir,
en aquel mismo hospital donde, en doce horas,
te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
la llevé a su trabajo, en la ciudad,
luego estacioné mi camioneta al norte de la calle Euston
y regresé a donde mi teléfono esperaba.



Qué pasó aquella noche, en tus horas,
es tan desconocido como si nunca hubiera pasado.
Qué acumulación de tu vida entera,
como esfuerzo inconsciente, como parto
empujando por la membrana de cada lento segundo
al siguiente, pasó
solamente como si no pudiera pasar,
como si no estuviera pasando. Qué tanto
sonó el teléfono ahí en mi cuarto vacío,
tú escuchando el tono en el auricular—
en ambos lados la evanescente memoria
de un teléfono sonando, en una mente
como ya muerta. Enumero
cuantas veces caminaste a la cabina del teléfono
hasta abajo de la terraza de St. George.
Estás ahí siempre que miro, saliendo
de la calle Fitzroy, cruzando
entre los bancos apilados de azúcar sucia.
En tu largo abrigo negro,
con tu trenza enrollada tras tu cabeza
caminas incapaz de moverte, o despertar, y ya eres
nadie caminando,
caminando en las vías bajo Primrose Hill
hacia la cabina de teléfono inalcanzable.
Antes de medianoche, después de medianoche. Otra vez.
Otra vez. Otra vez. Y, casi al amanecer, otra vez.


¿En qué posición de las manecillas de mi reloj
tu último intento,
ya profundamente rebasada
mi capacidad de escucharte, sacudió la almohada
de esa cama vacía? ¿Una última vez
tocó levemente mis libros, y mis papeles?
Cuando llegué mi teléfono dormía.
La almohada inocente. Mi cuarto dormía,
cubierto ya de luz matinal iluminada por la nieve.
Encendí el fuego. Había sacado mis papeles.
Y había empezado a escribir cuando el teléfono
se sacudió, en una alarma trepidante,
recordándolo todo. Se recuperó en mi mano.
Luego una voz como arma elegida
o inyección medida,
entregó fríamente sus cuatro palabras
al fondo de mi oído: «Su esposa está muerta.»

Ted Hughes 

Sylvia Plath, fue una destacada escritora estadounidense que cultivó con éxito prosa, ensayo y poesía, había nacido el 27 de octubre de 1932 en Boston y desde la niñez demostró tener aptitudes especiales para las letras, consecuentemente, muy joven se graduó con honores en el Smith College. Pero en forma paralela, los desórdenes mentales de una personalidad proclive a conductas depresivas comenzaron a manifestarse también a edad temprana y requirieron internación y tratamiento en instituciones psiquiátricas debido a un intento de suicidio.

Conoció a Ted en una fiesta estudiantil celebrada en la Universidad de Cambridge a comienzos de 1956. Cuatro meses después de ese encuentro, el 16 de junio, contrajeron matrimonio. La pareja tuvo dos hijos, Frieda y Nicholas. Después de los primeros años el idílico amor fue desgastándose paulatinamente y las severas crisis nerviosas que atormentaban a Sylvia volvieron cada vez más conflictiva la convivencia.

Por entonces Ted Hughes había comenzado otra relación con Assia Wevill, una atractiva mujer casada, nacida en Berlín y dotada de un singular magnetismo sexual, que lo deslumbró al punto extremo de inducirlo a  tomar la decisión de abandonar a su esposa y a los dos hijos pequeños del matrimonio.Esta separación causó estragos en la mente de Sylvia que volvió a desequilibrarse, se sumaron además otras circunstancias familiares desgraciadas, la escasez de recursos económicos y el incipiente proceso de divorcio, los pensamientos autodestructivos recomenzaron y enfermó.

Así, el viernes 8 de febrero de 1963 Sylvia Plath escribió a su marido una carta, supuestamente una nota de suicidio, creyendo que la misiva llegaría el sábado, pero circunstancias fortuitas hicieron que Ted leyera el mensaje ese mismo día por la tarde. Con la carta en la mano, Hughes, aunque distanciado sentimentalmente, se dirigió presuroso hacia la casa donde residía Plath en Primrose Hill, al norte de Londres; al verse cara a cara, se desató entre ambos una fuerte discusión en el curso de la cual Sylvia Plath arrancó la carta de las manos de su esposo y la arrojó al fuego. Este encuentro final obsesionó al hombre poeta, que mucho tiempo después transformaría lo sucedido ese anochecer en el poema la última carta.

Las primeras horas del lunes 11 de febrero transcurrieron inexorablemente, mientras las ilusiones de Sylvia se iban desvaneciendo al tiempo que crecía la desesperanza y sus demonios íntimos, otra vez, empezaban a convencerla que ya no quedaban días felices en su mundo. Quizás en el último minuto haya rememorado una de sus reflexiones «Mi alma debe estar detrás de ti; estoy matando mi carne sin ella»; y luego cuando comprendió que la dura batalla final estaba perdida llegó el silencio; preparó el desayuno a sus hijos, selló cuidadosamente la puerta de la habitación de los pequeños y se quitó la vida, asfixiándose con el gas proveniente del horno de la cocina que había abierto intencionalmente. Tenía 30 años; Ted se enteró de la muerte de su esposa ese mismo lunes.

Estos acontecimientos dieron origen a un mito que por mucho tiempo acaparó la atención popular, aunque nunca pudo discernirse la responsabilidad que le correspondió a Ted en el trágico suceso. Como todavía estaban legalmente casados al producirse la muerte de Sylvia, Hughes se hizo cargo de sus manuscritos y al leerlos, se percató rápidamente de que las composiciones dejadas por Plath eran muy superiores a cuanto había publicado en vida.

Decidió entonces, para honrar la memoria de la esposa fallecida, editar con sumo cuidado ese legado y esmerarse en una muy prolija publicación de las obras heredadas. Un noble propósito sin dudas, opacado no obstante por actitudes que fueron juzgadas como imperdonables: destruyó una parte importante del diario personal de la poetisa con la excusa de que su lectura hubiera infligido a los hijos del matrimonio un daño irreparable y, según se sospecha, «perdió o hizo desaparecer» el manuscrito de una segunda novela que preparaba Plath en 1963.

Ted Hugues, ya no podría olvidar esos días aciagos del invierno de 1963, las polémicas acusaciones de organizaciones feministas y las durísimas críticas de amplios sectores de la sociedad, convirtieron sus días en un calvario y un enorme sentimiento de culpa le dejó una marca indeleble.Pero a pesar de todo, cinco años después de la muerte de Sylvia Plath, el poeta se vio envuelto nuevamente en una oscura aventura amorosa mientras vivía una triple vida con Assia Wevill, con una enfermera en prácticas llamada Carol Orchard y otra mujer llamada Brenda Hedden. Se conocen textos de Hughes en los que se manifiesta incapaz de decidir y escribe: «¿Qué cama, qué novia, qué pecho me dará confort?»

Assia Wevill, señalada socialmente por destrozar el matrimonio de Sylvia y Ted, no llegó a casarse con Hughes pero le dio una hija, Shura. Cuando el poeta resolvió que no vivirían juntos, todo comenzó a parecerse al reflejo en un espejo de las penurias soportadas antes por Sylvia y esa decisión fue causa frecuentes discusiones; después de seis años años de relación Assia quería alquilar otra casa en Yorkshire para compartir proyectos y sueños, ya no quería ser sólo la amante o la musa, pretendía algo más, ser para él un puerto seguro.Las dudas, la desconfianza, el desprecio y la hostilidad con que era tratada por muchos de los amigos de Ted la abrumaban, así, aquella mujer otrora altanera y acostumbrada a seducir quedó degradada al papel de personaje secundario.

A comienzos del año 1969, Ted Hughes ya disfrutaba de una nueva amante, una enfermera llamada Carol Orchard. Por alguna razón el domingo 23 de marzo, a mediodía, Assia telefoneó a Ted, discutieron una vez más y después de colgar, le dio el día libre a la niñera; esperó que anochezca y arrastró un colchón hasta la cocina, puso sábanas limpias, se preparó un whisky, luego otro con algunos somníferos y en un impulso irracional fue a buscar a Shura al dormitorio y la trasladó a la improvisada cama. Apagó la luz y antes de recostarse junto a su hija de cuatro años, abrió la llave del gas del horno de cocina. ¿Coincidencia fatídica? Horas después hallaron los dos cadáveres.
Poco antes de su propia muerte acaecida en el 28 de octubre de 1998, Ted Hugues, gravemente enfermo, rompió un silencio de más de tres décadas soportando acusaciones y publicó su último trabajo poético dedicado a Silvia Plath. Se trataba de un bellísimo poemario titulado «Cartas de cumpleaños», que fue éxito de ventas pero no alcanzó para borrar el estigma que pesaba sobre él. En cada poema explora las complejas relaciones que experimentó en su matrimonio con Sylvia, procesando todos sus recuerdos y haciéndolos trascender en versos sobrecogedores, en ellos celebra la vida, el amor y las pasiones, medita sobre el suicidio y nombra a la muerte pero sin referirse en forma directa a las circunstancias que la ocasionaron. El diseño de la tapa de este libro fue hecho por su hija Frieda. 

Carol Orchard, se casó finalmente en 1970 con Ted Hugues y quedó viuda en 1998. Al conocerse la existencia del poema inédito La última carta encontrado en 2010, Carol apoyó un proyecto editorial que llevaba adelante el biógrafo académico Sir Andrew Jonathan Bate, pretendiendo publicar íntegramente los resultados de ese hallazgo; pero cambió de opinión al advertir que las investigaciones derivadas convertirían la biografía del poeta, en algo más que una completa reseña literaria. Los nuevos escritos descubiertos corrían un velo y revelaban con sinceridad salvaje las aventuras extramatrimoniales de Hughes, una de las cuales describe este poema con el nombre de la amante y tal riqueza de detalles que es casi una confesión de arrepentimiento.Posteriormente el proyecto siguió adelante para editarse como biografía no autorizada.

Para conocer más:
Smith College, es una universidad privada femenina estadounidense ubicada en Northampton, Massachusetts
Actualmente, con la nueva documentación conocida, se han podido reconstruir con detalles los sucesos acontecidas en aquel trágico fin de semana. Así se sabe que el sábado 9 de febrero, Plath también telefoneó a Hughes a su casa, precisamente la misma en la que habían pasado la noche de bodas y convivido siete años. El llamado lo atendió Susan Alliston, otra de las amantes de su esposo y cuando esta le pasó el teléfono, Hughes se limitó a decir algo así como: «- tranquila, Sylvia» y para él todo continuó con una actitud indiferente. De hecho, el poeta pasó aquella noche  y todo el domingo (día en el que se supone que Sylvia Plath se suicidó) en esa casa con Susan.También se demostró que la carta en cuestión no era una nota de suicidio, sino que en ese escrito, Sylvia simplemente le comunicaba a Ted que se marcharía a París abandonándolo. 
En el legado literario de Sylvia Plath se destacan entre otras obras: “El coloso”, “Ariel”, “Árboles de invierno”, “La campana de cristal”, “Cartas a casa” y “The magic mirror” (que fue su tesis de graduación para el Smith College). En 1982, a título póstumo, se le concedió el Premio Pulitzer por sus “Poemas completos”.
Edward James Hughes, (más conocido como Ted Hughes), fue un poeta británico y escritor de libros infantiles considerado uno de los poetas más brillantes de su generación. Nació en Mytholmroyd, Yorkshire, en el año 1930. 
El 16 de marzo de 2009 el hijo menor del matrimonio, Nicholas Farrar Hughes, se ahorcó en su casa en Fairbanks, Alaska.
El académico y parlamentario inglés Lord Melvyn Bragg encontró entre los cuadernos de Hughes el poema titulado «Última carta», un testimonio trágico de la obsesión del poeta por tratar de fijar la noche del suicidio de Sylvia Plath. Murió sin conseguirlo, por eso no lo incluyó en su poemario Cartas de cumpleaños». 

Nota: Intentamos rescatar y difundir los valores literarios indudables de la obra intelectual de cada autora o autor con un enfoque absolutamente objetivo. Nunca la finalidad es generar polémicas innecesarias. Toda historia personal  se conjuga en tiempo pasado y el pasado está escrito en esa historia de manera irreversible y definitiva. Que cada quien saque su propias conclusiones si así lo considera.

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La ironía como recurso literario

En el mundo de la literatura, cada escritor, cada persona, utiliza herramientas que adornan sus escritos y les permiten expresar ideas. Hoy nos detendremos en la ironía como una de esas grandes aristas

La ironía como recurso literarioLa ironía, ese recurso tan frecuentemente utilizado por los escritores al momento de redactar sus obras es, por definición, una figura retórica literaria, un modo de expresión donde las palabras elegidas se usan con intención para indicar un significado que no es precisamente el de la interpretación literal.

Es una forma elegante de expresar algo muy distinto, o incluso contradictorio con lo que se dice, se escribe o se quiere dar a entender, empleando un tono, gestos o palabras que sugieren la interpretación que debe hacerse.

Puede ser espontánea o intencionada, generada de manera accidental o de forma voluntaria por aquel que arma su mensaje.

El término proviene etimológicamente del griego «eirōneía» (disimulo, ignorancia fingida), que si bien no hace referencia directa a la ironía, sí se relaciona con la noción de hipocresía o decepción, elementos que toma la ironía y a partir de los cuales se construye.

En la lectura de innumerables obras selectas de la literatura universal, podemos encontrar profusos ejemplos de exquisita concepción que hacen uso de este eficiente recurso. En ese contexto, las observaciones de Mark Twain en sus escritos lo convirtieron en un maestro indiscutido, y para muchos insuperable, en el arte de la ironía: Veamos algunas de sus citas célebres:

«Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años.»

«Tenemos el mejor gobierno que el dinero puede comprar.»

«Hay muy buenas protecciones contra la tentación, pero la más segura es la cobardía.»

«Suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado.»

«El arte de vivir consiste en conseguir que hasta los sepultureros lamenten tu muerte.»

«Todo lo que necesitas en esta vida es ignorancia y confianza en ti mismo, así tendrás el éxito asegurado.»

«La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los demás.»

«Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no.»

«El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía.»

De otro autor de geniales frases irónicas, Oscar Wilde, podemos recordar:

«Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho.»

«No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea.»

“Amarse a sí mismo, es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.”

«Como no fue genial no tuvo enemigos.»

“El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.”

“La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores.”

«No soy tan joven para saberlo todo.»

“La sociedad perdona a veces al criminal, pero no perdona nunca al soñador.”

“La única diferencia que existe entre un capricho y una pasión eterna, es que el capricho es más duradero.”

“Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.”

De Charles Dickens leemos:

«Hay libros de los cuales la parte de atrás y las cubiertas son, de lejos, las mejores partes.»

«Hay hombres que parecen tener sólo una idea y es una lástima que sea equivocada.»

«Le gustaba la oscuridad por lo barata que salía.»

«La caridad comienza en mi casa y la justicia en la puerta siguiente.»

De Enrique Jardiel Poncela:

«Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos.»

De Ashleigh Brillian:

«A veces necesito lo que solamente tú me puedes dar: tu ausencia.»

De Bertolt Brecht:

«Todo hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado.»

Eruditos del lenguaje y filólogos clasifican la ironía en diferentes tipos:

Antífrasis: dar irónicamente un nombre a una persona o cosa, con una expresión que indique cualidades contrarias a las que se quieren describir. («Qué actitud tan amable» decimos a veces a una persona que nos trata con descortesía).

Asteísmo: formular una alabanza fingiendo una aparente censura o desaprobación para alabar con más sutileza. (Decir a un viajero: “A usted le falta mundo”).

Carientismo: utilizar expresiones en apariencia serias y verdaderas para burlarse: («Deslumbra tu elegancia y distinción», dirigiéndonos a una persona notoriamente mal vestida.)

Clenasmo: atribuir a alguien las buenas cualidades que nos convienen y a nosotros, sus malas cualidades: («Admiro su estilo de bailar y no creo tener condiciones para competir con usted“, expresión dirigida por un experto bailarín a un mediocre principiante, cuando en realidad es al revés.)

Diasirmo: figura retórica que pondera en el discurso una apreciación despectiva o ridícula para humillar la vanidad del otro, avergonzándolo (¿Qué otra cosa podríamos esperar de él si su ignorancia es enciclopédica?)

Mímesis: Imitación que hace una persona de los gestos, movimientos, manera de hablar o de actuar buscando ridiculizar a otra. («es conveniente dar buen ejemplo a los niños porque actúan por mímesis»)

Sarcasmo: La ironía suele confundirse con el sarcasmo, aunque el sarcasmo es una forma más evidente y agresiva y por lo general se utiliza de modo insultante respecto de una persona o situación particular. («¡Tienes un coeficiente intelectual envidiable. Eres un genio!». Se le dice a alguien cuando verdaderamente se quiere dar a entender que es mediocre)

Finalmente, debemos mencionar la ironía dramática. Ésta es quizás la más compleja e inusual, ya que es la única que aparece principalmente en la literatura. Se trata de una forma de ironía donde aquel que lee o presencia una obra literaria, conoce datos sobre los personajes que ellos mismos desconocen; como sucede por ejemplo en el caso de Edipo: el lector está enterado que es él quien asesina a su propio padre, pero ninguno de los personajes (ni siquiera Edipo) lo sabe.

Cabe destacar que, desde tiempos remotos, la ironía ha servido para desvirtuar distintos escenarios de la historia, criticando y denunciando a través de la literatura los males que aquejaron sucesivamente a la sociedad toda en su camino evolutivo. Como ejemplo de ello podríamos mencionar El Lazarillo de Tormes, una obra anónima impregnada de voces irónicas que develan la situación en España en un determinado período histórico. También El Poema de Mío Cid, El Quijote y La Celestina son libros en cuyas páginas abundan los comentarios y frases que utilizan esta figura retórica de una forma u otra.

Musa irresistible para el escritor de todos los tiempos, permite decir lo que no se puede decir porque dice lo que no dice. Y este juego de palabras le otorga carácter paradójico y la transforma en una figura especialmente atractiva que reviste de prestigio a quien la utiliza.

Además, la ironía goza social, cultural y literariamente de excelente aceptación, porque pareciera adornar con brillo intelectual, sabiduría escéptica, delicadeza de espíritu y comprensión tolerante, todo aquello que se expresa o escribe; consecuentemente ha devenido en una premisa intelectual que la sacraliza al mismo tiempo que la hace discutible: «toda existencia inteligente debe ser irónica». Los detractores, por supuesto, no concuerdan con esta controversial interpretación.

En conclusión, la ironía consiste en jugar con las palabras de tal manera que el significado implícito de la oración, difiera de la significación literal de las palabras utilizadas y, subrepticiamente disimulado, el significado real se manifieste no por las palabras mismas, sino por la situación y el contexto en el que se encuentren.

«La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe»
Jacinto Benavente

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El mundo liberado de H.G. Wells ¿imaginación o presagio?

El mundo liberado de H.G. Wells, una novela de un futuro no tan lejano como parece

El mundo liberado de H.G. WellsEl emblemático escritor británico H.G. Wells, forma parte de una exclusiva élite de escritores visionarios que anticiparon eventos trascendentales en la historia de la humanidad y es considerado, sin objeciones, un precursor y referente indiscutido del género literario de la ciencia ficción. Reconocimiento compartido con otro genio de las letras, Julio Verne.

De su prolífica y casi inagotable imaginación surgieron fantásticas creaciones: La máquina del tiempo en el año 1895, un relato de aventuras matizadas inteligentemente con conceptos de doctrina política y social; La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897), marcando los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar respetando esas limitaciones más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos; La guerra de los mundos (1898) que quedará para siempre en el recuerdo colectivo por la mítica dramatización que hicieron magistralmente años más tarde, el 30 de octubre de 1938 (Ver la transmisión de Orson Welles), Orson Welles y el Teatro Mercury, bajo el sello de la CBS, adaptándola a un guión radial. La historia es conocida, los marcianos hacían pie en la Tierra y la radio transmitía en directo la invasión: «Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado…» afirmaba el periodista Carl Philips con incredulidad y la voz entrecortada por la incertidumbre de lo desconocido.

Los hechos se relataron en forma de noticiario, narrando la caída de meteoritos que disimulaban los contenedores de naves marcianas provistas de armas mortales y desconocidas, que empleaban una especie de rayo de calor y gases venenosos.

En la introducción del programa se había explicado que se trataba de una dramatización de la obra de H. G. Wells; en el minuto 40:30 aproximadamente aparecía el segundo mensaje aclaratorio de la simulación, seguido de la narración en tercera persona de Orson Welles, quince minutos después de la alarma general del país.

Los oyentes creyeron verdadera la noticia y asumieron que realmente la nación estaba siendo invadida por seres extraterrestres; como consecuencia se produjeron escenas de pánico, suicidios, abortos e infartos en la ciudad de Nueva York y su área de influencia.

Pero hay otra novela que si bien al momento de su edición no causó el mismo impacto, el transcurrir del tiempo la ubicaría en una aterradora dimensión. El título de publicación en 1914 fue «The World Set Free» – El Mundo Liberado. Por esos días Europa comenzaba a vivir la pesadilla infernal de la Primera Guerra Mundial y Wells en las páginas de ese libro, se anticipaba tres décadas al trágico y apocalíptico ataque nuclear a Hiroshima acaecido en la Segunda Conflagración.

En la trama, la creativa mente del autor imagina un arma que genera una «explosión continua” contrastante con la explosión “instantánea” de la dinamita; describía precisamente la fabricación de una granada de mano de uranio que una vez activada, seguiría explotando indefinidamente con un poder destructivo aterrador, algo muy similar a lo que, en la actualidad, llamaríamos una reacción nuclear en cadena. Incluso pensó y acertó que sería arrojada desde aviones.

También predijo los efectos generalizados y devastadores de la lluvia radiactiva y la idea de fabricar una arma nuclear portátil.

Hacia el final de la historia, Wells escribió que habría entre las superpotencias del mundo una proliferación masiva de este tipo de arma, concibiendo además las dos palabras para definirla «Bomba atómica».

La coincidencia o casualidad de esos aciertos resultan hoy hechos anecdóticos, no obstante, es válido destacar que Wells no escribía apoyándose solamente en su imaginación, sino que leía toda la información científica que encontraba y se actualizaba permanentemente. Estudiaba e investigaba, discutía probabilidades y analizaba en profundidad cada uno de los detalles, que le servirían después como textos y argumentos para sus novelas.

Al comenzar la década de 1930, científicos especializados habían logrado dividir el átomo por primera vez utilizando medios artificiales, y aunque algunos dudaban que se pudiera producir con ello enormes cantidades de energía, otros lo consideraban posible. Uno de estos últimos, el físico de origen húngaro Leo Szilard, que había leído el libro de Wells, dijo que de esa lectura aprendió muchísimo acerca de lo que significaría la liberación de la energía atómica a gran escala y las consecuencias que podrían derivar de una explosión nuclear. Un día de 1933, con esa idea en mente, mientras Szilard observaba el cambio de luces de un semáforo londinense, se le ocurrió la respuesta que buscaba para encontrar la forma en que podría lograrse una reacción en cadena:

«De repente pensé que si encontraba un elemento que se dividiera por neutrones y que emitiera dos neutrones cuando absorbiera uno, tal elemento, si se ensamblase en una masa suficientemente grande, podría sostener una reacción nuclear en cadena». Comentó en su memorias el científico, agregando luego: «también sentí un gran temor al pensar que una ciudad como Londres o cualquier otra, pudiera ser destruida y sus habitantes aniquilados en un instante, como se presagiaba en «El mundo liberado» y traté de evitar que esta patente de invención se hiciera pública».

Siguiendo la misma temática, H.G. Wells redactó y publicó después de finalizada la Primera Guerra Mundial, la historia de la humanidad en tres partes, con el título de «Outline of History» (El esquema de la historia – 1920), y en 1933 la novela «La forma de las cosas que vendrán» que luego fuera adaptada al cine. En este libro pronosticó con precisión los bombardeos aéreos y la atroz devastación que originaría poco tiempo después la Segunda Guerra Mundial.

El estilo literario de Wells fue criticado por no estar a la altura de los temas que abordaba, cuando precisamente el tratamiento de estos temas fue lo que le dio una inmensa fama universal como escritor. El autor simplemente respondía: “Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más»

Toda su obra estuvo influida por profundas convicciones políticas, defendiendo en sus escritos y en las conferencias que dictaba la posibilidad de alcanzar una sociedad utópica y criticando ácidamente la hipocresía de las costumbres de la época victoriana, las prácticas imperialistas británicas y también a políticos y mandatarios, sobre todo en relación a los conflictos y confrontaciones bélicas.

En su novela Ana Verónica (1909) se adelantó a lo que serían los movimientos de liberación de la mujer, en la lucha por la conquista de sus derechos.

Ideológicamente era un izquierdista que siempre se interesó por la realidad sociológica del momento, estaba convencido que la ciencia y la educación serían los baluartes de la sociedad del futuro, en la que la especie humana daría un salto cualitativo.

Sin embargo, no cayó en la ingenuidad de muchos de sus contemporáneos y fue uno de los primeros pensadores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en los artefactos mecánicos. Siempre sostuvo que era el hombre nunca debería dejarse dominar por las máquinas.

Fue también, sin que ello signifique contradicción alguna con sus fuertes convicciones pacifistas, pionero en el desarrollo de reglamentos para juegos de guerra, con sus obras Floor Games (1911) y Little Wars (1913) y sería incluido a título póstumo en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción de Seattle (EE.UU.) en 1997 por sus aportes a este campo.

Anteriormente, en 1970 y por sus escritos relacionados con avances científicos, se había decidido denominar en su honor «H. G. Wells» a un astroblema ubicado en el lado oscuro de la Luna.

El 13 de agosto de 1946 Herbert George Wells murió en la ciudad de Londres; una semana antes se había cumplido el primer aniversario de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki que habían convertido en realidad la premonición narrada en su historia ficticia escrita en 1914. Después de 31 años la bomba atómica descripta en el papel había sido fabricada y su efectividad era demostrable. Y desde esa realidad también se transformó en auténtica y verosímil la posibilidad de destruir el mundo; posibilidad que, a partir de esos aciagos días de agosto de 1945, comenzó a estar peligrosamente al alcance de la mano del hombre.

Para conocer más

Astroblema: accidente geográfico (cráter o depresión) producido por el impacto de un meteorito de antigua data, en la superficie de un cuerpo planetario.

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Literatura, escritores célebres y filatelia

Reseña sobre Literatura, escritores célebres y filatelia – El universo de la escritura llevado a la colección

Literatura, escritores célebres y filateliaEn el mes de mayo de 1840, por primera vez en la historia, comenzaron a utilizarse en Inglaterra estampillas o sellos postales para pagar el servicio de distribución de correspondencia. A partir de ese momento, toda persona que pretendiera enviar una carta debía adherir previamente en el sobre que la contenía, una estampilla con un valor determinado y no como se hacía antes de su implementación, cuando el servicio se pagaba en destino originando innumerables inconvenientes, tales como que el destinatario se negara a abonar el servicio o no dispusiera de dinero para hacerlo y también que, de manera fraudulenta, alguno de los involucrados en el servicio se quedase con el dinero recaudado.

Sir Rowland Hill fue el creador de este sistema postal prepago.

Previamente, en septiembre de 1839, el Ministerio del Tesoro de Gran Bretaña había convocado a un concurso de propuestas con el objetivo de seleccionar un sello postal adhesivo. Se presentaron 2.700 proyectos resultando vencedor el de Rowland Hill. Los sellos se emitieron el 6 de mayo de 1840, y el “Penique Negro” se convirtió en el primer sello postal adhesivo que circuló en el mundo. El total de la emisión fue de 68.158.080 ejemplares.

Los primeros sellos, que venían en pliegos, se cortaban con tijeras y por esa razón tenían los bordes rectos. Más adelante (1854) se añadió una serie de líneas con perforaciones, que permitían separarlos con facilidad, limpiamente y sin emplear herramientas auxiliares; apareció así el dentado característico.

La nueva modalidad de cobro fue aceptada por los usuarios sin mayores objeciones, y su uso, se extendió rápidamente a todos los países que fueron sucesivamente adoptando el sistema.

Paulatinamente, se fue imponiendo también la costumbre de ilustrar las viñetas de los sellos postales con figuras de monumentos, de personajes ilustres, escritores célebres, libros y obras teatrales de predicamento universal, de pinturas, banderas y escudos, de flora, fauna, historia postal, etc.; como una forma de dejar representada para la posteridad una parte muy importante de la historia, la cultura y la idiosincrasia nacional o regional, del país responsable de emitir el sello postal.

Con el tiempo, el uso generalizado de la estampilla en todo el mundo trajo como consecuencia la difusión de una moda: coleccionar los sellos postales que estaban circulando, fue el inicio de la costumbre de acumular esos pequeños papelitos dentados que, a criterio de sus adeptos, servían para estimular el ansia de conocimiento y propiciaban en cierto modo la difusión cultural. Nació así la filatelia.

La etimología de la palabra indica que su constitución proviene de unir dos vocablos griegos: «philos», que significa amante, amigo, afición, y «atelia», derivado a su vez de ateles, que significa tributo, pagado previamente o pagado de antemano. El término filatelia se debe al coleccionista francés Georges Herpin, quien lo propuso en un artículo escrito para el periódico Le collectionneur de Timbres Poste, de París, que salió publicado el 15 de noviembre de 1864.

El arte de la filatelia no implica solamente el estudio, conocimiento y clasificación de los sellos reunidos en una colección, sino también incorporar a esa recopilación, sobres dedicados y artísticos, sobres de primer día de emisión, timbrados especiales por el primer día de emisión y circulación, documentación y todo objeto concerniente a las estampillas, que posibilite estudiar en profundidad la evolución de la historia postal.

La literatura como temática en la filatelia

Se conocen varias maneras de coleccionar estampillas pero las principales y más sencillas son dos: por países y por temas. Y dentro de la rama de la filatelia temática, una de las que despierta mayor interés y preferencia, es el coleccionismo de material referido al ámbito literario: escritores y poetas célebres, autores galardonados con el Premio Nobel de Literatura, Día del Idioma, Día de la Poesía, Ferias Internacionales del Libro y todo tipo de acontecimiento universal, relacionado al fascinante universo de las letras.

Para corroborar lo manifestado, sirven algunos ejemplos demostrativos:

España ha emitido decenas de sellos postales alusivos el escritor más universal de su lengua, Miguel de Cervantes Saavedra. Los primeros datan de 1905, cuando, con motivo del III centenario de la publicación del Quijote, se emitió una serie, que incluía escenas inolvidables como el ataque a los molinos, la escena de los aldeanos, el ataque al rebaño de ovejas, o cuando Don Quijote es armado caballero. Estas series filatélicas referidas al hidalgo manchego, se convirtieron con el tiempo en una de las más embleFilateliamáticas de la historia hispánica.

Fragmentos de los textos de Hamlet, Romeo y Julieta, la Tempestad o Macbeth, se ven impresos en timbres de franqueo que la Royal Mail de Gran Bretaña ha emitido, para recordar a uno de los más grandes dramaturgos de todos los tiempos, William Shakespeare.

El coleccionismo temático relacionado a los geniales escritores rusos Antón Chéjov, León Tolstói y Fiódor Dostoyevski, está difundido en diversos países, incluyendo además de estampillas conmemorativas, documentación y trabajos literarios de los lugares donde vivieron o trabajaron,

Los sellos que muestran en sus viñetas frases inspiradas en creaciones literarias o imágenes de Mark Twain, Edgar Allan Poe, Emily Brontë, Virginia Woolf, Agatha Christie, Federico García Lorca, Julio Verne, Víctor Hugo, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Fernando Pessoa, Amado Nervo, Marcel Proust, Ernest Hemingway, Dante Alighieri y tantos otros, son equiparables a piedras preciosas para legiones de coleccionistas dispersos por el mundo.

También autores de la envergadura intelectual de Rubén Darío en Nicaragua, Octavio Paz y Rosario Castellanos en México, José Martí en Cuba, Julio Cortázar y Leopoldo Lugones en Argentina, Juana de Ibarbourou en Uruguay, Gabriel García Márquez en Colombia, Rosalía de Castro, Miguel Hernández y Rafael Alberti en España, Anatole France y Albert Camus en Francia, Rabindranath Tagore en la India, Emily Dickinson, Walt Whitman y Robert Frost en Estados Unidos, Jane Austen, Rudyard Kipling y Charles Dickens en Gran Bretaña britanica y Selma Lagerlöf en Suecia, conforman una muy extensa e interminable lista (incompleta por comprensibles razones de espacio) de personalidades que en vida o post mortem, fueron homenajeadas con emisiones de sellos postales destinadas a conmemorar su obra.

Todo este material filatélico es muy apreciado por los coleccionistas, seguidores incondicionales, que ven de esta manera engalanadas y valorizadas sus colecciones, por el prestigio de estos excelsos representantes del quehacer literario.

El coleccionismo filatélico, que tuvo su época de esplendor en el transcurso del siglo XX, es uno de los pocos hobbies que ha perdurado en el tiempo. En la actualidad, el impacto que representó el surgimiento del correo electrónico como alternativa más efectiva y económica sobre la circulación epistolar y la invención y puesta en funcionamiento de las franqueadoras automáticas, parecieron conducir a la filatelia hacia un destino de extinción. Pero, paradójicamente, mientras las estampillas van perdiendo irremediablemente su lugar histórico pegadas a un sobre, el número de sellos que se emiten continúa siendo abrumador. Y son tantos las que circulan, que los catálogos mundiales se publican en partes.

Las mismas tecnologías de la comunicación que le han quitado espacio a la filatelia clásica y en cierta forma amenazan la actividad, están permitiendo realizarla en forma más exhaustiva, globalizada y a un costo muy reducido comparándolo con el intercambio tradicional de correspondencia. Hoy existen cientos de foros en internet, donde rápidamente se puede establecer contacto simultáneo con miles de coleccionistas y obtener la información buscada acerca de sellos raros, catálogos, novedades, exposiciones y congresos. Encontrar un sello faltante en nuestra colección, comunicarse y negociar el intercambio o la compraventa, es una tarea que solamente demanda algunas horas. Algo impensado hasta hace dos décadas atrás. Esta es la marca distintiva de la filatelia del siglo XXI.

Sin desconocer que el uso del sello postal fue, y aún continúa siéndolo, una importantísima fuente de recaudación de ingresos fiscales, y que para eso fue diseñado e implementado; no se puede negar que este tipo de coleccionismo ha derivado en una industria filatélica con un trasfondo comercial y económico que supone importantes beneficios y ganancias extras para las administraciones postales de cada país. En ese contexto, estas administraciones interpretando correctamente las circunstancias, terminaron aceptando que la filatelia es un pasatiempo elegante, pero también una forma de preservar un registro de la historia y una manifestación de cultura. Consecuentemente, focalizan con especial énfasis sus emisiones dirigiéndolas a satisfacer las ansiedades de cientos de miles de ávidos coleccionistas que, en el mundo, todavía hacen de su pasión filatélica un culto.

Que circulan muchísimas menos estampillas pegadas en sobres, es una realidad irrefutable; pero, por algo, casi ningún país ha dejado de emitirlas.

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Ex libris – Un sello de identidad para los libros

¿Qué significa la frase ex libris que a veces aparece estampada como sello distintivo en un libro?.

Ex librisSeguramente la respuesta es conocida para quienes están acostumbrados a la lectura frecuente, pero para otros lectores no tan asiduos, la aclaración sobre ex libris es válida y necesaria, siempre en favor de contribuir a nuestra cultura.

La locución latina ex libris, (o ex-libris) que por etimología significa “de entre los libros” o “de los libros de”; es utilizada específicamente como un rótulo, etiqueta o sello de pertenencia, que se aplica para identificar los libros de una biblioteca, institución o de un propietario particular.

Suele colocarse en el reverso de la cubierta o tapa de un libro o en su primera hoja en blanco (por ejemplo, en la página del título) y contiene el nombre del dueño del ejemplar o de la biblioteca propietaria.

Sin embargo, no toda marca de posesión es considerada ex libris. A criterio de la Federación Internacional de Amigos de los Ex Libris (FISAE), la expresión debe reunir una serie de características y cumplir con pautas definidas y precisas para ser reconocida como tal, a saber:

a) Tiene que tener forma de etiqueta, sello o estampa y su lado mayor no debe superar, como máximo, los 13 cm. Requisito que permite utilizar el sello en casi cualquier tamaño de libro.

b) En el diseño debe figurar la leyenda EX LIBRIS, representada en cualquier idioma, aunque lo más común es utilizar el latín. A veces también va agregado un lema.

c) Es indispensable que figure el nombre del dueño o sus iniciales; que puede ser una persona física o una institución.

d) La imagen del símbolo o emblema, debe reflejar algún aspecto destacado de la personalidad de su dueño o la temática de la biblioteca a la que pertenece el libro. En tiempos más recientes se popularizó el uso de imágenes relacionadas a la profesión, gremio o afición del propietario.

La historia suele citar como primer antecedente de un ex libris, una placa de barro cocido esmaltada en color azul con inscripciones jeroglíficas, conservada en el Museo Británico de Londres, que perteneció al faraón egipcio Amenhotep III (1391-1353 a.C), y que habría sido aplicada como marca indicativa de propiedad, en los estuches de los rollos de papiro de su biblioteca.

El ex libris primitivo que más se ha empleado en todos los tiempos, desde que apareciera la escritura, es obviamente la firma manuscrita, porque no se necesita ninguna técnica especial para su ejecución. Existen códices que datan de la edad Media, con anotaciones manuscritas a modo de rótulo de propiedad.

Con la invención a mediados del siglo XV de la imprenta moderna, debida a la fecunda creatividad de Johannes Gutenberg, el panorama cambió radicalmente, dado que las técnicas de impresión y de grabado evolucionaron y se perfeccionaron notablemente. Y es a partir de esa época, cuando se puede comenzar a hablar de los ex libris, tal como se conocen actualmente.

A esas diversas técnicas ejecutadas mediante procedimientos tradicionales de grabado o estampación, relacionadas con las artes del libro (xilografía, calcografía, litografía, serigrafía, fotograbado, etc.), en la actualidad se les han agregado el diseño e impresión por computadora y la reproducción fotográfica. También se siguen empleando sellos de caucho o en seco, que producen un estampado en relieve.

En otra variante, conocida como supralibros, la marca escrita identificatoria de propiedad y la imagen (generalmente motivos simbólicos, heráldicos o monogramas), se estampan por gofrado sobre piel o se bordan sobre una encuadernación en tela.

Cualquier técnica de impresión es válida si cumple la condición de garantizar que las reproducciones sean idénticas. En caso de que se utilicen estampas, estas deben estar firmadas y numeradas por su autor (al igual que un grabado).

Los símbolos de las técnicas empleadas en la impresión de exlibris, se reconocen internacionalmente mediante una serie de abreviaturas aprobadas en el XXIX Congreso de la FISAE, celebrado en el 2002 en Frederikshavn (Dinamarca).

En una primera etapa entre siglos XVI al XVIII, predominaron en el diseño los escudos heráldicos sobre todo en las familias nobles, en la jerarquía eclesiástica y en instituciones religiosas, que eran los únicos poseedores de bibliotecas o colecciones. De esa época, también es posible encontrar algunos diseños elaborados con el nombre o apellidos de la familia y rodeados por unas orlas o frases alusivas a su origen o formación. A partir del siglo XVIII comenzaron a prevalecer las alegorías, símbolos o emblemas.

El advenimiento del Modernismo a finales del siglo XIX e inicios del XX, hizo que esta particular afición transitara una etapa de florecimiento y esplendor y es en este período finisecular de auge de la bibliofilia, cuando el interés por los exlibris alcanzó su máximo impulso (aparecen los primeros coleccionistas, empiezan a surgir asociaciones y comienzan a celebrarse congresos y concursos). Surgieron también en esta etapa, los primeros estudios sobre el tema y las primeras publicaciones especializadas.

Iniciado el siglo XXI, esta manera tradicional de identificar a los libros fue perdiendo su práctica, pero los grabadores y personas dedicadas a esa actividad resisten y luchan por preservar su oficio y una antiquísima costumbre.

Es posible que esta milenaria tradición continúe extinguiéndose lentamente y como toda moda, tal vez desaparezca o renazca con renovado ímpetu. Pero ante cualquiera de las dos alternativas hay una certeza inobjetable; el interés por los libros va por otro camino y permanecerá inalterable para una inmensa legión de lectores apasionados; porque para ellos, cada libro leído plasma en sus páginas una historia singular que trasciende el relato o el mensaje que el autor quiso manifestar. Si el libro es nuevo, les traerá sensaciones renovadas, si el libro es viejo, regresará con la melancolía serena y el olor inconfundible que tienen las páginas y las palabras olvidadas.

Y para un lector auténtico, siempre, abrir un libro será el preludio de un instante de éxtasis muy parecido a la felicidad.

Para saber más:

El Diccionario panhispánico de dudas aclara, refiriéndose a la expresión ex libris que, si se trata del sustantivo, ha de escribirse en una sola palabra exlibris (como ocurre con exabrupto y otros sustantivos procedentes de locuciones latinas); no obstante, admite también la escritura en dos palabras.

Es invariable en plural: los exlibris.

Como locución, debe escribirse en dos palabras «ex libris».

Una de las características gráficas más importantes de los exlibris y que ha perdurado prácticamente desde sus orígenes, es el uso predominante de la monocromía.

Para conocer una muy interesante y completa colección de exlibris, desde los siglos XV-XVI hasta la actualidad, puede consultarse la base de datos de Ex libris de la Real Biblioteca, que está en constante actualización y contiene numerosas descripciones con un elevado nivel de detalle.

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El Majabhárata – historia épica y mitología

El Majabhárata – Una obra tan interesante como extensa, pilar fundamental de una cultura

El MajabhárataEl Majabhárata es una obra antigua y extensa perteneciente a la India, que data probablemente del siglo III a.C. y en donde se detallan numerosas historias concernientes a la mitología de aquel país. Podemos encontrar referencias a esta interesante obra con distintos nombres, en general con juego entre sus letras o algunas líneas separando sílabas o incluso agregando otra hache, por ejemplo, el nombre Mahabhárata.

Majabhárata proviene del sánscrito y significa “La gran India” tomando en consideración que bhárata habla de clanes que pertenecían a la India, y Maha corresponde a “gran”. En algunas traducciones, sobre todo si aparece junto a otra palabra, puede interpretarse como “La gran batalla”.

Como se extrapola del párrafo anterior, está escrita en sánscrito y es tan largo que se considera la segunda obra del mundo en extensión, luego de los “Cuentos Tibetanos”. Para tener una referencia estimativa el Majabhárata cuenta con más de 100 mil líneas, el cuádruple que la Biblia, y podría ser casi diez veces más larga que la Ilíada y la Odisea Juntas.

Existen muchas diferencias de pensamiento en cuanto a su datación exacta y en cuanto a quién pudo haber escrito la obra. Algunos eruditos la consideran relacionada con un escritor mítico de la India, llamado Viasa, el creador de los famosos Vedas (obras cruciales en la cultura hindú), y en ese caso podría miles de años de antigüedad. Sin embargo, existen algunas incongruencias entre traducciones del idioma, lo que no apoyaría esta hipótesis. Muchos estudiosos consideran que la época de publicación de la misma sucedió alrededor de tres o cuatro siglos a.C.

Son importantes también, como en otros textos similares de otras regiones, las modificaciones folklóricas que han ocurrido a lo largo del tiempo y que se corresponden con la transmisión oral obligada, previa a una escritura certera y resguardada.

Cuenta la historia que el gran Dios llamado Brahmá, que había dado inicio a todo, llegó a la tierra y le encargó a Viasa que, a través de alguien que tomara nota (Ganesha, el Dios con cabeza de elefante), dejara preservado todo su discurso. Debido a que quien realizaba las anotaciones no podía hacerlo con la velocidad del pensamiento de Viasa, mucho de lo que se pensaba resultó perdido. No es posible confirmar el origen de esta obra mitológica, pero si es muy posible que gran parte de la misma se haya perdido o alterado por la necesidad de transmisión oral.

El Majabhárata está estructurado en dieciocho libros, luego de los cuales podemos encontrar un apéndice que consta de más de dieciséis mil versos. En una vista amplia cuenta la historia de las batallas que existieron por el poder del reino del clan Kuru, en donde las distintas dinastías intentan hacerse con su dominio. El final de la guerra es la batalla de Kurukshetra en donde el dios Krisná fallece.

Existe una versión aún más fantástica de la elaboración del Majabhárata en la que Ganesha acepta transcribir la obra, pero con la condición de que Viasa logre interpretarla de corrido, sin pausa. Debido a la gran extensión de la misma, Viasa redobló la apuesta y solicitó que Ganesha entendiera lo que escribía antes de continuar, y así pudo interponer breves pausas a su relato. Fue tal la velocidad de escritura, que el gran Dios cabeza de elefante perdió uno de sus colmillos, intentando utilizarlo para redactar la obra con su propia sangre.

Más allá de estas historias, es muy probable que la dificultad, tanto al recitar la obra y las tradiciones orales como la de escritura, haya sido de gran importancia. De hecho, es una obra que por su extensión y complejidad se considera un tanto difícil de comprender del todo.

MahabhárataEl Majabhárata es una obra que contiene, quizás, la esencia de todo lo que existe en base al hinduismo. Es la lucha entre el bien y el mal, el retrato de bellezas y calamidades, de dioses y demonios, del origen de todo.
Es probable que, en el contexto de ser considerada una obra tan importante para la India, no tomemos real consideración de lo que supone para la literatura universal, y es que más allá de sus aspectos regionales, este conjunto de libros constituye una verdadera joya de la literatura, ya sea por su importancia histórica, su construcción, por su antigüedad, y por los conocimientos que la componen.

Por desgracia para nosotros, no existe una traducción completa de la obra al lenguaje español. Es sabido que se están realizando traducciones al inglés y luego sea el turno de nuestro idioma, por lo que para poder acceder a esta impresionante obra, deberemos esperar un poco más (salvo el caso de quienes hablen inglés o conozcan el sánscrito).

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La tuberculosis – Estragos en la literatura

Reseña literaria del impacto de la tuberculosis a lo largo de la historia de la literatura, afectando y acabando con la vida de numerosos escritores.

Tuberculosis y literaturaLa tuberculosis es una temible enfermedad que ha hecho estragos en las poblaciones a lo largo de la historia. Si bien existen subtipos, la mayoría es causada por una bacteria llamada Mycobacterium Tuberculosis o Bacilo de Koch y el órgano primordial atacado es el pulmón si bien puede presentarse en otros sitios. Fue descripta por primera el 24 de marzo de 1882 por Robert Koch, trabajo por el cual recibió el Premio Nobel de Medicina en el año 1905.

La tuberculosis ha afectado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, siendo llamada en la antigüedad como “tisis” y acabando con la vida de millones de personas. No es de extrañar, entonces, que, habiendo ocasionado tanto daño, haya afectado también a importantes referentes de la literatura, siendo conocida incluso como “La enfermedad de los poetas”.

Se podría llegar a pensar que al referirnos a la tuberculosis hablamos de un estigma del pasado, ya superado, pero lo cierto es que la Organización Mundial de la Salud aún atribuye a esta terrible enfermedad un gran numero de fallecimientos por su causa, sin contar la morbilidad de millones de personas que conviven con la misma.

Haciendo un breve recorrido por la historia de la literatura podemos encontrar que los siguientes escritores padecieron o fallecieron a causa de la tuberculosis:

Friedrich Schiller: Johann Christoph Friedrich Schiller fue un poeta y dramaturgo alemán, nacido el 10 de noviembre de 1759 y fallecido el 9 de mayo de 1805. Es considerado como uno de los dramaturgos más importantes de Alemania y el mundo.

Es probable que Schiller haya contraído tuberculosis a finales del siglo XVIII. En febrero de 1805 su enfermedad comprometía seriamente su calidad de vida, encontrándose muy deteriorado. En mayo de ese mismo año, sufrió una grave infección respiratoria (ayudada por el daño producido por el bacilo) que acabaría con su vida. En la autopsia no sólo encontraron afectados sus pulmones sino también diversos órganos del cuerpo.

Antón Pávlovich Chéjov: Fue un médico, escritor y dramaturgo ruso, nacido en enero de 1860 y fallecido en julio de 1904. Se lo considera uno de los más importantes escritores de la literatura rusa y universal.

El diagnóstico de su enfermedad fue temprano, probablemente contagiada por alguno de sus pacientes, alrededor de 1880. Para mejorar su salud viajaba con frecuencia a Francia debido a que el clima de ciertas regiones lo hacía sentirse mejor, evitando la crueldad del frio en el invierno ruso. En 1904 la tuberculosis avanzó con agresividad, apagando su llama el 15 de julio.

José Gautier Benítez: Fue un reconocido poeta nacido el 26 de febrero de 1848 en Puerto Rico. Su vida lo acercó al servicio militar español pero la melancolía por su tierra natal lo hizo regresar para dedicarse a las letras. Falleció en el año 1880 a causa de la tuberculosis.

Gustavo Adolfo Bécquer: Fue uno de los más grandes poetas de la literatura. Nació el 17 de febrero de 1836 en Sevilla y falleció el 22 de diciembre de 1870. Su poesía lo ha ubicado como uno de los más importantes referentes del romanticismo español.

Se le diagnóstico la terrible enfermedad en el año 1857, pero no fue hasta 1863 que sufrió una grave recaída. Para mejorar su salud se trasladó a vivir con su hermano a un monasterio en Zaragoza, y luego de recuperarse volvió a Sevilla. En 1870, enfrentando el clima frío de diciembre, sufre un deterioro de su salud y fallece a causa de la tuberculosis (si bien su salud se veía afectada por otras enfermedades. Es sabido que su muerte coincidió con un eclipse total de sol, y que en sus últimos deseos solicitó que sus cartas fueran quemadas, más no sus versos que eran tenidos en mayor estima por el poeta.

Emily Brontë: Fue una célebre escritora británica creadora de la inolvidable “Cumbres borrascosas”, nacida el 30 de julio de 1818 y fallecida el 19 de diciembre de 1848.

Emily falleció a la temprana edad de 30 años, siendo afectada por la tuberculosis y habiéndose complicado con una infección respiratoria sobreagregada. Anne, una de sus hermanas y también escritora, fallecería unos pocos meses después devastada por la misma enfermedad.

George Orwell: Eric Arthur Blair fue un escritor británico de excelencia y uno de los más grandes de la literatura. Nació el 25 de junio de 1903 y falleció el 21 de enero de 1950. Su pseudónimo George Orwell se asocia con facilidad a dos obras increíbles, llamadas “1984” y “Rebelión en la granja”.

George Orwell falleció en Londres debido a la tuberculosis, posiblemente contraída alrededor de 1930 en una época donde lo alcanzó la miseria y debió vivir en la extrema pobreza, relatado en una de sus novelas llamadas “Sin blanca en París y Londres”. Un año antes de su muerte contrajo matrimonio, pero su salud se deterioró rápidamente, obligándolo a concurrir asiduamente a hospitales.

Franz Kafka: Fue un escritor de origen judío, nacido en República Checa, el 3 de julio de 1883. Se encuentra reconocido en los círculos culturales como uno de los más importantes e influyentes de la literatura universal. Falleció el 3 de junio de 1924 debido a complicaciones de su padecimiento, la tuberculosis.

El diagnóstico de la enfermedad se produjo en el año 1917 lo que limitó su posibilidad de trasladarse debiendo concurrir con frecuencia al médico, siendo ayudado por su familia (sobre todo su hermana). En 1923 sufrió una infección respiratoria que agravó su estado, y un año más tarde la tuberculosis afectó su laringe por lo que debió dejar de alimentarse con sólidos. La última etapa de la vida del escritor fue muy dolorosa, falleciendo el 3 de junio de 1924.

Walt Whitman: Fue un poeta, ensayista y periodista estadounidense, nacido el 31 de mayo de 1819 y fallecido el 26 de marzo de 1892. Es considerado un precursor casi obligado de la poesía moderna estadounidense y un referente en la literatura mundial, llamado por algunos el padre del verso libre.

Si bien su estado de salud se afecto luego del accidente cerebro vascular ocurrido en el año 1873, continuó con su vida y carrera literaria. En marzo del año 1892 vio escapar su vida. Una autopsia posterior revelo el profundo daño que sus pulmones habían recibido por parte de la tuberculosis, a un extremo que incluso hubiera sido difícil respirar.

Robert Louis Stevenson: Fue un novelista, ensayista y poeta escocés, famoso por algunos clásicos de la literatura como “La isla del tesoro”, o El extraño caso de doctor Jekyll y Mr. Hyde”. Ha resultado ser un hombre de enorme influencia en la literatura posterior. Nació el 13 de noviembre de 1850 y falleció el 3 de diciembre de 1894.

Si bien no pereció de tuberculosis, se sabe que fue afectado por la misma desde muy temprana edad, entre los veinte y los treinta años. Llegó a considerar que su vida no valía, torturado por los síntomas de la enfermedad. Un accidente cerebro vascular puso fin a su sufrimiento en el año 1894.

Edgar Allan Poe: Fue un poeta, escritor y estadounidense considerado uno de los más grandes de la literatura. Nació el 19 de enero de 1809 y falleció el 7 de octubre de 1849.

Si bien existe cierto misticismo sobre los padecimientos de Poe, y sobre su muerte, se cree que padecía la enfermedad si bien no falleció por su causa. La familia de Poe, por otro lado, sufrió el embiste de la tuberculosis llegando a afectar al gran escritor.
Como pueden ver no son pocos los casos en que esta temible enfermedad ha golpeado contra los escritores, en muchos casos, torturándolos, en otros finalizando su vida. Se dice que muchos otros escritores pudieron llegar a padecer tuberculosis, si bien los registros no son claros y aparecen vestigios de algunas otras afecciones como por ejemplo la Sífilis.

En la actualidad y con el avance de la medicina, existen algunas alternativas como la vacuna para prevenir las formas graves de la misma, o algunos tratamientos Para combatirla. Sin embargo, con el advenimiento del HIV y debido a las condiciones de pobreza y hacinamiento cada vez más graves en algunas poblaciones, el problema está lejos de haberse solucionado.

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Pablo Neruda – Veinte poemas de un amor frustrado

Pablo Neruda, Albertina Rosa y los veinte poemas de un amor frustrado – La historia de una de las obras de poesía más reconocidas de la literatura

Pablo Neruda - Veinte poemas de un amor frustradoUna de las obras líricas de mayor renombre y difusión universal en lengua española es, sin duda, el libro de versos Veinte poemas de amor y una canción desesperada que un jovencísimo Pablo Neruda publicara en aquel lejano 1924, cuando tenía apenas 20 años. El poemario se convirtió desde entonces, en referente obligado de una interminable pléyade de amantes eternos, que admiraron incondicionalmente las melancólicas definiciones del amor narradas en estrofas maravillosas y que aún brillan con una luz genuina que el paso del tiempo no pudo opacar.

Desde su aparición, el libro fue recibido entusiastamente por ávidos lectores y ha sido traducido a innumerables idiomas. Con su estilo, que distaba mucho de ser meramente retórica de amantes, Neruda transformó en verso casi todo lo que vió y vivió: su tierra, montañas, piedras, el mar, manantiales, ríos y animales, su vida de navegante y de político, su adoración por las caracolas y los mascarones de proa, los cuerpos estilizados de las mujeres; también la libertad para elegir con quién estar y cuándo estar.
Este legado lírico, se puede separar por épocas y en tres facetas: el poeta del amor, la poesía de lo cotidiano y una poesía política, dirigida a la toma de conciencia por las reivindicaciones y luchas estudiantiles y sociales.

Durante su primera etapa de escritor, siendo muy joven, su poesía estuvo marcada por sus experiencias amorosas y prima en ella la nostalgia y el romanticismo apasionado, pero también tierno, inocente, a veces candoroso. Conoció a muchas mujeres y probablemente haya tomado algo de cada una como motivación. Pero ¿quién fue la musa literaria de esos veinte bellísimos poemas que toda mujer hubiera deseado inspirar?.

El propio Pablo Neruda, para evadir esa obligada y repetida pregunta que le hicieron durante toda su vida, siempre respondió escudándose en el misterio: «Fueron básicamente dos mujeres, Marisol, la del campo y Marisombra, la citadina». Además comentando sus libros «Para nacer he nacido» y «Confieso que he vivido», aclaró que nunca había dedicado sus versos a ninguna mujer en especial y que lo que la gente ha creído y opinado de sus ‘musas inspiradoras’, son apreciaciones totalmente inexactas. El eximio poeta chileno se llevó a la tumba su secreto.

Pero muchos años más tarde y no obstante esa negativa rotunda, se demostró que la musa había existido realmente y el misterio que había permanecido inescrutable por décadas, fue develado cuando en 1975 el historiador chileno Sergio Fernández Larraín dio a conocer el nombre y apellido de una una mujer, que no era precisamente imaginada, se llamaba Albertina Rosa Azócar Soto y mantuvo con Neruda un romance juvenil que duró desde 1922 hasta 1932, período en el que el poeta le escribió 111 cartas de amor, que Albertina guardó celosamente en secreto durante más de medio siglo.

Pero la cautivante historia resulta más auténtica leída de las propias palabras de Albertina, que se transcribieron de la conversación que sirve de prólogo a la edición oficial de las Cartas, hecha en Madrid, en 1983, por el Banco Exterior de España, con ensayos de los prestigiosos poetas Vicente Alexandre (Premio Nobel de Literatura 1977) y Jorge Guillén; y escritos de Rafael Alberti y Paco Umbral:

«Es una antigua historia…Yo tendría entonces diecinueve años y Pablo era un año más joven. Nos conocimos en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile que quedaba en Alameda con Cumming. Los dos estábamos matriculados en francés y éramos compañeros, aunque Pablo pertenecía a otro grupo. El Instituto era un viejo edificio de dos plantas, con una sala de actos en la que celebrábamos reuniones los sábados. Había estudiantes que componían poesías. Pablo estaba entre ellos y recitaba con aquel tono suyo lento y grave: desde el fondo de ti, arrodillado, un niño triste como yo nos mira…”(…)

«Yo solía remedarle, junto a unas compañeras de curso, cómo recitaba Pablo sus poemas. No sé cómo, de repente, comenzamos a sentarnos en una de aquellas largas bancas de la clase, con otros poetas que también estudiaban allí. Así comenzamos a conversar y a pasear juntos, después de las clases en el Pedagógico. Al volver a casa, a la pensión en que vivía con mi hermano Rubén, Pablo me acompañaba» (…)

«A mi hermana no le agradaba, porque mi familia era muy conservadora y los poetas tenían mala fama. Además, Pablo era muy delgado, taciturno, de cara macilenta. Iba muy abrigado con capa, porque su padre era ferroviario y entonces les daban unas capas enormes, largas… Le recuerdo con aquella capa y sombrero, como a veces se dibujaba, de negro.
Era algo más alto que yo y era tan joven, tan enamoradizo… No sé, a muchas chiquillas les gustaban los poetas. Cuando me escribía, por ejemplo, tenía acá dos, tres, cuatro amores».

«De los versos que a mí me dedicó, el que más me ha gustado y quizás el más popular, es el poema quince, el Poema del silencio: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”(…) Es verdad que en sus cartas se quejaba de que no le escribía, pero es que mi carácter es así. Yo le quería mucho, pero no soy de esas personas que se muestran apasionadas ni ninguna de esas cosas.» (…)

«En realidad, le escribía poco, porque toda esta historia de nuestra correspondencia para mí estuvo llena de dificultades. Yo tenía que sacar las cartas del correo a escondidas, porque en mi casa eran terribles para esto y me escondía también para escribirle y poner las cartas. Me controlaban todas las salidas; ni con amigas me dejaban salir.» (…) Nuestras relaciones en Santiago duraron un año y medio más o menos. Me habría casado con él, pero volví a Concepción para terminar los estudios, hacer mi Memoria y trabajar en una escuela experimental al lado de la Universidad. Pablo terminó los cuatro años en el Pedagógico.» (…)

Después siguieron tiempos de encuentros y desencuentros, las separaciones y dificultades cada vez mayores para verse y estar juntos, consecuencia de los frecuentes viajes de Neruda, un retrato de Albertina enviado por ella a la India, las cartas que llegaban tarde, mal o nunca. Y el desgaste comenzó a deteriorar la relación de la pareja.
Mientras ocupaba el consulado chileno de Ceilán en diciembre de 1929, él le escribió desesperado: “me estoy cansando de la soledad y si tu no vienes trataré de casarme con alguna otra”. Al poco tiempo, Pablo conoció en Java a «Maruca» María Antonieta Hagenaar Vogelzang y después de sólo cuatro meses de cortejo, se casó con ella a fines de 1930. Era una mujer altísima, lenta, de modales solemnes y sin ningún interés o relación con la literatura. Es un hecho que Neruda se casó con ella, porque la soledad que sentía en esos rincones del mundo lo tenían devastado y cansado de esperar en vano a Albertina.

En la última carta que Neruda le escribe, fechada el 11 de julio de 1932, expresa: “Tengo tanto que hablarte, reprocharte, decirte. Me acuerdo de ti todos los días (…)

Albertina por su parte, conoció un día en casa de su hermano Rubén, al escritor Ángel Cruchaga Santa María, diez años mayor que ella, solterón, de modales finos, muy tranquilo y que no tenía nada de la bohemia de Pablo. Terminó casándose con él; y entonces, el amor con Neruda se tornó imposible.

En esa correspondencia publicada sin un consentimiento total de Albertina, había esquelas, poemas, postales, anotaciones escritas en billetes de ferrocarril, en servilletas, en trocitos de papel, incluso con dibujos del poeta y Neruda aludía a su enamorada con atrevidos y sugerentes encabezados: Mocosa de mi alma, Mala pécora, Pequeña canalla, Ratoncilla, Caracola, Abeja, Fea mía, Querida mocosa, Netocha, Arabella, Muñeca adorada, Niña de los secretos y algunos más.

En una de sus notas expresaba a modo de poesía:

«Albertina Rosa, mariposa.
Collar de lumbres sobre las cosas.
Es la hora de las rosas, la hora que no cesa.
Acosa, besa la poderosa cabeza
del que te apresa, te roza y te besa.
En todas las cosas, dulce y divina
Albertina Rosa»

Y en otra de sus cartas, Neruda escribió:

«Querida mocosa. El domingo me voy a Temuco. ¿Qué te han dicho de mí, mi chiquilla bonita?. No sé. Aquí, ayer, remolcamos una gibia rosada. Te mandaré unas vistas. ¿Rezaste por mi alma? ¡Ah!, estoy condenado. ¿A qué hora te levantas?

Esta tarde escribiré en la arena tu nombre: ALBERTINA.»

«Me contarás largamente lo que has hecho y lo que haces, y qué piensas. Ya llegarás hoy a tu casa mientras te escribo, es martes en la mañana.

He pasado estos tres días leyendo y fumando; mientras tenga libros que leer y tabaco no me aburriré. Pienso estar todo el mes aquí.
Ahora te copio unos versos.» (…)

Al lado de mí mismo, señorita enamorada,
¿quién sino tú, como el alambre ebrio,
es una canción sin título?
Ah, triste mía, la sonrisa se extiende
como una mariposa en tu rostro.
Y soy el que deshoja nombres y altas
constelaciones de rocío
en la noche de paredes azules, alta sobre tu frente,
para alabarte a ti, palabra de alas puras,
el que rompió su suerte, siempre, donde no estuvo.
Por ejemplo, es la noche rondando
entre cruces de plata
qué fue tu primer beso, para qué recordarlo,
yo te puse extendida delante del silencio,
tierra mía, los pájaros de mi sed te protegen
y te beso la boca mojada de crepúsculo.
Es más allá, más alto.
Para significarte amaina una espiga.
Corazón distraído, torcido hacia una llaga.

«Me he tomado el insoportable trabajo de copiarte esto de mi próximo libro para saber si te interesa algo de lo que escribo para ti. Tú me das una sensación de indiferencia que me abre la curiosidad. Espero que esta carta no se pierda, ¿tienes otra dirección más segura? ¿Enfermita saldrás a buscar al correo estas palabras sin importancia?
Escríbeme con generosidad y recibe besos para mucho tiempo.
Tu Pablo

Amores efímeros como el de Teresa Vásquez y María Parodi, inolvidables como el de Albertina, de compromiso como Maruca y el amor completo por su compañera de tantos años, Matilde Urrutia, seguramente hicieron vibrar la fibra íntima de Pablo Neruda poeta. Al margen de eso, justo es reconocer que no alcanza sólo la ayuda de las musas para escribir como él lo hacía. La clave, fue el singular talento que lo llevó a ser un escritor genial.

Compartimos algunos fragmentos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: 

Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia
mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso.
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
(poema 1)

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
y las hojas caían en el agua de tu alma.
(poema 6)

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, ¿dónde estabas?
¿Entre qué genes?
¿Diciendo qué palabras?
¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?
(poema 10)

Eres la delirante juventud de la abeja,
la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.
Mi corazón sombrío te busca, sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
Mariposa morena, dulce y definitiva,
como el trigal y el sol, la amapola y el agua.
(poema 19)

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
(poema 20)

Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.
El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa,
surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.
Abandonado como los muelles en el alba,
sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.
Es la hora de partir. Oh abandonado.
(una canción desesperada)

Pablo Neruda no olvidaría nunca a Albertina, su primer amor adolescente y muy mayor volvería a evocarla en »Memorial de Isla Negra» como Rosaura, esa »pasajera color de agua», recordando los tiempos en que se paseaban tomados de la cintura por las orillas del Mapocho, soñando con el Sur: Rosaura otoño, lejos/ luna de miel delgada/ campanita taciturna…!
Tal vez tenía razón el escritor español Noel Clarasó (1899-1985) que alguna vez con sutil pesimismo escribió «El hombre y la mujer han nacido para amarse, pero no para vivir juntos. Los amantes célebres de la historia vivieron siempre separados».

Para conocer más:

  • Aibertina Azócar, falleció en Santiago de Chile el 11 de octubre de 1989, a los 87 años.
  • Con respecto a las famosas cartas, relataba también Albertina en el prólogo: «La historia, después, de las cartas es otra. Vivíamos mi marido y yo en La Reina, en una parcela donde construimos una casita. Entonces tenía ahí todas mis cosas y Ángel tenía su biblioteca. Cuando él murió, no tenía objeto dejar la parcela abandonada; la vendí y me mudé a Santiago. En el nuevo departamento no cabían las cosas y estaba todo amontonado. Un día, buscando algo entre los libros, de repente apareció una caja donde yo tenía guardadas las cartas, desde toda la vida. Nunca nadie las había visto. Ni en mi casa, porque yo tenía un velador donde las metía bajo llave cuando me llegaban. ¡Si entonces me hubieran visto una carta…!
    Y ahí estaban, casi rompiéndose por el tiempo. Sí, ¿cuánto tiempo? Sesenta años; sesenta años…»
  • ¿Por qué aparecieron estas cartas privadísimas en poder de Fernando de la Lastra? Debido a que era sobrino del esposo de Albertina, Ángel Cruchaga Santa María. Al morir éste, ella decide deshacerse de la biblioteca y le pide a Fernando que le compre los libros. Éste se interesa y adquiere una parte de la colección pagando el valor que Albertina establece. Además, la ayuda a deshacerse del resto. Ella, agradecida, le entrega una caja de cartas. «Son para usted. Es un regalo», le explica.
    Fernando de la Lastra revisa posteriormente ese material y advierte la importancia que tiene para los estudiosos de Neruda. Conservó las cartas en su poder durante cuatro años y luego decidió darlas a conocer al público. En ese tiempo, Albertina jamás intentó siquiera recuperarlas.
  • Después de la publicación, comenzó una serie de demandas y querellas, entablados por varias personas que se sintieron perjudicadas. (entre ellas Albertina y Matilde Urrutia)
  • Entre corchetes […] o entre paréntesis (…), los puntos suspensivos indican la supresión de una palabra o un fragmento en una cita textual.

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