La última carta de Sylvia Plath

Amores trágicos en la literatura – La última carta de Ted Hughes a Sylvia Plath

La última carta


Eximios escritores han imaginado trágicas historias de vida que, plasmadas en incontables páginas de novelas y poemas, cautivaron indefinidamente a través de los tiempos los sueños de ávidos y devotos lectores. Pero también concitaron gran interés público, otros relatos que involucran hechos relevantes de la vida diaria de muchos de esos autores y éstas historias auténticas, dieron lugar a conmovedoras tragedias amorosas donde la realidad empalideció la creatividad más fecunda.

Podríamos citar en esa lista de amores desdichados a Amado Nervo y Ana Cecilia Luisa Dailliez, su musa inspiradora de los geniales versos de “La amada inmóvil”. A la poetisa caribeña Gertrudis Gómez de Avellaneda y Gabriel García Tassara, también la tormentosa vida sentimental de Alfonsina Storni o el confuso episodio de Leopoldo Lugones encontrado muerto en febrero de 1938 en un hospedaje de la ciudad de Tigre, perteneciente al Gran Buenos Aires. ¿El eterno amor platónico de Dante por Beatriz Portinari quedaría excluido?.

Por supuesto que no podría faltar en esta particular aunque incompleta selección, uno de los más trágicos amores literarios de la segunda mitad del siglo XX: el infortunado romance que mantuvieron la emblemática poetisa norteamericana Sylvia Plath con el laureado poeta inglés Ted Hughes en la década de 1960. Casi medio siglo después, en 2010, el parlamentario inglés Melvyn Bragg encontró, mientras investigaba en la Biblioteca Británica acerca de Hugues, un manuscrito con un poema inédito cuyos versos titulados “La última carta”, rememoran lo acontecido en los días previos al suicidio de su esposa Sylvia Plath. Su difusión causó un gran impacto y reavivó una añeja polémica.


La última carta

¿Qué pasó aquella noche? Tu última noche
doble, triple exposición
a todo. Tarde, el viernes,
mi última visión de ti viva.
Quemabas tu carta para mí en el cenicero,
con esa extraña sonrisa. ¿Había arruinado tu plan?
¿Me sorprendió antes de lo que esperabas?
¿Te la llevé corriendo demasiado pronto?
Una hora después —te habrías ido
a donde no podía encontrarte.
Me habría regresado de tu cerrada puerta roja
que nadie hubiera abierto
sosteniendo aún tu carta,
un rayo que no pudo aterrizarse.
Habría sido terapia de choques
para mí,
repetida una y otra vez, todo el fin de semana,
cada que la leyera o pensara en ella.
Hubiera cambiado mi mente, y mi vida.
La terapia que planeaste necesitaba algo de tiempo,
no puedo imaginar
cómo habría sobrevivido el fin de semana.
No lo puedo imaginar. ¿Lo habías planeado todo?


Tu carta me llegó antes —ese mismo día,
el viernes en la tarde, enviada por la mañana.
Los demonios reinantes la aceleraron,
fue una gota más de mala suerte
llevada a ti por la oficina de correos
y sumada a tu carga. Me moví rápidamente,
a través del crepúsculo londinense, de febrero, azul-nieve.
Lloré con alivio cuando abriste la puerta.
Un montón de acertijos en solución. Lágrimas precoces
que no lograron traducirme, no lograron divulgar
su valor verdadero. Pero qué dijiste
sobre los fragmentos humeantes de esa carta
tan cuidadosamente aniquilada, tan calmada,
que me dejaron soltarte, y dejarte
a borrar sus cenizas de tu plan —del cenicero
contra el cual te apoyaste para que leyera
el teléfono del doctor.
Mi escape
se convirtió en algo tan perseguido
insomne, sin esperanza, todos sus sueños exhaustos
sólo quería ser capturado de nuevo, sólo
quería caer, salir de su vacío.
Dos días de nada colgante. Dos días gratis.
Dos días en ningún calendario, pero robados
de ningún mundo,
más allá de realidad, sentimiento o nombre.


Mi vida amorosa lo agarró. Mi adormecida vida amorosa
con sus dos agujas locas,
bordando su rosa, punzando y jalando
su tapicería, su tatuaje sangriento
en alguna parte tras mi ombligo,
enhebrando ese amasijo de adornos,
dos agujas locas, entrecruzando sus puntadas,
escogiendo entre mis nervios
sus colores, remodelándome
dentro de mi piel, cada una reconstruyendo a la otra
con sus propias caricaturas, su obsesivo entrar y salir. Dos mujeres
cada una con su aguja.



Esa noche,
mi Susan dellarobbia. Me moví
con la cautela
de la flama en una mecha. Toda mi furia
fue un abandonado esfuerzo para explotar
el viejo globo donde las sombras se inclinaban
sobre mi rastro delator de cenizas. Corrí
de aquí para acá, de espaldas, una película en reversa,
¿hacía qué? Fuimos a la calle Rugby
donde tú y yo empezamos.
¿Por qué, entre todos los lugares, fuimos ahí?
¿Por qué fuimos ahí? La perversión
en el arte de nuestro destino
ajustó sus finuras para ti, para mí,
y para Susan. El solitario
que jugó el Minotauro de aquel laberinto
incluyó aun a Helen, en el departamento de la planta baja.
La habías notado —una chica para un cuento.
Jamás la conociste, pocos la conocieron,
excepto a través de las orejas y la máscara demente
de su Pastor. Ni siquiera fugazmente la viste.
Sólo te echaste para atrás
cuando el loco animal estrelló su peso
contra la puerta mientras nos escurríamos por el pasillo
y lo oímos ahogarse en infinito odio alemán.
stanza-break
Aquel domingo por la noche abrió su puerta
los pocos centímetros permitidos.
Susan recibió sus ojos negros, el sobrepeso
infeliz, bello rostro, que se asomaba
por la cadenita. La puerta se cerró.
La oímos consolar a su carcelero.
En su celda, su perrera, donde días después,
gaseó a su feroz kapo, y a sí misma.



Susan y yo pasamos la noche
en nuestro lecho matrimonial. No lo había visto
desde que nos acostamos ahí el día de nuestra boda.
No la llevé a mi propia cama.
Pensaba, que tras el fin de semana,
podrías aparecer —una visita sorpresa.
¿Apareciste, para tocar mi ventana oscura?
Así que me quedé con Susan, escondiéndome de ti,
en nuestro lecho de bodas —el mismo del que
en tres años sería llevada a morir,
en aquel mismo hospital donde, en doce horas,
te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
la llevé a su trabajo, en la ciudad,
luego estacioné mi camioneta al norte de la calle Euston
y regresé a donde mi teléfono esperaba.



Qué pasó aquella noche, en tus horas,
es tan desconocido como si nunca hubiera pasado.
Qué acumulación de tu vida entera,
como esfuerzo inconsciente, como parto
empujando por la membrana de cada lento segundo
al siguiente, pasó
solamente como si no pudiera pasar,
como si no estuviera pasando. Qué tanto
sonó el teléfono ahí en mi cuarto vacío,
tú escuchando el tono en el auricular—
en ambos lados la evanescente memoria
de un teléfono sonando, en una mente
como ya muerta. Enumero
cuantas veces caminaste a la cabina del teléfono
hasta abajo de la terraza de St. George.
Estás ahí siempre que miro, saliendo
de la calle Fitzroy, cruzando
entre los bancos apilados de azúcar sucia.
En tu largo abrigo negro,
con tu trenza enrollada tras tu cabeza
caminas incapaz de moverte, o despertar, y ya eres
nadie caminando,
caminando en las vías bajo Primrose Hill
hacia la cabina de teléfono inalcanzable.
Antes de medianoche, después de medianoche. Otra vez.
Otra vez. Otra vez. Y, casi al amanecer, otra vez.


¿En qué posición de las manecillas de mi reloj
tu último intento,
ya profundamente rebasada
mi capacidad de escucharte, sacudió la almohada
de esa cama vacía? ¿Una última vez
tocó levemente mis libros, y mis papeles?
Cuando llegué mi teléfono dormía.
La almohada inocente. Mi cuarto dormía,
cubierto ya de luz matinal iluminada por la nieve.
Encendí el fuego. Había sacado mis papeles.
Y había empezado a escribir cuando el teléfono
se sacudió, en una alarma trepidante,
recordándolo todo. Se recuperó en mi mano.
Luego una voz como arma elegida
o inyección medida,
entregó fríamente sus cuatro palabras
al fondo de mi oído: “Su esposa está muerta.”

Ted Hughes 

Sylvia Plath, fue una destacada escritora estadounidense que cultivó con éxito prosa, ensayo y poesía, había nacido el 27 de octubre de 1932 en Boston y desde la niñez demostró tener aptitudes especiales para las letras, consecuentemente, muy joven se graduó con honores en el Smith College. Pero en forma paralela, los desórdenes mentales de una personalidad proclive a conductas depresivas comenzaron a manifestarse también a edad temprana y requirieron internación y tratamiento en instituciones psiquiátricas debido a un intento de suicidio.

Conoció a Ted en una fiesta estudiantil celebrada en la Universidad de Cambridge a comienzos de 1956. Cuatro meses después de ese encuentro, el 16 de junio, contrajeron matrimonio. La pareja tuvo dos hijos, Frieda y Nicholas. Después de los primeros años el idílico amor fue desgastándose paulatinamente y las severas crisis nerviosas que atormentaban a Sylvia volvieron cada vez más conflictiva la convivencia.

Por entonces Ted Hughes había comenzado otra relación con Assia Wevill, una atractiva mujer casada, nacida en Berlín y dotada de un singular magnetismo sexual, que lo deslumbró al punto extremo de inducirlo a  tomar la decisión de abandonar a su esposa y a los dos hijos pequeños del matrimonio.Esta separación causó estragos en la mente de Sylvia que volvió a desequilibrarse, se sumaron además otras circunstancias familiares desgraciadas, la escasez de recursos económicos y el incipiente proceso de divorcio, los pensamientos autodestructivos recomenzaron y enfermó.

Así, el viernes 8 de febrero de 1963 Sylvia Plath escribió a su marido una carta, supuestamente una nota de suicidio, creyendo que la misiva llegaría el sábado, pero circunstancias fortuitas hicieron que Ted leyera el mensaje ese mismo día por la tarde. Con la carta en la mano, Hughes, aunque distanciado sentimentalmente, se dirigió presuroso hacia la casa donde residía Plath en Primrose Hill, al norte de Londres; al verse cara a cara, se desató entre ambos una fuerte discusión en el curso de la cual Sylvia Plath arrancó la carta de las manos de su esposo y la arrojó al fuego. Este encuentro final obsesionó al hombre poeta, que mucho tiempo después transformaría lo sucedido ese anochecer en el poema la última carta.

Las primeras horas del lunes 11 de febrero transcurrieron inexorablemente, mientras las ilusiones de Sylvia se iban desvaneciendo al tiempo que crecía la desesperanza y sus demonios íntimos, otra vez, empezaban a convencerla que ya no quedaban días felices en su mundo. Quizás en el último minuto haya rememorado una de sus reflexiones “Mi alma debe estar detrás de ti; estoy matando mi carne sin ella”; y luego cuando comprendió que la dura batalla final estaba perdida llegó el silencio; preparó el desayuno a sus hijos, selló cuidadosamente la puerta de la habitación de los pequeños y se quitó la vida, asfixiándose con el gas proveniente del horno de la cocina que había abierto intencionalmente. Tenía 30 años; Ted se enteró de la muerte de su esposa ese mismo lunes.

Estos acontecimientos dieron origen a un mito que por mucho tiempo acaparó la atención popular, aunque nunca pudo discernirse la responsabilidad que le correspondió a Ted en el trágico suceso. Como todavía estaban legalmente casados al producirse la muerte de Sylvia, Hughes se hizo cargo de sus manuscritos y al leerlos, se percató rápidamente de que las composiciones dejadas por Plath eran muy superiores a cuanto había publicado en vida.

Decidió entonces, para honrar la memoria de la esposa fallecida, editar con sumo cuidado ese legado y esmerarse en una muy prolija publicación de las obras heredadas. Un noble propósito sin dudas, opacado no obstante por actitudes que fueron juzgadas como imperdonables: destruyó una parte importante del diario personal de la poetisa con la excusa de que su lectura hubiera infligido a los hijos del matrimonio un daño irreparable y, según se sospecha, “perdió o hizo desaparecer” el manuscrito de una segunda novela que preparaba Plath en 1963.

Ted Hugues, ya no podría olvidar esos días aciagos del invierno de 1963, las polémicas acusaciones de organizaciones feministas y las durísimas críticas de amplios sectores de la sociedad, convirtieron sus días en un calvario y un enorme sentimiento de culpa le dejó una marca indeleble.Pero a pesar de todo, cinco años después de la muerte de Sylvia Plath, el poeta se vio envuelto nuevamente en una oscura aventura amorosa mientras vivía una triple vida con Assia Wevill, con una enfermera en prácticas llamada Carol Orchard y otra mujer llamada Brenda Hedden. Se conocen textos de Hughes en los que se manifiesta incapaz de decidir y escribe: “¿Qué cama, qué novia, qué pecho me dará confort?”

Assia Wevill, señalada socialmente por destrozar el matrimonio de Sylvia y Ted, no llegó a casarse con Hughes pero le dio una hija, Shura. Cuando el poeta resolvió que no vivirían juntos, todo comenzó a parecerse al reflejo en un espejo de las penurias soportadas antes por Sylvia y esa decisión fue causa frecuentes discusiones; después de seis años años de relación Assia quería alquilar otra casa en Yorkshire para compartir proyectos y sueños, ya no quería ser sólo la amante o la musa, pretendía algo más, ser para él un puerto seguro.Las dudas, la desconfianza, el desprecio y la hostilidad con que era tratada por muchos de los amigos de Ted la abrumaban, así, aquella mujer otrora altanera y acostumbrada a seducir quedó degradada al papel de personaje secundario.

A comienzos del año 1969, Ted Hughes ya disfrutaba de una nueva amante, una enfermera llamada Carol Orchard. Por alguna razón el domingo 23 de marzo, a mediodía, Assia telefoneó a Ted, discutieron una vez más y después de colgar, le dio el día libre a la niñera; esperó que anochezca y arrastró un colchón hasta la cocina, puso sábanas limpias, se preparó un whisky, luego otro con algunos somníferos y en un impulso irracional fue a buscar a Shura al dormitorio y la trasladó a la improvisada cama. Apagó la luz y antes de recostarse junto a su hija de cuatro años, abrió la llave del gas del horno de cocina. ¿Coincidencia fatídica? Horas después hallaron los dos cadáveres.
Poco antes de su propia muerte acaecida en el 28 de octubre de 1998, Ted Hugues, gravemente enfermo, rompió un silencio de más de tres décadas soportando acusaciones y publicó su último trabajo poético dedicado a Silvia Plath. Se trataba de un bellísimo poemario titulado “Cartas de cumpleaños”, que fue éxito de ventas pero no alcanzó para borrar el estigma que pesaba sobre él. En cada poema explora las complejas relaciones que experimentó en su matrimonio con Sylvia, procesando todos sus recuerdos y haciéndolos trascender en versos sobrecogedores, en ellos celebra la vida, el amor y las pasiones, medita sobre el suicidio y nombra a la muerte pero sin referirse en forma directa a las circunstancias que la ocasionaron. El diseño de la tapa de este libro fue hecho por su hija Frieda. 

Carol Orchard, se casó finalmente en 1970 con Ted Hugues y quedó viuda en 1998. Al conocerse la existencia del poema inédito La última carta encontrado en 2010, Carol apoyó un proyecto editorial que llevaba adelante el biógrafo académico Sir Andrew Jonathan Bate, pretendiendo publicar íntegramente los resultados de ese hallazgo; pero cambió de opinión al advertir que las investigaciones derivadas convertirían la biografía del poeta, en algo más que una completa reseña literaria. Los nuevos escritos descubiertos corrían un velo y revelaban con sinceridad salvaje las aventuras extramatrimoniales de Hughes, una de las cuales describe este poema con el nombre de la amante y tal riqueza de detalles que es casi una confesión de arrepentimiento.Posteriormente el proyecto siguió adelante para editarse como biografía no autorizada.

Para conocer más:
Smith College, es una universidad privada femenina estadounidense ubicada en Northampton, Massachusetts
Actualmente, con la nueva documentación conocida, se han podido reconstruir con detalles los sucesos acontecidas en aquel trágico fin de semana. Así se sabe que el sábado 9 de febrero, Plath también telefoneó a Hughes a su casa, precisamente la misma en la que habían pasado la noche de bodas y convivido siete años. El llamado lo atendió Susan Alliston, otra de las amantes de su esposo y cuando esta le pasó el teléfono, Hughes se limitó a decir algo así como: “- tranquila, Sylvia” y para él todo continuó con una actitud indiferente. De hecho, el poeta pasó aquella noche  y todo el domingo (día en el que se supone que Sylvia Plath se suicidó) en esa casa con Susan.También se demostró que la carta en cuestión no era una nota de suicidio, sino que en ese escrito, Sylvia simplemente le comunicaba a Ted que se marcharía a París abandonándolo. 
En el legado literario de Sylvia Plath se destacan entre otras obras: “El coloso”, “Ariel”, “Árboles de invierno”, “La campana de cristal”, “Cartas a casa” y “The magic mirror” (que fue su tesis de graduación para el Smith College). En 1982, a título póstumo, se le concedió el Premio Pulitzer por sus “Poemas completos”.
Edward James Hughes, (más conocido como Ted Hughes), fue un poeta británico y escritor de libros infantiles considerado uno de los poetas más brillantes de su generación. Nació en Mytholmroyd, Yorkshire, en el año 1930. 
El 16 de marzo de 2009 el hijo menor del matrimonio, Nicholas Farrar Hughes, se ahorcó en su casa en Fairbanks, Alaska.
El académico y parlamentario inglés Lord Melvyn Bragg encontró entre los cuadernos de Hughes el poema titulado “Última carta”, un testimonio trágico de la obsesión del poeta por tratar de fijar la noche del suicidio de Sylvia Plath. Murió sin conseguirlo, por eso no lo incluyó en su poemario Cartas de cumpleaños”. 

Nota: Intentamos rescatar y difundir los valores literarios indudables de la obra intelectual de cada autora o autor con un enfoque absolutamente objetivo. Nunca la finalidad es generar polémicas innecesarias. Toda historia personal  se conjuga en tiempo pasado y el pasado está escrito en esa historia de manera irreversible y definitiva. Que cada quien saque su propias conclusiones si así lo considera.

Si la nota ha resultado de interés, por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (8 votes, average: 4,50 out of 5)
Cargando…

Alfredo Veiravé – Poeta olvidado

Alfredo Veiravé, un poeta argentino que el tiempo escondió sin clemencia

El domingo es ese día de la semana en que nada importa demasiado, reflexionaba en otras épocas el singular músico estadounidense Louis Armstrong, definiendo al día más especial del calendario semanal.

Podemos coincidir sin cuestionamientos con tal apreciación y pocos objetarían nuestra opinión, pero también podemos considerar factible utilizar esas horas de supuesto desinterés, para dedicarlas a desarrollar actividades que  nos resulten amenas e interesantes. La lectura pendiente de aquel libro, nuevo o antiguo, que siempre postergamos con la excusa de no tener suficiente tiempo es un claro ejemplo, o quizás como entretenido juego intelectual, buscar entre los carpetas y recortes que atesoran nuestros recuerdos, alguna vieja poesía olvidada, para conocer, redescubrir o rescatar a esos escritores que con sus versos y palabras, fueron cómplices involuntarios de tímidos secretos de adolescencia y que después continuaron acompañando, con contenidos más profundos, los pasos que dimos hasta llegar a ser adultos.

Y si el domingo es un día lluvioso, mejor. Como aporte, compartimos con ustedes dos poemas de uno de los grandes renovadores de la poesía argentina de mediados del siglo pasado, el escritor Alfredo Veiravé injustamente relegado y olvidado en algún sendero inhóspito del tiempo que pasó.

Radar en la tormenta

Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar el poema aterriza en la pista, a ciegas (entre relámpagos) carretea bajo la lluvia, y al detener las turbinas, descienden de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras.

El regreso

He vuelto a caminar por las viejas calles de mi pueblo,subiendo y bajando hacia el río.He atravesado la plaza con sus árboles perfumados y florecidos;he mirado las mismas caras indiferentes de antaño y he pensado que a nosotros los hombres, nos dan a veces,el privilegio de volver sobre nuestros pasos antes de eliminarnos de las tarjetas, de los álbumes,de las fotografías. Quizás para que creamos que algo podemos rotular en esta inmensa fiebre, o simplemente, para que la destrucción no sea tan melancólica.
(Ahora estoy y estaré siempre tirado sobre los húmedos pastos de la costa,apoyado en los viejos sauces,escuchando estas campanas que ahora escucho aunque esté, en este instante, muy lejos.)

Alfredo Veiravé, fue un poeta, ensayista y crítico literario, nacido el 29 de Marzo de 1928 en la ciudad de Gualeguay -Entre Ríos- cercana a la costa argentina del río Uruguay.

Docente universitario egresado como Profesor en Letras por la Universidad Nacional del Nordeste y miembro de la Academia Argentina de Letras. En 1957 se radicó en Resistencia, capital de la provincia del Chaco, donde transcurrió la mayor parte de su vida, falleciendo allí el 22 de noviembre de 1991.
Escritor espontáneo, de vasta erudición, eternamente enamorado de las palabras, circunstancia esta que le permitió dotar de una rara y exquisita perfección a sus poemas, 
Entre sus obras publicadas destacan: “El alba, el río y tu presencia”; “Después del alba, el ángel”; “Destrucciones y un jardín de la memoria”; “Puntos luminosos”; “El imperio milenario”; “La máquina del tiempo” y “Radar en la tormenta”.

Y para las horas finales de este domingo, terminamos con una conclusión: “La divagación es el domingo del pensamiento” en palabras del filósofo y escritor suizo Henri-Frédéric Amiel, autor de un célebre Diario íntimo.

Si te ha interesado la nota sobre este singular autor, por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (9 votes, average: 5,00 out of 5)
Cargando…

Retornos del amor – Rafael Alberti

Retornos del amor en la obra del inolvidable Rafael Alberti

El escritor español nacido en Cádiz, Rafael Alberti, último poeta de la inolvidable Generación del 27, es el autor una serie de bellísimos poemas que comienzan invariablemente con la frase Retornos del amor; y cuyos versos teñidos de sentimiento y pasión parecen pintados con todos los colores del arco iris. 
La escritora María Teresa León, su cónyuge desde el año 1932 en que la pareja contrajo enlace, fue también su musa inspiradora y la mujer que lo acompañó como esposa, amante y, ante todo, como amiga inseparable durante casi medio siglo de vivencias compartidas.
A continuación, siguen dos de los poemas a que hacemos referencia:

Retornos del amor en la noche triste

Ven, amor mío, ven, en esta noche sola y triste de Italia. Son tus hombros fuertes y bellos los que necesito.Son tus preciosos brazos, la largura maciza de tus muslos y ese arranque de pierna, esa compacta línea que te rodea y te suspende,dichoso mar, abierta playa mía.¿Cómo decirte, amor, en esta noche solitaria de Génova, escuchando el corazón azul del oleaje,que eres tú la que vienes por la espuma?Bésame, amor, en esta noche triste.Te diré las palabras que mis labios,de tanto amor, mi amor, no se atrevieron.Amor mío, amor mío, es tu cabeza de oro tendido junto a mí, su ardientebos que largo de otoño quien me escucha.Óyeme, que te llamo. Vida mía,sí, vida mía, vida mía sola.
¿De quién más, de quién más si sola mente puedo ser yo quien cante a tus oídos:vida, vida, mi vida, vida mía?¿Qué soy sin ti, mi amor? Dime qué fuera sin ese fuerte y dulce muro blando que me da luz cuando me da la sombra,sueño, cuando se escapa de mis ojos.Yo no puedo dormir. ¡Cuántas auroras,oscuras, braceando en las tinieblas,sin encontrarte, amor! ¡Cuántos amargos golpes de sal, sin ti, contra mi boca!¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Dime, amor mío.¿Me escuchas? ¿No me sientes llegar como una lágrima llamándote,por encima del mar, en esta noche?

Retornos del amor en las arenas

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.Van voluntariamente lentas, entrelazándose nuestras sombras descalzas camino de los huertos que enfrentan los azules de mar con sus verdores.Tú todavía eres casi la aparecida,la llegada una tarde sin luz entre dos luces,cuando el joven sin rumbo de la ciudad prolonga,pensativo, a sabiendas el regreso a su casa.Tú todavía eres aquella que a mi lado vas buscando el declive secreto de las dunas,la ladera recóndita de la arena, el oculto cañaveral que pone cortinas a los ojos marineros del viento.
Allí estás, allí estoy contra ti, comprobándola alta temperatura de las odas felices,el corazón del mar ciegamente ascendido,muriéndose en pedazos de dulce sal y espumas.Todo nos mira alegre, después , por las orillas.Los castillos caídos sus almenas levantan,las algas nos ofrecen coronas y las velas,tendido el vuelo, quieren cantar sobre las torres.
Esta mañana, amor, tenemos veinte años.

Parafraseándose a si mismo, Alberti utilizó este último verso para dedicar un epitafio a su amada de toda la vida, el día de su muerte y en la lápida de la tumba desafiando el paso del tiempo, se lee todavía: “Hoy, amor, tenemos veinte años”.

Otro de los poemas, “Retornos del amor tal como era” termina con estas intensas palabras: “Todo era fuego, exhalación, latido de onda caliente en ti. Si era una mano la atrevida o los labios, ciegas ascuas, voladoras, silbaban por el aire. Tiempo abrasado, sueño consumido.Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.” 

Con estos versos diseñados en delicada eufonía, con palabras sugestivas y ardientes, a veces repetidas con insistencia, utilizando metáforas significativas que ponían en evidencia la intensidad amorosa, Rafael Alberti describió su amor a esa mujer que consideraba tan especial: María Teresa León.

El reconocimiento universal que merece por su calidad la obra literaria de Rafael Alberti, está fuera de toda discusión, no obstante, actitudes del excelso poeta hacia la compañera incondicional, arrojan alguna sombra sobre su personalidad. ¿pecó Alberti por exceso de ego o ingratitud?, la historia, a su tiempo, dará su veredicto.Lo cierto es que cuando la lucidez mental de María Teresa sucumbió ante la voracidad implacable del mal de Alzheimer, el amor que parecía eterno comenzó a diluirse; el poeta se olvidó de la fiel compañera y en los últimos años de padecimiento de la enfermedad, sólo la visitó esporádicamente aduciendo que no soportaba el dolor de verla convertida en un espectro vacío.

El calendario marcaba un martes 13 de diciembre de 1988, en las postrimerías de un otoño destemplado, cuando la inspirada autora de “Memoria de la melancolía”, María Teresa León, falleció; en ese instante la vida para ella dejó de ser un calvario. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Majadahonda de la ciudad de Madrid. 

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (12 votes, average: 4,83 out of 5)
Cargando…

El silencio que perturba a los poetas

El silencio, una palabra que perturba a los poetas, y aparece en su obra a lo largo del tiempo

El poeta británico Strider Marcus Jones escribió alguna vez una cita que se hizo muy conocida, “Cuando las palabras no salgan fáciles, me volveré al silencio y encontraré algo en la nada”. Estaba haciendo referencia a una de las palabras que más perturban a los creadores literarios: el silencio.


Un vocablo que etimológicamente deriva del latín “silentĭum” y que el diccionario define simplemente como la abstención de hablar o a la ausencia de ruido.La interpretación profunda de su significado es, no obstante, mucho más compleja, porque el silencio es reflexión, pausa, contención sin renunciamiento y es en su esencia paradójicamente elocuente, porque hay silencios que gritan, que censuran, que lastiman, que duelen, que consienten.


Y es ese mismo silencio un espacio de perpetua contemplación, un refugio universal que se busca o se evita, un lugar habitado por misterios inexpugnables, desde donde aquel que parte nunca puede dejar de regresar a su primer asombro.
También, con frecuencia, se transforma en fuente de inspiración donde los poetas, despojados de sus límites, suelen encontrar o inventar las palabras necesarias para darle existencia a sus versos.  

La escritora estadounidense Diana Palmer (seudónimo de Susan S. Kyle) dijo: “Hay momentos tan bellos en la vida, que incluso las palabras son una profanación” y la frase resulta un excelente prólogo para estos poemas con que egregios poetas describieron el silencio:


Silencio (Octavio Paz) 

Así como del fondo de la música brota una nota,que mientras vibra crece y se adelgaza hasta que en otra música enmudece, brota del fondo del silencio otro silencio, aguda torre, espada, y sube y crece y nos suspende y mientras sube caen recuerdos, esperanzas, las pequeñas mentiras y las grandes, y queremos gritar y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.


Así como del fondo de la música brota una nota,que mientras vibra crece y se adelgaza hasta que en otra música enmudece, brota del fondo del silencio otro silencio, aguda torre, espada, y sube y crece y nos suspende y mientras sube caen recuerdos, esperanzas, las pequeñas mentiras y las grandes, y queremos gritar y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.

Solo de silencio (Leopoldo Marechal)


¡Rama frutal llena de pájaros enmudecidos, estanque negro,raíz en curva de leones tu silencio! Arranca de tus ojos en dos ríos unánimes;se escurre como el agua pluvial, de tus cabellos;cuelga de tus pestañas en invisibles gotas y es un chal en tus hombros morenos…
¡Yo he visto cómo nace de ti misma el silencio;yo sé cómo se anudan sus culebras azules en el gajo temblante de mi cuerpo!Entra como la noche a los palacios,invasor y terrible; me acarician sus dedos;abre el estuche de mis lágrimas;tiene un frescor de musgo: es el hondero que se esconde en mi selva de retorcidos árboles para cazar alondras de recuerdo.Y entonces, todo yo soy una copade tu silencio…Violines afinados de locura,tambores secos,lenguas en una plenitud de ritmos callan en tu silencio!Vas a romper en una música sin frenos;vas a decir palabras temblorosas como nidos colgantes en la mano del viento;a desnudar tu daga de caricias ya soltarme las fieles panteras de tus besos…Pero callas en hondos reflujos¡y otra vez el silencio, el gran silencio!
¡Ah, no me digas nada que rompa el sortilegio de tu mutismo: ni la frase antigua ni las canciones que ha mordido el tiempo! 
Ser buzo y descender hasta la gruta de tu silencio,donde se tuercen los corales rojos de las mordientes ansias y el deseo es una forma negra, tentacular, sin ruido, con cien ojos de acecho…¡Ah, no me digas nada, ni la palabra antigua ni las canciones que ha mordido el tiempo!
¡Silencio en las albercas de tus ojos,en tus caricias largas, en tus besos!                                                                                                                                                                    Que se duerma en tus labios una gran mariposa de silencio…

El silencio (Alfonsina Storni)


¿Nunca habéis inquirido por qué, mundo tras mundo,por el cielo profundo van pasando sin ruido?
Ellos, los que traspiranlas cosas absolutas,por sus azules rutassiempre callados giran.
Sólo el hombre, pequeño,cuyo humano latidoen la tierra, es un sueño.¡Sólo el hombre hace ruido!

Órbita (José Ángel Buesa)


Allí estaba el Silencio, de rodillas en un rincón de la luz. ¿Oraba? Un gesto le floreció las manos transparentes.
En sus ojos dos círculos de ausencia;se irisaba un perfume. Y en sus labios inmóviles dos pétalos de sombra,se ensortijaba un eco de rocío.
Allí estaba el Silencio. Sus cabellos luz crespa, sol de fibras, fronda de oro,le iluminaba el perfil exangüe.
Allí estaba el Silencio. Allí, sin sombra en la luz. Fue un instante.Y ascendía su mirada una ráfaga de aroma.
Allí estaba el Silencio. Fue un instante…

Pedro Calderón de la Barca, expresó con maestría su concepción del silencio en su obra La vida es sueño: “Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla”. Y no es simplemente quien calla, sino quien mejor calla, se podría concluir.También la escritora brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector, aportó una interesante y enriquecedora explicación: “La respiración continua del mundo es aquello que oímos y llamamos silencio.”

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (23 votes, average: 4,65 out of 5)
Cargando…

Dientes de Dragón de Michael Crichton

En una época en la que viajar al lejano oeste podía ser en extremo peligroso, el joven paleontólogo William Johnson hará todo lo posible por probar su valía, y defender los Dientes de dragón.

“Nunca, desde Parque Jurásico, había sido tan peligroso desenterrar el pasado…” – Con esta inquietante frase, la editorial Penguin Random House trae a la luz en 2018 esta apasionante novela titulada Dientes de Dragón, de Michael Crichton, un viaje al pasado y a la aventura.

Michael Crichton (1942-2008) fue un escritor estadounidense cuyo trabajo ha vendido más de 200 millones de ejemplares (un número un tanto difícil de superar) y que, debido a su capacidad de captar la atención con emocionantes tramas, ha sido adaptado incontables veces al cine y a la televisión, siendo el único escritor que ha podido tener a la vez el libro más vendido (Acoso), la película más vista en taquilla (Jurasic Park), y la serie con mayor audiencia (E.R. emergencias).

Crichton es considerado el padre del género Tecno-thriller por ser uno de los primeros autores que profundizó en la adaptación y la utilización de la ciencia, la investigación y la tecnología en los argumentos de sus historias. Si bien falleció en el año 2008, hace poco pudo encontrarse esta novela titulada Dientes de Dragón, y publicada de manera póstuma.

Reseña literaria de Dientes de Dragón

La historia transcurre en los América del Norte, alrededor del año 1875, en una época en la que la expansión y el crecimiento de la población ocasionaba graves conflictos con las tribus autóctonas, más manifiestos al acercarse a la costa oeste. A pesar del peligro, la necesidad de aventura, la búsqueda de oro y riquezas, o el simple deseo de explorar, llevaban a los hombres a embarcarse a aquel lejano oeste, sabiendo que podría ser su último viaje.

William Johnson es un joven estudiante de la universidad de Yale, proveniente de una acaudalada familia, y que pasa sus días gastando el dinero de sus padres sin provecho o futuro alguno. Por una apuesta con uno de sus compañeros, decide cambiar sus vacaciones en Europa por aventurarse en el peligroso oeste de Norteamérica. Para cumplir con lo pactado, se las ingenia para sumarse en una expedición del reconocido profesor Marsh, un excéntrico paleontólogo que, todos los años, parte hacia el oeste en búsqueda de huesos de dinosaurio, si bien el concepto de su existencia es relativamente nuevo y choca con las creencias populares de la época.

Para poder ser aceptado en el grupo, Johnson miente sobre su profesión, y dice ser fotógrafo. El orgullo del joven hace que, una tonta apuesta, comience a cambiar su forma de ser y vivir, esforzándose por aprender fotografía, enrolándose en una peligrosa expedición, y dejando su juventud atrás en un breve lapso.

En el camino hacia las peligrosas tierras de Colorado, conoce el amor, es traicionado y abandonado, y termina inmerso en el enfrentamiento sin escrúpulos de dos afamados paleontólogos, el Profesor Marsh y el Profesor Cope, quienes no dudarán en llevar su disputa al uso de la fuerza y las balas, con tal de obtener los mejores esqueletos de dinosaurios y el reconocimiento de la comunidad científica.

Tras vivir en condiciones que un joven de su nivel social jamás hubiera soñado, enfrentar tribus indígenas y peligros inimaginables, sufrir frío, hambre, y desesperación, logran su objetivo y consiguen hallar, no sólo huesos de numerosas criaturas ya conocida, sino los dientes de un nuevo espécimen de un tamaño aterrador, los dientes de un Brontosaurio, los Dientes de dragón.

A partir de ese momento, y por esos raros sucesos de la vida, comienza una nueva aventura, que lo llevará a un lejano poblado en el oeste, con peligrosos pistoleros y bandidos, donde entrar será más fácil que salir, sobre todo conservando aquellos deseados huesos.

El joven tímido y refinado que partió aquel día deberá valerse de todo su coraje e ingenio para regresar a su tierra, conservando su orgullo y habiendo probado la sangre en sus manos. William Johnson podrá volver, sólo si es capaz de convertirse en un hombre.

Valoración:

Dientes de dragón es una apasionante novela, para todos aquellos que sean capaces de disfrutar del género, y que gusten de aventuras. El hecho de que siempre me hayan atraído los dinosaurios le ha dado un sabor especial a la historia, pero que, no difiere si es que no son fanáticos del tema.

El autor ha sabido, con su clásica forma de escritura, pormenorizar los sucesos de la época, con la expansión del ferrocarril (con un curioso homenaje que me ha gustado a un gran escritor, Robert Louis Stevenson, que viajaría algunos años más tarde al oeste), la búsqueda de oro de incontables mineros que arriesgaban todo por la fortuna y la fama, las guerras con las tribus indígenas que marcarían para siempre la historia de aquel país y se convertirían en sucesos de un tiempo perdido, como los dinosaurios, y la enemistad entre dos paleontólogos de la época, y sus conflictos de intereses y su fanatismo, basados en una historia real.

Dientes de Dragón, de Michael Crichton, es una novela no sólo entretenida, sino amena e interesante a pesar de los detalles antes relatados, que recomiendo sin duda, y que podrá llevarles no más de una semana de lectura.

Si te ha gustado la novela o te ha interesado la nota, por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (3 votes, average: 5,00 out of 5)
Cargando…

La ironía como recurso literario

En el mundo de la literatura, cada escritor, cada persona, utiliza herramientas que adornan sus escritos y les permiten expresar ideas. Hoy nos detendremos en la ironía como una de esas grandes aristas

La ironía como recurso literarioLa ironía, ese recurso tan frecuentemente utilizado por los escritores al momento de redactar sus obras es, por definición, una figura retórica literaria, un modo de expresión donde las palabras elegidas se usan con intención para indicar un significado que no es precisamente el de la interpretación literal.

Es una forma elegante de expresar algo muy distinto, o incluso contradictorio con lo que se dice, se escribe o se quiere dar a entender, empleando un tono, gestos o palabras que sugieren la interpretación que debe hacerse.

Puede ser espontánea o intencionada, generada de manera accidental o de forma voluntaria por aquel que arma su mensaje.

El término proviene etimológicamente del griego “eirōneía” (disimulo, ignorancia fingida), que si bien no hace referencia directa a la ironía, sí se relaciona con la noción de hipocresía o decepción, elementos que toma la ironía y a partir de los cuales se construye.

En la lectura de innumerables obras selectas de la literatura universal, podemos encontrar profusos ejemplos de exquisita concepción que hacen uso de este eficiente recurso. En ese contexto, las observaciones de Mark Twain en sus escritos lo convirtieron en un maestro indiscutido, y para muchos insuperable, en el arte de la ironía: Veamos algunas de sus citas célebres:

“Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años.”

“Tenemos el mejor gobierno que el dinero puede comprar.”

“Hay muy buenas protecciones contra la tentación, pero la más segura es la cobardía.”

“Suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado.”

“El arte de vivir consiste en conseguir que hasta los sepultureros lamenten tu muerte.”

“Todo lo que necesitas en esta vida es ignorancia y confianza en ti mismo, así tendrás el éxito asegurado.”

“La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los demás.”

“Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no.”

“El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía.”

De otro autor de geniales frases irónicas, Oscar Wilde, podemos recordar:

“Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho.”

“No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea.”

“Amarse a sí mismo, es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.”

“Como no fue genial no tuvo enemigos.”

“El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.”

“La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores.”

“No soy tan joven para saberlo todo.”

“La sociedad perdona a veces al criminal, pero no perdona nunca al soñador.”

“La única diferencia que existe entre un capricho y una pasión eterna, es que el capricho es más duradero.”

“Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.”

De Charles Dickens leemos:

“Hay libros de los cuales la parte de atrás y las cubiertas son, de lejos, las mejores partes.”

“Hay hombres que parecen tener sólo una idea y es una lástima que sea equivocada.”

“Le gustaba la oscuridad por lo barata que salía.”

“La caridad comienza en mi casa y la justicia en la puerta siguiente.”

De Enrique Jardiel Poncela:

“Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos.”

De Ashleigh Brillian:

“A veces necesito lo que solamente tú me puedes dar: tu ausencia.”

De Bertolt Brecht:

“Todo hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado.”

Eruditos del lenguaje y filólogos clasifican la ironía en diferentes tipos:

Antífrasis: dar irónicamente un nombre a una persona o cosa, con una expresión que indique cualidades contrarias a las que se quieren describir. (“Qué actitud tan amable” decimos a veces a una persona que nos trata con descortesía).

Asteísmo: formular una alabanza fingiendo una aparente censura o desaprobación para alabar con más sutileza. (Decir a un viajero: “A usted le falta mundo”).

Carientismo: utilizar expresiones en apariencia serias y verdaderas para burlarse: (“Deslumbra tu elegancia y distinción”, dirigiéndonos a una persona notoriamente mal vestida.)

Clenasmo: atribuir a alguien las buenas cualidades que nos convienen y a nosotros, sus malas cualidades: (“Admiro su estilo de bailar y no creo tener condiciones para competir con usted“, expresión dirigida por un experto bailarín a un mediocre principiante, cuando en realidad es al revés.)

Diasirmo: figura retórica que pondera en el discurso una apreciación despectiva o ridícula para humillar la vanidad del otro, avergonzándolo (¿Qué otra cosa podríamos esperar de él si su ignorancia es enciclopédica?)

Mímesis: Imitación que hace una persona de los gestos, movimientos, manera de hablar o de actuar buscando ridiculizar a otra. (“es conveniente dar buen ejemplo a los niños porque actúan por mímesis”)

Sarcasmo: La ironía suele confundirse con el sarcasmo, aunque el sarcasmo es una forma más evidente y agresiva y por lo general se utiliza de modo insultante respecto de una persona o situación particular. (“¡Tienes un coeficiente intelectual envidiable. Eres un genio!”. Se le dice a alguien cuando verdaderamente se quiere dar a entender que es mediocre)

Finalmente, debemos mencionar la ironía dramática. Ésta es quizás la más compleja e inusual, ya que es la única que aparece principalmente en la literatura. Se trata de una forma de ironía donde aquel que lee o presencia una obra literaria, conoce datos sobre los personajes que ellos mismos desconocen; como sucede por ejemplo en el caso de Edipo: el lector está enterado que es él quien asesina a su propio padre, pero ninguno de los personajes (ni siquiera Edipo) lo sabe.

Cabe destacar que, desde tiempos remotos, la ironía ha servido para desvirtuar distintos escenarios de la historia, criticando y denunciando a través de la literatura los males que aquejaron sucesivamente a la sociedad toda en su camino evolutivo. Como ejemplo de ello podríamos mencionar El Lazarillo de Tormes, una obra anónima impregnada de voces irónicas que develan la situación en España en un determinado período histórico. También El Poema de Mío Cid, El Quijote y La Celestina son libros en cuyas páginas abundan los comentarios y frases que utilizan esta figura retórica de una forma u otra.

Musa irresistible para el escritor de todos los tiempos, permite decir lo que no se puede decir porque dice lo que no dice. Y este juego de palabras le otorga carácter paradójico y la transforma en una figura especialmente atractiva que reviste de prestigio a quien la utiliza.

Además, la ironía goza social, cultural y literariamente de excelente aceptación, porque pareciera adornar con brillo intelectual, sabiduría escéptica, delicadeza de espíritu y comprensión tolerante, todo aquello que se expresa o escribe; consecuentemente ha devenido en una premisa intelectual que la sacraliza al mismo tiempo que la hace discutible: “toda existencia inteligente debe ser irónica”. Los detractores, por supuesto, no concuerdan con esta controversial interpretación.

En conclusión, la ironía consiste en jugar con las palabras de tal manera que el significado implícito de la oración, difiera de la significación literal de las palabras utilizadas y, subrepticiamente disimulado, el significado real se manifieste no por las palabras mismas, sino por la situación y el contexto en el que se encuentren.

“La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe”
Jacinto Benavente

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (11 votes, average: 5,00 out of 5)
Cargando…

El mundo liberado de H.G. Wells ¿imaginación o presagio?

El mundo liberado de H.G. Wells, una novela de un futuro no tan lejano como parece

El mundo liberado de H.G. WellsEl emblemático escritor británico H.G. Wells, forma parte de una exclusiva élite de escritores visionarios que anticiparon eventos trascendentales en la historia de la humanidad y es considerado, sin objeciones, un precursor y referente indiscutido del género literario de la ciencia ficción. Reconocimiento compartido con otro genio de las letras, Julio Verne.

De su prolífica y casi inagotable imaginación surgieron fantásticas creaciones: La máquina del tiempo en el año 1895, un relato de aventuras matizadas inteligentemente con conceptos de doctrina política y social; La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897), marcando los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar respetando esas limitaciones más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos; La guerra de los mundos (1898) que quedará para siempre en el recuerdo colectivo por la mítica dramatización que hicieron magistralmente años más tarde, el 30 de octubre de 1938 (Ver la transmisión de Orson Welles), Orson Welles y el Teatro Mercury, bajo el sello de la CBS, adaptándola a un guión radial. La historia es conocida, los marcianos hacían pie en la Tierra y la radio transmitía en directo la invasión: “Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado…” afirmaba el periodista Carl Philips con incredulidad y la voz entrecortada por la incertidumbre de lo desconocido.

Los hechos se relataron en forma de noticiario, narrando la caída de meteoritos que disimulaban los contenedores de naves marcianas provistas de armas mortales y desconocidas, que empleaban una especie de rayo de calor y gases venenosos.

En la introducción del programa se había explicado que se trataba de una dramatización de la obra de H. G. Wells; en el minuto 40:30 aproximadamente aparecía el segundo mensaje aclaratorio de la simulación, seguido de la narración en tercera persona de Orson Welles, quince minutos después de la alarma general del país.

Los oyentes creyeron verdadera la noticia y asumieron que realmente la nación estaba siendo invadida por seres extraterrestres; como consecuencia se produjeron escenas de pánico, suicidios, abortos e infartos en la ciudad de Nueva York y su área de influencia.

Pero hay otra novela que si bien al momento de su edición no causó el mismo impacto, el transcurrir del tiempo la ubicaría en una aterradora dimensión. El título de publicación en 1914 fue “The World Set Free” – El Mundo Liberado. Por esos días Europa comenzaba a vivir la pesadilla infernal de la Primera Guerra Mundial y Wells en las páginas de ese libro, se anticipaba tres décadas al trágico y apocalíptico ataque nuclear a Hiroshima acaecido en la Segunda Conflagración.

En la trama, la creativa mente del autor imagina un arma que genera una “explosión continua” contrastante con la explosión “instantánea” de la dinamita; describía precisamente la fabricación de una granada de mano de uranio que una vez activada, seguiría explotando indefinidamente con un poder destructivo aterrador, algo muy similar a lo que, en la actualidad, llamaríamos una reacción nuclear en cadena. Incluso pensó y acertó que sería arrojada desde aviones.

También predijo los efectos generalizados y devastadores de la lluvia radiactiva y la idea de fabricar una arma nuclear portátil.

Hacia el final de la historia, Wells escribió que habría entre las superpotencias del mundo una proliferación masiva de este tipo de arma, concibiendo además las dos palabras para definirla “Bomba atómica”.

La coincidencia o casualidad de esos aciertos resultan hoy hechos anecdóticos, no obstante, es válido destacar que Wells no escribía apoyándose solamente en su imaginación, sino que leía toda la información científica que encontraba y se actualizaba permanentemente. Estudiaba e investigaba, discutía probabilidades y analizaba en profundidad cada uno de los detalles, que le servirían después como textos y argumentos para sus novelas.

Al comenzar la década de 1930, científicos especializados habían logrado dividir el átomo por primera vez utilizando medios artificiales, y aunque algunos dudaban que se pudiera producir con ello enormes cantidades de energía, otros lo consideraban posible. Uno de estos últimos, el físico de origen húngaro Leo Szilard, que había leído el libro de Wells, dijo que de esa lectura aprendió muchísimo acerca de lo que significaría la liberación de la energía atómica a gran escala y las consecuencias que podrían derivar de una explosión nuclear. Un día de 1933, con esa idea en mente, mientras Szilard observaba el cambio de luces de un semáforo londinense, se le ocurrió la respuesta que buscaba para encontrar la forma en que podría lograrse una reacción en cadena:

“De repente pensé que si encontraba un elemento que se dividiera por neutrones y que emitiera dos neutrones cuando absorbiera uno, tal elemento, si se ensamblase en una masa suficientemente grande, podría sostener una reacción nuclear en cadena”. Comentó en su memorias el científico, agregando luego: “también sentí un gran temor al pensar que una ciudad como Londres o cualquier otra, pudiera ser destruida y sus habitantes aniquilados en un instante, como se presagiaba en “El mundo liberado” y traté de evitar que esta patente de invención se hiciera pública”.

Siguiendo la misma temática, H.G. Wells redactó y publicó después de finalizada la Primera Guerra Mundial, la historia de la humanidad en tres partes, con el título de “Outline of History” (El esquema de la historia – 1920), y en 1933 la novela “La forma de las cosas que vendrán” que luego fuera adaptada al cine. En este libro pronosticó con precisión los bombardeos aéreos y la atroz devastación que originaría poco tiempo después la Segunda Guerra Mundial.

El estilo literario de Wells fue criticado por no estar a la altura de los temas que abordaba, cuando precisamente el tratamiento de estos temas fue lo que le dio una inmensa fama universal como escritor. El autor simplemente respondía: “Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más”

Toda su obra estuvo influida por profundas convicciones políticas, defendiendo en sus escritos y en las conferencias que dictaba la posibilidad de alcanzar una sociedad utópica y criticando ácidamente la hipocresía de las costumbres de la época victoriana, las prácticas imperialistas británicas y también a políticos y mandatarios, sobre todo en relación a los conflictos y confrontaciones bélicas.

En su novela Ana Verónica (1909) se adelantó a lo que serían los movimientos de liberación de la mujer, en la lucha por la conquista de sus derechos.

Ideológicamente era un izquierdista que siempre se interesó por la realidad sociológica del momento, estaba convencido que la ciencia y la educación serían los baluartes de la sociedad del futuro, en la que la especie humana daría un salto cualitativo.

Sin embargo, no cayó en la ingenuidad de muchos de sus contemporáneos y fue uno de los primeros pensadores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en los artefactos mecánicos. Siempre sostuvo que era el hombre nunca debería dejarse dominar por las máquinas.

Fue también, sin que ello signifique contradicción alguna con sus fuertes convicciones pacifistas, pionero en el desarrollo de reglamentos para juegos de guerra, con sus obras Floor Games (1911) y Little Wars (1913) y sería incluido a título póstumo en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción de Seattle (EE.UU.) en 1997 por sus aportes a este campo.

Anteriormente, en 1970 y por sus escritos relacionados con avances científicos, se había decidido denominar en su honor “H. G. Wells” a un astroblema ubicado en el lado oscuro de la Luna.

El 13 de agosto de 1946 Herbert George Wells murió en la ciudad de Londres; una semana antes se había cumplido el primer aniversario de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki que habían convertido en realidad la premonición narrada en su historia ficticia escrita en 1914. Después de 31 años la bomba atómica descripta en el papel había sido fabricada y su efectividad era demostrable. Y desde esa realidad también se transformó en auténtica y verosímil la posibilidad de destruir el mundo; posibilidad que, a partir de esos aciagos días de agosto de 1945, comenzó a estar peligrosamente al alcance de la mano del hombre.

Para conocer más

Astroblema: accidente geográfico (cráter o depresión) producido por el impacto de un meteorito de antigua data, en la superficie de un cuerpo planetario.

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (16 votes, average: 4,88 out of 5)
Cargando…

Semblanza de Juana de Ibarbourou

Poesía de sentimientos – Semblanza de Juana de Ibarbourou

“Amando, se poseen todas las primaveras”

Semblanza de Juana de IbarbourouLas palabras que componen cada verso escrito por Juana de Ibarbourou, están impregnadas de una exquisita sensibilidad que confiere a sus poemas no sólo espontaneidad y cálida sencillez, sino también una pasión sincera y un erotismo sensual tan sutil como arrebatador. Juana de Ibarbourou buscaba los temas de su predilección en la exaltación sentimental de la entrega amorosa y de la belleza física, en la sublimación de la maternidad, en la fugacidad de la vida y las huellas implacables que deja el azaroso transcurso del tiempo, en los sinsabores del olvido y en el realce permanente de la naturaleza con todo detalle.

Este estilo singular le dio a su obra los méritos que la llevaron como autora, a convertirse en una de las voces más personales y significativas de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX; un reconocimiento que llegó a su punto culminante la tarde del sábado 10 de agosto de 1929, cuando en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Uruguay, en un solemne acto para el que estaban convocadas las figuras más destacadas de la intelectualidad americana; el escritor Juan Zorrilla de San Martín, máximo representante de la poesía romántica del país rioplatense, le entregó personalmente a Juana de Ibarbourou vestida de encaje blanco, un anillo que, en forma simbólica, representaba el casamiento de la poetisa con América.

Juana, que integraba por entonces junto a Alfonsina Storni de Argentina y Gabriela Mistral de Chile (colegas y subrepticias rivales literarias), una tríada femenina de notables escritoras sudamericanas; empezó con esta distinción a ser reconocida como “Juana de América” cuando aún no había cumplido los 40 años. Era la primera vez que se otorgaba este título y nunca se volvió a conceder.

Muchos años más tarde, en mayo de 1974, en una entrevista realizada por Antonio Mercader para la desaparecida revista “Siete Días ilustrados” de Buenos Aires; Juana de Ibarbourou, respondió a la pregunta “—¿Cuál fue la alegría más grande de su vida?”, relatando esta simpática anécdota:

“—El día que recibí el título de Juana de América. Estaban Juan Zorrilla de San Martín, Alfonso Reyes y otros grandes de la literatura. ¡Había tanta gente en el Palacio Legislativo! ¿Conoce el episodio de los cuatro soldados? Me los pusieron alrededor mío formando una guardia de honor. Tenía un ramo de violetas en la mano y cuando el acto terminó, los soldados de la guardia me pidieron que les diera algunas flores de recuerdo. Años después, un muchacho golpeó en la puerta de mi casa. Era uno de aquellos soldados. Traía las violetas en una caja, como un tesoro; se iba a casar y quería regalárselas a su novia. Para su regalo de bodas necesitaba una tarjetita de mi puño y letra, que acreditara que aquéllas eran mis violetas. Se la di. Qué recuerdo tan tierno me dejó ese episodio.”

Juana Fernández Morales, nombre con el que fue bautizada, nació el 8 de marzo de 1892 en la entonces pulcra Villa de Melo, en el departamento de Cerro Largo (Uruguay). Su madre Valentina Morales, era descendiente de una antigua familia de origen español afincada en la zona y su padre Vicente Fernández, un inmigrante gallego oriundo de Lugo (España) que, aunque apenas sabía leer, recitando los versos de los poetas de su tierra inculcó en la pequeña hija el amor por la poesía.

Vivió en su ciudad natal hasta los 18 años y fue allí donde comenzó a escribir, en 1908 publicó su primer poema en el periódico local “El deber cívico”, que firmó con el seudónimo Fid. Muy joven, a los veinte años, se casó con un militar de bajo rango, el capitán de Ejército Lucas de Ibarbourou y fruto de este matrimonio tuvo a Julio César, su único hijo. Desavenencias y desencuentros frustraron muchas de las expectativas románticas de Juana; no obstante, eligió el apellido de su marido como seudónimo para firmar sus trabajos y nunca lo abandonó.

Cuando se mudó a Montevideo, la adaptación al acelerado ritmo de vida de la capital uruguaya le fue muy difícil y todo a su alrededor comenzó a transformarse vertiginosamente. Las publicaciones de sus tres primeras obras alcanzaron un éxito de público y crítica inmediato, logrando gran repercusión internacional al ser traducidas a varias lenguas.

Vendría luego la amistad y el reconocimiento de célebres escritores españoles como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, del chileno Pablo Neruda y del mexicano Alfonso Reyes.

Pero también llegaría, como contrapartida, el padecimiento ante severos cuestionamientos de sus contemporáneos, los intelectuales uruguayos de la llamada Generación del 45 vinculados a la izquierda política (Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti entre otros) que, tal vez de manera apresurada, la ignoraron bajo la imputación de ser una poetisa que se dejaba manipular por los gobiernos de turno. Así, los detractores opinaban que su capacidad intelectual estaba sobrevalorada, juzgándola a veces con impiedad y hasta cierta injusticia; considerando algunos prematura la nominación de “Juana de América” para quien, creían, no había alcanzado todavía con sus letras la plenitud ni madurez necesarias para merecer una distinción de esa magnitud. Sus acérrimos defensores, por el contrario, apreciaban en ella la excelencia convencidos de su indudable valía literaria.

En definitiva, Juana de Ibarbourou fue en su vida una mujer bastante incomprendida, tildada de madre distante y poco amorosa en una época en que la sociedad se regía por pautas muy rígidas en cuanto a los roles femeninos; un reproche bastante común en esos tiempos hacia muchas mujeres creativas. Tampoco los tiempos políticos que rodearon su existencia fueron los mejores y eso tiñó su obra de subjetividades inmerecidas

Pero no fue sólo el trabajo literario la causa de su popularidad. Juana poseía una belleza cautivadora y en esa época muchos pensaban que los días de la poetisa se parecían a una novela rosa. Con su hermosura, la posición social de su esposo, su fama como escritora y una familia constituida, nada le impediría alcanzar la felicidad plena. La realidad era distinta y estaba muy lejos del ideal.

Su marido gastaba dinero en lujos y ostentación que para Juana carecían de sentido. Su conflictivo hijo terminó convirtiéndose en un personaje violento, siniestro y jugador compulsivo que la arrastró a la ruina económica a tal extremo que tuvo que vender miles de volúmenes de su biblioteca personal para pagarle las deudas. Se supo después, que esposo e hijo la maltrataban y ejercían violencia doméstica sobre ella habiendo convertido su vida en un calvario. La poetisa se deprimió y al caer sumida en la tristeza, empezó a inyectarse pequeñas dosis de morfina, una droga que en esa época se compraba sin ningún tipo de restricción.

Albert Camus expresó en una de sus famosas citas “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha.”, una reflexión, que bien puede aplicarse a esta historia de vida de Juana de Ibarbourou en la que hubieron muchas situaciones que nunca trascendieron ni fueron conocidas al momento de ocurrir, pero que salieron a la luz mucho tiempo después, cuando tomó estado público una carta manuscrita que databa de 1952 en la que ella reconocía ser adicta a la morfina, además de la existencia de un amor prohibido en el que era correspondida, pero que no tenía futuro.

La relación había comenzado a fines de la década de 1940, algunos años después de la muerte de su esposo. Juana, con 59 años casi en el crepúsculo de su vida, conoció al exitoso médico argentino, residente en Uruguay como exiliado político, Eduardo de Robertis, 20 años menos que ella casado y con dos hijos.

De Robertis logró rescatar por un tiempo a la gran poetisa de la droga y floreció entre ellos un romance muy intenso que duró casi cinco años. Abundan los testimonios que dan veracidad a esa historia de amor en varios de los libros de poemas editados a partir de 1950: en la poesía “Fusión”, Juana escribió: “Amor secreto, gracia esclarecida, palor de luna en la apretada sombra; dulce se hace el labio que te nombra y albea de nuevo la agrisada vida”. Y en los poemarios Perdida, Azor, Romances del destino y La pasajera, devela atisbos de ese amor oculto en encendidos versos.

Más allá de la polémica entre críticos y defensores donde todos opinan libremente de acuerdo a sus convicciones y puntos de vista, causa admiración y conmueve al espíritu, percibir la forma en que algunas personas logran crear belleza extrayéndola de los horrores de un drama. Los poemas de Juana de Ibarbourou que han perdurado a través de los años y aún continúan vigentes, son ejemplos elocuentes de ello:

¿Sueño?

¡Beso que ha mordido mi carne y mi boca
con su mordedura que hasta el alma toca!
¡Beso que me sorbe lentamente vida
como una incurable y ardorosa herida!

¡Fuego que me quema sin mostrar la llama
y que a todas horas por más fuego clama!
¿Fue una boca bruja o un labio hechizado
el que con su beso mi alma ha llagado?

¿Fue un sueño o vigilia que hasta mí llegó
el que entre sus labios mi alma estrujó?
Calzaré sandalias de bronce e iré

a donde esté el mago que cura me dé.
¡Secadme esta llaga, vendadme esta herida
que por ella en fuga se me va la vida!

La hora

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora , que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después…¡oh, yo sé
que nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?

Como la primavera

Como un ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor aspiraste
diciéndome luego:

-¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras
porque acaso en ellas exprimiste un zumo
retinto y espeso de moras silvestres?

¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera.

Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!

Lo que soy para ti

Cierva,
que come en tus manos la olorosa hierba.

Can
que sigue tus pasos doquiera que van.

Estrella
para ti doblada de sol y centella.

Fuente
que a tus pies ondula como una serpiente.

Flor
que para ti solo da mieles y olor.

Todo eso yo soy para ti,
mi alma en todas sus formas te di.
Cierva y can, astro y flor,
agua viva que glisa a tus pies,

Mi alma es para ti,
Amor.

Despecho – Ver poema

La higuera – Ver poema

El énfasis y la exaltación de la vida, el erotismo y la belleza, que marcaron la primera etapa de sus trabajos, fueron disminuyendo con el paso del tiempo tornándose su verso más sereno, reflexivo y melancólico.

De su obra en poesía destacaron: Las lenguas de diamante, Raíz salvaje, La rosa de los vientos, Perdida, Azor, Mensaje del escriba, Elegía y Romances del destino.

Y en prosa cabe mencionar las siguientes: Cántaro fresco, Ejemplario, Estampas de la Biblia, Chico Carlo, Los sueños de Natacha, Canto rodado y La pasajera (poema y prosa).

En 1947 fue elegida miembro de la Academia Nacional de Letras de Uruguay y en 1950 designada para presidir la Sociedad Uruguaya de Escritores. En algunos países sudamericanos, varias generaciones de alumnos adolescentes, aprendieron de sus versos el significado de la palabra poema.

Era una escritora consagrada, conservaba el mismo porte característico que la había diferenciado y la invitaban frecuentemente a participar de eventos literarios en distintas partes del mundo, no obstante en 1976, tres años antes de su muerte, calladamente decidió recluirse para cumplir con un destino final “contemplar el mundo a través de los vidrios de su ventana”, como a veces ella misma solía decir.

La noticia de su fallecimiento se conoció en Montevideo el 15 de julio de 1979, pero se cree que la fecha del deceso fue entre los días 12 y 14 de ese mismo mes. Esta incertidumbre en la fecha se debió a que su hijo le había cortado todo contacto y vínculo con el exterior, especulando interesadamente antes de dar esa información.

Fue la primera mujer en su país velada y enterrada con honores de Ministro de Estado, hoy, sus restos descansan eternamente en el panteón familiar del Cementerio del Buceo en Montevideo. Las investigaciones y estudios acerca de su vida realizados últimamente, la han devuelto al sitial que, como referente cultural, siempre mereció por su obra.

Para conocer más:

En distintas versiones de la biografía de Juana de Ibarbourou, se registra el año 1892 como fecha de nacimiento, aunque ella mencionaba a menudo haber nacido en 1895.

Dejó las vivencias de su niñez reflejadas de manera brillante e imaginativa en su libro “Chico Carlo”.

La Casa en dónde nació y vivió en Melo, se encuentra restaurada y es, en la actualidad, un museo. Allí están todos los muebles originales que se pudieron rescatar pertenecientes a la poetisa, su piano y el jardín que fue reconstruido del mismo modo que ella lo retrata en sus historias.

La distinción “Juana de América” fue creada para ella, concretando una iniciativa de intelectuales de la época, que provenían de varios países de América.

En las bibliotecas de las universidades estadounidenses de Stanford y Harvard, se encuentran muchas de sus obras y extensos archivos con una completa documentación bibliográfica.

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (26 votes, average: 5,00 out of 5)
Cargando…

Literatura, escritores célebres y filatelia

Reseña sobre Literatura, escritores célebres y filatelia – El universo de la escritura llevado a la colección

Literatura, escritores célebres y filateliaEn el mes de mayo de 1840, por primera vez en la historia, comenzaron a utilizarse en Inglaterra estampillas o sellos postales para pagar el servicio de distribución de correspondencia. A partir de ese momento, toda persona que pretendiera enviar una carta debía adherir previamente en el sobre que la contenía, una estampilla con un valor determinado y no como se hacía antes de su implementación, cuando el servicio se pagaba en destino originando innumerables inconvenientes, tales como que el destinatario se negara a abonar el servicio o no dispusiera de dinero para hacerlo y también que, de manera fraudulenta, alguno de los involucrados en el servicio se quedase con el dinero recaudado.

Sir Rowland Hill fue el creador de este sistema postal prepago.

Previamente, en septiembre de 1839, el Ministerio del Tesoro de Gran Bretaña había convocado a un concurso de propuestas con el objetivo de seleccionar un sello postal adhesivo. Se presentaron 2.700 proyectos resultando vencedor el de Rowland Hill. Los sellos se emitieron el 6 de mayo de 1840, y el “Penique Negro” se convirtió en el primer sello postal adhesivo que circuló en el mundo. El total de la emisión fue de 68.158.080 ejemplares.

Los primeros sellos, que venían en pliegos, se cortaban con tijeras y por esa razón tenían los bordes rectos. Más adelante (1854) se añadió una serie de líneas con perforaciones, que permitían separarlos con facilidad, limpiamente y sin emplear herramientas auxiliares; apareció así el dentado característico.

La nueva modalidad de cobro fue aceptada por los usuarios sin mayores objeciones, y su uso, se extendió rápidamente a todos los países que fueron sucesivamente adoptando el sistema.

Paulatinamente, se fue imponiendo también la costumbre de ilustrar las viñetas de los sellos postales con figuras de monumentos, de personajes ilustres, escritores célebres, libros y obras teatrales de predicamento universal, de pinturas, banderas y escudos, de flora, fauna, historia postal, etc.; como una forma de dejar representada para la posteridad una parte muy importante de la historia, la cultura y la idiosincrasia nacional o regional, del país responsable de emitir el sello postal.

Con el tiempo, el uso generalizado de la estampilla en todo el mundo trajo como consecuencia la difusión de una moda: coleccionar los sellos postales que estaban circulando, fue el inicio de la costumbre de acumular esos pequeños papelitos dentados que, a criterio de sus adeptos, servían para estimular el ansia de conocimiento y propiciaban en cierto modo la difusión cultural. Nació así la filatelia.

La etimología de la palabra indica que su constitución proviene de unir dos vocablos griegos: “philos”, que significa amante, amigo, afición, y “atelia”, derivado a su vez de ateles, que significa tributo, pagado previamente o pagado de antemano. El término filatelia se debe al coleccionista francés Georges Herpin, quien lo propuso en un artículo escrito para el periódico Le collectionneur de Timbres Poste, de París, que salió publicado el 15 de noviembre de 1864.

El arte de la filatelia no implica solamente el estudio, conocimiento y clasificación de los sellos reunidos en una colección, sino también incorporar a esa recopilación, sobres dedicados y artísticos, sobres de primer día de emisión, timbrados especiales por el primer día de emisión y circulación, documentación y todo objeto concerniente a las estampillas, que posibilite estudiar en profundidad la evolución de la historia postal.

La literatura como temática en la filatelia

Se conocen varias maneras de coleccionar estampillas pero las principales y más sencillas son dos: por países y por temas. Y dentro de la rama de la filatelia temática, una de las que despierta mayor interés y preferencia, es el coleccionismo de material referido al ámbito literario: escritores y poetas célebres, autores galardonados con el Premio Nobel de Literatura, Día del Idioma, Día de la Poesía, Ferias Internacionales del Libro y todo tipo de acontecimiento universal, relacionado al fascinante universo de las letras.

Para corroborar lo manifestado, sirven algunos ejemplos demostrativos:

España ha emitido decenas de sellos postales alusivos el escritor más universal de su lengua, Miguel de Cervantes Saavedra. Los primeros datan de 1905, cuando, con motivo del III centenario de la publicación del Quijote, se emitió una serie, que incluía escenas inolvidables como el ataque a los molinos, la escena de los aldeanos, el ataque al rebaño de ovejas, o cuando Don Quijote es armado caballero. Estas series filatélicas referidas al hidalgo manchego, se convirtieron con el tiempo en una de las más embleFilateliamáticas de la historia hispánica.

Fragmentos de los textos de Hamlet, Romeo y Julieta, la Tempestad o Macbeth, se ven impresos en timbres de franqueo que la Royal Mail de Gran Bretaña ha emitido, para recordar a uno de los más grandes dramaturgos de todos los tiempos, William Shakespeare.

El coleccionismo temático relacionado a los geniales escritores rusos Antón Chéjov, León Tolstói y Fiódor Dostoyevski, está difundido en diversos países, incluyendo además de estampillas conmemorativas, documentación y trabajos literarios de los lugares donde vivieron o trabajaron,

Los sellos que muestran en sus viñetas frases inspiradas en creaciones literarias o imágenes de Mark Twain, Edgar Allan Poe, Emily Brontë, Virginia Woolf, Agatha Christie, Federico García Lorca, Julio Verne, Víctor Hugo, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Fernando Pessoa, Amado Nervo, Marcel Proust, Ernest Hemingway, Dante Alighieri y tantos otros, son equiparables a piedras preciosas para legiones de coleccionistas dispersos por el mundo.

También autores de la envergadura intelectual de Rubén Darío en Nicaragua, Octavio Paz y Rosario Castellanos en México, José Martí en Cuba, Julio Cortázar y Leopoldo Lugones en Argentina, Juana de Ibarbourou en Uruguay, Gabriel García Márquez en Colombia, Rosalía de Castro, Miguel Hernández y Rafael Alberti en España, Anatole France y Albert Camus en Francia, Rabindranath Tagore en la India, Emily Dickinson, Walt Whitman y Robert Frost en Estados Unidos, Jane Austen, Rudyard Kipling y Charles Dickens en Gran Bretaña britanica y Selma Lagerlöf en Suecia, conforman una muy extensa e interminable lista (incompleta por comprensibles razones de espacio) de personalidades que en vida o post mortem, fueron homenajeadas con emisiones de sellos postales destinadas a conmemorar su obra.

Todo este material filatélico es muy apreciado por los coleccionistas, seguidores incondicionales, que ven de esta manera engalanadas y valorizadas sus colecciones, por el prestigio de estos excelsos representantes del quehacer literario.

El coleccionismo filatélico, que tuvo su época de esplendor en el transcurso del siglo XX, es uno de los pocos hobbies que ha perdurado en el tiempo. En la actualidad, el impacto que representó el surgimiento del correo electrónico como alternativa más efectiva y económica sobre la circulación epistolar y la invención y puesta en funcionamiento de las franqueadoras automáticas, parecieron conducir a la filatelia hacia un destino de extinción. Pero, paradójicamente, mientras las estampillas van perdiendo irremediablemente su lugar histórico pegadas a un sobre, el número de sellos que se emiten continúa siendo abrumador. Y son tantos las que circulan, que los catálogos mundiales se publican en partes.

Las mismas tecnologías de la comunicación que le han quitado espacio a la filatelia clásica y en cierta forma amenazan la actividad, están permitiendo realizarla en forma más exhaustiva, globalizada y a un costo muy reducido comparándolo con el intercambio tradicional de correspondencia. Hoy existen cientos de foros en internet, donde rápidamente se puede establecer contacto simultáneo con miles de coleccionistas y obtener la información buscada acerca de sellos raros, catálogos, novedades, exposiciones y congresos. Encontrar un sello faltante en nuestra colección, comunicarse y negociar el intercambio o la compraventa, es una tarea que solamente demanda algunas horas. Algo impensado hasta hace dos décadas atrás. Esta es la marca distintiva de la filatelia del siglo XXI.

Sin desconocer que el uso del sello postal fue, y aún continúa siéndolo, una importantísima fuente de recaudación de ingresos fiscales, y que para eso fue diseñado e implementado; no se puede negar que este tipo de coleccionismo ha derivado en una industria filatélica con un trasfondo comercial y económico que supone importantes beneficios y ganancias extras para las administraciones postales de cada país. En ese contexto, estas administraciones interpretando correctamente las circunstancias, terminaron aceptando que la filatelia es un pasatiempo elegante, pero también una forma de preservar un registro de la historia y una manifestación de cultura. Consecuentemente, focalizan con especial énfasis sus emisiones dirigiéndolas a satisfacer las ansiedades de cientos de miles de ávidos coleccionistas que, en el mundo, todavía hacen de su pasión filatélica un culto.

Que circulan muchísimas menos estampillas pegadas en sobres, es una realidad irrefutable; pero, por algo, casi ningún país ha dejado de emitirlas.

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (19 votes, average: 5,00 out of 5)
Cargando…

El último verso de Antonio Machado

Palabras, pensamientos, sentimientos y el último verso de Antonio Machado

“Estos días azules y este sol de la infancia”

El último verso de Antonio MachadoLos días fríos y ventosos de aquel enero, transcurrían llevando mucho dolor y pena a la España convulsionada del año 1939. No era un invierno más. El gobierno de la Segunda República acababa de ser derrotado y el horror infame de la guerra civil, habiendo cobrado ya innumerables víctimas, comenzaba a arrastrar a miles de republicanos vencidos en la contienda, hacia un abismo infernal en la búsqueda desesperada de alguna vía de escape, que les evitara mayor sufrimiento o incluso la muerte.

Atrás quedaban las anónimas fosas comunes, los antiguos compañeros que compartieron lucha e ideales y millones de compatriotas desesperanzados y sumidos en la miseria. Hacia adelante se avizoraban, inexorablemente, un camino difícil y un viaje lastimoso que llevaba al destierro. El exilio y el desarraigo eran entonces, el destino obligado de quienes habían perdido todo en la vida.

Antonio Machado, aquel hombre, aquel genial poeta que abordó tantas veces en sus letras el concepto y la definición de una España muy distinta a la que la realidad mostraba; integraba en compañía de su madre anciana y de su hermano José, esa inmensa caravana fugitiva que, habiendo partido de Barcelona ante la inminente ocupación de la ciudad, buscaba pasar a tierra francesa bajo el hostigamiento permanente de la aviación alemana al servicio de Francisco Franco.

Por fortuna para él y los familiares que lo acompañaban, a fines de enero de ese caótico 1939, superando incontables adversidades, perdiendo los equipajes en el trayecto, durmiendo en un vagón de tren estacionado en una vía muerta; lograron finalmente llegar al pequeño pueblo costero de Collioure, al sur de Francia. El grupo encontró albergue el día 28 de enero en el Hotel Bougnol-Quintana, propiedad de gente amiga, quedando allí a la espera de una ayuda que nunca llegaría.

Hospedado en la habitación del hotel que sería su última morada, el eximio poeta a sus 63 años, se sentía cansado, debilitada su salud por afecciones pulmonares derivadas de su excesiva adicción al tabaco y acosado por los recuerdos y las noticias que recibía acerca de la crítica situación en su terruño. Tenía ante sí un panorama desolador que ensombrecía sus ojos y deterioraba día a día su espíritu, sentía que su alma fatigada no podría sobrevivir a la pérdida de la España de sus afectos invalorables, ni sobreponerse a la angustia del destierro. Presentía claramente que se aproximaba el final de su vida, y pensaba “Cuando ya no hay porvenir, por estar cerrado el horizonte a toda esperanza, es ya la muerte lo que llega”.

Todavía no había transcurrido un mes de estadía en tierra francesa, cuando un día Antonio Machado abstraído, inmerso en una profunda tristeza, salió a caminar y se detuvo un largo rato observando el mar con resignada melancolía. Regresó al hotel pensativo y al día siguiente, a las tres y media de la tarde de un 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza; su corazón cansado exhaló un último suspiro y le sobrevino la muerte tan inevitable como piadosa. Todos los habitantes del pueblo se sintieron conmovidos y la mayoría participó respetuosamente del entierro. Seis milicianos, envolviendo el féretro con la bandera de la República española, lo llevaron en hombros hasta el cementerio.

Revisando sus pertenencias, su hermano José encontró en un bolsillo del viejo y desgastado abrigo del poeta, un papel arrugado y maltrecho con tres anotaciones escritas a lápiz: La primera reproducía en inglés las palabras con las que comienza la primera frase del soliloquio del personaje principal de Hamlet, “To be, or not to be, that is the question” (“Ser o no ser, ésa es la cuestión”), la segunda anotación modificaba una de las cuartetas a Guiomar, su gran y secreto amor.

Y por último, resumiendo una vívida nostalgia en medio de tanta desazón e incertidumbre, el último verso que escribiera en su vida, expresando en un solo renglón pocas y conmovedoras palabras: “Estos días azules y este sol de la infancia…” quizá, como malogrado comienzo de un poema que quedaría definitiva e irremediablemente inconcluso.

En esa anotación, no pudo ser casual su referencia a la niñez tan frecuentemente rememorada en su obra literaria, en la que abundan bellísimos y enigmáticos poemas dedicados a la infancia.

¿Cómo no evocar el lirismo vigente eternamente en los versos de “Retrato”? …“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero…”

Cómo no recordarlo además, a través de estos otros poemas inolvidables:

Sol de invierno

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!…» Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.

Recuerdo infantil

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo el coro infantil
va cantando la lección:
“mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.”

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales

Su nombre completo era Antonio Cipriano José María Machado Ruiz, admirador de Bécquer, al que llamó “poeta lírico, sin retórica”. Fue un hombre íntegro, muchas veces imbuido por el escepticismo y el desengaño pero siempre persiguiendo una actitud de paz.

Sus fuentes de inspiración fueron el romanticismo, el amor, el dolor, la guerra, la paz, la miseria, la fugacidad de la existencia y su eterna preocupación por la querida España.

También se hermano José relataría tiempo después, que su madre, Ana Ruiz Hernández, saliendo por unos instantes del estado de inconsciencia producido por su enfermedad y las penurias del viaje, y al ver vacía la cama de su hijo junto a la suya, preguntó por Antonio con ansiedad. No creyó las compasivas mentiras que le dijeron como respuesta y comenzó a llorar sin consuelo. Tres días después, el 25 de febrero, fallecía cumpliendo involuntariamente la promesa que formulara en voz alta en Rocafort, en la casa que les sirviera de refugio durante la guerra fraticida, “Estoy dispuesta a vivir tanto como mi hijo Antonio”.

Alguna vez, Antonio Machado escribió en una cita que desnudaba sus sentimientos más íntimos: “Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.”

Tal vez por eso, su entrañable amigo Miguel de Unamuno lo describió así: “Antonio Machado fue el hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos yo haya conocido”.

Para conocer más:

La historia del matrimonio de Antonio Machado está descripta en todas sus biografías. En 1907, trabajando en Soria como catedrático de Francés conoció a Leonor Izquierdo adolescente y se casó con ella cuando la jovencita aún no cumplía sus 16 años; poco tiempo después, en 1912, ella enferma y muere de tuberculosis, tragedia esta, que acentuó la melancolía y la tendencia a la soledad del poeta. En ese mismo año publica “Campos de Castilla”, donde manifiesta su inmenso dolor a través de versos conmovedores: «Señor ya me arrancaste lo que yo más quería… / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

En su edad madura Machado conoció a Pilar de Valderrama Alday, una poetisa y dramaturga madrileña, 16 años menor, que arrastraba un matrimonio conflictivo. Pilar se convertiría en la “Guiomar” de sus versos y en el gran amor de su vida.

Cuando se publicaron de manera póstuma las memorias de la poetisa en el libro “Si, soy Guiomar”, aparecieron incluidas muchas de las cartas, que dan por cierta la íntima y apasionada relación que había tenido con el extraordinario poeta sevillano.

Si te ha interesado la nota por favor valora la misma para los demás lectores:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (66 votes, average: 4,64 out of 5)
Cargando…