Recuerdos de infancia – la escuela y la poesía

Poemas y recuerdos de infancia: la escuela y la primera maestra en las letras de Almafuerte y Fermín Estrella Gutiérrez 

Recuerdos de infanciaDiciembre es un mes tradicionalmente recargado de celebraciones y gratos acontecimientos: las fiestas navideñas, la despedida nostálgica del año viejo y la esperanza siempre renovada por otro que se inicia. Los festejos en los ámbitos laborales y la preparación de las merecidas vacaciones, una época que nos trae sin pensarlo recuerdos de infancia.

Y, para los que estamos irremediablemente enamorados de las letras, es una época de recordación, porque en algunos países terminan las clases anuales y en otros, las vacaciones de verano abren un paréntesis. La inolvidable escuela de los años mágicos de nuestra niñez cobra entonces, y una vez más, especial significación.

Así, igual que cuando éramos niños, vuelven a recrearse en nuestra memoria el nombre de la primera maestra, el primer cuaderno prolijamente forrado y las formaciones en el patio junto a los nuevos compañeros; potenciales amigos y aliados en el espacio desconocido a conquistar que se llamaba futuro. Era la escuela para nosotros, la puerta de entrada a un nuevo mundo pleno de expectativas y el primer paso, inseguros, lo dimos guiados por la mano experta de la “señorita maestra”, ella nos enseñó pacientemente a deletrear el alfabeto y aprendimos además, todos los secretos de la lectoescritura que nos llevaría con el tiempo, a los logros que cada uno pudo concretar.

La maestra - La escuelaLa humanidad sigue enfrentando hoy un enorme y pesado desafío, reiteradamente postergado: la educación de la infancia. Vaya nuestro homenaje y agradecimiento, a esa legión de maestros y educadores que, esforzadamente, llevan adelante la noble tarea de tratar de conseguir los mejores resultados.

Compartimos dos poemas, que describen con gran emoción y tierna melancolía, esos momentos imborrables que marcaron nuestros destinos para siempre, los recuerdos de infancia.

Adiós a la Maestra

Obrera sublime, bendita señora
la tarde ha llegado también para vos.
¡La tarde que dice, descanso…, la hora
de dar a tus niños el último adiós!

Mas no desespere la santa maestra
no todo en la vida del todo se va,
usted será siempre la brújula nuestra,
¡la sola querida segunda mamá!

Pasando los meses, pasando los años,
seremos adultos, geniales tal vez.
¡Mas nunca los hechos más grandes o extraños
desfloran del todo la eterna niñez!

En medio a los rostros que amante conserva,
la noble, la pura, memoria filial,
cual una solemne visión de Minerva
su imagen señora, tendrá su sitial.

Y allí donde quiera la ley del ambiente
nimbar nuestras vidas, clavar nuestra cruz,
la escuela a de alzarse fantásticamente,
cual una suntuosa gran torre de luz!

No gima, no llore, la santa maestra,
no todo en el mundo del todo se va,
usted será siempre la brújula nuestra,
¡la sola querida segunda mamá!

Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios)

Adiós a la escuela

Ha llegado el momento de dejarte,
nuestra labor del año está cumplida;
somos el escuadrón blanco que parte
con la amargura de la despedida.

Patio con sol que nunca olvidaremos,
aula, donde aprendimos tantas cosas;
pedacito de cielo, que aún te vemos
por la ventana abierta entre las rosas.

Ya no vendremos más a tu llamado,
vieja campana de color ceniza;
ni escribiremos en el encerado
con la barrita blanca de la tiza.

Queda entre tus paredes nuestra infancia,
el primer goce y el primer quebranto;
la amistad, esa flor de tolerancia
y las maestras que quisimos tanto.

Adiós, escuela. Con el alma henchida
de gratitud, la caravana parte.
Nuestro blanco escuadrón hará en la vida
más de un alto, tal vez, para adorarte.

Fermín Estrella Gutiérrez

Para conocer más:

Pedro Bonifacio Palacios (nacido en San Justo, Argentina, 13 de mayo de 1854 y fallecido en la ciudad de La Plata, Argentina, 28 de febrero de 1917). Conocido también por el seudónimo de “Almafuerte”, fue un gran maestro argentino, poeta y un periodista polémico y apasionado.

Fermín Estrella Gutiérrez (Almería – España, 28 de octubre de 1900 – Buenos Aires, 18 de febrero de 1990) fue un escritor, poeta, profesor y académico español residente en Argentina.

Minerva: en la mitología romana es la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra, además de protectora de Roma y patrona de los artesanos.

(Cabe aclarar que solamente en la ciudad de Roma se le atribuyó esa faceta bélica).

Se corresponde con Atenea en la mitología griega.

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Los devoradores de hombres de Tsavo

Reseña literaria del libro Los devoradores de hombres de Tsavo de John Henry Patterson – La descripción de la realidad más cruda.

Los devoradores de hombres de TsavoLos devoradores de hombres de Tsavo es el nombre impuesto a dos temibles leones que entre los meses de marzo y diciembre de 1898, atacaron y quitaron la vida a más de treinta empleados de la compañía encargada del Ferrocarril que debía unir Kenia con Uganda.

En ese año el teniente coronel John Henry Patterson fue trasladado a dicho territorio y nombrado ingeniero en jefe para la construcción de un puente en el río Tsavo, ubicado en Kenia. En dicho periodo de trabajo las sombras de dos leones, aunque en un comienzo se pensó que eran leonas por la ausencia de melena, produjeron estragos entre los trabajadores, atacándolos por las noches y sumiéndolos en el terror más profundo.

Cuenta la historia que los devoradores de hombres de Tsavo visitaban el campamento durante la noche, rasgando las tiendas de campaña y llevándose a los indefensos trabajadores para devorarlos en la oscuridad. A pesar de haber construido murallas, hogueras, y colocar vigías, nada parecía asustar a los temibles felinos que, al llegar la noche, arremetían contra sus presas.

Devoradores de hombresEl coronel Patterson logró abatir al primero de ellos el 9 de diciembre de 1898 mientras que el segundo resultó herido. Tres semanas después (el 29 de diciembre) logró acabar con el segundo león, que, luego de resistir numerosos disparos de su rifle, fue muerto por un disparo en la cabeza de una carabina, a pesar de que, en su agonía, el león continuaba intentando asesinarlo. La historia cobró vida y fama debido a la ferocidad de los leones que, en general no suelen atacar a grandes grupos de personas, ni mucho menos lograr asesinar a tantos hombres.

No existe precisión en la cantidad de hombres muertos que acarreó este suceso ya que Patterson llegó incluso a asegurar que se trataba de más de cien personas. La ciencia actual explica que probablemente no se trató de más de treinta y cinco trabajadores.

Los devoradoresEl coronel Patterson elaboró dos alfombras con la piel de los leones con las que amobló su domicilio durante más de veinte años, tiempo en el que fueron adquiridas por el Museo de Chicago y reestructuradas a una forma similar a la original.

En el año 1907, 9 años después del suceso, John Henry Patterson publicó Los devoradores de hombres de Tsavo, un libro que retrataría el horror vivido para llevarlo a la posteridad.

EL hecho ha sido fuente de numerosas investigaciones debido al extraño comportamiento de los felinos. Es sabido que en esa época existió una peste que atacó al ganado bobino, reduciendo en gran parte su número, disminuyendo la oferta de comida para los leones que debían recurrir a otras fuentes de alimento. Existe una teoría que habla de que uno de los felinos se encontraba enfermo y su dentadura estaba afectada, lo que no le permitía hacerse con presas habituales, obligándolo a atacar a los seres humanos.

Muchos otros investigadores hablan de que es probable que al alimentarse de carroña pudieran verse habituados a consumir cadáveres de personas, y esto pudo haber modificado su comportamiento.

Lo cierto es que, en vista a la modernidad, eran las personas las que invadían el territorio de los animales, expulsándolos y obligándolos a reaccionar ante el embiste de la humanidad.

Nunca se sabrá cuántas personas perdieron la vida en la construcción de ese puente, en las mandíbulas de estos feroces leones. Recientes estudios con marcadores radio-isotópicos aseguran que cada león pudo haberse alimentado de la carne de alrededor de diez personas. Es probable que el número de treinta y cinco, o hasta cien, haya sido dado para aumentar la “grandeza” de la cacería de estas fieras.

Se han realizado numerosas adaptaciones cinematográficas de esta historia. En el año 1952 apareció Demonios de Bwana. En la década de los ´90 se emitió “El fantasma y la oscuridad”, también traducida como “Los demonios de la noche” o “Garras” en países de habla hispana, interpretada por Val Kilmer.

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Lord Byron, Londres y sus placas azules

La historia de las placas azules de Londres y su relación con el gran escritor Lord Byron

Placas azules de LondresLondres, una de las ciudades más atractivas del mundo por historia y patrimonio cultural, tiene en sus calles una característica peculiar que no pasa desapercibida para los visitantes curiosos. Ese rasgo singular no es otro que una importante cantidad de placas azules que, como emblema permanente y distintivo, están instaladas en edificios significativos e indican un vínculo entre ese lugar y algún morador o acontecimiento destacado que lo tenga como referente. Se reconoce de esa manera a personajes ilustres y universales que en algún momento de su existencia, residieron en la capital de Inglaterra aportando y engrandeciendo el acervo histórico cultural londinense.

Existen más de 850 placas conmemorativas en la ciudad, aunque la cifra debiera ser mayor, ya que más de 100, fueron quitadas o destruidas durante demoliciones de los edificios donde se encontraban.

La idea de colocar estas placas en las calles se originó durante el siglo XIX y es una costumbre se ha conservado hasta la fecha; está regulada por el organismo English Heritage (Patrimonio Inglés). Actualmente esta costumbre se está imitando en otras grandes urbes de todo el mundo como París, Francia, Roma, Italia, Oslo, Noruega, Dublín, Irlanda, Polonia, Canadá, Australia y Estados Unidos, así como otras ciudades del Reino Unido.

Según el criterio utilizado por el English Heritage, para otorgar el reconocimiento, el personaje famoso debe:
1) Haber muerto hace 20 años o haber cumplido más de 100 años.
2) No ser considerado personaje de ficción.
3) Ser considerado una eminencia por la mayoría de los personajes más importantes de su misma profesión.
4) Haber hecho alguna contribución al bienestar de la humanidad.
5) Haber vivido en el edificio por un periodo significante.

Algunas de las placas azules que se conservan, son las alusivas a:

Charles Dickens: 48 Doughty Street, WC1N 2LX
Karl Marx: 28 Dean Street, Westminster WD1 3RA
Mozart: 180 Ebury Street SW1 8UP
Sir Isaac Newton: 87 Jermin Street, SW1Y 6JD
Gandhi, Mahatma: Kingsley Hall, Powis Road, E3
Charles Darwin: Gower St WC1E 6BT (edificio de biological sciences)

La placa azul más antigua que aún permanece instalada, es la de Napoleón III en St. James, que data de finales del año 1867.

Paradójicamente, la primera personalidad prominente que recibió la placa en homenaje ya no la tiene. Esa primera placa fue emplazada en 1867 en la casa situada en 24 Holles Street, Cavedish Square, lugar de nacimiento del admirado poeta inglés George Gordon Byron (más conocido como Lord Byron). Este edificio fue demolido a los pocos años y no han quedado registros del destino de la placa conmemorativa.

Sobrados méridos literarios hicieron merecedor de la distinción a Lord Byron, un hombre imposible de definir en pocas líneas de datos biográficos y que hizo de su propia vida una novela legendaria, pero que si podremos conocer, a través de la lectura de algunas de sus obras, verdaderas joyas de su exquisito arte lírico.
El amor, el dolor y las lágrimas de una separación, los recuerdos, le lejanía, la nostalgia y el silencio, eternas obsesiones de los poetas que Lord Byron plasma en versos memorables como los que a continuación compartimos:

La lágrima. (The tear)
Cuando el amor o la amistad debieran
a la ternura despertar el alma,
y ésta debiera aparecer sincera
en la mirada,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.

Una sonrisa puede ser a veces
un artificio que el temor disfraza,
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
por un momento miro obscurecerse
con una lágrima.

El hombre surca el ignorado Océano
con el soplo del viento que lo arrastra,
en medio de las olas bramadoras
que se levantan;
se inclina…y en las olas procelosas
que amenazantes a su nave avanzan,
mira el abismo y sus aguas turbias,
mezclan una lágrima.

En la carrera de la noble gloria,
el valeroso capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas compasivo baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.

Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla,
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada
y al darle un beso en sus mejillas húmedas,
con una lágrima.

Dulce mansión de mi niñez perdida,
donde la franqueza y la amistad gozaba,
donde en medio de amor vi deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con un hondo sentimiento,
volví hacia ti mis últimas miradas,
y apenas puede percibir tus torres
tras una lágrima.

Aunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María cara,
a la que fuera para mí otro tiempo
fuego del alma;
tengo presentes los felices días
en que, niños aún, tanto me amaba,
cuando ella contestaba a mis promesas,
con una lágrima.

¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Tiene el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y dije adiós a mi esperanza loca,
con una lágrima.

Cuando al imperio de la eterna noche
tome su vuelo para siempre mi alma,
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida;
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced siquiera mis cenizas
con una lágrima.

Yo no apetezco mármol…monumento
que la ambición la vanidad levanta,
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo que pido sólo,
es una lágrima.

Te vi llorar (I saw thee weep)
¡Te vi llorar! Tu lágrima, bien mío,
en tu pupila azul brillaba inquieta,
como la blanca gota de rocío
sobre el tallo gentil de la violeta.

¡Te vi reír! Y un fecundo mayo,
las rosas deshojadas por la brisa
no pudieron copiar en su desmayo
la inefable expresión de tu sonrisa.

Así como las nubes en el cielo
del sol reciben una luz tan bella,
que la noche no borra con su velo,
ni eclipsa con su luz la clara estrella.

Tu sonrisa transmite la ventura
al alma triste, y tu mirada incierta,
deja una dulce claridad tan pura
que llega al corazón después de muerta.

Cuando nos separamos (When we two parted)
Cuando nos separamos,
en silencio y entre lágrimas,
con el corazón partido
apartándonos por años,
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
más fríos tus besos
y es verdad que aquella hora predijo,
el dolor de esta.

El rocío de la mañana
se hundió gélido en mi frente,
lo sentí como el preludio
de lo que hoy siento.
Tus votos fueron quebrados
y ligera es tu fama,
escucho decir tu nombre
y comparto su vergüenza.

Te nombran en mi presencia
lúgubres voces en mis oídos;
un estremecimiento viene a mí:
¿por qué te quise tanto?
No saben que te conocí
los que hoy te conocen demasiado bien,
por largo tiempo he de arrepentirme de ti,
en hondos pensamientos que jamás diré.

En secreto nos conocimos
en silencio me lamento,
de tu corazón proclive al olvido,
y de tu espíritu engañador.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¡Cómo habría de saludarte!
Con lágrimas y silencio.

Acuérdate de mí (Remember me)
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual aurora,
brillando en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede mancillar.

¡Acuérdate de mí!… Cerca de mi tumba
no pases, no, sin regalarme tu plegaria;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que has olvidado mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que sobre mi tumba derrames una lágrima.

Lord ByronGeorge Gordon Byron, sexto Barón de Byron, excelso poeta inglés fue además uno de los escritores más versátiles e importantes del Romanticismo. Nacido en Londres el 22 de enero de 1788 en el seno de una familia aristócrata, heredó el título de barón al morir su tío abuelo William.

Talentoso, excéntrico, ostentoso, polémico y controvertido. También fue un crítico de sutil ironía y hasta un poco cruel, tal era la reputación del notable poeta y muchos le acusaban de sufrir un trastorno bipolar. Concitó la atención de sus contemporáneos al tomar partido en defensa de los más débiles: desheredados, marginados o miserables.

Fue un hombre que a pesar de su discapacidad motriz (sufría una deformación en un pie que le impedía caminar normalmente), se convirtió en un ícono del galán romántico. Un conquistador que avasallaba con su personalidad y por los escándalos que protagonizaba.

Como escritor, exageró algunos elementos para crear al típico héroe byroniano, un rebelde libertino y transgresor frente a la moral y las costumbres y convenciones establecidas. Y, sin dudas, un autor genial utilizando la pluma.

Murió en Missonlonghi (Grecia) donde se había trasladado para participar en una aventura bélica. En tierra griega, sufrió un ataque epiléptico fatal el 19 de abril de 1824, que no pudo ser controlado adecuadamente por carencia de medicamentos y médicos especializados.

Johann Wolfgang von Goethe, el poeta y científico alemán escribió ante la noticia de su fallecimiento: “Descansa en paz, amigo mío; tu corazón y tu vida han sido grandes y hermosos”.

Los restos de Lord Byron fueron trasladados a Londres donde arribaron a principios de julio, más de dos meses después de la muerte. Se generó entonces una acalorada polémica para decidir dónde enterrarlo.
El Deán de la Abadía de Westminster consideró que un personaje con una existencia tan escandalosa y alejada de los preceptos de moralidad imperantes, como había sido la vida llevada por Byron, no merecía el honor de ser enterrado en el Rincón de los Poetas, junto a autores como Geoffrey Chaucer o Edmund Spencer, así que finalmente fue sepultado en la Iglesia de Santa María Magdalena en el panteón familiar de Hucknall Torckard, en el condado de Nottinghamshire, junto a su madre.

En la abadía de Westminster, en el llamado Rincón de los Poetas, sólo se encuentra un monumento conmemorativo inaugurado recién en 1969. Seguramente, Lord Byron hubiera deseado que le colocaran como epitafio los versos de uno de sus poemas:

“Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen,
¡oh!, humedece su polvo con una lágrima”

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Semblanza de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda – Poemas que también cuentan historias

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857, Federico Madrazo, Museo de la Fundación Lázaro Galdiano.

Nos hemos acostumbrado a leer las más cautivantes poesías de la literatura universal, analizando y percibiendo de ellas la secuencia perfecta de los versos, la complejidad de su métrica y la cadencia y sonoridad de la rima. Terminamos admirando profundamente la imaginación creativa de los respectivos autores y eventualmente, perturbados por el contenido y significado de las palabras; pero muy pocas veces nos percatamos de las historias verdaderas que subyacen bajo esos versos magistrales: Amores trágicos y frustrados, sucesos desgarradores, circunstancias de vida estremecedoras, actitudes ejemplares y semblanzas dignas de elogio, tales como las narradas en los poemas de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Compartimos para ilustrar esta apreciación, dos de los innumerables poemas célebres que reuniendo esas características, podríamos seleccionar. Cuentan historias verídicas que no han trascendido a su época y se perdieron en el olvido y que son casi desconocidas para el lector actual, se trata de: “A él” y “Amor y orgullo” compuestos por la excepcional poetisa y escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Son aleccionadoras experiencias vividas por la autora y que, en poesías, se convirtieron en la más transparente imagen de esa etapa dolorosa y crucial de su vida.

A él – Gertrudis Gómez de Avellaneda

No existe lazo ya, todo está roto;
plúgole al cielo así, ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto,
mi alma reposa al fin, nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos.
¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!,
que tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad; mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano,
más nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión, ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible,
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento.
¡Ángel de las venganzas! Ya eres hombre,
ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada.
Mas ¡ay! ¡Cuán triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno;
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

Amor y orgullo – Gertrudis Gómez de Avellaneda

Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.

Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.

Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!

Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?

¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?

En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas… ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!

Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú, -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah!, Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.

¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?

¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero…?
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero…?

Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;

y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació el 23 de marzo de 1814 en la antigua ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey (Cuba), aunque en su autobiografía figura 1816. Tula, como la llamaban cariñosamente en familia demostró su carácter fuerte y rebelde ya a los 17 años, cuando se negó a contraer un matrimonio que su madre había concertado.

En abril de 1836, una joven mujer de 22 años, inteligente, culta, segura de si misma, independiente y hermosa, se traslada desde su Cuba natal hacia Burdeos y de allí a La Coruña en busca de un destino diferente en el ámbito de las letras.
En España, transcurría el año 1844 cuando esta joven de nostálgico y exótico origen caribeño, ya famosa en los círculos literarios, conoció al poeta Gabriel García Tassara, el hombre que casi terminó destruyéndola como poetisa y como mujer. Desde el inicio fue estableciéndose entre ellos una tormentosa relación impregnada de amor, celos, orgullo y pasión desenfrenada. Tassara quiso conquistarla para él y mostrarla como un trofeo ante muchos otros hombres que admiraban su belleza y la asediaban; pero en realidad no buscaba ni deseaba casarse con ella, quizá molesto por la arrogancia, la soberbia y la coquetería de Tula que muchos criticaban.

La poetisa, muy enamorada al fín, no supo resistir y se rindió a su ególatra y frívolo amante. Quedó embarazada, soltera viviendo en la sociedad prejuiciosa e intolerante Madrid de mediados del siglo XIX. Casi sin amigos, en amarga soledad y pesimismo pensó en abandonar la poesía y escribió a modo de despedida, uno de sus mejores poemas, “Adiós a la lira”.

En abril de 1845 nació su hija María, o Brenhilde como ella pretendía llamarla, pero la precaria salud de la pequeña, la llevó a la muerte cuando recién había cumplido siete meses de edad. Durante ese tiempo de desesperanza y buscando desahogo, escribe nuevamente a otro de sus viejos amores, Ignacio de Cepeda y Alcalde: “Envejecida a los treinta años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insignificante para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras.”

Son impactantes y conmovedoras las cartas escritas por Gertrudis a Tassara para pedirle infructuosamente que viera y abrazara a su hija brindándole el calor de padre, antes que la pequeña cerrara los ojos para siempre. Las súplicas fueron vanas y Brenhilde murió sin que su padre aceptara conocerla.

En las bellísimas estrofas de estos dos poemas no hay olvido para el hombre amado, pero en el vacío resignado que deja el amor devastado por la ruptura, emerge el recuerdo de un cariño tierno y el perdón que con dignidad y exactitud, utilizó para pulir cada uno de sus versos.

El paso del tiempo fue cicatrizando las heridas y Tula pudo superar las dramáticas instancias de ese pasado estigmatizante y doloroso. Continuó escribiendo, como refugio y también como medio de vida, logró reafirmar sus convicciones artísticas y líricas y llegó a transformarse en una de las escritoras y poetisas de mayor predicamento y renombre del romanticismo español de la época.

Considerada además, una ferviente y combativa precursora y defensora de los postulados del feminismo moderno, tanto por su actitud vital, como por la fuerza que imprimió a sus personajes literarios femeninos.

El 1 de febrero de 1873, a los 58 años, murió en la ciudad de Madrid. Cumpliendo su voluntad sus restos fueron trasladados a Sevilla, donde descansan el sueño eterno en el cementerio de San Fernando, junto a los de su segundo esposo y de su hermano.

Para conocer más:

El término placer como verbo, está cada vez más en desuso y tiende a ser reemplazado por los verbos gustar o preferir. Actualmente, es más frecuente utilizarlo como sustantivo: “Oír música clásica es para mí el mayor placer”.

Significado de plúgole: resulta difícil hallar esta palabra en el diccionario, porque se trata de una forma del verbo placer, plugo, que además tiene una variante pronominal enclítica (le).
Placer se conjuga como agradecer, pero posee algunas irregularidades especiales empleadas generalmente en literatura. Estas son: plugo, que equivale a plació, plegue o plega, a plazca, y pluguiera, a placiera o placiese. No es defectivo, es decir, se conjuga en todos los modos, tiempos, números y personas. Igual que placer se conjugan sus compuestos complacer y desplacer. Se aconseja que las formas que comienzan con pleg, plug, grupo procedente del griego, se empleen en oraciones impersonales.

Como se lee en el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), junto a las formas plació, placiera o placiese y placiere, perviven en el uso literario, con intención arcaizante, las formas plugo, pluguiera o pluguiese y pluguiere, muy utilizados en el español medieval y clásico: Aquello no me plació = Aquello no me plugo.

Se advierten también como arcaizantes, las formas plega y plegue para la tercera persona del singular del presente de subjuntivo, pues actualmente se prefiere el uso de plazca: “Hazlo aunque no te plazca”.

Significado de enclítica: Que se une a la palabra anterior y forma un todo con ella.

Ignacio de Cepeda y Alcalde, abogado y escritor oriundo de la localidad sevillana de Osuna. Sería el gran amor en la vida de Gertrudis y una persona con quien la poetisa vivió también una atormentada relación amorosa, nunca correspondida de la manera apasionada que ella exigía, dejándole en el alma una huella indeleble.

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Semblanza de Emilio Salgari y el héroe Sandokán

Emilio Salgari y la batalla más triste perdida por Sandokán – Reseña literaria

Emilio SalgariSandokán, fue protagonista admirado y héroe invencible de una serie de novelas de aventuras creadas por Emilio Salgari que poblaron la imaginación de millones de niños, adolescentes y jóvenes de occidente a lo largo de varias generaciones, desde su primera publicación en los albores del siglo XX hasta avanzada la década de 1970.

Los relatos de sus proezas despertaron el espíritu aventurero y el afán de viajar y conocer mundos diferentes, en infinidad de lectores que compartieron gustosamente con él, a través de sus gestas literarias, algunos de los mejores años de su existencia.

Era un adalid, un legendario príncipe de Borneo que había jurado vengarse del colonialismo británico. ¿Las razones? Consideraba a ese imperio responsable de haber asesinado a su familia despojándolo además de su trono. Por ello dedicó su vida y esfuerzos a la piratería para combatirlo, adjudicándose un sobrenombre llamativo y bravío, “Tigre de la Malasia”, como emblema de esa lucha. Contaba con la fidelidad incondicional de una tripulación compuesta tanto por malayos, como de dayakos naturales de Borneo.

Las andanzas, peripecias y vicisitudes se desarrollaron a mediados del siglo XIX, en un ambiente singular de sugestivas atmósferas de fábula ubicadas en el sudeste asiático, principalmente Malasia, la India y Borneo.

Los principales compañeros de Sandokán eran el portugués Yáñez, el bengalí Tremal-Naik y el maharato Kammammuri y la base de operaciones del Tigre de la Malasia se encontraba en la isla ficticia de Mompracem; hasta que fue expulsado de ella junto a sus hombres, por una escuadra británica en la novela “El Rey del Mar”.

Pero no fue esa la peor batalla que libró Sandokán, sino aquella otra en la que falló y no pudo evitar el suicidio de su padre intelectual y creador: Emilio Salgari; quien acosado por la ruina económica y la desgracia familiar, tomó la decisión fatal de practicarse el harakiri.

Emilio Salgari, el capitán frustrado

“Escribir es viajar sin la molestia del equipaje”, era la frase predilecta de Emilio Salgari, escritor y periodista italiano, nacido en Verona, Italia, el 21 de agosto de 1862 en el seno de una familia de modestos comerciantes. Acérrimo aficionado a la navegación y la escritura, cursó sus estudios en el “Real Instituto Técnico Naval Paolo Sarpi”, en Venecia, pero no llegó a obtener el título que tanto anhelaba: capitán de navío de gran cabotaje. No obstante, se refería a sí mismo como “capitán”, e incluso firmó con ese cargo algunas de sus obras y aseguraba que los lugares extraños y exóticos que aparecían en sus libros, se basaban en sitios que había visitado personalmente.

Entre 1881 y comienzos de 1883 no hay registros biográficos de él, pero ese lapso del que se desconoce su actividad, probablemente le haya servido para escribir alguna de sus innumerables novelas a las que quería imprimir un tono casi autobiográfico. Al regresar a Verona inició su labor como periodista. En 1883, publicó por primera vez uno de sus trabajos. Era un relato breve titulado “I Selvaggi della Papuasia” y apareció editado en cuatro entregas en el periódico de Milán “La Valigia”. Simultáneamente, comenzó a publicar en el diario veronés la Nuova Arena, su novela “La rosa del Dong-Giang” (en entregas) y posteriormente El tigre de la Malasia. Su primera novela publicada en forma independiente fue “La favorita del Mahdi”, en 1887.

En enero de 1892 Emilio Salgari contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi. Ese mismo año nació la primera hija del matrimonio, Fátima, a la que siguieron tres varones, Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900). Todos fueron bautizados con nombres de sus personajes novelescos.

También en 1892, trasladó su lugar de residencia a Turín donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles. En esa época, ofendido por haber sido llamado “mozo” por el periodista Giuseppe Biasioli, lo desafió a duelo. Como consecuencia del hecho, Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari pasó seis meses en la cárcel.

En 1898, el editor Donath lo convenció para que se mudase a Génova, en esa ciudad norteña de la península itálica conoció a quien sería el más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe Gamba. En 1900 Salgari regresó a Turín, y a partir de esos días, la situación económica de la familia empezó a deteriorarse al rescindir el contrato que lo ligaba con la editorial para la cual estaba escribiendo.

En su prolífica carrera como escritor, según su biógrafo Felice Pozzo, Emilio Salgari escribió, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar y pese a su éxito de ventas, la vida del escritor estuvo signada permanentemente por circunstancias difíciles que que lo llevaron a padecer serios desequilibrios psíquicos.

SandokánAlgunas de las novelas están relacionadas entre sí y constituyen extensos ciclos narrativos protagonizados por los mismos personajes. El Corsario Negro, probablemente la más lograda de las novelas de Salgari, es una de ellas, pero en su vasto legado destacaron muchos otros títulos: “Los tigres de Mompracem”, “Los misterios de la jungla negra”, “Los piratas de la Malasia”, “Los dos tigres”, “El rey del mar”, “A la conquista de un imperio”, “La venganza de Sandokan”, “La reconquista de Mompracem”, “El falso brahmán”, “La caída de un imperio” y “El desquite de Yáñez”.

Entre las novelas independientes resaltan: “La favorita del Mahdi”, “La cimitarra de Buda”, “Los pescadores de ballenas”, “El rey de la montaña”, “Los dramas de la esclavitud”, “La ciudad de oro”, “Invierno en el Polo Norte“, “La montaña de luz”, “Los bandidos del Sahara”, “Las panteras de Argel”, “La ciudad del rey leproso”, “El hombre de fuego”, “Las hijas de los faraones” y “La estrella de la Araucania“.
Después de su muerte, proliferaron novelas que le fueron falsamente atribuidas.

La muerte trágica, destino común de muchos escritores célebres (Ver nota)

En 1889 se suicidó el padre de Salgari, siendo el primer eslabón de una dolorosa e inexplicable cadena de muertes y suicidios familiares, que incluyó el del propio escritor (1911) después de un intento fallido en 1909. La esposa falleció pocos días después del suicidio y seguiría en el futuro un destino de fatalidad para sus cuatro hijos: Nadir, el mayor, muere en un accidente de tráfico cuando se estrella su motocicleta contra un tranvía. Fátima, la única hija, muere muy joven víctima de la tuberculosis en un hospital; Romero, dispara contra su propia esposa en un ataque de celos y después se suicida (1931) y Omar, el menor, quien escribió más de 40 obras inspiradas en escenarios y personajes de su padre, se suicida arrojándose desde la ventana de su departamento en un edificio de Turín (1963).

Una vez más el destino de personalidades que en un momento de su existencia se embriagan con la fama y el éxito efímeros, se vio truncado por la ruina inesperada, que deja tras de sí una triste herencia de dolor y miseria para sus hijos, y muchas veces éstos, son inexorablemente arrastrados por el mismo aciago destino.

Hay quien describe a Emilio Salgari como un fallido “capitán de gran cabotaje” mentiroso, despilfarrador, un alcohólico hosco, perverso y quizás sifilitico (Di Carlo R. La Jornada semanal, octubre 2002).

Rosa Montero la afamada periodista y escritora española en su libro “La loca de la casa”, intenta un recorrido por los laberintos de la fantasía, de los recuerdos más ocultos y la creación artística en biografías noveladas, y en él hace referencia a la tortuosa vida del escritor italiano relatando: “Emilio Salgari, escribió decenas de novelas llenas de trepidantes aventuras exóticas, de mares indómitos y singladuras épicas, pero fue un pobre hombre que quiso ser marino y no pudo, porque lo suspendieron en la academia; que sólo se subió un par de veces a un barco en toda su vida, y que apenas si se movió de Italia. Tuvo una existencia tristísima: estaba comido por las deudas, su mujer enloqueció y él era un depresivo. Terminó suicidándose, pero lo más terrible es que su mitomanía le llevó a imitar a los héroes orientales que tanto admiraba: se abrió el vientre en canal con un mísero estilete y luego se rajó la garganta, en una atroz escenificación de la muerte por harakiri de los samurais”. Durísima crítica.

Pero lo cierto es que casi desde sus comienzos como cronista y novelista, Emilio Salgari obtuvo una enorme popularidad. En sus últimos años, era el escritor con mejores ventas de Europa: algunas de sus ochenta y cuatro novelas superaron la tirada hasta entonces desconocida e impensada de los cien mil ejemplares y tuvo multitud de imitadores, como Luigi Motta o sus propios hijos Omar y Nadir.
Sin embargo, Salgari vivía acosado por penurias económicas, trabajando a destajo para editores que lo estafaban constantemente y sin contemplaciones.

En la víspera del suicidio, deprimido y en lamentable estado anímico, transcribió su angustia, en el libro de memorias, relatando el tormento psicológico en el que había quedado sumido después de la internación de su esposa seis días antes, en una clínica psiquiátrica. Por otra parte, quizás haya influido en su decisión, el carácter soñador, apasionado y vital que tenía y la sensación claustrofóbica de hallarse prisionero de las penosas circunstancias que le rodeaban y la imposibilidad de volver a vivir con la intensidad de años anteriores.

En la madrugada del 25 de abril de 1911, cansado hasta el hartazgo de esa explotación infame, resolvió abandonar definitivamente la pluma. Escribió tres cartas dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín, luego tomó uno de los yataganes que coleccionaba, similares a los que Sandokán blandía con tanta maestría en sus combates (otra versión indica que era un gran cortaplumas, o, lo que es peor aún, un miserable estilete). Una hora después, en un claro en el Colle del Lauro en las afueras de Turín que conocía muy bien, se hizo el harakiri abriéndose el vientre, posteriormente se cortó el cuello y se dejó desangrar hasta morir. Tenía cuarenta y nueve años.

La carta a sus editores, a quienes consideraba sus verdugos, era por demás elocuente y describía el motivo que le había llevado a tomar tan terrible determinación: “Vencido por mis desdichas, reducido a la miseria a pesar del enorme volumen de mi trabajo, con mi esposa loca en el hospital, sin poder pagar su pensión, me suprimo. Creo que con mi nombre me merecía otra fortuna y otra muerte” y agregaba: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo les pido que en compensación de las ganancias que os he proporcionado, os preocupéis, al menos un poco, por mis hijos y os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”.

En la nota a sus hijos les pedía que solicitaran un entierro de caridad por estar completamente arruinado. La herencia que les dejaba, no sólo era la completa ruina económica y una soledad desamparada, sino el mal ejemplo de su propia muerte.

Emilio Salgari tenía un sueño y una obsesión, navegar por todos los mares, y aunque no lo pudo concretar en su vida real, como tampoco alcanzar el rango del que presumía, lo consiguió holgadamente con cada uno de sus personajes navegando incansablemente en el universo mágico de sus aventuras, en fragatas, bergantínes, galeones, canoas o juncos y deslizándose por aguas y océanos coloreados de azules intensos descriptos en palabras que imitaban a la perfección los mapas e ilustraciones de los mejores atlas. Su talento creativo y su constante e intensa labor de estudio en bibliotecas, hicieron factible esas magníficas narraciones.

Para una inmensa legión de seguidores, nunca importó ni importará que Emilio Salgari realmente haya sido o no un capitán de ultramar como él sostenía, tampoco si había conocido verdaderamente al personaje que le inspiró a Sandokán; para ellos será siempre el capitán Salgari que con pericia e imaginación inigualable los condujo por rutas fantásticas nunca antes exploradas, hacia aventuras donde sólo los valientes se atrevían a llegar. Los educó en el riesgo, en el peligro, en la experiencia, en los principios justos del lado de los buenos. Y será eternamente, el capitán valiente que encontraba una y otra vez y más allá de todo límite, una nueva causa noble por la cual valía la pena luchar.

Para conocer más:

El seppuku o hara-kiri, es un término japonés utilizado para denominar el suicidio ritual por desentrañamiento.
En Japonés ‘hara-kiri’ no se usa comúnmente, ya que tal término es considerado vulgar y grotesco. Era una práctica común entre los samuráis, que consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural. Por eso, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían con este acto a darse muerte (tal y como significan esas palabras, Hara-kiri: “cortadura de vientre”).
La práctica de obligar a la muerte por medio del Seppuku por orden de un amo, es conocida como oibara o junshi; el ritual es similar.

El yatagán es una especie de sable o alfanje usado en oriente. Está provisto de doble curvatura, lo que facilita su uso indistinto de corte o punta.

Singladura: en términos náuticos se denomina así, al camino o distancia recorrida por una embarcación durante la navegación.

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La soledad de los poetas – Alma y sentimiento

La soledad en la literatura, retratada en poemas inolvidables de grandes autores 

La soledadLa soledad, esa inefable talladora del espíritu. Parafraseando una de las citas más logradas de Federico García Lorca en la búsqueda de un párrafo para iniciar este escrito, comenzamos a transitar por un camino que conduce directamente a una temática muy cara a nuestros sentimientos y estados de ánimo y que la pluma excelsa de inspirados poetas recorrió asiduamente: la soledad.

Leyendo a autores inmortales que embellecieron el arte lírico universal de todos los tiempos, podríamos extraer excelentes definiciones de la soledad:

Juan Ramón Jiménez:

“En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva.”

Luis Cernuda:

“Cómo llenarte soledad sino contigo misma.”

Pablo Neruda:

“Soledad y multitud, seguirán siendo deberes elementales del poeta de nuestro tiempo.”

D. H. Lawrence:

“¡Es inútil intentar liberarse de la propia soledad! ¡Hay que aguantarla toda la vida. Aunque a veces, sólo a veces, el vacío se llene!”.

La soledad de los poetasSin entrar en complejas interpretaciones científicas, describimos la soledad como “un estado consciente y singular, personal e independiente caracterizado por la carencia de compañía y falta de contacto con otras personas”. Se la considera una experiencia subjetiva con distintos grados o matices, que puede ser voluntaria (cuando la persona decide estar sola) o involuntaria (causada por distintas circunstancias de la vida).

Casi todos los poetas se atrevieron a representar con palabras y a su manera, esta situación tan especial, diferente y única, que se da al estar o sentirse solo; ese sentimiento tan amargo y doloroso que, para muchos autores, influyó significativamente en el desarrollo de su vida y en el contenido de su obra literaria.

El genial Edgar Allan Poe compuso cuando tenía 20 años recién cumplidos, un poema estremecedor y emotivo (Alone), que pinta crudamente la soledad que marcó su vida y su estilo. El manuscrito original está fechado el 17 de marzo de 1829, apenas un mes antes, el 28 de febrero, había fallecido su querida madre adoptiva, Frances Valentine Allan.

Solo (Alone) – Edgar Allan Poe

Desde el tiempo de mi niñez, no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude sacar
mis pasiones desde una común primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pena; no se despertaría
mi corazón a la alegría con el mismo tono;
y todo lo que quise, lo quise solo.
Entonces -en mi niñez- en el amanecer
de una muy tempestuosa vida, se sacó
desde cada profundidad de lo bueno y lo malo
el misterio que todavía me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que alrededor de mí giraba
en su otoño teñido de oro,
desde el rayo en el cielo
que pasaba junto a mí volando,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mi vista.

Conmovedor resulta también este inolvidable poema de Mario Benedetti, en versos que resuenan como ecos de lejanas y adormecidas vivencias.

Soledades – Mario Benedetti

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
seria semejante a nuestra breve
presoledad

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

ya se que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo

sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en es sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo

los datos objetivos son como sigue

hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se vera un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente

después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

conforme
pero
que vendrá después
de la soledad

a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si se
que mas allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.

Rosalía de Castro, una de las grandes poetisas de la literatura española del siglo XIX aportó también su poema:

Soledad
Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo.

Y para Jorge Luis Borges, la soledad tenía un sinónimo:

Ausencia
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Justo es reconocer que para otros pensadores y escritores célebres, la soledad no siempre iba acompañada por esa pesada percepción que abruma el espíritu y en ese sentido, se expresaron con una visión más generosa y optimista:

“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.
Arthur Schopenhauer (Filósofo alemán)

“Soledad: Un instante de plenitud”.
Michel de Montaigne (Escritor y filósofo francés).

“La soledad es muy hermosa, cuando se tiene alguien a quien decírselo”.
Gustavo Adolfo Bécquer

“La soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno”.
John Milton (Poeta inglés).

“La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre”.
Tom Wolfe (Periodista y escritor estadounidense).

Tal vez, escribir poesía no alcance a mitigar la sensación de desamparo que lleva a la soledad, pero no deja de ser un consuelo para el alma. Y escribiendo…¿Quién comprende mejor que un poeta ese abismo insondable de tristeza y melancolía, esa angustia de sentirse desterrado de uno mismo?. Sentimiento, que el novelista polaco Joseph Conrad explicó con muy pocas palabras: “Vivimos como soñamos, solos”.

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Poema Dos palabras – Alfonsina Storni

Reseña literaria del poema Dos palabras de Alfonsina Storni – Una de sus obras más reconocidas

Poema Dos palabras Alfonsina StorniEl poema Dos palabras es una obra muy recordada de la poetisa debido a la temática que trata. Te amo es una frase cuyo misticismo se resguarda en el sentimiento de las personas, que le han otorgado una significación especial.

Es parte del libro llamado El dulce Daño, publicado en el año 1918, una obra atribuída a una primera etapa de producción literaria de la escritora argentina.

Para Alfonsina Storni parte de su importancia radica en que, a pesar de que sean dichas mil veces, las palabras siempre parecen nuevas. Parte de la magia de este poema es resaltar que, más allá de lo material, muchas veces alcanza con expresar cariño con la voz.

Es interesante que, en el poema Dos palabras, la poetisa nunca dice cuales son, y deja un camino de migajas de pan aportando pistas al lector para que pueda inferirlas. Cada uno de los párrafos es un aporte para que sean descubiertas. La escritora Isabel Allende posee un cuento titulado igual que se desarrolla siguiendo una idea similar de interpretación.

El poema está estructurado en cuatro estrofas y dos partes centrales. En la primer parte mantiene una oposición diciendo “palabras que de viejas son nuevas”. En una segunda parte utiliza la repetición y el paralelismo con las palabras “tan” y “que”. La rima de la obra es asonante.

Poema dos palabras – Alfonsina Storni

Esta noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
de ser dichas. Palabras
que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras
¿Qué digo sin quererlo? ¡oh, qué bella, la vida!
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos, mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.

Es una obra hermosa de Alfonsina Storni, que encontró en su lenguaje la forma exacta de comunicar lo que sentía.

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Salvo el crepúsculo de Julio Cortázar

Salvo el crepúsculo y algunas poesías memorables del gran libro de Julio Cortázar

Salvo el CrepúsculoSalvo el crepúsculo es una obra que colecciona algunos de los mejores poemas de Cortázar. El autor logra, de alguna manera, realizar un homenaje a la palabra, a la música, a París y a Buenos Aires, unificando los sentimientos que atraviesan su vida.

Ley del Poema en la concepción de Julio Cortázar

“Este camino ya nadie lo recorre, salvo el crepúsculo”. Hermosa y expresiva frase del poeta japonés Matsuo Basho (1664-1694) que inspiró el título de Salvo el crepúsculo; libro de Julio Cortázar que se publicó por primera vez en 1984 pocos meses después de su muerte, sin que el autor alcanzara a corregir las pruebas de imprenta.

En las páginas de esta obra, como si se tratara de un multifacético e inagotable collage, Julio Cortázar intentó fundir más de cuarenta años de memorias, vivencias intensas y experiencias de vida muy particulares: el azar imprevisible, el amor tan esquivo, la pintura, las calles inolvidables de su Buenos Aires de juventud, su pasión por la música, la ciudad de París romántica y nostálgica, cuadernos de anotaciones inspiradas, delicadas y bellas mujeres en sus trajes relucientes. Todo, como reflejos intermitentes de una vida que su protagonista quiso y buscó con el desorden lógico de una pasión incontrolable que lo orientó iluminándolo.

Y ese camino elegido, en las propias palabras del autor, no tuvo una dirección única: “Nunca quise mariposas clavadas en un cartón; busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes, desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles. No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos”.

Rescatamos de Salvo el crepúsculo, algunos extractos y singulares poemas que pintan el pensamiento lírico de un escritor genial y no menos singular que sus versos:

Ley del Poema

Amargo precio del poema,
las nueve sílabas del verso;
una de más o una de menos
lo alzan al aire o lo condenan.

Somos el ajedrez de un río,
el naipe siempre entre dos lumbres;
caen las caras y las cruces
a cada curva del camino.

Cae en el verso la palabra,
en el recuerdo llueve el llanto,
cae la noche, cae el pájaro,
todo es caída amortiguada.

¡Oh libertad de no ser libre,
golpe de dados que desata
la sigilosa telaraña
de encrucijadas y deslindes!

Como tu boca a la manzana,
como mis manos a tus senos,
irá la mariposa al fuego
para danzar su última danza.

El breve amor

Con qué tersa dulzura,
me levanta del lecho en que soñaba
profundas plantaciones perfumadas,
me pasea los dedos por la piel y me dibuja
en el espacio, en vilo, hasta que el beso
se posa curvo y recurrente
para que a fuego lento empiece
la danza cadenciosa de la hoguera
tejiéndonos en ráfagas, en hélices,
ir y venir de un huracán de humo.

Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo,
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o en contra mío,
todo eso que es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

Veredas de Buenos Aires

De pibes la llamamos la vedera
y a ella le gustó que la quisiéramos.
En su lomo sufrido dibujamos
tantas rayuelas.

Poema
Toda la vida es un ayer
y todo encuentro es una pérdida.
¡Oh irrestañable primavera,
promesa de lo que ya fue!

Quizá por eso arde la rosa,
guardiana de su fuego frío.
i Qué mar de pétalos marchitos
la mece en su perfecto ahora!

y si los labios son ya ausencia
en el momento de besarlos,
su fiebre viene de otros labios:
Helena y Diótima te besan.

Julio Cortázar, fue un autor espontáneo que concibió poéticamente la realidad y encontró la manera de convertir cada palabra que necesitaba para representarla. Sus textos líricos fueron siempre una confrontación, un desafío atrevido a los límites impuestos que habrían de ser superados. Dueño de un lenguaje vastísimo que utilizó como arma, la palabra lo dotó de un bagaje cultural de enormes dimensiones, posibilitándole interpretar cada situación con diversidad de proyecciones y matices.

Escribió versos durante toda su vida, aunque a veces los conservara inmersos en un universo secreto, íntimo y privado, pretendiendo transformarlos en una conjunción natural de lenguaje, realidad y poesía. Y cada vez que su necesidad expresiva lo llevaba a escribir poemas, los componía, plenamente convencido que el poeta en todo momento es una contradicción permanente que le da sentido al universo.

Para conocer más:

La forma incorrecta *vedera”, de uso frecuente en algunos estratos, es un vulgarismo producido por metátesis. Para el RAE (2001), la metátesis es “el cambio de lugar de algún sonido en un vocablo”, es decir, agregar, quitar o cambiar letras o sonidos dentro de una palabra.

Diótima de Mantinea fue una filósofa y sacerdotisa griega, natural de Mantinea, cuya existencia histórica generó permanentemente importantes discusiones y dudas. Sus ideas se consideran el origen del concepto de amor platónico.

Helena, también conocida como Helena de Troya o Helena de Esparta, es un personaje de la mitología griega cuyo nombre hace referencia a la “luz que brilla en la oscuridad”; casi todos los mitógrafos clásicos aluden a su mito.
Era considerada hija de Zeus y pretendida por muchos héroes debido a su gran belleza. Fue seducida o raptada por París, príncipe de Troya, circunstancia que originó la guerra de Troya.

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Penélope, la canción y La Odisea

Reseña literaria de la canción Penélope de Joan Manuel Serrat y su relación con el personaje literario Penélope, de La Odisea

Penélope de Joan Manuel SerratPenélope es una canción romántica e inolvidable que supo ganarse el corazón del siglo XX, creada por el compositor español Augusto Algueró (1934-2011) e interpretada por Joan Manuel Serrat (1943) en el año 1969, obteniendo importantes galardones en el ámbito musical.

La misma canción fue editada en el álbum llamado “En directo”, perteneciente al año 1984 si bien, con el correr de los años, ha sido interpretada por otros cantautores como por ejemplo Diego Torres (músico argentino).

Cuenta la historia de una mujer que espera a su amor que se ha marchado, y este, a pesar de que el tiempo inclemente se escapa, no regresa. La mujer, lejos de perder su voluntad, continúa aguardando paciente. Al final este regresa, pero no es como ella lo recuerda. Si es que existe desconocimiento sobre la mítica obra de Homero, La Odisea (Ver nota), podría no verse la relación que existe entre esta hermosa canción y la esposa del legendario héroe Odiseo.

Letra de la canción Penélope de Joan Manuel Serrat – Augusto Algueró

Penélope,
con su bolso de piel marrón
y sus zapatos de tacón
y su vestido de domingo.
Penélope
se sienta en un banco en el andén
y espera que llegue el primer tren
meneando el abanico.

Dicen en el pueblo
que un caminante paró
su reloj
una tarde de primavera.
“Adiós amor mío
no me llores, volveré
antes que
de los sauces caigan las hojas.
Piensa en mí
volveré a por ti…”

Pobre infeliz
se paró tu reloj infantil
una tarde plomiza de abril
cuando se fue tu amante.
Se marchitó
en tu huerto hasta la última flor.
No hay un sauce en la calle Mayor
para Penélope.

Penélope,
tristes a fuerza de esperar,
sus ojos, parecen brillar
si un tren silba a lo lejos.
Penélope
uno tras otro los ve pasar,
mira sus caras, les oye hablar,
para ella son muñecos.

Dicen en el pueblo
que el caminante volvió.
La encontró
en su banco de pino verde.
La llamó: “Penélope
mi amante fiel, mi paz,
deja ya
de tejer sueños en tu mente,
mírame,
soy tu amor, regresé”.

Le sonrió
con los ojos llenitos de ayer,
no era así su cara ni su piel.
“Tú no eres quien yo espero”.
Y se quedó
con el bolso de piel marrón
y sus zapatitos de tacón
sentada en la estación.

La relación entre Penélope de Joan Manuel Serrat y la Odisea

Está claro que la primera instancia en la que podemos notar un nexo es el nombre de la mujer, Penélope, coincidente en ambas obras. En la Odisea, Penélope es la esposa de Odiseo que, al haberse marchado, lo espera sin dar lugar a que alguno de los que la pretenden tenga oportunidad con ella.

Serrat canta: “Uno tras otro los ve pasar, mira sus caras, para ella son muñecos”, en una clara alusión a lo que sucedía con la esposa del héroe y sus pretendientes.

En ambas obras la mujer utiliza el tejido para distraer su mente. En la Odisea Penélope teje y desarma una manta una y otra vez para otorgar tiempo a su amado para que regrese, mientras que en la canción la mujer sueña y piensa en el regreso del hombre.

En la canción: “Deja ya de tejer sueños en tu mente”.

El final de la historia es, quizás lo más triste, porque cuando él por fin logra regresar, el tiempo ha pasado y se ha vuelto eterno, y ella no lo reconoce, “Tú no eres quien yo espero”.

Más allá de la alegoría a la obra clásica, es una canción hermosa y merece ser disfrutada, aunque espero les haya parecido interesante la referencia.

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