Gabriel Celaya – La poesía social

Reseña literaria sobre la vida y obra de Gabriel Celaya – La poesía es un arma cargada de futuro como muestra de su trabajo

Gabriel Celaya la poesíaGabriel Celaya, fue un reconocido poeta español, nacido el 18 de marzo de 1911, y fallecido el 18 de abril de 1991. Su obra se encuentra muy relacionada con la poesía social, de compromiso.

“Ser poeta es encontrar en otros la propia vida. No encerrarse. Ser poeta es darse a todos, ser sin ser melancolía y ser también mar y viento, memoria de las desdichas…”

Poesía de compromiso o poesía social. Otra forma de sentir y escribir en versos

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta Cendoya, era el largo nombre registrado de un autor que trascendió y fue reconocido en el universo de la poesía con el seudónimo de Gabriel Celaya, y que había nacido en Hernani, municipio español de la provincia de Guipúzcoa, el 18 de marzo de 1911.

Junto con Blas de Otero, Gabriel Celaya fue uno de los exponentes máximos de la corriente denominada “poesía social” o “poesía comprometida”. Esta tendencia procuraba alcanzar una escritura que se nutriera de sueños, ilusiones, inquietudes y de las preocupaciones y avatares cotidianos del hombre ubicado en su tiempo histórico; en contraposición a la poesía considerada como una creación desvinculada del peregrinaje existencial y social del ser humano y de la realidad de su entorno.

Tenía la intención, también la voluntad y la convicción de llegar a las mayorías y despertar conciencias; y para lograr esos fines era preciso escribir con claridad utilizando palabras exactas, insustituibles y que interpretaran con absoluta fidelidad la idea que quería expresarse.

La estética quedó postergada porque la palabra ya no buscaba deslumbrar al lector.
Se consideraba a la poesía como un trabajo necesario que no podía constituir un lujo. Estos criterios hicieron que se terminara atacando a los poetas estilizantes y elitistas, cuyos poemas estaban dirigidos a una minoría de la sociedad.

Gabriel Celaya, cursó el bachillerato en San Sebastián y, por imposición paterna, logró graduarse de ingeniero industrial en Madrid. Años más tarde, en la década de los treinta, relegó su destino empresarial e industrial por las influencias de grandes literatos y artistas de su época, como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Luis Buñuel y Salvador Dalí, a quienes conoció en la Residencia de Estudiantes donde él se alojaba en la capital española. Compartió con ellos vivencias en un riquísimo ambiente cultural y de creación artística que determinaron su vocación literaria y le dejaron recuerdos imborrables que lo llevarían con el tiempo, a dedicarse por entero a la poesía.

Como otros poetas de su generación, estuvo en contacto desde diversas perspectivas con todos los movimientos literarios que se popularizaron en la primera mitad del siglo XX, el surrealismo y el neorromanticismo entre otros; pero terminó adscrito a un estilo de poesía de intencionalidad no totalmente lírica sino con una estética de compromiso social, como una consecuencia derivada de los difíciles tiempos políticos ocasionados por la trágica y sangrienta Guerra Civil, y por la durísima crisis de posguerra que enfrentó España.
La situación originada en la miseria, el hambre, las enfermedades era grave, peró lo era aún más, porque las instituciones del país estaban destruídas. La sociedad parecía deshumanizada con hermanos divididos en vencedores y vencidos, sufriendo la represión y la opresión, viviendo y padeciendo diariamente la violencia y la crueldad.

Celaya, adhirió y militó en favor de la ideología comunista hasta el final de sus días y cuando estalló en 1936 la Guerra Civil, se alistó para combatir del lado republicano, llegando a obtener el grado de capitán de ejército. Este hecho le acarrearía muchos enemigos al término de la contienda.

Ya en tiempos de paz, se hizo cargo de los negocios familiares, compatibilizando su actividad profesional con el tiempo que dedicaba a la escritura.
La llegada a su vida en 1946 de quien fuera su inseparable compañera, Amparo Gastón, dio un impulso vital a su obra. Emprendieron entre ambos múltiples proyectos literarios, fundando ese mismo año una colección de poesía llamada “Norte” y publicando traducciones de Arthur Rimbaud y William Blake.

En 1955 dió a conocer su poemario “Cantos Íberos”, verdadera biblia de la poesía social, con versos cuyas letras aún continúan vigentes en muchos estratos sociales de diversos países. Es una obra en la que confluyen diferentes matices retóricos, que van desde la descripción de una realidad de opresión y desesperanza hasta semejanzas con un mitin político.

Extraído de “Cantos Íberos”, con un título que expresa mucho y versos intensos y llenos de matices luminosos, este es uno de sus más célebres poemas:

La poesía es un arma cargada de futuro – Gabriel Celaya

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Después de leer sus versos, se tiene la sensación de estar ante una arenga, casi un “manifiesto” del poeta intentando que sus palabras sean parte activa de nuestras vidas. Y se advierte que para él, la poesía era realmente un arma poderosa que ayudaba directamente a transformar todo aquello que se anhelaba cambiar.

La poesía es un arma cargada de futuro se convirtió en un himno en aquellos años de 1950 y puso de pie a una generación de poetas, que utilizaban su leitmotiv de porvenir y esperanza como herramienta para intentar cambiar el mundo.

En el deseo de acercarse a las mayorías sociales, algunos autores, en ocasiones vulgarizaron demagógicamente el lenguaje. Este es el argumento principal utilizado por sus detractores. Pero objetivamente no se pueden obviar innumerables aciertos expresivos, espléndidas formas y la innegable calidad poética de obras como las de Otero o Celaya.Tampoco las posibilidades y valores poéticos que sus trabajos ejercieron sobre el lenguaje cotidiano.

A fines de la década de 1980, dos cantautores españoles de destacadisima trayectoria internacional musicalizaron este poema; fueron Paco Ibáñez y el catalán Joan Manuel Serrat.

Gabriel Celaya concretó una prolífica producción literaria que abarca casi un centenar de obras, escritas con lenguaje claro, con un decir sencillo y cargadas siempre de un propósito de denuncia, para lo cual recurrió a un deliberado prosaísmo en sus letras.

En 1935 editó su primer libro de poemas, “Marea de silencio”, con claras influencias vanguardistas de la Generación del 27. Seguirían “La soledad cerrada” (1947), “Movimientos elementales” (1947), “Tranquilamente hablando” (1947), “Las cosas como son” (1949), “Las cartas boca arriba” (1951), “Lo demás es silencio” (1952), “Cantos Iberos” (1955), “Poesías completas” (1969), “Campos semánticos” (1971), “Itinerario poético” (1973), por citar algunos.

En sus comienzos, acostumbraba publicar además con los seudónimos de Rafael Múgica y Juan de Leceta.

Llegando al final de su vida, la orientación literaria predominante empezó a girar en torno al interés que sentía por la historia ancestral.
En 1984, por problemas económicos, se vio obligado a vender su biblioteca personal de 1.200 volúmenes a la

Diputación de Guipúzcoa y a pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, no pudo superar esa situación crítica. Sus últimos años transcurrieron entre penurias y necesidades insatisfechas, a tal punto que el Ministerio de Cultura peninsular, debió hacerse cargo de los gastos por una internacion hospitalaria que tuvo en 1990.

Gabriel Celaya falleció en Madrid y prácticamente en la miseria, el 18 de abril de 1991. Sus cenizas fueron esparcidas en su Hernani natal. Posteriormente, a título póstumo fue designado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada, nombramiento que se concedió en vida del escritor y había sido aceptado por él.

Fue un “Poeta” fundamental de las letras españolas del siglo XX, que dejó un legado pleno de mensajes esperanzadores. La suya fue sin duda, una ardua lucha sin concesiones contra el pesimismo y siempre a favor del hombre como tal y de la poesía imbuida de contenido sociopolítico y moral.

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La vuelta al hogar – Olegario Víctor Andrade

Olegario Víctor Andrade – Poema La vuelta al hogar, a la casa de la infancia ausente

Olegario Víctor AndradeOlegario Víctor Andrade fue un escritor, político y poeta argentino nacido en Brasil, el 6 de marzo de 1839, y fallecido el 30 de octubre de 1882. En esta breve reseña pretendemos, de alguna forma homenajear su trabajo evocando una obra que despertó fuertes sentimientos algunos años atrás, el Poema La vuelta al hogar.

“Todo está como era entonces,
la casa, la calle, el río.
¡Confidentes del secreto
de mis primeros suspiros!”

La infancia es quizá la única estación de la vida, a la que nadie se negaría a regresar. Porque la niñez es para cada uno, ese reino inolvidable lleno de escenarios mágicos, donde imperaba la inocencia sin concesiones, prejuicios ni egoísmos y donde la ternura se dibujaba espontáneamente en una sonrisa sincera; en tanto las virtudes, tenían una forma natural y auténtica que igualaba a la belleza silenciosa de las flores. Y en ese mundo siempre añorado, la hipocresía era apenas una palabra triste encerrada en una oscura cárcel del futuro.

Este emblemático poema que rescatamos, relata con palabras de profundo sentimiento y emoción ese paraíso imaginado; pero desde la percepción subjetiva y doliente de alguien que retorna y recuerda después de larga ausencia, los inmaculados primeros sueños de su vida.

Poema la vuelta al hogarEl poema se llama La vuelta al hogar y su autoría se debe a Olegario Víctor Andrade, un destacado poeta romántico, escritor, periodista y político argentino.

El excelente compositor e intérprete mendocino Reinaldo Daniel Altamirano musicalizó estos versos para convertirlos en una bellísima canción titulada La casa de la infancia ausente; que tuvo amplia aceptación popular y repercusión masiva en los festivales de la música tradicional argentina en las décadas de los años 1970 y 1980.

¡Todo está como era entonces…!

Para susurrar a media voz, con melancolía y cerrando los ojos:

Poema La vuelta al Hogar – Olegario Víctor Andrade

Todo está como era entonces,
la casa, la calle, el río.
Los árboles, con sus hojas
y las ramas con sus nidos.

Todo está, nada ha cambiado.
El horizonte es el mismo.
Lo que dicen esas brisas
ya otras veces me lo dicho.

Ondas, aves y murmullos
son mis viejos conocidos.
¡Confidentes del secreto
de mis primeros suspiros!

Bajo aquel sauce que moja
su cabellera en el río.
Largas horas he pasado,
a solas con mis delirios.

Las hojas de esas achiras
eran el tosco abanico,
que refrescaba mi frente
y humedecía mis rizos.

Un viejo tronco de ceibo,
me daba sombra y abrigo.
Un ceibo que desgajaron
los huracanes de estío.

Piadosa una enredadera
de perfumados racimos.
Lo adornaba con sus flores,
de pétalos amarillos.

El ceibo estaba orgulloso
con su brillante atavío.
Era un collar de topacios.
ceñido al cuello de un indio.

Todos aquí me confiaban
sus penas y sus delirios.
Con sus suspiros las hojas,
con sus murmullos el río.

Qué triste estaba la tarde
la última vez que nos vimos.
Tan sólo cantaba un ave
en el ramaje florido.

Era un zorzal que entonaba
sus más dulcísimos himnos.
Pobre zorzal que venía,
a despedir a un amigo.

Era el cantor de las selvas,
la imagen de mi destino.
Viajero de los espacios,
siempre amante y fugitivo

¡Adiós! parecían decirme
sus melancólicos trinos.
Adiós, hermano en los sueños.
Adiós, inocente niño.

Yo estaba triste, muy triste,
el cielo oscuro y sombrío.
Lo juncos y las achiras,
se quejaban al oírlo.

Han pasado muchos años
desde aquel día tristísimo.
Muchos sauces han tronchado,
los huracanes bravíos.

Hoy vuelve el niño hecho hombre,
no ya contento y tranquilo.
Con arrugas en la frente
y el cabello emblanquecido.

Aquella alma limpia y pura,
como un raudal cristalino.
Es una tumba que tiene,
la lobreguez del abismo.

Aquel corazón tan noble,
tan ardoroso y altivo.
Que hallaba el mundo pequeño,
a sus gigantes designios,

Es hoy un hueco poblado
de sombras que no hacen ruido.
Sombras de sueños dispersos,
como neblina de estío.

¡Ah! Todo está como entonces,
los sauces, el cielo, el río.
Las olas, hojas de plata,
del árbol del infinito.

El niño se ha vuelto hombre
y el hombre tanto ha sufrido.
¡Que apenas trae en el alma,
la soledad del abismo!

Coincidiría conceptualmente y en lo emotivo el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno cuando escribió: “No sé cómo puede vivir, quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez”.

Olegario Andrade, quedó huérfano siendo un niño de muy corta edad. La muerte de sus padres lo obligó a una vida transitada por carriles difíciles y dramáticos. Abandonó el colegio secundario en 1857, antes de cumplir 17 años y sin más bagaje que sus incipientes estudios de filosofía, sus nociones generales de historia y algunos conocimientos muy elementales de literatura, comenzó a forjarse un futuro en los ámbitos del periodismo y de las letras. Todo con enorme esfuerzo, voluntad, sacrificio y llevado a cabo de manera desordenada y autodidacta.

Fue un ferviente admirador de Víctor Hugo, aunque sus textos tal vez carecieron de la elaboración necesaria para emular al genio literario francés. Sus conocimientos académicos y su rigor cultural le resultaban limitados. No obstante procuró compensar sus carencias formales y estéticas con una fuerza expresiva que relegó a un segundo plano ciertas imperfecciones de estilo.

Olegario Andrade fue, en opinión de algunos críticos un poeta intuitivo, con más pasión que norma, con más fiebre que sabiduría, con más ímpetu que preparación. Y un autor que nunca pretendió ser un artista glorioso.

Pero también fue un poeta de cariz lírico y épico, que demostró sus singulares aptitudes en dos tendencias expresivas perfectamente definidas: los poemas y cantos extensos, enfáticos, desmesurados, heroicos; y la poesía intimista, en la que disminuyendo su voz, procura lograr un tono confesional para manifestar afectos y emociones más personales.

Olegario Víctor Andrade, habría nacido el 6 de marzo de 1839 en Alegrete, Rio Grande del Sur – Brasil, donde se habían radicado sus padres, fugitivos de la dictadura rosista.
(Pero algunos documentos apuntan que su nacimiento se produjo en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos – Argentina, el 7 de marzo de 1841)

Transmitió a lo largo de su vida y obra, valores éticos y ciudadanos que actualmente, mantienen plena vigencia. Falleció en la capital de Argentina, hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el 30 de octubre de 1882. Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta de la misma ciudad.

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El color que cayó del cielo – HP Lovecraft

Reseña literaria del relato El color que cayó del cielo, una de las obras más reconocidas del terrorífico HP Lovecraft – The color out of space

El color que cayó del cielo - Historias asombrosasEl color que cayó del cielo es una obra de ciencia ficción que fue creada por Howard Phillips Lovecraft en marzo del año 1927 y publicada a finales de ese mismo año. Se corresponde a un relato de tipo fantástico sobre un temible ser que llega del espacio a la Tierra, y que no es visible para el espectro del ojo humano.

H.P. Lovecraft empezó El color que cayó del cielo al poco tiempo de haber terminado “El caso de Charles Dexter Ward”, su novela corta anterior, y mientras realizaba una última revisión de su obra “El horror sobrenatural en la literatura”.  El relato fue publicado en la revista de ciencia ficción “Amazing Stories” en septiembre de 1927, y alcanzó un éxito absoluto, volviéndose un ícono del terror y siendo adaptado al cine y la televisión.

Según se sabe, Lovecraft no estaba de acuerdo con la imagen que se había creado de los seres extraterrestres, con una semejanza homínida. Él, por su parte quería crear un ser extraño, diferente, y pudo plasmarlo en El color que cayó del cielo, si bien no está claro cuáles fueron las influencias que lo llevaron a crearlo así.

Algunos piensan que pudo ser una representación de un famoso caso que marcó a Los Estados Unidos en el año 1917, conocido como “Radium Girls”, para un grupo de trabajadoras que cubrían relojes con un material proveniente del Radio (Después de todo quién no querría un reloj que brille en la noche, sobre todo útil en para los soldados en la Primera Guerra Mundial), sufriendo envenenamiento por radiación y síntomas similares a los descritos en la novela, no limitado a los empleados sino también a los usuarios. Como dato particular y si bien el juicio fue dificultoso por los contactos de la empresa, esto resultó en uno de los primeros decretos en favor de los derechos de los trabajadores, aunque muchas personas debieron morir para ello.

Lovecraft dijo que se había basado en un embalse creado en las proximidades de Rhode Island, pero entre los seguidores del autor se cree que pudieron haber aparecido referencias a otros lugares. Entre otras fuentes de influencia se ha considerado a un libro publicado en 1919 sobre los espectros visibles de la luz.

Resumen del relato El color que cayó del cielo

El color que cayó del cieloLa historia es narrada por un ingeniero que se encuentra realizando su trabajo para localizar la construcción de un embalse. Mientras investiga la zona descubre un lugar, maldito según los habitantes, en donde parece haber una aridez extrema, carente de vida. Nadie parece acercarse a ese páramo, cuyo gris marmoleo aleja a los espectadores.

El ingeniero se comunica con un hombre llamado Ammi Pierce, que accede a contarle como ese lugar pasó de ser un terreno de extrema fertilidad a una zona inhóspita, y como la familia que trabajaba allí, murió de una extraña enfermedad que les carcomió la piel.

Todo había comenzado en el año 1882 cuando un meteorizo logró atravesar la atmósfera y caer en el patio de la granja del viejo Gardner. Él mismo pudo observar cómo, de la roca, surgía un extraño material de un color imposible de describir y se escondía en los alrededores.

Los científicos intentaron dar con el origen de la roca, pero todos los análisis terminaban de igual manera, inconclusos. Luego de este suceso los cultivos en la granja empezaron a crecer como ningún otro, alcanzando tamaños irrisorios. Pero los granjeros no podían venderlos debido a que se volvían putrefactos en escaso tiempo. Los animales se volvieron locos y agresivos, e incluso las plantas adquirieron movilidad y atacaban a quienes pasaban a su lado.  La familia del hombre perdió la cordura y murió de la forma más trágica.

Luego de escuchar todos estos relatos, el ingeniero se convenció de que aquello que se había escondido en la granja continuaba allí, esperando, creciendo, imparable.

Sobre la obra: Aunque parezca escaso, El color que cayó del cielo fue vendido a la revista por tan sólo 25 dólares americanos, razón por la cual el autor no volvió a publicar en la misma. La crítica literaria y los lectores han visto a este relato como uno de los mejores de Lovecraft, ya que con sutileza mezcla el terror y la ficción.

Adaptaciones: Se han producido numerosas adaptaciones del fenomenal relato. En el año 1965 se creó la película “Die, Monster die!”, interpretada por Nick Adams es quizás una de las más famosas, si bien el avance del cine y la tecnología la ha dejado en el olvido. En 1987 se realizó una nueva película llamada “La maldición” que presentó un argumento más cercano a la trama original del relato. En 1999, en la serie televisiva Los Simpson, el episodio Homero el granjero, presenta algún tipo de similitud con respecto a la granja, a los vegetales adulterados y al comportamiento animal. En 2010 se creó una obra llamada Die Farbe que es quizás una de las mejores producciones al respecto.

Dato de interés: El ojo humano una capacidad de visión compatible con un espectro electromagnético cuyas longitudes de onda van desde los 380-400 a 750-770 nm. Cuando la longitud de onda se acerca a los valores inferiores podemos ver colores como el azul, o el violeta, mientras que si nos acercamos a los limites superiores llegamos a las tonalidades rojas, variando en el medio entre uno y otro.

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María Teresa León – Memoría de la melancolía

Reseña literaria de María Teresa León – Vida y obra de una gran escritora

María Teresa LeónMaría Teresa León fue una célebre escritora española, nacida el 31 de octubre de 1903, y fallecida el 13 de diciembre de 1988. Integrante de la Generación del 27, debió enfrentar los estigmas sociales de una época que no le otorgó su apoyo.

“Una patria, Señor, una patria pequeña, como un patio o como una grieta en un muro muy sólido. Una patria, para reemplazar a la que me arrancaron del alma de un sólo tirón”.

Existieron en el transcurso de la historia y en todas todas las disciplinas científicas y artísticas, mujeres poseedoras de enorme talento injustamente postergadas y a las cuales se les negó el reconocimiento que merecían. Entre ellas, María Teresa León luce acreedora a un párrafo especial.

Dueña de un expresiva y delicada belleza, tenía una mirada muy intensa. Todavía al observar sus viejas fotografías de juventud, podremos sentir una fascinación irresistible.

Ella fue la primera esposa de Rafael Alberti y su nombre permanecerá indisolublemente unido al del poeta gaditano. También fue, su compañera, amante, amada, camarada, y ante todo, su amiga inseparable durante más de cuatro décadas. Y no obstante, haber sido una mujer esencial para la cultura y la historia política española y un símbolo universal, perenne del flagelo del exilio; esa mujer actualmente, es casi una desconocida para la opinión pública media.

Pero los fríos datos de su biografía refieren que María Teresa León Goyri fue una excelente y prolífica escritora; novelista, traductora, ensayista, dramaturga y guionista. Autora de una extensa obra que abarca la publicación de más de veinte libros, algunos de ellos ciertamente conmovedores. Su prosa impecable la hizo diferente.
Formó parte de la Generación del 27, aquel magistral grupo de escritores talentosos, que pobló el panorama literario de la España de comienzos del siglo pasado.

Nació en la ciudad española de Logroño el 31 de octubre de 1903. Hija del coronel de ejército Ángel León y de Olivia Goyri de la Llera. Su madre era prima de María Goyri (la esposa del eminente filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal).

En 1905, muy niña todavía, se traslada con sus padres a Madrid. María Teresa fue educada con especial esmero en el seno de esa familia de la alta burguesía, creció en un ambiente culto, ilustrado y se acostumbró desde pequeña a cuestionarlo todo y a usar la escritura como herramienta de diálogo y crítica. Tuvo además, la posibilidad de acceder a los mejores libros en las bibliotecas familiares y así convertirse en una lectora voraz, que admiraba a Víctor Hugo, a Alejandro Dumas, a Benito Pérez Galdós y a otras grandes figuras de la literatura exquisita.

En su formación influyeron mucho sus tíos y sobre todo su tía María, que había sido una de las primeras mujeres españolas en obtener un doctorado en Filosofía y Letras. Y en el hogar de sus tíos, punto de encuentro de importantes personalidades del arte, la cultura e intelectuales de la época, tuvo la fortuna de conocer a muchas de ellas.

Casi adolescente, se radicó con su familia en Burgos, una ciudad a la que se sintió fuertemente ligada. Vivía como una niña rica, disfrutando de todas las comodidades, pero en una vida a la que no se adaptaba ni sentía como propia y cuyo sistema de valores terminó rechazando.

Contrastarían enormemente esos años despreocupados, con el cambio radical en su manera de pensar e ideología, que se produciría en su edad adulta.

Un nuevo traslado de su padre militar, la lleva a Barcelona, ciudad donde María Teresa se casó siendo muy joven el 1 de noviembre de 1920 con Gonzalo de Sebastián Alfaro, padre de sus dos primeros hijos, Gonzalo (1920) y Enrique (1925). La novia tenía 17 años y parecía encaminarse a una existencia cómoda y tranquila, en un hogar igual a aquel en el que ella había nacido y crecido. Pero su destino no era ese o ella decidió cambiarlo.

A los 25 rompió con una vida monótona y rutinaria y no dudó en rebelarse contra las convenciones puritanas vigentes en esos tiempos y divorciarse cuando advirtió que su matrimonio había fracasado, transcurrían los meses finales de 1928. Una decisión poco frecuente entre las mujeres de su época y de su clase, en una sociedad donde imperaban rígidamente, una moral y una doctrina cristiana contrarias al divorcio.

Fue una mujer valiente que supo enfrentar todas estas formalidades para buscar su propia identidad. Escapó a Madrid, abandonó al marido y a los hijos. Perdió la custodia de los niños. Y soportó dignamente la herida recibida y el alto costo que debió pagar como peaje para lograr su independencia.

Se convirtió en una mujer recientemente separada, con dos hijos a los que no podía ver (otra arbitrariedad del pensamiento machista y pacato de la época); cuando en una tarde impensada conoció a Rafael Alberti. Se enamoró perdidamente.  El poeta de “Marinero en tierra”.evocaría alguna vez esa situación: “Surgió ante mí, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho”. María Teresa y Rafael ya no habrían de separarse por muchos años; compartieron vida, sueños, inquietudes y un largo y doloroso exilio que dejó secuelas en sus corazones y en la escritura de ambos.

De aquel apasionado romance surgió el nombre de un Alberti majestuoso, homenajeado en calles, escuelas, monumentos, pero una María Teresa cada vez más olvidada y llevando a un segundo plano su trascendencia literaria.
Tal vez, para que la relación pudiera funcionar alguno de los dos debía dar un paso al costado y lo dio ella. Su figura terminó eclipsada por el ego y el genio de eutor nacido en El Puerto de Santa María en Cádiz. Pero nunca se opacó el brillo de sus letras y la calidad de su pluma se conservó inalterable en el tiempo.

María Teresa León, fue una activista y ferviente defensora de la Segunda República Española, miembro del Partido Comunista, y sobre todo, una incansable luchadora a favor de la cultura y de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Durante los años 1932-1935, ella y Rafael Alberti visitaron Rusía y otros países europeos y americanos, experiencia que les proporcionó una nueva perspectiva del arte y de la realidad, influyendo en la orientación social y política de su literatura.

Iniciaba una trayectoria que la llevaría a un destacado protagonismo en los momentos más cruciales de la Segunda República y en las jornadas más dramáticas de la heroica defensa de Madrid durante la Guerra Civil. Escribía febrilmente y actuaba sobre los escenarios de un teatro de urgencia. Y trabajaba simultáneamente y con idéntica pasión al servicio de la causa republicana.

En la capital española, participó en la preparación y celebración del Congreso de Escritores Antifascistas, organizó la Alianza de Intelectuales, las Guerrillas del Teatro y, sobre todo, de la mano de Timoteo Pérez Rubio, trabajó arduamente en la evacuación de los principales cuadros del Museo del Prado y del Monasterio de El Escorial.

Cuando ya era inminente la caída del gobierno republicano y consecuentemente el ascenso de Francisco Franco al poder, la escritora y Rafael Alberti abandonaron España el 6 de Marzo de 1939 y tras breves estadías en Orán, Marsella y París, embarcaron hacia el exilio argentino.

Durante 23 años de vida en Buenos Aires, María Teresa se dedicó a trabajar en radios locales, a dictar conferencias y ejercer otras actividades intelectuales, pero sobre todo a escribir: novelas, biografías, guiones para el cine y colecciones de cuentos ven la luz.
Alcanzó en esos años el cenit de su producción literaria.

Con el pasar de los días y los meses se fue diluyendo la esperanza de un pronto regreso a la madre patria y la espera se convirtió en condición; el exilio sería largo y era imperioso asumir el compromiso de exiliada para no entregarse al derrotismo del olvido.

Necesitaba convertirse ella misma en testimonio vivo de la historia, y describiendo las vivencias de su destierro, reflexionar sobre su propia existencia.

En Buenos Aires nacería en 1941, Aitana, la única hija del matrimonio Alberti – León, y fue una brisa suave, un alivio que compensaría, aunque sin hacer olvidar, tantas tristezas vividas. Aitana escribiría muchos años después: “Si mi madre hubiera sido un hombre, hubiera sido un coloso, uno de los más grandes escritores de nuestra literatura”.

Dotada de un brillante bagaje cultural, la literatura de María Teresa León está basada en sus recuerdos. Escribía para resistir y no olvidarse de los compañeros caídos en la guerra civil española, supo magistralmente entrelazar en una dinámica real lo individual y lo colectivo de modo que la voz de su memoria hiciese coro con las voces de los que no podían expresarse. Durante los 38 años años de su doloroso exilio María Teresa León peregrinó por todo el mundo lamentándose: “Estoy cansada de no saber dónde morirme”.

Podríamos destacar entre sus novelas: “Contra viento y marea”, “El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer”, “Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador”, “Juego limpio” y “Cervantes. El soldado que nos enseñó a hablar” y entre sus cuentos: “Cuentos para soñar”, “La bella del mal de amor”, “Una estrella roja”, “Morirás lejos”, “Botella al mar”, “Las peregrinaciones de Teresa” y “Fábulas del tiempo amargo”.

Pero ninguna obra la define mejor que la inolvidable “Memoria de la melancolía”, título contundente, donde todo el dolor de la vida estaba asimilado y comprendido antes de pasar a la literatura. La acción se desarrollaba en el recuerdo y los personajes principales eran la tierra natal y las historias de un tiempo doloroso, trágico, ensuciado con lágrimas de sangre, que arrastraban a soledades interminables y muerte.

Esta obra fue escrita en 1963, cuando el matrimonio Alberti después de un breve período pasado en Uruguay, se instala en el Trastévere, el populoso barrio del centro histórico romano. “Escribir es mi enfermedad incurable” decía siempre a quienes la escuchaban. Era constante y dueña de un singular talento. Lo demostró acabadamente.

En 1972 asomaron en su horizonte los primeros síntomas del Mal de Alzheimer, una dolencia que la convirtió en un fantasma aletargado y que fue deshilachado lentamente su memoria y sus recuerdos, que comenzaron a contrastar con el perfil de mujer combativa y de recia personalidad que siempre tuvo.

Tal vez su mente gastada, no resistió la indiferencia que le prodigaba el mundo y su mundo en ese entonces era Alberti. Quizás haya necesitado recluirse en un espacio de soledad, en el cual, sin importar el entorno, pudiera soñar sin pasado, sin responsabilidad y también sin futuro.

En 1977, con la vuelta de la democracia, Maria Teresa León y Rafael regresaron a España.
Pero cuando el 28 de abril de de ese año, arribaron a su entrañable terruño, ella que había esperado tanto ese momento de recuperar su patria, ya no era consciente de esa circunstancia y en su enfermedad parecía anclada a esa admirable diáspora que formaron las gentes de “la España peregrina” y del “paraíso perdido”.

El gran amor de María Teresa fue Rafael Alberti hasta su último día de lucidez mental. Y fue eterno. Pero no fue igual para el poeta, por eso cuando aparecieron los primeros signos de Alzheimer, Alberti se olvidó de María Teresa, que fue cuidada hasta el final de sus días por una sobrina de ambos. Rafael la visitó solamente algunas veces en casi 10 años de padecer la cruel enfermedad. Cuando le preguntaban al respecto, respondía que no soportaba el dolor de verla espectral, devorada por el vacío.

Posiblemente haya sido así, una actitud difícil de explicar como lo son tantas debilidades humanas insondables. Pero su adorado Rafael tampoco hizo un gran esfuerzo por revitalizar su obra. ¿Exceso de ego o ingratitud?.

Nadie osaría cuestionar la obra de tan magnífico autor, pero ¿hubiera sido Rafael Alberti el genial poeta sin ella a su lado? Imposible saberlo.

María Teresa León falleció en Madrid el martes de 13 de diciembre de 1988 a los 85 años.
En el cementerio de Majadahonda (Madrid), hay una tumba con una lápida en la que a modo de epitafio se lee un nombre, María Teresa León, y un verso, primero y último de un poema de Rafael Alberti: “Hoy, amor, tenemos veinte años”.

Al entierro asistieron unas 15 personas. Rafael Alberti, familiares cercanos y alguna persona más que se se acercó al cementerio ese día, en que el frío de un otoño madrileño abrazó de golpe toda la nostalgia del olvido.

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Pedro Salinas – El poeta del amor

Semblanza de la vida y obra de Pedro Salinas – El Poeta del amor

Pedro SalinasPedro Salinas Serrano fue un reconocido escritor español, destacado sobre todo en el ámbito de la poesía, y los ensayos. Nació en Madrid el 27 de noviembre de 1891 y falleció en Boston el 4 de diciembre de 1951. Importante miembro de la llamada “Generación del 27”.

“…Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía…”

Leer viejos libros de poemas produce en muchas personas, una sensación de éxtasis envolvente. Y esa sensación los sorprende y cautiva aún más, cuando descubren en sus páginas gastadas por los años, alguna candorosa poesía que retrotraiga la memoria a otros tiempos del amor.

Las palabras entonces, con magia encadenadas en versos, se transforman delicadamente en joyas intangibles, que durante algunos segundos adornarán su alma y su espíritu en una vivencia instantánea y fugaz.

El libro de Pedro Salinas “La voz a tí debida”, publicado en el año 1933 sirve para ejemplificar lo expuesto y deleitarse leyendo algunos de sus poemas:

“¡Si me llamaras, sí”

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
“¡si me llamaras, sí, si me llamaras!”
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: “No te vayas”.

“La voz a ti debida”

Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

“Ayer te besé en los labios…”

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no…
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

“Ay!, cuántas cosas perdidas”

Ay!, cuántas cosas perdidas
que no se perdieron nunca.
Todas las guardabas tú.
Menudos granos de tiempo,
que un día se llevó el aire.
Alfabetos de la espuma,
que un día se llevó el mar.
Yo por perdidos los daba.
Y por perdidas las nubes
que yo quise sujetar
en el cielo
clavándolas con miradas.

Y las alegrías altas
del querer, y las angustias
de estar aún queriendo poco,
y las ansias
de querer, quererte, más.
Todo por perdido, todo
en el haber sido antes,
en el no ser nunca, ya.
Y entonces viniste tú
de lo oscuro, iluminada
de joven paciencia honda,
ligera, sin que pesara
sobre tu cintura fina,
sobre tus hombros desnudos,
el pasado que traías
tú, tan joven, para mí.

Cuando te miré a los besos
vírgenes que tú me diste,
los tiempos y las espumas,
las nubes y los amores
que perdí estaban salvados.
Si de mí se me escaparon,
no fue para ir a morirse
en la nada.
En ti seguían viviendo.
Lo que yo llamaba olvido
eras tú.

El título de este poemario de Pedro Salinas, está tomado de un verso de Garcilaso de la Vega:

“Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas, con la lengua muerta y fría en la boca,
pienso mover la voz a ti debida.”
(“Égloga III”, verso 12).

Concebido como un único poema continuo, relata y analiza el itinerario de una experiencia amorosa concreta, desde el deslumbramiento inicial que produce el amor, el descubrimiento de sus secretos y sus goces, los desvelos que ocasiona, hasta la separación final, la pérdida y el olvido. Desestimando en todo momento caer en la victimización y alejándose de cualquier interpretación de tragedia o desesperanza.

Pedro Salinas continúa en la línea tradicional amorosa española, que comenzara con el lirismo romántico de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), aunque transmite una percepción más cerebral y pensante que el poeta sevillano; también de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), pero con una visión más optimista de la realidad: “Querer vivir es anhelar la carne donde se vive y por la que se muere”.

Su poesía intenta priorizar el pensar y el vivir antes que el sentir, pero no en todos sus poemas lo logra y se advierte más un punto de armonía, estableciendo un equilibrio entre el sentir y el pensar.

Pedro Salinas Serrano, nacido en Madrid el 27 de noviembre de 1891, es considerado como una de las personalidades más representativa y relevante de la Generación del 27. En toda su obra brilló con luz intensísima su aura de poeta y por ello recibió el merecido sobrenombre de “poeta de amor”.

Doctorado en Filosofía y Letras, fue uno más de los tantos intelectuales españoles que padecieron el exilio forzado que causó la guerra Civil Civil (1936-1939).

Su obra lírica se dividió en tres períodos:

Inicial o de poesía pura, de plenitud o amorosa y del exilio.

En la primera etapa destacaron: “Presagios” (1924), “Seguro azar” (1928) y “Fábula y signo” (1931), donde se advierten nítidamente influencias del nicaragüense Rubén Darío, de los españoles Miguel Unamuno y Juan Ramón Jiménez y de otros autores pertenecientes a los movimientos vanguardistas de la época.

En la segunda etapa resaltan: “La voz a ti debida” (1933), “Razón de amor” (1936) y “Largo lamento” (1939), llega hasta 1939 y fue el ciclo de la poesía genuinamente amorosa, tal vez fruto de su apasionada relación con la profesora norteamericana Katherine Whitmore. En ella celebra el amor que da sentido al mundo.

Y finalmente su tercera etapa: que se extiende desde 1939 hasta su muerte. La poesía de estos años reflejó sus inquietudes filosóficas y una preocupación por la función del poeta en relación al arte.
Editó en ese tiempo,”El contemplado” (1946), “Todo más claro y otros poemas” (1949), y “Confianza”, título póstumo y sugerido por su amigo Jorge Guillén, que enmarca el conjunto de sus poemas recogidos durante 1942-1944 y 1951.

Entre 1943 y 1946, Pedro Salinas enseñó en la Universidad de Río Piedras, de Puerto Rico, uno de los destinos de su exilio; por eso cuando murió en la ciudad de Boston en los Estados Unidos el 4 de diciembre de 1951, pidió ser enterrado junto al mar en el país caribeño.
Su último deseo fue cumplido y el traslado de sus restos se llevó a cabo tiempo después de su muerte.

El gran tema de la obra poética de Salinas fue el amor y este poemario invita a abrir el libro y sumergirse en sus páginas, donde el mundo exterior quedará reducido al papel de simple espectador y las palabras leídas en un tono de susurro confidencial, nos llevarán a un espacio pleno de sensaciones voluptuosas hecho poesía. Y coincidiremos con al autor cuando describiendo sensuales recuerdos expresa: “Ayer te besé en los labios, hoy estoy besando un beso”.

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Pequeños poemas en Prosa – Charles P. Baudelaire

Charles Pierre Baudelaire – Pequeños Poemas en Prosa (Le Spleen de París)

Pequeños poemas en prosaPequeños poemas en prosa, también conocido en el mundo literario como Le Spleen de París, es una obra que fue creada por Charles Pierre Baudelaire y publicada luego de su fallecimiento en el año 1869. Está compuesta por cincuenta poemas y es uno de los pilares fundamentales del desarrollo posterior de la poesía en prosa.

“El amor es un crimen, que no puede realizarse sin un cómplice”.

Charles Pierre Baudelaire, fue un escritor, crítico de arte, estudioso de las relaciones de la música con la literatura y un pensador profundo vastamente reconocido, pero sobre todo fue uno de los máximos poetas de la literatura francesa y universal del siglo XIX y figura clave del simbolismo, como se lo considera en la actualidad.
Poseía un sentido clásico de las formas, talento innovador y una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra adecuada y exacta para colocar en sus versos.

Cuando nació en una casa de la calle Hautefeuille en París -Francia- el 9 de abril de 1821, su padre Joseph-François Baudelaire tenía sesenta años y un hijo, Claude Alphonse, fruto de su primer matrimonio y su madre, Caroline Dufaÿs, hija de emigrantes franceses, no llegaba  a los treinta años de edad.

Charles Baudelaire era un niño pequeño todavía cuando el 10 de febrero de 1827 quedó huérfano al morir su progenitor. Su madre, viuda, no demoró mucho en casarse por conveniencia con el militar Jacques Aupick. Éste intentó imponer a Charles una educación rígida y puritana, algo a lo que el joven autor se resistió tenazmente. En los años que siguieron, nunca aprendió a querer a su padrastro y tampoco lo aceptó. Vivió desobedeciendo sus consejos y advertencias permanentemente. Los conflictos familiares originados por esa conducta se transformaron en una constante durante su infancia y la etapa adolescente; circunstancias que incidirían decisivamente en el devenir de toda su existencia.

En su juventud, comenzó a transitar un itinerario interminable de costumbres desordenadas, llevando siempre una vida despreocupada y licenciosa. Conoció a nuevas amistades en sus eternas noches de bohemia, se hizo adicto a las drogas, frecuentó inumerables prostíbulos, y en uno de ellos conoció a Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino, quien probablemente le contagió la sifilis que años más tarde, sería una la de las causas principales de las dolencias que lo llevaron a la muerte.

Y fueron vanos los intentos de su padrastro y su horrorizada familia, para hacerlo recapacitar. Hasta le ofrecieron sin éxito, ingresar como funcinario en el servicio diplomático, en su afán de alejarlo del ambiente de libertinaje en que estaba inmerso.

Escribir entonces, fue una de las vías de escape que encontró Charles Baudelaire para enfrentar una realidad abrumadora que lo asfixiaba y para volver a conectarse con ese mundo tan distante e incomprendido que él se negaba a aceptar.

Considerado por muchos, el mejor representante francés del romanticismo, escuela literaria de origen inglés y alemán, que otorga prioridad a los sentimientos frente a las reglas clásicas de la razón y la mitología griegas y romanas (los llamados racionalismo y neoclacisismo). Y reconocido por otros, como iniciador del simbolismo, una corriente que buscó sustituir la descripción objetiva e incluso metafórica de las cosas, por una interpretación sólo limitada por la propia imaginación del poeta. Y opuesta absolutamente a la concepción realista del arte.

Identificado también con el decadentismo, que encabezaba el poeta Paul Verlaine, y que buscaba romper los cánones de la moral e idiosincrasia burguesas, y producir escándalo como una forma de llamar la atención hacia nuevas formas y temas artísticos.

No obstante, Baudelaire necesitaba algo más, quería explorar una nueva forma poética y romper con los moldes de la poesía romántica, alejándose del corsé métrico; buscaba una nueva manera que fuera asimismo capaz de acomodarse a los movimientos líricos del alma, a las suaves ondulaciones del ensueño y a los imprevisibles sobresaltos de la conciencia.

Finalmente encontró en el reflejo de la vida urbana parisina, rica y fecunda en maravillosos asuntos poéticos, la fórmula que precisaba y lo expresó magistralmente a través del “poema en prosa”.

Redactadas en distintos momentos entre 1855 y 1867, las cincuenta piezas que configuran Pequeños poemas en prosa o Le spleen de París, son la cara complementaria, el reverso en prosa de su obra cumbre Las flores del mal (ver nota). Puesto que en definitiva, uno y otro poemario se nutren de una misma sensibilidad poética y tienen su origen conceptual en la angustia existencial, la soledad, el tedio, la desolación, la fe, el demonio, el dolor, la muerte. Y se confunden indisolublemente con un ideal místico y obsesivo de luminosidad.

Los Pequeños poemas en prosa (“Le Spleen de París”, en su versión original en idioma francés), forman una colección de 50 poemas escritos en breves textos de prosa lírica, que Baudelaire produjo tiempo después de editar “Las flores del mal” y que conectan con dos de las secciones de ese libro: “Spleen e Ideal” y “Cuadros parisienses”.

Esta técnica de privar de la rima y de métrica al texto utilizada por Baudelaire, aunque él no haya sido el precursor, tuvo la repercusión necesaria para revitalizar sustancialmente el género de la prosa poética y poner de moda este estilo que influyó notoriamente en la obra de otros autores como los franceses Mallarmé y Rimbaud y, en lengua española, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda y Julio Cortázar, entre otros.

La obra en sí, ofrece distintas visiones de hechos cotidianos en escritos que demuestran ritmo, más allá de la rima inexistente y adquieren dimensión trascendente, porque en ellos Baudelaire denuncia a su manera, los valores de una sociedad que no deja sitio para la felicidad del hombre.
Los temas recurrentes son: la melancolía, el horror al paso del tiempo, el deseo de infinito, la crítica corrosiva contra la religión y la moral, la burla contra los ideales que mueven a las personas y una aversión enorme contra la sociedad y la hipocresía que la domina.
Así lo podremos analizar en varios de ellos:

Breve Muestra de Pequeños Poemas en Prosa – Le Spleen de París

Poema número 1
-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,
a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy,
no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…
¡a las nubes maravillosas!

Poema número 33
Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión.
Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros
y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis.
Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso,
en la tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada
la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj,
a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta,
a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella,
el ave, el reloj, os contestarán:
“¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo,
embriagaos, embriagaos sin cesar.
De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis.”

Poema número 40
Un hombre espantoso entra y se mira al espejo.
“¿Por qué se mira al espejo si no ha de verse en él más que con desagrado?”
El hombre espantoso me contesta: “Señor mío, según los principios inmortales
del ochenta y nueve, todos los hombres son iguales en derechos; así, pues,
tengo derecho a mirarme; con agrado o con desagrado, ello no compete
más que a mi conciencia.”
En nombre del buen sentido, yo tenía razón, sin duda; pero,
desde el punto de vista de la ley, él no estaba equivocado.

Epílogo
A la montaña he subido, satisfecho el corazón.
En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:
un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión.

Florece como una flor allí toda enormidad.
Tú ya sabes, ¡oh Satán, patrón de mi alma afligida,
que yo no subí a verter lágrimas de vanidad.

Como el viejo libertino busca a la vieja querida,
busqué a la enorme ramera que me embriaga como un vino,
que con su encanto infernal rejuvenece mi vida.

Ya entre las sábanas duermas de tu lecho matutino,
de pesadez, de catarro, de sombra, o ya te engalanes
con los velos de la tarde recamados de oro fino,

te amo, capital infame. Vosotras, ¡oh cortesanas!,
y vosotros, ¡oh bandidos!, brindáis a veces placeres
que nunca comprende el necio vulgo de gentes profanas.

(Traducción de Enrique Díez Canedo, 1935).

Pequeños poemas en prosa comenzó a publicarse en 1855, y continuó hasta la muerte de su autor. Los encargados de realizar la integración fueron Charles Asselineau y Théodore de Banville”, también poetas. La edición definitiva y completa, se lanzó de manera póstuma, dos años después del fallecimiento de Baudelaire.

Uno de los recientes traductores al español de la obra del célebre poeta francés, el escritor y ensayista mexicano Julio Moguel, en su introducción y ensayo crítico “El caleidoscopio poético de Baudelaire”; destaca la manera en que el poeta quiso dibujar cuadros o fragmentos de una vida moderna y más abstracta, logrando con ello generar un punto-frontera histórico, entre una época y otra con respecto a la idea del arte.

El padre de la poesía moderna falleció en París, la misma ciudad que le viera nacer, el 31 de agosto de 1867, luego de una larga y dolorosa agonía y de haber perdido el habla.

La posteridad consagraría a Baudelaire como uno de los más grandes autores de poesía de todos los tiempos y lo reconocería, como el poeta que logró conjugar romanticismo y simbolismo de una manera única, pero que siempre fue un incomprendido por sus contemporáneos, en la época en que vivió caracterizada por estrictos prejuicios y convencionalismos.

Al morir, uno de los mayores proyectos de su vida había quedado inconcluso: escribir sus pequeños poemas en prosa conocidos, también como Efragmentos; es decir un esquema en la escritura de la obra que permitiera abrir un abanico de posibilidades numéricas infinitas. Los textos así publicados corresponderían a un nuevo género literario.

La manera de escribir, su actitud frente a la vida y la visión demoníaca del mal que impregnó su obra, le valieron el sobrenombre de “poeta maldito”, y en esa definición también fue un patriarca, el mismo que alguna vez escribiera con resignada desesperación:

¡Paraíso perdido! Perdido por buscarte, yo, sin luz para siempre.

Si desean obtener a Pequeños poemas en prosa para su biblioteca personal (y además colaborar con el mantenimiento del blog) pueden hacerlo a través del siguiente enlace con la posibilidad de buscar otros formatos y precios de la misma.

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Poema Al oído – Alfonsina Storni

Poema Al oído de Alfonsina Storni – En cada verso, toda la belleza de las cosas simples.

Poema Al oído de Alfonsina StorniLa tragedia, el sufrimiento, el desengaño y la decepción fueron acompañantes cotidianos e impregnaron de dolor y llanto la vida de esa excepcional poetisa argentina que fue Alfonsina Storni. Y ese dolor inconmensurable se transfirió a cada una de sus letras y tiñó con tonos y matices indelebles toda su obra poética hasta el momento de su muerte, como podemos descubrir en Al oído.

Recordemos uno de sus poemas emblemáticos que el paso del tiempo inmortalizó.

Al oído… – Alfonsina Storni

Si quieres besarme… besa
yo comparto tus antojos.
Mas no hagas mi boca presa,
bésame quedo en los ojos.

No me hables de los hechizos
de tus besos en el cuello,
están celosos mis rizos,
acaríciame el cabello.

Para tu mimo oportuno,
si tus ojos son palabras,
me darán, uno por uno,
los pensamientos que labras.

Pon tu mano entre las mías
temblarán como un canario
y oiremos las sinfonías,
de algún amor milenario.

Esta es una noche muerta
bajo la techumbre astral.
Está callada la huerta,
como en un sueño letal.

Tiene un matiz de alabastro
y un misterio de pagoda.
¡Mira la luz de aquel astro!
¡La tengo en el alma toda!

Silencio…silencio…¡calla!
Hasta el agua corre apenas,
bajo su verde pantalla
se aquieta casi la arena.

¡Oh! ¡qué perfume tan fino!
¡No beses mis labios rojos!
En la noche de platino
bésame quedo en los ojos.

El intérprete y compositor vasco español Imanol Larzábal, acompañado de Amaya Uranga, realizó una musicalización inolvidable de esta poesía a finales de la década de 1980.

En cuanto a la métrica de la obra Al oído, es un poema compuesto en arte menor que consta de 8 estrofas en octosílabos. La estructura de la rima es -abab- y define en hermosas metáforas las sensaciones mágicas del amor.

La vida de Alfonsina Storni fue una constante lucha en defensa de la libertad artística e individual, caracterizada por una postura indeclinable frente a los convencionalismos sociales de la primera mitad del siglo XX.

El rasgo distintivo fue un feminismo combativo, motivado por las incesantes relaciones conflictivas que mantuvo con los hombres que conoció. Hombres que indudablemente tuvieron influencia decisiva en el estilo y contenido de su obra, como en el devenir de su existencia.

El final previsible, anunciado y trégico de Alfonsina, se hizo realidad el 25 de octubre de 1938 y ese mismo día se convirtió en leyenda.

Algunos días después de su fallecimiento, el 21 de noviembre de 1938 el Senado de la Nación de la República Argentina, le tributó un homenaje con un discurso pronunciado por el primer senador socialista de América Latina.
Alfredo Palacios expresó en esa ocasión:

“Nuestro progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un poeta.”

Agregando más adelante en su alocución:

“Alfonsina Storni, vencida por la enfermedad, la pobreza y la incomprensión, fue nuestra poetisa de mayor alcurnia, por la fuerza de su talento poético y por su idealismo militante”.

Años antes, Gabriela Mistral, la inigualada escritora chilena, dijo de Alfonsina describiéndola:

“El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura. Pequeña de estatura, muy ágil y con el gesto, la manera y toda ella, jaspeada (valga la expresión) de inteligencia”.

Y quien conoció a la autora trasandina sabe que, por personalidad y convicciones, nunca regaló un elogio inmerecido.

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Semblanza de Sigrid Undset

Sigrid Undset – Su vida y obra literaria, la mujer, eje central de la misma

Sigrid Undset La escritora noruega Sigrid Undset, forma parte de una selecta terna de autores de ese país escandinavo, cuyos integrantes recibieron en su momento el Premio Nobel de Literatura. Los otros dos fueron Bjørnstjerne Bjørnson galardonado en el año 1903 y Knut Hamsun, distinguido con ese honor en 1920.

“El amor no crea regla alguna, las rompe todas”.

Sigrid fue la mayor de tres hermanas creciendo en un hogar donde se privilegiaban la cultura y el conocimiento y se hablaban dos idiomas, alemán y francés. Su padre, Ingvald Martin Undset, prestigioso catedrático especializado en Arqueología que obtuvo su doctorado en 1881 con una tesis sobre “Los comienzos de la Edad de Hierro en el norte de Europa” se casó en ese mismo año con Marie Nicoline Charlotte Gyth (o Gydh), distinguida joven de origen danés, con ascendientes establecidos en esa región desde fines del siglo XVIII. Meses después, el 20 de mayo de 1882 en Kalundborg, Dinamarca nacería de ese matrimonio la ilustre escritora.

Transcurría el año 1884 cuando Ingvald Undset, afectado por una enfermedad crónica seria contraída durante su permanencia temporaria en Roma y buscando alivio para su mal, aceptó el cargo de Director del Museo Noruego de Antigüedades; en consecuencia, decidió trasladarse con su familia a la capital de la nórdica Noruega, la ciudad de Oslo.

Sigrid Undset era por entonces una niña de dos años, que en su primera infancia se sintió deslumbrada por las experiencias vividas en los frecuentes viajes que realizaba acompañando a su progenitor, por toda Europa.
Los misterios ancestrales de las leyendas y las canciones propias del folklore escandinavo, fueron habituales compañeros de sus juegos infantiles. Al mismo tiempo, la arquelogía y la historia despertaban su entusiasmo y le fascinaban tanto como a su amado padre, ese hombre que anhelaba para ella una educación esmerada y responsable.

Y fue precisamente la muerte de su progenitor (circunstancia que dejó a la familia desprotegida y padeciendo una precaria situación económica), la causa que destruyó de repente sus ilusiones juveniles.
Sigrid Undset debió abandonar sus estudios a los 16 años y dejar de lado la pretensión de concretar una carrera universitaria. Además, para colaborar con la madre en el sostenimiento del hogar, comenzó a trabajar como secretaria en una importante empresa de ingeniería.

Por propia iniciativa, robaba horas a sus noches y al escaso tiempo libre, que aprovechaba leyendo y escribiendo afanosamente. Esa costumbre le permitió adquirir un conocimiento sólido del arte de escribir y le dio una formación intelectual válida para lo que ella pretendia y sentía que debía ser su “destino” en la vida.

Entre 1909 y 1910 recorrió Europa, beneficiada por la obtención de una beca para escritores jóvenes; dos años antes ya había editado su primer libro.

Posteriormente, decidida a materializar su otra vocación y dedicarse también al arte de la pintura, viajó a Roma. Allí conoció a Anders Castus Svarstad, pintor noruego, con quien se casó poco tiempo después.

En esos años de casada, experimentó en si misma, la dura realidad que vivían las mujeres de su tiempo, relegadas y sin poder desarrollar sus aspiraciones personales ni profesionales, más allá de la esfera de influencia de un marido del que dependían absolutamente.
Sigrid, cuando tuvo al primero de sus cinco hijos, fue obligada a dejar de pintar y solamente podía disponer de su tiempo, para desempeñar el papel de madre y ama de casa.

Después de años de convivencia opresiva, reiteradas crisis desgastaron la pareja y todo terminó en un doloroso divorcio.

A su cargo quedaron sus hijos propios y los hijos del primer matrimonio del pintor. Tomó una vez más la decisión de demostrarles a todos, que era capaz de superar el desafío y continuar su vida trabajando como cuando era secretaria, mientras cuidaba a sus niños y cumplía con sus quehaceres literarios.

El éxito alcanzado tras la publicación de su tercer libro, le dio la posibilidad de abandonar otros trabajos para dedicarse exclusivamente a la escritura.

A partir de entonces, tomó conciencia de cuál era realmente la situación de la mujer “moderna” de la época y comenzó a participar activamente en los movimientos y debates políticos y sociales en favor de la causa femenina. Nadie podría cuestionarle ese derecho, había pertenecido a aquella primera generación de mujeres “emancipadas”, que lograron percibir un salario por su trabajo.

Sigrid tenía 42 años cuando se convirtió al catolicismo en 1924. Decisión que le valió severas críticas de la sociedad noruega, protestante a ultranza y caracterizada por un acentuado antipapismo. Narró estas vivencias en las páginas de sus libros “Gymnadenia” (1929) y  “La zarza ardiente” (1930). Asimismo, profesó como dominica seglar en la Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores.

También los intelectuales de su tiempo y grupos políticos de tendencia socialista adhirieron a las criticas en su contra. No obstante y muy segura de sí misma, se mantuvo firme en sus convicciones y prosiguió defendiendo intensamente los derechos de la mujer y la libertad religiosa. Acabó finalmente por asumir una apología encendida de la iglesia católica.
Fue ésta, su época de mayor producción literaria.

Tuvo el privilegio, de ser la primera mujer designada presidenta de la Sociedad Noruega de Autores.

Enemiga acérrima de la ideología nazi, cuando en abril de 1940 la Alemania de Hitler invadió y ocupó Noruega, se vio obligada a exiliarse en los Estados Unidos, donde a través de escritos y conferencias, colaboró fervorosamente con los movimientos de lucha contra el nazismo. Una vez finalizada la terrible conflagración mundial, retornó a su patria.

Analizar cada circunstancia crítica de la vida de Sigrid Undset, constituye un factor determinante para comprender su obra, en la que aborda temas nítidamente noruegos, pero también inconfundiblemente europeos; escribiendo acerca del heroísmo, la libertad, el amor, el matrimonio, la fe, la religión, el orgullo, la culpa y el permanente conflicto entre el amor divino y el amor terrenal.

Su año de nacimiento coincidió con el de Virginia Woolf y James Joyce y llegó al mundo apenas tres años antes que DH Lawrence. Contemporáneos, pertenecieron a una generación de notables escritores que marcó una época, cada uno en su propio lugar en el mundo, desarrollando un estilo y rumbos diferentes, pero compartiendo algo en común: vivieron la historia aciaga de una Europa inmersa en terribles crisis y fueron muy conscientes de esa situación.

Fue una escritora singular de convicciones irreductibles y principios innovadores, que
desbordaba originalidad para imaginar conflictos, con un dominio absoluto de cada perfil psicológico y sus caracteres llenos de matices emocionales hurgando en las profundidades del drama cotidiano.
Creadora de personajes recios, de nobleza salvaje y sangre indómita heredada de varias generaciones, transformados en seres pasionales e intensamente humanos.

Estas cualidades fueron esenciales a la hora de escribir su obra maestra, “Kristin Lavransdatter”, (“Cristina, hija de Lavrans”), trilogía que fuera calificada por la crítica como glorificación de la Iglesia de la Edad Media.

Concebida como novela histórica, convertida en un clásico de las letras noruegas al poco tiempo de ser publicada; une magistralmente la erudición con un estilo solemne.
Una elaborada y rica ambientación de la época medieval aporta un atractivo toque exótico, para el lector no familiarizado con esos años oscuros.

El Comité de Selección de la Academia Sueca, destacó esta extraaordinaria descripción de la vida cotidiana en la Escandinavia del siglo XIV, cuando decidió otorgarle el premio Nobel de Literatura en el año 1928.

En 1934 entregó a sus editores un relato autobiográfico, “Los años más largos”, que incluía un homenaje de amor a su familia y, en especial, a su padre.

Pero estudiando la obra de esta eximia narradora no puede soslayarse la parte más trascendente. Sigrid Undset escribió profusamente sobre la mujer y para un ideal de mujer, moderna, trabajadora, profesional y triunfadora. Los personajes femeninos que describe en sus novelas tienen sensibilidad, carisma, argumentos y pintan un modelo muy distinto, al que habían retratado sus compatriotas Camilla Collet o Amalie Skram años antes.

Son mujeres que tienen una profesión reconocida, fuman, practican deportes peligrosos y se van de fin de semana con hombres sin estar casadas; conductas estas que escandalizaban a la sociedad restrictiva de la primera mitad del siglo XX.

Ya con su primer libro publicado en 1907 bajo el título de “La señora Martha Oulie”, generó una inusual polémica, porque la protagonista reconocía públicamente haber sido infiel.
Todos estos estos personajes femeninos imaginarios, han sido frecuente fuente de inspiración para otros escritores europeos.

Algunas de las frases de Sigrid Undset más significativas fueron:

“La paciencia es una virtud calumniada, quizá porque es la más difícil de poner en práctica.”

“¿Es que no recordáis que no es fácil guardarse del pecado al que arrastra el amor?”
(Cristina, hija de Lavrans)

“Algunos aman las flores y los animales, porque son incapaces de entenderse con sus semejantes.”

El 10 de junio de 1949 en la ciudad de Lillehammer, Noruega, Sigrid Undset falleció a los los 67 años. En 1951 fue editada su obra póstuma, la famosa biografía sobre “Catalina de Siena”, consagrada a la vida de la santa italiana, copatrona de Europa e Italia.

Una existencia digna, había enmarcado la gestación de una exquisita y prestigiosa obra literaria. Después de leer alguno de sus libros, nos será muy difícil permanecer indiferentes.

Observación:

Oslo – Capital de Noruega: (era llamada en esos tiempos Christiania o Cristianía en español desde 1624 a 1897 y Kristiania de 1897 a 1924).

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Me gusta cuando callas – Pablo Neruda

Reseña literaria del Poema Me gusta cuando callas de Pablo Neruda – Poema XV

Me gusta cuando callasMe gusta cuando callas, Poema XV, es una de las producciones más reconocidas del escritor chileno Pablo Neruda. Se encuentra inmerso en el poemario publicado en el año 1924 (Cuando Neruda tenía sólo 19 años) llamado “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (Ver nota). Es sin duda una de las obras más exitosas del autor que deslumbra con su lucidez y expresión, a pesar de su corta edad.

Pablo Neruda nació el 12 de Julio de 1904 y falleció el 23 de septiembre de 1973. Fue uno de los poetas y escritores más renombrados de la literatura latinoamericana y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1971.

El poema de Pablo Neruda Me gusta Cuando Callas (XV) es una de las obras que se destacan en este increíble libro, y que compone un canto a la mujer que ama. Por simple interpretación podemos deducir que ella se ha llamado al silencio, encerrada en sus pensamientos y que, a pesar de no esbozar palabra alguna, logra transmitir un sinfín de sentimientos. Quizás el saber que se aman facilita la comunicación. De cierta manera el autor demuestra preocupación por su estado de “ausencia”, pero al comprenderla, sólo la acompaña.

Estructura: El escritor organizó el poema en cinco estrofas compuestas de cuatro versos cada una, con rima. Cada uno de ellos posee catorce sílabas. Utiliza numerosas herramientas para adornar su trabajo. Pueden identificarse en el poema algunas comparaciones que, alternadas con metáforas, brillan entre las palabras. Abundan las comparaciones y las personificaciones.

Sin más preámbulos ni instroducciones, los invito a recordar este hermoso poema de Pablo Neruda.

Poema XV – Pablo Neruda – Me gusta cuando callas

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

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El monstruo de Frankenstein – Mary Shelley

Reseña literaria del libro El moderno Prometeo o Frankenstein de Mary Shelley, un personaje que se volvió leyenda

Frankenstein de Mary ShelleyFrankenstein es, sin duda, uno de los personajes más conocidos de la literatura de ciencia ficción. Corresponde a la novela creada por la escritora Mary Shelley, Frankenstein o (un nombre menos reconocido) “El moderno Prometeo”, publicada en el año 1818. No hace falta aclarar mucho al respecto de su argumento, en el que todos recordarán la formación de la criatura con partes de cadáveres, para luego darle vida, pero si decir que no tenía nombre. En la novela de Mary Shelley, Frankenstein es en realidad su creador, Víctor.

Mary Shelley nació el 30 de agosto de 1797 en la hermosa ciudad de Londres, y falleció el 1 de febrero de 1581 en el mismo lugar, debido a un tumor cerebral. Fue una reconocida escritora británica, famosa sobre todo por su novela si bien realizó esfuerzos por la publicación de las obras de su marido, también escritor.

En la obra Frankenstein, Mary Shelley no otorgó un nombre a la criatura quizás para no dotarlo de carácter humano. Para referirse a la misma los personajes utilizan términos despectivos si bien se lo reconoce por su nombre debido a su creador, el Dr. Victor Frankenstein. Es indiscutible que gran parte del éxito de la historia fue debido a las innumerables adaptaciones que recibió la obra, ya sea en otras formas de arte, o cinematográficas. Alrededor de 1930 existieron dos que merecen reconocimiento, una en el teatro y otra en el cine, interpretada por Boris Karloff.

FrankensteinPrometeo (Y su relación con el nombre “El moderno prometeo”) es un personaje de leyenda que logra quitar el fuego a los dioses, para entregarlos a la humanidad, en una metáfora de la vida. Frankenstein de Mary Shelley es una novela gótica que desarrolla temas de gran interés como la vida y la muerte, la ética y la moral en la medicina, los límites del conocimiento humano, inmersos en una historia.

Según cuenta la historia, Mary Shelley y su esposo concurrieron a visitar a su amigo Lord Byron, que, en una reunión, les propuso una suerte de competencia en la que debían elaborar una historia de terror. Mary no logró terminar con dicha propuesta, pero obtuvo la idea de lo que sería una de las primeras obras de ciencia ficción de la literatura. En esa época, diversos científicos médicos comenzaban con algunas investigaciones que pudieron haber influido en su idea.

En el año 1831, Mary Shelley decidió realizar una reedición de la obra, modificando la misma. Esta versión se percibe diferente a la original. Un dato particular es que en la obra original no hay una referencia puntual al uso de un rayo o de electricidad para dar vida a la criatura, si, quizás, alguna alegoría a las relaciones entre los impulsos eléctricos y la vida.

Resumen de Frankenstein de Mary Shelley

El libro cuenta la historia de Víctor Frankenstein, un joven que, deseoso de explorar los misterios de la ciencia médica y de la vida, decide crear un ente utilizando distintas partes de cadáveres. El Dr. Frankenstein, estudiante de medicina logra de esta forma volver a la vida un cuerpo fallecido (o las diferentes partes unificadas) creando así una criatura de casi dos metros y medio de altura, sin contarle a los lectores los pormenores de su investigación, para que nadie pueda volver a crear un ser tan horrendo, de nuevo.

Luego de haberlo hecho y al observar al monstruo, decide darle la espalda y escapa. La criatura, que sólo pretende ser comprendida y amada, ante el rechazo, explota en odio y huye propinando venganza hacia su creador y a la humanidad. Luego del asesinato de su hermano, Víctor se recluye en las montañas. Al volver a ver al monstruo, este le pide, a cambio de no molestarlo, que cree una compañera para él.

Al iniciar de nuevo sus trabajos, Víctor Frankenstein no puede finalizarlos debido a su peso moral, y termina con los mismos. El monstruo, furibundo, asesina a su mejor amigo y a su amada. Víctor persigue al engendro hasta el Ártico donde fallece. La criatura, conmovida por la muerte de su vida.

Valoración:  El monstruo de Frankenstein o El moderno Prometeo es una de las obras clásicas más importantes de la historia, cuyo origen puede haber significado un puntapié inicial para la ciencia ficción. La forma en la que se aborda la vida y la muerte, lo natural y lo sobrenatural, lo divino y lo humano, hacen de esta historia una obra exquisita, digna de ser leída y analizada, cuyos aspectos y detalles desbordan en demasía las palabras que puedan ser expresadas en una breve reseña.

La dualidad del personaje es casi hipnotizante, ya que a la vez es capaz de ser sensible, de poseer amor, de admirar y adorar a su creador, y de estar lleno de odio, de venganza, de ser un monstruo y de destruir, algo muy presente en los seres humanos. El deseo de una compañera y el temor a la soledad es otro de los puntos fuertes de la obra, que ponen en evidencia dicha ambivalencia. 200 años después, Frankenstein de Mary Shelley continúa siendo un ícono de la literatura.

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